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Es una lástima, pero hoy día los museos se han convertido en solitarias estancias en las que conviven en su aburrida monotonía y estatismo las pinturas y las esculturas. De vez en cuando alguna que otra visita las saca de su rutina, aunque, están las típicas que siempre son lo mismo, nada interesante para los pobres y aburridos cuadros. Esos japoneses, todos con la misma cara, todos con idénticas cámaras fotográficas, a los que los vigilantes siempre han de estar llamándoles la atención por utilizar sus flashes... Y es que muy poca gente sabe que esos, en apariencia, inofensivos flashes, podrían dañar gravemente el alma de las obras de arte que allí residen, su casa; además, no es de rigor entrar en casa de alguien haciendo fotos a troche y moche sin pedir permiso y menos con los molestísimos haces de luz repentinos y fulminantes.

El otro día tuve ocasión de presenciar algo insospechado, algo de lo que nunca hubiera sido testigo si no es por mis repentinas, inoportunas y acuciantes ganas de orinar. Estaba visitando un importante museo, en mi reciente viaje a Madrid, acompañada de un grupito de amigos. El tiempo pasaba sin sentir admirando cuadros y más cuadros de los siglos XVII, XVIII y XIX. Despacito, saboreando pintura por pintura, cuadro por cuadro, estatua por estatua; años y años allí encerrados entre los refrescantes muros de piedra y los elevados techos clarabóyicos, se nos iba pasando el tiempo casi sin sentir. Salas y más salas eran recorridas a nuestro paso por nuestras curiosas, intrigadas y ansiosas de cultura, miradas.

El recinto estaba en exceso tranquilo y solitario. Apenas nuestro grupo y algún que otro vigilante en cada una de las intersecciones de una sala con otra ocupaban el espacio dedicado a la exposición permanente de obras de arte. Sin saber muy bien ni qué hora era, me asaltaron las ganas de las que hablaba antes, o sea, las de orinar. Pregunté a uno de los vigilantes por el aseo y me indicó el sitio advirtiéndome de que ya era la hora de cerrar para el almuerzo; así que me instó a que me diera prisa. Por suerte los servicios eran amplios y cómodos y estaban muy limpios, cosa de agradecer. Tenían todos los utensilios necesarios y estupendos espejos.

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Hice mis necesidades, lo que era en verdad urgente, pero después, sin saber muy bien cómo ni por qué, me entretuve ante el espejo distraída en algo que no sabría explicar muy bien. Perdí la noción del tiempo y del espacio...

Al volver en mí pude ver una extraña figura reflejada en el espejo. Aquella mujer no era yo. Eché un vistazo a mi alrededor, me giré para ver detrás de mí pero no había nadie más, estaba yo sola en el aseo, pero entonces ¿cómo era posible que al mirarme en el espejo no me reconociera como yo misma sino que se trataba de otra persona? Este misterioso suceso comenzó a inquietarme...

Me sentí algo trastornada pero traté de sobreponerme e indagar en lo sucedido, intentar encontrar alguna explicación lógica y convincente. Ante el desconcierto sufrido llegué a imaginar que podía padecer de amnesia y no recordar cómo era mi imagen, mi físico, y debido a ello, no reconocerme en el espejo. Pero es que para colmo yo iba vestida a la antigua usanza. Porque, iba vestida; claro, ya sé, es lógico, me encontraba en un aseo público, no en el cuarto de baño de mi casa, pero igual podía haber estado desnuda porque la imagen reflejada en el espejo era la de la Maja, sí, la que pintó Goya.

Pero bueno, un lapsus lo puede tener cualquiera...; podría ser que me hubiera dejado llevar por  la fantasía de los cuadros allí vistos, un pequeño mareo debido a..., bueno a saber, a cualquier cosa..., pero vamos, que tampoco hay que extrañarse tanto ni darle tanta importancia a eso de que una se mire en el espejo y se vea convertida en imagen de cuadro famoso. Es lo que me decía a mí misma tras el primer susto, intentando recuperar el aliento y salir pitando de allí antes de que los bedeles me dejaran encerrada en el museo ante mi tardanza por contemplarme en el espejo.

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Salí del aseo tan rápidamente como pude y comencé a atravesar salas en busca de la salida, cuando..., algo extraño me hizo recapacitar y detenerme. El cuadro que tenía frente a mí estaba vacío. El marco lucía solo sobre la pared. Miré a mi alrededor y con horror pude darme cuenta de que todos los cuadros estaban vacíos, y un movimiento y murmullo llamaba mi atención desde otra sala un poco más alejada. Cuando en ese preciso momento alguien me llamaba por mi nombre, bueno, no por mi nombre, más bien por el del espejo, bueno ustedes ya me entienden... Pepitaaaa, Pepitaaaaaa, venga, maja, que te estamos esperando para comer. Claro, así de pronto, no se me ocurrió pensar que Pepita era yo, porque yo no me llamo Pepita; pero es que se me acercaron dos frailes de Zurbarán que con discreción me hicieron una señal de que les siguiera a la sala donde, todos reunidos y con la mesa puesta, me esperaban para comer. Señora Tudó, me dijo uno de ellos, hace rato que la esperan para el almuerzo, ¿le ocurre a usted algo?

Arcimboldo, La Primavera

Aceleré mis pasos lo que pude y allí estaban todos... En una larguísima mesa con todo tipo de viandas y
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magníficos bodegones, presidida por la reina Isabel II, pude darme cuenta de Godoy, que me miraba con cara recriminadora, debido a mi tardanza, supongo. Goya también se encontraba allí, por supuesto. Personajes de lo más variopintos..., unos, nobles; otros, del pueblo; inquisidores, frailes, personajes bíblicos, pintores, dioses y diosas del Olimpo, santos, mártires, Jesucristo y su Santísima Madre... Había una mujer cuya presencia me extrañó por su peculiar aspecto; su busto era totalmente construido a base de flores. Flores, hojas y campanillas de todos los tamaños, colores y formas, conformaban su imagen. Todos la llamaban Primavera. Conversaba muy afanosamente con un tal Arcimboldo acerca de que éste le hiciera un retrato. Llamó también mi atención una mujer muy altiva, una mujer que imponía un tanto por su dura expresión como de "tirana"; al parecer se trataba de una actriz a la que todos llamaban Rosario.

En fin, la verdad es que comí muy bien en compañía de todos aquellos personajes de pintura y creo que bebí demasiado vino...

De repente, medio ensoñiscada y algo mareada, me di de bruces contra otro espejo. Suerte que ni se rompió ni me hice ninguna herida ni chichón. Entonces el golpe me hizo reaccionar y enderezarme, esparcí agua en abundancia por mi rostro y pude darme cuenta de que yo, de nuevo era yo, y me encontraba en el lavabo de un restaurante donde acababa de comer con los amigos con los que había visitado el museo. Al oír retumbar dentro del aseo, mis amigos, que esperaban afuera, me increparon interrogándome si me pasaba algo mientras me metían prisa, pues el tiempo pasaba y ya se hacía tarde y podría correr peligro de perder mi tren.