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Supongo que debo empezar por decir mi nombre, William Jacobs. Todo comenzó un día como cualquiera: era 25 de abril del año 1996, el cumpleaños de mi hijo Paul. Ya había cumplido 10 años y era un día muy especial para él, así que le quise preparar una sorpresa: llamar a un payaso para que viniera a su fiesta a entretener a los niños, pero nadie estaba disponible.

Así que me prepararía para vestirme yo mismo de payaso, justo cuando repentinamente escuché sonar el timbre de la puerta. Fui a abrir y me llevé una gran sorpresa. Un payaso con aspecto muy divertido estaba a la entrada de mi casa, extendiendo su mano y entregándome una tarjeta que decía: “Hola, mi nombre es el Sr. Sonrisas y estoy especializado en fiestas infantiles o de cumpleaños”.

Enseguida extendió su otra mano para saludarme y preguntarme: “¡Muy bien y, ¿cuándo empieza la fiesta? jajajaja!”, riendo alocadamente. Yo, todavía impresionado por la inesperada sorpresa, respondí: “ A-am, hola, me llamo William y soy el padre del cumpleañero, am, pase, pase, los niños lo están esperando”.

Rápidamente entró en la casa saludando a todos los niños, en especial a mi hijo: “Hola, Paul, ¿listo para la diversión?”. Me impresionó mucho esta acción, ya que en ningún momento le había mencionado el nombre de mi hijo, pero no le di importancia.

La fiesta fue muy divertida, todos los niños se divirtieron, en especial mi hijo, puesto que por ser el cumpleañero recibió todos los privilegios de la fiesta. Al terminar, acompañé a la puerta al Sr. Sonrisas preguntándole cuanto le debía, riéndose replicó: “Jajaja no me tienes que pagar nada, mi servicio es gratis, ¡me encanta ver la sonrisa de los niños!”

En ese mismo momento me dio una rara sensación de miedo en todo el cuerpo, pero la quise pasar por alto.

Al día siguiente desperté temprano, como siempre, para revisar las cámaras de seguridad de mi casa. Hace 2 años entraron a robar y nadie se dio cuenta, así que ahorramos para instalar dispositivos por todas partes. En fin, revisé y todo estaba muy normal hasta que eché un vistazo a la cámara que se encontraba en el cuarto de mi hijo, en ese mismo instante quedé totalmente paralizado por lo que estaba viendo.

Ese payaso, ¡esa cosa! Estaba mirando a mi hijo, salió de su armario y estuvo una hora completa observándolo sin moverse, al rato de 2 horas empezó a mirar a la cámara con una sonrisa siniestra, al pasar 4 horas se le empezaron a caer algunas partes de su traje, su nariz roja por ejemplo, dejando al descubierto su pálido rostro.

Después cayó la flor de su sombrero, y cada vez su aspecto se tornaba más y más tenebroso, ahora tenía colmillos, ojos completamente blancos con ojeras enormes, garras en lugar de manos, su ropa se empezaba a rasgar hasta que en un abrir y cerrar de ojos apareció su rostro frente a la cámara; yo di un salto del susto, pero cuando volví a mirar la cinta ya no estaba.

Después de ver todo eso, llamé a mi esposa para que viera el vídeo y después llamamos a la policía. Nos pidieron la descripción detallada del sujeto e hicieron algunas preguntas. Era un payaso con zapatos muy grandes, pantalones marrones como de vagabundo, un traje de gala morado y un sombrero de copa con una flor.

Enseguida los oficiales se retiraron, trataron de calmarnos diciendo que se encargarían del caso. Yo, con un poco más de alivio, intenté apaciguar a mi esposa. A nuestro hijo no le habíamos dicho nada aún. Fuimos a dormir, y en el momento en el que entraría a mi cuarto, escuché que golpeaban a la puerta, pregunte quién era y quedé paralizado al escuchar la respuesta: “Hola, Willy jejeje, soy yo, el señor sonrisas y vengo a por ti jajaja!”.

Fui a buscar el arma que se encontraba en mi habitación y cuando abrí la puerta, no había nada. Miré hacia todos lados y nada. Creí que solo estaba imaginando cosas. Cerré la puerta, me di la vuelta. Ahí estaba, sentado en la sala de estar, mirándome con sus ojos completamente blancos y su sonrisa siniestra: “¿Qué pasa, Willy? Te ves asustado, deberías relajarte”.

Saqué el arma y disparé, al mismo tiempo él desapareció y reapareció frente de mí. Después de eso, todo se volvió oscuro.

Al despertar estaba en mi cuarto, encima de mi cama. Eran las cuatro de la mañana, quise abrazar a mi esposa, pero no estaba, así que me levanté a buscarla. No había rastro de ella, me dirigí a la cocina y quedé totalmente paralizado al ver lo que yacía en la pared. Era mi esposa, crucificada y llena de sangre. Comencé a llorar hasta que pude oír un sonido proveniente del cuarto de mi hijo. Allí estaba él, sobre su cama, pero había algo raro. Su cuarto olía a descomposición. Me acerqué para mirar a mi hijo y di un salto hacia atrás por la hórrida sorpresa.

Estaba totalmente en descomposición, convulsionándose y riéndose a carcajadas mientras yo no podía creer lo que veía, ¡en ese momento apareció él o eso! Ese maldito payaso me miraba y se reía maniáticamente. De un momento a otro todo se volvió oscuro otra vez.

Desperté, esta vez sobresaltado por las ilusiones causadas por esa cosa; en ese mismo instante escuché murmullos y risas de niños por todo el lugar. La casa empezó a temblar, empezaron a salir arañas y serpientes de las paredes, hasta que él apareció frente a mi. Esta vez en su forma... ¡Real! Con la cara extremadamente pálida y su sonrisa hasta las orejas, sin nariz, ojos blancos con ojeras, garras y, desde la cintura para abajo, un cuerpo de serpiente.

Reía mientras decía: “¿Ahora lo entiendes, Willy? Yo soy el miedo. Él que está en todas las personas de este mundo, soy el miedo personificado, lo sé todo, lo veo todo, lo escucho todo, nadie puede escapar de mí, ¡porque soy el señor miedo! Jajajaja”.

Me desmayé y volví en mí, encontrando un chaleco de fuerza a mi alrededor: estaba encerrado en una jaula.

“Este texto fue sacado de la declaración de William Jacobs, tras acusarles de homicidio. La noche del 25 de abril de 1956 asesinó a su esposa e hijo para luego quemar su casa.”

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