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El señor Wells era un hombre de pocas palabras, las pocas que decía las seleccionaba tan rigurosamente que en ningún momento se alcanzaba a vislumbrar algún atisbo de humor en él.

El viejo gustaba de salidas tranquilas a pescar, a veces cocinaba sus presas, sobre todo desde que la señora Wells ya no estaba y él se había quedado solo en aquel enorme y desierto páramo al que llamaba hogar. 

Comenzó su día como cualquier otro, la alarma sonó a las 7:30 am. y su viejo, pero entero cuerpo salía de la cama al tiempo que un pequeño gemido emanaba de su boca. Se puso sus pantalones atirantados. Nunca le gustaron, pero había sido un regalo que Eunice le había hecho antes de morir y sentía la necesidad de usarlos, así ella lo habría querido. Caminó en el suelo helado rumbo a la cocina y preparó un café negro. Luego de asomarse por la ventana y confirmar que había un soleado y hermoso día allá afuera, tomó su caña de pescar y se dispuso a salir a conseguir el almuerzo. 

Las huellas de sus viejos Dr. Martens trazaban el camino que había hecho cada tercer día desde los últimos siete años, dos años antes de que el cáncer le quitara a Eunice. A ella le parecía un poco anticuado que su marido se levantara por las mañanas con motivo de su nuevo pasatiempo, anticuado, pero también curioso, -Ya se le pasará- murmuraba suavemente cuando lo veía zarpar como todo un cazador.

Al cabo de cuarenta y tres minutos Phil contempló la rivera del lago, desató su bote de segunda mano que le había comprado a su viejo amigo, el pastor Collins, ya que él se había hecho de un modelo más reciente y pasó el resto de la mañana acechando como un león acecha a su presa, esperando el momento indicado. 

Varias horas después y luego de habidos seis pequeñas e infortunadas carpas plateadas en el balde llegaba la hora de regresar. Volvió a atar el bote una vez en la orilla. El brillante día de Marzo poco a poco se convertía en una borrosa y fría reunión de pequeñas nubezuelas que lentamente bajaban y lo acompañaban en su camino. Era de esos días cercanos a la primavera en que el sol lograba calentar un poco el mediodía pero de nuevo el frío regresaba a reclamar su lugar hacia el atardecer. 

El sendero que conectaba la llanura boscosa con el lago Hanson le estaba pareciendo más largo de lo habitual -Eso imposible, los caminos no se hacen más largos o cortos, siguen del mismo tamaño por siempre- Se decía a sí mismo. -Philip, te estás haciendo viejo, pronto sólo serás capaz de pasar el día asando castañas frente a la chimenea como los demás viejos- 

El camino de regreso se había vuelto frío y había tanta niebla que apenas podía ver donde pisaba. El viejo Phil estaba preparado, había llevado consigo esa vieja, enmohecida pero muy reconfortante cazadora color tierra que tenía. La verdad no podía darse el lujo de elegir, era el único abrigo que tenía.

Transcurridos 56 minutos de camino el viejo comenzó a preocuparse, quizás la espesa niebla que lo acompañaba hizo que siguiera el sendero equivocado, pero sabía que eso era imposible, era algo absurdo, el camino solo seguía un solo sendero, por el cual había pasado la cantidad suficiente de veces como para no poder evitar dar por estúpida la idea de haberse extraviado. 

Phil continuaba caminando con determinación, a pesar de que ya llevaba cerca de hora y media en el acto, comenzó a sentir como poco a poco los dedos de sus manos, sus pómulos, sus orejas, recuperaban su calor y pasaban de ser carne blanca azulada a un color rosado y cálido, podía moverse con más agilidad y las coyunturas de los huesos poco a poco dejaban de dolerle. Eso le pareció sumamente extraño pero no se iba a poner a discutir por lo único bueno que le había pasado esa tarde, mejor que eso, agradeció que el frío haya cesado al menos como para recuperar su color nuevamente. Pero pronto el calor iba aumentando y un olor a putrefacción se fue apoderando del ambiente hasta que era tan intenso que con cada inhalación Phil sentía cómo esa sustancia agrietaba sus pulmones, el calor se volvió cada vez más y más insoportable, sentía que sus ojos hervían a borbotones dentro de sus propias cuencas, la espesa niebla que de pronto parecía ser el origen de esa peste fue apartándose, sin embargo el olor persistía, cada vez con más fuerza.

Las suelas de sus viejas botas parecían trozos de mantequilla sobre un sartén calentándose, la desesperación era incontenible, una vez que la niebla se disipó lo suficiente logró ver una muralla enorme, y frente a él una puerta majestuosa, gigante y hermosa, era de un material negro, parecido a la obsidiana y estaba tallada con figuras que parecían contar una historia, una muy antigua. 

Escoltándola se erguían imponentes dos enormes pilares, fue en ese punto cuando entendió todo, había llegado el momento, esa entrada era para él, y caminó hacia ella. 

Las puertas se abrieron lentamente y un gran esplendor salió de ellas inundando todo e impidiendo que el atolondrado viejo pudiera ver hacia el interior, de inmediato se pudieron percibir los gritos y lamentos de lo que parecía ser una cantidad incalculable de personas, era increíblemente agobiante. 

-Bienvenido 

Una voz resonó de ningún lado y de todos a la vez, una voz terriblemente poderosa. 

-¿Quién eres? -Gimió el pobre hombre, a punto de perder la compostura. 

-Tú sabes bien quién soy, Philip, todos me conocen -Volvió a oírse esa voz imponente, pero paciente. 

El pobre hombre comenzó a llorar -¿Por qué estoy aquí? ¿Por qué? Yo he vivido bien, jamás le hice daño a nadie -Decía sollozando. 

-¿Qué esperabas? Mi mayor placer es engañarlos a ustedes, seres insignificantes, me regocijo ante sus desgracias y me río de sus plegarias. 

Secándose las lágrimas, Philip Wells vociferó -El mayor de tus engaños es hacerle creer a los hombres que no existes.

-No… Mi mayor engaño ha sido hacerles creer que tienen alternativa, que pueden elegir su camino.

-Eres el Diablo -Dijo aquel hombre aterrado y completamente fuera de sus cabales.

El silencio se apoderó de ese momento por unos instantes...

-No... Soy Dios.