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Chibi Death EN ESPERA DE UN ALMA PIADOSA

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Nilo podía respirar apenas, agarrándose de las percudidas sábanas con la poca fuerza que le quedaba. Tosía y se quejaba de los dolores, estaba solitario en la vieja habitación de una casa sin recuerdos, esperando su hora.

A lo lejos, caminando apenas, venía Idiel, su hijo, y detrás venía otro tipo, de negro elegante, siguiendo raudo los pasos del chiquillo.

La lluvia arreciaba, decorando intencionalmente el triste paisaje. Una casita en medio de la nada, pastizales, árboles a lo lejos y pocas visitas. El cáncer es una enfermedad terrible, lo sabían padre e hijo.

Nilo pensaba en que su retoño ya no llegaría. Era extraño. Recuerda con claridad que le había prometido encontrar una cura. No sabe si lo dijo por la angustia del momento o quizás el clima era demasiado frío. Es técnicamente imposible, pero bueno, hay una palabra llamada milagro.

A mi Padre.

Llegando a la casita, encendieron una vela, y haciendo un gesto de “Quédate aquí”, Idiel avanzó hasta la pieza del fondo, solo, extrañado, con cara de angustia y las manos sudando.

- Pensé que no llegarías, hijo.

- La lluvia no es impedimento para dejar de venir a verte, Pá.

Nilo se asomó, como pudo y curioso, a mirar la entrada.

- Y él es..

- Es solo un conocido, Pá. Me hace compañía.

Idiel revisaba los niveles de oxígeno del tanque y se aseguraba de que las medicinas estuvieran a las horas, con sus dosis correspondientes. Miró en lo que se había convertido su padre. Una lágrima se asomó recelosa.

- ¿Recuerdas que prometí sacarte de esto?

- Sí, hijo. Pero no te esfuer…

Nilo paró en seco cuando vio a su hijo sacar una cuchilla de carnicería.

- No tengo mucho tiempo, Pá.

Nilo se acomodó como pudo. Le era imposible escapar, le dolía el alma. ¿Su propio hijo sería capaz de… Matarlo? ¿De esa forma lo liberaría?

- Hijo, esto no es necesario…

- Necesito que confíes en mi, Pá. Dije que te sacaría de esto y así va a ser.

Idiel se acercó con el cuchillo, raudo y amenazante, con los ojos hinchados y manos temblorosas. Nilo apenas podía levantar las manos, no tenia cómo defenderse. Aún así, entendía de cierta manera a su hijo… La desesperación, la impaciencia… La ira.

Entre la poca luminosidad que entregaba la vela y el ruido de los truenos y el agua cayendo, el brillo de un elemento filoso se asomó agresivo de entre la oscuridad. Nilo tomó una gran bocanada de aire y detuvo el repentino ataque de su primogénito. Un pequeño forcejeo se inicio. El hombre de negro en la puerta sólo se limitaba a oír la triste escena mientras daba caladas a un cigarrillo.

Pero ya no habían fuerzas. No quedaba nada más que hacer es su situación.

- Confía en mí, papá…

Nilo, ya sin nada más que hacer, dejó de luchar. Idiel acuchilló el abdomen de su padre y cortó, casi sin problemas, dejando entrever los órganos vitales. Un grito de dolor ahogaba el ruido de las gotas chocando contra las viejas latas del techo de la casita. Idiel, casi vuelto loco, metió la mano por entre las tripas malgastadas de su moribundo padre, con la otra sacó una piedrecilla roja de su Bolsillo, y la introdujo como pudo en el vientre.

Nilo convulsionaba del dolor, acortándose su respiración y debilitándose su pulso. Idiel tan solo seguía sobre él, con ambas manos metidas, hurgando, buscando algo.

De pronto, la muerte se llevaba el alma del pobre enfermo. O eso creería cualquiera.

Idiel sonrió y sacó las manos, ensangrentadas, del cuerpo de su padre. Las heridas de éste último empezaron a cerrar de forma pausada, y su estado en general empezó a mejorar. Luego, un suspiro, un aliento de vida.

Despertó, recompuesto…

Nilo, asustado y sorprendido, se miraba las manos, las piernas, el abdomen, y por último, a su hijo. Luego de un momento de quietud y silencio, se lanzó sobre Idiel, llorando a mares, agradeciéndole lo que sea que haya hecho para lograr tal… Cosa.

Pero Idiel, extrañamente, lo tomó y de un pequeño empujoncito, lo hizo ponerse de pie.

- Debes irte, ahora. Te esperan en la casa de la tía Doris. Pero debes irte, ¡ya!.

- Pero, hijo… No puedes decirme que me vaya…

- ¡Debes irte ahora, mierda! Yo estaré aquí, de verdad… Sólo necesito descansar, a solas un rato.

Nilo lo miró extrañado, pero una sonrisa apareció en su rostro.

- Nunca terminaré de agradecerte esto… Ya hablaremos.

Tomó un abrigo y se fue corriendo, ignorando hasta al tipo de negro que estaba en la puerta.

Acto seguido a esto, Idiel expulsó un chorro de sangre y se lanzó al suelo, retorciéndose de dolor. Miro sus manos, sus brazos y se tocaba la cara. Sus órganos ardían, estaba mareado y exhausto, con ganas de morirse y de vomitar.

El Hombre de Negro entró calmado a la Habitación, encendiendo otro cigarrillo. Idiel volteó como pudo dentro de su repentina agonía y le estiró la mano.

- No… Nosotros teníamos u… un trato…

- Y lo cumpliré al pie de la letra, chiquillo.

El Hombre de negro le tomó la mano a Idiel, quien ya había perdido la mitad de su peso en 30 segundos. Aquel hombre dio un pequeño chasquido y a sus espaldas se formaba una pequeña sombra en el suelo. Idiel, ya moribundo, se dejó caer sonriente en los brazos del hombre de negro.

- Debes de amar mucho a tu padre para hacer esto…

Idiel sólo sonreía. El hombre acomodó al chiquillo e hizo aparecer su hoz. El agujero negro se anchó un poco más y ambos desaparecieron entre la nubosidad maldita de un portal desconocido, dejando atrás un mar de dudas en Nilo, quien había llegado con algunos familiares para celebrar el milagro, pero no encontraba a su amado hijo por ningún lado…

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