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   Jean cruzó por la concurrida avenida, pisando el rayado como los demás transeúntes, hundidos en un trance rutinario, sin que mostraran una pizca de interés por otra cosa que no fuese sus ocupaciones de la vida diaria de los parisinos. Al llegar al otro lado, acomodó su mochila en su hombro, se detuvo delante del Cavalliere Caffe, mirando a través de sus enormes ventanas-paredes que formaban la estructura; con la mirada, buscó entre las mesas del interior aquella en la que se encontrara al menos una mirada conocida. Sin éxito decidió entrar, y a punto de cruzar el umbral de la puerta cristalina, sintió en peso sobre su hombro izquierdo… Una mano; al girarse trató de no fingir sorpresa:

-¡Jean! Por lo que veo, estás más perdido de lo que vas a estar esta noche –dijo Alex con tono burlón, a lo que Jean se giró y respondió:

-Si salir mucho por el centro de París significa volverme como tú, prefiero vivir abajo.

-¡Jah! Veamos si después dices lo mismo cuando bajemos. ¿Ya llegaron los demás?

-No, bueno, no los vi. Ni he entrado en el café –dijo Jean bajando la cabeza y revisando su celular –Y ya es la hora, las 16:30… Supongo que –No terminó, pues al alzar la vista, no vio a su compañero.

-¡Eh atontado! –gritó lo que Jean buscaba, dentro del café, cerca de una mesa a una esquina, con dos personas más riéndose: Unas dos chicas. Jean pensó para así mismo que tal vez le habían visto desde hacer rato, y él, ni siquiera los notó. Y dijo para sí: -Creo que tendré que buscar unos anteojos como los de Ricciardo –Y al entrar al café avanzó hasta la mesa.

-¿Desde hace cuanto me habían visto?

-Lo suficiente –mencionó riendo una de las chicas, que era de cabellera morena.

-Te veías desorientado… ¿Desayunaste bien? –preguntó la otra chica, de cabello corto y pelirrojo, por lindos aspectos nórdicos característicos de Europa.

-Me preocupa más si siquiera pudo dormir anoche, estabas bastante entusiasmado… Por no decir cagado –Bromeó Alexandre. Las risas no se hicieron esperar.

Jean se sentó en una de las sillas libres de la mesa, y Alexandre hizo lo mismo.

-Entonces… ¿Qué tenemos? ¿Cuál es el plan? –Preguntó Jean.

-Hasta ahora, nada –Respondió la morena, cuyo nombre era Sophie. –No tenemos el mapa, se supone que Ricciardo nos lo iba a traer.

-No hay que confiar en los italianos… Allá son más impuntuales –agregó Alex.

-¿Y cuáles son tus argumentos para decir eso? –Interrogó la otra chica, Liz.

-Pues… Ricciardo nos lo demuestra. ¿Quieres más evidencia? –

-Idiota -respondió Liz.

-Ahora en serio –dijo Jean –Exactamente cómo será esto.

Hubo unos segundos de silencio.

-Pues bueno –empezó Alexandre –Se supone que debemos ir por la parte turística y de ahí, a nuestra cuenta ¿no?

-Creo que involucraríamos a más gente, pensando que nos empezarían a buscar. Y las catacumbas es un lugar en el que te pierdes fácilmente –Reflexionó Sophie.

-Por eso debemos estar preparados. Miren, tengo unos 250mts de cuerda fina pero resistente: Amarraremos un extremo a un pilar, o una estaca que colocaremos, y avanzaremos. Casi al estilo Hanzel y Gretel, pero con una cuerda –Mencionó Alex.

-Me parece bien, pero, recuérdenme algo… ¿Para qué hacemos esto? –Preguntó Jean, para tratar de recuperar algo del sentido del por qué iban a hacer lo que planeaban.

-Dios mío… No me digas que hay que repetírtelo –dijo Alexandre exasperado…

-Bah, no le culpo por la pregunta. Quién sabe si nos perdemos sólo por querer explorar más que un idiota que murió allí –dijo Liz.

-No creo que sea por explorar más, sino por saber más de lo que hay allí abajo… Todos vimos ese documental, que hace más de 20 años, alguien bajó solo, se extravió y murió –Narró rápidamente Sophie.

