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Aquel tipo del sombrero se empeñó en que la baraja no podía cambiar de color, se lo demostré como unas cinco veces por lo menos, nada, ni por esas. Mi novia me apoyó en todo momento. He de reconocer que sin su ayuda hubiera sido imposible. Te escribo esta historia desde un lugar sin ventanas...

Mi nombre es Michael Dwyers y me dedico a hacer magia.

Quise llamar la atención del público y lo conseguí. Niños, adultos, ancianos, todos tenían algo en común, a todos les gustaban mis trucos. Recuerdo perfectamente que un tipo se acercó a mí y me llamó "mago de poca monta." Yo por supuesto no entré en su juego. Era lo que quería.

Vaya, uno que no cree en la magia...— Le dije, aunque por dentro los nervios estaban a punto de estallarme.

A continuación, realicé un número alucinante, alocado, de esos que te dejan sin palabras. Le pedí que siguiera el movimiento de mi mano y ocurrió lo siguiente: Abrí la mano izquierda y la dejé así por unos minutos. Parecía no haber nada. Sacudí mi mano y de repente, aparecieron los 4 ases. Ahí no acabó el truco. Volví a sacudir la mano y por arte de magia, los 4 ases se convirtieron en los 4 reyes.

Para terminar, cerré el puño y cuando lo abrí ya no había nada. El tipo que había intentado desprestigiarme había quedado en ridículo y no solo eso, sino que se fue avergonzado. De buenas a primeras y sin saber por qué, mi público, mi propio público me abandonó. Mi novia me miró confusa durante unos momentos. Ninguno de los dos sabía reaccionar ante aquello. Le preguntemos a uno que a dónde iban todos en esa dirección, y nos dijo que en la plaza mayor había un ilusionista reconocido a nivel mundial.

¿...A nivel mundial? Wow... Eso tenía que verlo con mis propios ojos. Nada más llegar vimos a un tipo (más alto y más joven que yo) haciendo magia. El tipo en sí era todo un espectáculo, no podía negarse. Desde el primer momento se fijó en mi novia. Seguidamente, la escogió para su actuación. Yo no estaba de acuerdo, que conste. El tipo se me acercó y me dijo:

—No la volverás a ver nunca más.

Pensé que me estaban gastando una broma, así que no me lo tomé enserio. Ojalá hubiera sido una broma. Aquí es donde la historia se vuelve sombría y más sombría, por no decir macabra...

El acto había comenzado, una sábana turquesa hacía alusión a un "pasaje" a quién sabe dónde. Mi pobre novia siendo tapada por aquel manto infernal.

—¡Aquí inicia el show!— haciendo un leve movimiento con sus manos, rodeando por completo a mi novia con la sábana. La misma cayó al suelo, donde ya no veía nada. La gente aplaudió eufórica, verdaderamente increíble. El tipo estaba empezando a irse, dando por terminada la función. Yo lo alcancé.

—Sí, sí. Muy bonito todo... Ahora, ¿cómo la traes de nuevo?

—Creo que fui bastante explícito... con el nunca más.

—Muy gracioso, pero creo que yo soy igual de explícito diciendo que la traigas de nuevo —esto último lo dije sujetándolo del cuello—. La traes o te juro que te mataré.

—¿Sabes? A mí me da lo mismo qué harás. Además, si me matas, estarías acabando con, posiblemente, la única persona capaz de traerla de nuevo —una asquerosa sonrisa se dibujó en su rostro. Una que yo me encargué de quitar, le propiné un fuerte puñetazo, mientras le sangraba la nariz, lo tomé con más fuerza y lo puse contra una pared.

—Te lo repetiré una vez más, y solo una. ¿Cómo la traes de nuevo?

—Haga lo que haga, no te gustará lo que veas, amigo —escupió sangre.

—No somos amigos. Ni se te ocurra volver a repetirlo —volví a golpearlo, él mantenía su sonrisa.

—Está perdida, amigo. Acéptalo —ahora, su sonrisa era aún más notoria—. Bueno, hay algo que puedes hacer... Solo sigue mis instrucciones.

Lo solté.

—Bien, deberías hacer estas cosas...

Al día siguiente, seguí los pasos del sujeto a la perfección. Debía ir al cementerio, al mediodía, revisar la quinta lápida empezando desde la izquierda. La última fila.

Y ahí estaba.

Su nombre, en la lápida.

No, no puede ser cierto.

Empecé a desenterrarla, con mis manos. Mientras la piel de mis dedos se enrojecía, yo no me frenaba. No sabía ni qué hora marcaba el reloj. Sabía que eran altas horas de la noche.

Intenté abrir el ataúd. Unas astillas saltaron, clavándose en mis brazo derecho.

—¡Mierda! —grité. Al abrir el ataúd, estaba completamente vacío.

Sentí un golpe seco en mi cabeza. ¿Acaso escucharon esos rumores que dicen de un golpe en la cabeza? ¿Que no duele? Oh, se equivocan, duele como los mil demonios.

Caí estrepitosamente en el ataúd. Lo último que logré escuchar fue un susurro, casi imperceptible.

—No la volverías a ver nunca más... Pero eso puede arreglarse.

Después, el cierre del ataúd.

Mientras la tierra caía, tapaba el ataúd y lo que alguna vez fue mi persona.

P.D: Espero que sea de vuestro agrado. ~~~