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Revenant (Miguel González)

Una figura negra y harapienta, así como sinuosa y siniestra, surgió de entre las brumas de la habitación. Había entrado a través de una ventana que premeditadamente alguien había olvidado cerrar. La cámara permaneció en silencio, sus paredes cubiertas por papel tapizado parecían estremecerse al paso lento y sedoso de la oculta personalidad que se había infiltrado en la casa, los muebles se tatuaban con las sombras abstractas que la noche proyectaba sobre su materia, el viento silbaba una vieja melodía irreconocible, fuera de tiempo o espacio alguno y, las sábanas del dormitorio esperaban aquello que tantas noches habían soportado, temerosas y dobladas para protegerse de la aberración y el pecado. De entre las ropas lívidas y ennegrecidas que vestía el ser incursor surgió una mano. Una suave y fina mano blanca que contrastaba enfermizamente con el resto de la imagen. La palidez de los dedos y sus contornos, el movimiento delicado y refinado del miembro dejado caer sobre la cintura ofrecía sueños e hipótesis desquiciadas sobre el origen de tanta parsimonia entre tanto horror.

La figura se detuvo justo a los pies de la cama. Otra mano clara e infantil se separó del atuendo, y ambas se reunieron de nuevo en la supuesta capucha de aquel cuadro macabro, dejando al descubierto con un leve movimiento, el rostro y la cabeza de la presencia entrometida. Una cabellera larga, lisa, y gris cayó sobre los hombros, una brisa inexistente meció dicha melena como un escalofrío sobrenatural. El rostro era ambiguo, los ojos grandes y claros, con mirada perdida entre las curvas de la cama, despistados. Los labios y la nariz, jóvenes y suaves, atractivos. Las capas de ropajes morados volaron de forma casi mágica, dejados caer por la figura erguida ahora, hacia la ventana, con lentitud, ligeros frente a la pesadez aparentada antes, perdiéndose entre los árboles pelados del jardín exterior, como si siguieran una ruta conocida.

La oscura habitación parecía un poco más iluminada, pues la desnuda figura que había entrado parecía desprender una tenue luz carmesí. El cuerpo entero parecía adaptarse a las sombras de la estancia, atrayéndolas, rechazándolas, y cambiando paulatinamente y de forma obscena su apariencia.

El aire entero de la habitación se había cargado con un aroma dulzón y empalagoso, embriagador y que, la ventana abierta parecía no poder dispersar. El vapor invisible nublaba la vista y, humedecía el ambiente. La figura desnuda simulaba bailar a los pies de la cama, ondeando los brazos, las caderas, y recostando la cabeza que esbozaba la más perversa sonrisa jamás vista. Una susurrante voz lasciva y caprichosa surgió de los labios, ahora sonrosados, del ser insinuante, su canción, demasiado nociva y embelesante.

El ser parecía ahora difuminarse en su ángulo, casi etéreo para unos ojos soñolientos y enrojecidos por el vapor que casi anegaba todo el dormitorio. Las manos jugaban con la extraña anatomía indefinida de forma lujuriosa, los jadeos interrumpían la canción, y una mano acariciaba la cabellera cambiante, ahora casi morena, con sensualidad. Los suaves movimientos se convirtieron gradualmente en espasmos que alteraban la altura y definición de aquella cosa. El ritmo pronto fue frenético, y los suspiros se transformaron en aullidos animales y gritos indescriptibles que rayaban la frontera de la cordura, de repente, la figura se detuvo en su frenesí casi violento. El aullido real de un lobo se escuchó cerca de la ventana, y a este le siguieron otros, y otros más.

—Tienen celos de ti... Quieren verte muerto, y a mi posiblemente también, por adulterio y traición. Seguid aullando... Y tú no tengas miedo, no entraran si no les invitas... —La ambigua figura habló.

Apoyó sus rodillas en la cama y, jadeando como un animal se acercó a su amante mortal, sumiéndolo en el más absoluto placer y, poco a poco matándole y desangrándolo para alimentarse.

Vampire by TreehouseCharms