-Sí pero lo que me gusta, es el metraje que logró grabar… Y estoy seguro que lo que nos dijeron en la clase de la universidad, de que el tipo se desesperó por estar perdido, no es cierto… Algo pasó allí –decía Alexandre con tono de darle importancia a lo que decía –Aparte de que suponemos, no supo dónde estaba, hay cierto punto de la cinta en que…--

Todos voltearon rápidamente hacia la entrada, por donde se acercaba un muchacho haciendo ruido con algunas cosas metálicas colgadas en su mochila (una linterna, una pala pequeña, dos radios walkie-talkies). Casi tropezó al cruzar la puerta y los demás clientes pusieron su atención en el joven, quien era Ricciardo; entonces llegó a la mesa donde se reunían sus compañeros.

-Vas… Liadito ¿no? –preguntó Liz. Ricciardo se acomodó sus anteojos y colocó su pesada mochila en el piso –Sí, bueno… Quería estar preparado y… ¡Ah! Traje el mapa que me pidieron. Según y dicen que es preciso en todo su trazado, aunque lo conseguí de internet –Sacó de su bolso un papel enrollado, casi como un pergamino y lo colocó abierto sobre la mesa –Espero que nos sirva.

-Mmmm, ok. Y… –preguntaba Alexandre -¿Aparecen allí nuestro punto de entrada y el de salida? –

-Sí, sí, claro. A no ser que vayamos por una de las rutas turísticas como habíamos hablado, en cambio, entraríamos por aquí –Ricciardo señaló una X hecha con un marcador negro –El lugar es un deshuesadero y chatarrero al mismo tiempo. El dueño es un adinerado dueño de una gran cantidad de terreno… y en esa misma propiedad, hay una entrada a cloacas. Ya en ellas, debemos abrir una reja de 1,5x2mts. Supongo que usaremos o una segueta, un soplete o algo así. Dos se quedarán vigilando mientras el resto abrirá la entrada. Entonces, entramos, avanzamos 50mts hacia el norte, luego doblamos a la derecha por otros 20mts, y nos toparemos en una pared, otra reja más pequeña. La abrimos igualmente, y nos arrastramos unos metros más. Entonces, estaremos en las catacumbas e iniciamos.

-Mierda… ¿Y cómo sabes todo esto? –preguntó Alexandre, y Ricciardo mientras enrollaba el mapa y lo guardaba respondió:

-Tengo mis contactos; un amigo de mi papá colaboró con el mantenimiento del alcantarillado hace dos años, y un compañero de la facultad de Historia Antigua, hizo un pequeño curso en línea de cartografía y leyó con mucho cuidado los planos del alcantarillado y un mapa trazado a mano que le dieron a su padre. Le pedí la información, recopilé los datos de las catacumbas, bajé de internet el mapa más recientemente actualizado y aquí estamos –Terminó acomodándose las gafas.

-Ya, venga, mucha información –dijo Jean –Lo complicado sería abrir las rejas sin que nadie se entere. ¿No hay manera más sencilla de hacer esto?

-La otra opción sería entrar y salir por el mismo lugar, o por esta salida del desagüe que da a la calle, pero sería difícil no ser descubiertos al entrar temprano. Lo mejor sería entrar por el deshuesadero, y salir por la calle, más o menos a las 3 AM, el momento en que casi no hay transeúntes. Pero deberíamos hacerlo en menos de 60 segundos –

-Oye ¿Y éste círculo rojo?–preguntó Liz.

-El círculo –explicó Ricciardo –Es el punto de salida por la calle; el otro punto de escape es por si acaso, es la entrada turística. P… Pero, es el último recurso. Lo más probable es que esté vigilada por precaución, y si la usamos, nos atrapará la policía.

Hubo un momento de silencio…

-Bueno, misión imposible… -dijo Sophie. Sólo centrémonos en que vamos a hacer esto y saldrá bien. El punto de esto es trazar más el mapa que ya tenemos. Investigar un poco y… Bueno, contribuir con algo. Por lo que veo, nuestra entrada, y la salida están en puntos contrarios. ¿Cuánto es la distancia entre ellos? Además, no todos pueden decir ‘Estuve en las catacumbas de París, haciéndome una selfie con los muertos’.

-Bueno… Unos 690mts en línea recta. Sólo unos 200mts están explorados. Se oye corto, pero el problema real son los pasajes, corredores, pasillos, etc. El resto, será por nuestra cuenta. En cuanto a los materiales…

-Ya, claro… Yo puedo conseguir un soplete, lo sacaré de la ferretería de mi padre; vamos, sin que se entere –dijo Alexandre.

