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Aquel cementerio aún conservaba algunas tumbas antiguas, en aquella época se solía colocar un tubo con una campana al final y una cuerda hacia el interior del ataúd. En caso de catalepsia, la persona que hayan enterrado viva podría hacer sonar la campana y comunicarse al exterior con ayuda del tubo.

En esa noche, se encontraba dos cuidadores que del cementerio, que habían sido contratados hace un par de días. La noche había transcurrido sin ningún problema, hasta que una de las campanas empezó a sonar.

— ¿Oíste eso? Como una de esas campanas que tienen las tumbas.— dijo uno de los hombres.

— Parece que fue una campana, pero debe ser el viento.— respondió su compañero, sin darle mucha importancia.

Ignoraron el sonido, pero después de un tiempo volvió a escucharse con más insistencia. Eso no era el viento. Los hombres fueron a investigar.

El sonido los llevó a una tumba un tanto aislada. En definitiva, el viento no movía la campana. Alguien lo hacía desde abajo, usando la cuerda.

— H-hola… ¿Alguien se encuentra ahí abajo? — preguntó uno de los hombres, temeroso, a través del tubo. Solo recibió pedidos de ayuda por parte de una voz cansada. Quién sabe cuánto tiempo habrá estado ahí.

— Sa-sáquenme de aquí, por favor… Necesito ayuda…— Volvió a escucharse la voz.

— No te preocupes, en seguida te sacaremos de aquí.— dijo el hombre mientras buscaba una pala para empezar a cavar.

Cuando puso la pala en la tierra, su compañero lo detuvo. Con una expresión seria, moviendo la cabeza de un lado a otro en señal de desaprobación, le quitó la pala.

Él empezó a golpear al tubo, no se detuvo hasta que este quedó completamente doblado. Después lanzó la campana muy lejos.

— ¿Por qué lo haces? ¡Alguien necesita ayuda! — dijo el otro, molesto.

— Mira la fecha de la lápida; 1983. Esta tumba fue hecha hace más de 30 años. Y lo que esté ahí abajo, no saldrá.