-Yo tengo uno en casa… Así sin más me lo llevo –añadió Jean.

Ricciardo buscó una silla en una mesa desocupada y la colocó en la de la reunión, y tomó asiento:

-De acuerdo, todos debemos llevar lo nuestro. Linternas, zapatillas deportivas, ropa para ensuciar, fósforos, etc. Yo tendré la videocámara con visión nocturna. Y unos radios de mano por si acaso.

-Hombre, dudo que haya señal allí abajo… -reclamó Jean.

-Bueno… Sólo por si acaso… Alguien se pierde y los otros llegan a la superficie… Casos así… Ehh ¿No quieren tomar algo aquí? Yo invito –avisó el muchacho italiano, mostrando como de costumbre involuntaria, una sonrisa nerviosa.

-Dudo que sirvan… Sólo ocuparán espacio –Añadió Sophie.

-Okey, la cosa aquí ahora es la siguiente: ¿Nadie va a echarse para atrás? Si alguien quiere, puede retirarse ahora mismo…

Todos guardaron silencio, con el que comunicaron que estaban dispuestos.

-Si es así –dijo Alexandre, y llamó a una mesera. –Yo invito, pidan – Cuando esta llegó pidieron dos mokaccinos, un late vanila y dos cafés con leche. La mujer se fue con los pedidos anotados.

-Alexandre, no terminaste de decir lo que decías lo del explorador que se murió allí –dijo Liz...

-¡Ah sí! Bueno, aprovechando, que Ricci se entere y se vaya haciendo la idea… El tipo que grabó allí abajo en los años 90’s, de un minuto a otro, pasó del estado natural de explorar, al pánico y el terror absoluto. La cinta se daña en partes importantes, aparte que el sonido se estropeó; y en otra escena, ésta cae al suelo en un charco de agua, y se notan muchas pisadas en el agua… No sé si el sujeto le gustaba jugar en el agua. O es eso, o no estaba solo…

-Ya pero esas son leyendas urbanas… Como el Pie Grande en Canadá o los cocodrilos de las alcantarillas de Nueva York –dijo Jean.

-Perdona –interrumpió Liz –Pero eso sí está comprobado, y es real. La oscuridad favorece el crecimiento de los lagartos.

-Bueno, pero nosotros sólo vamos a trazar más el mapa. Quiero tomar un par de muestras de hongos o ver especies que habiten abajo, cosas por el estilo –respondió Ricciardo.

-Cosas de cerebritos, pues –exclamó Alexandre.

-Bueno, el punto es, que entramos, nos divertimos, y salimos –dijo Jean. En ese instante, llegó la camarera con las órdenes de los jóvenes.

-De acuerdo, hagamos esto, y hagámoslo bien –añadió Alex mientras alzaba ligeramente su taza. Los demás hicieron lo mismo y dijeron al unísono: -Que así sea –chocaron tazas y bebieron…

Qué bonito… Su último café juntos…

El reloj daba las 23:49 PM. El deshuesadero estaba ya cerrado. Los transeúntes por las callejuelas de la ciudad del amor, empezaban a escasear, y poco a poco, las luces se apagaban paulatinamente. Escondidos detrás de una esquina de una boutique, Liz, Sophie y Ricciardo esperaban a que las luces de la cabina principal de atender a la clientela fuesen apagadas, y todo se desocupara. A pesar de que habían trabajadores que faltaban por marcharse, el establecimiento ya no estaba abierto al público.

Liz revisó su reloj nuevamente… Las 23:50 PM.

-¿Dónde están esos dos? Ya deberían estar aquí –Susurró ella.

-Tal vez se retrasaron con los sopletes –Teorizó Sophie.

-Así todo se va a la mierda –Advirtió el muchacho.

-Vaya boquita para un supuesto chico bueno –Mencionó Liz

-No sé… Tal vez esto no sea una buena idea –Reflexionó Sophie. La otra chica le interrogó:

-¿Qué pasa? Esta tarde estabas dispuesta. Igualmente ya no nos podemos echar para atrás.

-B… Bueno, no sé. Si Jean y Alex no llegan en 10 minutos, me largo. Además, ahora mismo debería estar haciendo el proyecto de física del análisis de la teoría de la relatividad… -Sophie dudaba y meneaba la cabeza –Saben, yo mejor me voy y…

-¡Ni se te ocurra! –Ricciardo la tomó del brazo –Ya vinimos y no nos iremos hasta entrar hasta esas catacumbas.

-Eh… Pero… ¡Suéltame! –Sophie hizo que Ricciardo le soltara el brazo –Yo haré lo que--

-¡Cuidado! –susurró fuertemente Liz.

Los tres se ocultaron al darse cuenta de que el último empleado del deshuesadero se estaba marchando, y pasó de largo, cerca de la pared en la que los jóvenes se escondían, sin darse cuenta de la presencia de ellos. Cuando el hombre, cuyo rostro ocultaba la oscuridad se perdió a lo lejos de la calle acompañado por las farolas de amarillenta luz, se relajaron y volvieron a hablar.

-Y ese era el último –susurró él.

-¿No habrán perros adentro? –Preguntó Liz

-No, ya averigüé, lo que sí es que hay dos o tres vigilantes, pero sólo tenemos que evadirlos. Casi no se acercan a donde vamos, y me sé los horarios de sus rondas. En este momento deben estar haciendo una revisión. Es un buen espacio para ocultar algo ya que es grande el establecimiento.

-¡Hey! Oí que tenías un proyecto especial por el cual podrían darte un reconocimiento y que un equipo de investigación nacional vendría si todo salía bien… No me digas que ese proyectito es este –preguntó Sophie con cierta curiosidad y rabia por lo que el muchacho le había obligado a quedarse. Ricciardo guardó silencio un momento y bajó la cabeza, luego la alzó de nuevo, y su rostro ya no se veía como el chico listo que a menudo estaba nervioso y era descuidado. La misma mirada fría de aquel que evitó que Sophie se fuera… Él respondió.

-Todos tenemos nuestros motivos y prioridades… Yo tengo mis motivos, y no me interesan los tuyos, así como no espero que te interesen los míos.

Hubo silencio total durante unos minutos más, hasta que a lo lejos de la calle al sur del deshuesadero, Jean y Carles corrían llevando sus mochilas.

-¡Perdonen la tardanza! –Explicaba Jean –A Alexandre le costó sacar el soplete de la ferretería de su padre, y eso que le ordenaron a él cerrar la tienda.

-Anda, toda la culpa es mía. Luego nos persiguieron dos policías, creyendo que éramos… Ladrones, yo que sé. Pero los perdimos viniendo del este.

-Basta de charla –Ricciardo miró a los extremos de la calle -¡Vamos, ahora, ahora!

Los cinco corrieron hacia la zona más oscura de la reja este, que limitaba el espacio del lugar. Jean, Ricciardo y Alex sacaron unas pequeñas palas de las mochilas y cavaron en la tierra, debajo de la reja, para poder pasar. Las muchachas vigilaban que nadie les viera. Cuando cavaron lo suficiente, hicieron que ellas pasaran primero y al mismo tiempo, todas las mochilas; al final pasaron los hombres. Guardaron las palas y se ocultaron detrás de un montón de metal enorme, eran pedazos de de metal cortados y esqueletos de autos. Ricciardo se asomó y les dio la señal para que pasaran unos metros más hacia otro acumulamiento de partes de autos, lejos de la iluminación de las farolas.

-El punto de acceso se encuentra a 45mts más hacia adelante, y luego a la izquierda –informó el italiano. En ese momento, un vigilante pasaba justo delante del camino de donde debían ir, alumbrando con su linterna. Todos se ocultaron lo más que podían. Alex susurró:

-¡No dijiste que estaría vigilado!

-Hay robos de metal en las noches ¿Cómo no quieres que esté vigilado? –reprochó Ricciardo.

-¡Maldita sea, cállense! –dijo Jean. El vigilante pasó de largo, pero solo unos cuantos metros, porque cambió de rumbo y se dirigía hacia los muchachos con la cabeza baja, mirando su celular, ignorando que ellos estaban allí. El corazón les latía rápidamente, y nadie sabía qué hacer. Pero el menos esperado que hiciera algo, Ricciardo, agarró una pierda cercana a ellos y con cuidado y ayudado con la oscuridad de la zona, lanzó una piedra sobre la cabeza del vigilante (aún mirando el aparato de su mano). Dicha piedra, golpeó un pequeño cúmulo de metal y láminas de zinc, haciendo ruido. El hombre se sobresaltó y giró hacia el lugar de donde vino el sonido.

Aprovechando que el celador puso su atención en el lado contrario a ellos, corrieron todo lo que pudieron hacia adelante y luego a la izquierda, hasta un muro enorme (el único allí que servía como frontera) y por el que iniciaba el alcantarillado. Acompañados por la oscuridad y sin perder tiempo, Jean y Carles sacaron los sopletes y comenzaron a actuar por la unión de los barrotes con el muro. Inevitablemente, y aunque no estaba al nivel del suelo, sino más abajo, las luces salían disparadas destruyendo lo negro del lugar.

Las chicas vigilaban mientras se abría el acceso… Pero alguien era mucho más cuidadoso que ellos. Cuando ya casi iban terminando

-¡Viene alguien! –exclamó Sophie. Todos dejaron de hacer lo que hacían e iban a salir corriendo pero la potente luz de la linterna del guardia los paralizó.

-¡Quietos todos! ¡Manos arriba! –Gritó el hombre -¿Qué hacen aquí?

Todos obedecieron, y se miraron, intercambiando el pánico de ellos. Liz dio un paso al frente.

-Mire, nosotros… Eh… Sólo hacemos una investigación de la universidad… Nuestro futuro está en esto…

-Y me la creo, llamaré a la policía. ¡No se muevan! –advirtió el guardia sacando un celular viejo.

-¡Es verdad! –Exclamó Sophie –No vinimos a robar ni nada. Sabíamos que no nos dejarían hacer nada tan tarde, así que… -Ella caminaba hacia el sujeto.

-¡Eh, eh, eh! ¡Quédate ahí muchacha! –dijo mientras marcaba un número. Pero a punto de presionar “Llamar”, Alex se abalanzó sobre el sujeto y le hizo caer, y sorprendido, tratando de levantarse, el guardia no pudo evitar que Jean le golpeara en la cabeza con la pequeña pala quien, nadie se dio cuenta en qué momento había sacado. El hombre quedó inconsciente, y Jean les ordenó a las muchachas que lo vigilasen mientras Alexandre y él seguían abriendo paso. Cuando terminaron, guardaron los sopletes, alzaron sin arrastrar la reja de hierro y la acostaron sin hacer ruido.

-¿Dejamos al guardia aquí? –Preguntó Jean

-¡Déjalo ahí! –Dijo Alex. Igual no vamos a volver para acá.

Nuevamente, se les dijo a las chicas que pasaran primero, luego fueron Alex y Jean. Cayeron medio metro en agua de alcantarilla y debían disimular bloquear la reja de nuevo, pero Ricciardo, arrodillado hacía algo al lado del guardia caído.

-¡¿Qué esperas idiota?! –Exclamó Jean.

-V..Voy –El muchacho se levantó y pasó por la entrada improvisada. Juntos “colocaron la reja de nuevo”.

-¡Sabía que esto era un error! ¡Debí irme en cuanto pude!

-¡No comiences con eso de nuevo!

Las chicas discutían, mientras los hombres se reagruparon. Alexandre intervino.

-¡Ya, ya! ¡Estamos aquí! ¿Bien? Más nada, ahora sólo sigamos y listo. Y Sophie, pudiste irte antes de que llegáramos, pero seguiste adelante, así que ya no hay vuelta atrás.

-Si es que tuve que irme… -La chica refunfuñaba en voz baja –Qué estúpida… Que…

-Como sea –empezó Liz -¿Qué es lo siguiente?

Ricciardo empezó a sacar el mapa…

-Jean, quien hubiera imaginado que harías eso… Buena, campeón –Alex felicitó a su amigo por el acto de valentía-desesperación que había hecho.

-¿Tú crees que yo sabía que lo haría? Jajaja. Ni que tú no hubieses ayudado… Estaría tu padre gritándote en la comisaría.

Se abrió el mapa.

-Bu… Bueno, lo que sigue… Eh… Sí, 50mts hacia adelante, luego a la derecha…

-De acuerdo. Todos saquen sus linternas y andando.

La orden de Alex fue obedecida, y cada uno sacó su linterna. Alex sacó una lámpara que iluminaba un buen espacio alrededor con una luz amarilla, perfecta para el entorno y sus detalles. Comenzaron a caminar con cuidado por el pasadizo subterráneo oscuro y mohoso.

-Mierda, qué peste… -Se quejó Liz.

-Son las alcantarillas, no es de extrañar –dijo Sophie.

La estructura era de bloques de piedra y cemento, sorprendiendo lo espacioso del lugar. Cinco personas en línea horizontal cabían perfectamente entre las dos paredes del lugar; tal vez pareciese poco, pero eran las alcantarillas, impresionaba el espacio que había allí. Jean lo expresó mientras caminaban:

-Hay bastante espacio…

-Estas estructuras son bastante antiguas, y era normal que bajasen personas a hacer alguna clase de actividad… Actualmente esto expandió el plan principal del desagüe. Fue aprovechado, por así decirlo –explicó Sophie.

Ricciardo iba adelante, mirando el mapa, el cual era alumbrado por Liz.

-Ahora a la derecha. Eh… Pues… Un momento, ¿qué hora es? –finalizó Ricciardo. Los demás revisaron sus relojes… Las 00:25 AM.

-Deberíamos apurarnos, si queremos salir a la hora programada –dijo Jean.

-Concuerdo –dijo el joven del mapa. Entonces fueron más rápido hasta que en una pared, hallaron otra reja más pequeña que la anterior. Todos sabían qué hacer, así que con los sopletes abrieron la entrada. Esto les tomó unos 10 minutos más.

Algo le llamó la atención a Sophie. Algo sobresalía bajo la ropa de Ricciardo, que le parecía familiar. Iba a preguntarle lo que era, cuando Jean y Alexandre quitaron la reja. Entonces, la chica tuvo que olvidar el asunto para centrarse en algo un poco más importante. Debían arrastrarse por unos 15mts bajo un espacio muy angosto, pero en el que una persona se podía rotar sobre su propio eje adentro. Alguien con algunos kilos de más fácilmente se quedaría atrapado allí, y nadie sabría donde estaba hasta mucho tiempo; muy pocas veces estos lugares eran transcurridos.

-Bueno, más le vale a todos que dejen aquí su tendencia a ser claustrofóbicos –advirtió Ricci.

-Me preocuparía más por Alex –dijo Liz, ya que él iba varias horas al gimnasio a la semana, y estaba algo más tonificado que los demás hombres del grupo.

-Me las apañaré para salir si me quedo atrapado allí… Si no, que nadie de aquí se quede con mi PS4.

-Alex, tranquilo. No importa lo que digas me quedaré con tu Final Fantasy XV –dijo Jean con un tono burlón.

-See claro.

-Bueno… ¿Las damas primero? –preguntó el italiano. Las chicas le devolvieron una fría mirada, y él trató de esquivarlas.

-Iré yo –avisó Jean. Y así lo hizo. Puso su mochila delante de él y se arrastró varios metros hacia  adelante. Los demás, esperaron en silencio afuera. El equipaje del joven evitó que las telarañas de varios años de formación golpearan su rostro. Al final, el bolso cayó al agua, y él se preparó para ello. Cayó unos 5mts en un pequeño río de agua que llegaba pasar sobre encima de sus zapatos, pero sólo hasta allí. Tomó de nuevo su linterna y alumbró. Se sobresaltó cuando vio un esqueleto completo que sobresalía del agua… Luego, un cumulo de huesos y dos cráneos más adelante. Había llegado.

Detrás de él escuchó un grito:

-¡Jean, heeyy ¿Estás bien?!

-¡Sii! ¡Pasen! –Contestó.

-¿Es seguro? –Esta vez pudo identificar la voz: Ricciardo.

-¡Supongo! ¡Sólo una pequeña caída! ¡Pasen rápido! ¡Esto me pone nervioso!

Jean empezó a analizar el lugar. Mucho más espacioso que las alcantarillas. Hacia enfrente, la oscuridad engullía el lugar y amenazaba a consumir a quien quiera que entrase en ella. Las paredes estaban hechas con bloques grandes que sin duda tenían más de 500 años de antigüedad. En algunos espacios, habían huesos incrustados en orificios. Era sólo el comienzo. Jean suspiró y se dijo un “Okey” a sí mismo. Poco a poco reunía valor para adentrarse a las catacumbas. Se giró y alumbró la entrada (ese angosto agujero rectangular) y de él salía poco a poco un bolso marrón claro: El de Liz.

-Espera, te ayudo –avisó Jean –Tira el bolso.

Éste cayó sobre los brazos de Jean, y se lo colgó para que no se mojara, como había pasado con el suyo.

-Ahora, no te lances de cabeza. Trata de intentar aterrizar sobre tu espalda.

-¡Ah! El plan es dejarme parapléjica –dijo Liz.

-Vamos, no seas tonta –se quejó Jean.

-¡Liz, apúrate, que no me gusta estar en este agujero de mierda! –Gritó Sophie, quien al parecer, tambien estaba en el agujero y estaba justamente detrás de Liz.

Liz salió y Jean ayudó a que su caída no fuera tan fuerte. Incluso, por la forma en la que le ayudó, Liz le advirtió a Jean (de broma, claro está) que ni se le ocurriera tocarle el culo.

Unas risas más tarde, y minutos después, todos estaban en las catacumbas. La impresión no se hizo esperar, y la acción tampoco. Ricciardo sacó su videocámara y empezó a grabar con la visión nocturna, absolutamente todo con lo que se encontraba.

-Bueno, aquí estamos. Al fin, en las famosas catacumbas de París. En realidad es muy impresionante el hecho de que estemos en el lugar donde descansan miles de restos humanos, que han sido acumulados por el paso del…--

-Venga, vamos ya… -dijo Alex –Ya se me activó el mal humor con la entradita esa –

-Quiero documentar esto y tengo derecho a…---

-Alex, Ricc, no empiecen ya. Sólo apurémonos a seguir y… ---

-Jean, no hice nada, sólo quiero seguir adelante y no quiero pararme por cada hormiga que pase. Ya es peligrosamente tarde y…---

-¿Qué quieres decir con peligrosamente? –preguntó Liz.

-Eh… Pues… Nada –

-Ya vas a comenzar con lo de tus cuentos de terror, ¿verdad idiota? –dijo Ricciardo.

-¿A quién tú crees que llamas idiota? –Respondió Alex –Digo y diré lo que se me dé la gana.

-¡Igual yo! –dijo Ricc.

-¡Sí, pero no voy a retrasar al grupo como tú!

-No vayan a empezar –Exigió Jean.

-¡Cállense! –Exclamó Sophie. Pero los muchachos no paraban de discutir. -¡Cállense ya!

-¿Qué pasa ahora? –Dijo Jean exasperado.

-¿No lo escucharon? –Preguntó Sophie.

-¿Escuchar qué? –Indagó Liz.

-No… No lo sé… Era como… Oh, una voz, tal vez.

-Venga, idioteces –Dijo Ricciardo –Vamos…

Sophie se sintió algo irritada… Pero igual, caminaron.

Ya habían caminado varios metros. Justo después de la pelea, amarraron la cuerda de Alex a un fémur firmemente clavado en una pared, y lo usaron para no perderse, haciendo que Alex se lo amarrara a la cintura. Cada vez más aparecían restos en varios sitios, y los exploradores se inquietaban más. Marcaron su recorrido en el mapa, encontrándose con cruces y esquinas los cuales estaban señalados.

-Vaya… Esto… No tiene comparación –dijo Liz.

-Todos estos huesos… -Mencionaba Alex

-Muchos son de la época romana… Otros, de la segunda guerra mundial-Explicó Ricciardo –Se dice que todavía viene gente a morir aquí.

-Las entradas más usadas son las turísticas ¿no? –Preguntó Jean.

-Pues sí… Pero pudieron atraparnos usando ese método.

Ricciardo iba adelante. Jean de segundo. Liz de tercera y Sophie de cuarta, y por último Alexandre… Como Liz iba cerca de la pared, tropezó con un cráneo y al lado, una pistola que creyó era de la segunda guerra. Sintió más incomodidad en el lugar.

Había ratones y arañas en todos los sitios que se escondían al ver las luces de las linternas sobre sus cuerpos. Ricciardo grabó y tomó capturas de arañas dentro de cráneos. Pero una de ellas le llamó la atención:

-Increíble –Se dijo –No puedo identificarla, pero sus colores son como los de una Araña Vagabunda, de esas que llegaron desde América… Pero es mucho más grande… Y es bastante peluda.

-¿Y qué tiene de especial? –Preguntó Alex con tono de indiferencia.

-Pues… Su tamaño… Es como el de una mano de un hombre adulto abierta, si ponen atención… Por lo general no son tan grandes, a menos que o sea una subespecie de la Vagabunda, o a menos que sea una especie nueva. –Sacó un guante de la mochila y se lo colocó.

-No me digas que la vas a agarrar –Dijo Liz mostrando una mueca de asco.

-Ooh, esta chica se viene conmigo –Tomó con la otra mano un frasco grande de la mochila. Sujetó a la araña por el abdomen, y con cuidado de que no le mordiera la arrojó al frasco y lo tapó. Asombrado, miró hipnotizado al bello espécimen que fácilmente podía hacer gritar a alguien aracnofóbico… Eso, o darle un infarto.

-¿Es venenosa? –Preguntó Jean.

-Así es –Dijo Ricciardo…

-Mierda… Lástima que no te picó –Dijo Alex –Venga, andando.

A nadie, y menos a Ricciardo, le gusta que le digan algo así. –Idiota –Susurró.

-¿Eh? ¿Dijiste algo? –Preguntó Alex. Pero Ricciardo hizo como si no hubiera escuchado nada. Alexandre prefirió olvidar el asunto.

Por su parte, Jean sacó una cámara fotográfica de su bolso e hizo fotos del lugar… En verdad, era impresionante… Pero el ambiente se sentía pesado e incómodo. No sólo por el hecho de que había mucho polvo e innumerables animales peligrosos, sino era el hecho de estar cerca de tantos cadáveres, lo que inquietaba más.

 Un poco más adelante, vieron un hoyo abierto en una pared, bastante grande como para que alguien pasara por allí.

-¿Creer que alguien lo haya abierto a propósito? –Preguntó Ricciardo.

-Tal vez debamos preguntarle a un muerto…

-Alex, no tiene gracia –Dijo Sophie.

-¡Bah! No me hagas caso… Sigamos caminando.

Caminaron unos metros más al frente, hasta encontrarse con un cruce hacia la izquierda. Siguieron caminando en silencio y tomando las fotos y evidencias de que habían estado allí… Ricciardo se apoyó en la pared para trazar poco a poco más el mapa. Cruzaron hacia la derecha varios metros más, y se toparon con algo que los extrañó: Una pared; pero no cualquier pared. Era de concreto.

-Oigan, no soy el más listo, pero ¿El concreto existía en la época romana? –Preguntó Alex.

-Por supuesto que no –Dijo Ricciardo tocando la pared –Esto es reciente… Sellaron esto hace poco.

-¿Por qué harían eso? –Preguntó Liz.

-Hay dos entradas turísticas en extremos opuestos. ¿Tal vez para que los visitantes no fuesen más allá?

-Tienen eso controlado. No creo necesario hacer esto para evitar que los turistas vinieran para acá. Digo, ya hay seguridad que se encarga de que nadie venga para estas partes –Dijo Jean.

-Como sea no podemos seguir por acá –Dijo Ricciardo.

-¿Y si vamos por ese agujero en la pared? –Preguntó Alex con una sonrisa burlona en la cara.

-¡Noo! ¿Eres enfermo? –Exclamó Sophie.

-¡Jajaja! Tranquila, todo va a estar bien… Es sólo echar un vistazo –Respondió Alex.

-Per…

-No te preocupes –Dijo Liz –Siempre van a estar los tres del equipo A para protegernos –Señaló a los muchachos y ellos, menos Ricciardo respondieron con una sonrisa.

-Ummm… Bueno. Está bien –Accedió Sophie finalmente.

Se devolvieron y cruzaron el agujero. Del otro lado, el lugar no era muy diferente; tal vez un poco más de humedad que venía del techo, pero casi igual… Por el polvo que golpeó el rostro de Jean, éste estornudó. Y como de un pinchazo se tratara, Alex se rasguñó la mano izquierda al cruzar, dejándole salir una gota de sangre, y ésta cayó. No le prestó atención.

Se encontraban en un pasillo que se extendía a lo largo de los lados y hacia al frente.

-Doblemos aquí, a la derecha –avisó Ricciardo.

-¿Por qué por aquí? ¿Y si seguimos recto? –Preguntó Sophie.

-Quiero marcar esta parte en el mapa... Por lo general, en la parte izquierda, si es como en el otro pasillo, este bloqueado…

-¿Estás seguro? –Preguntó ella de nuevo. Pero Ricciardo no contestó y caminó por la derecha. Los demás le siguieron.

Más adelante, encontraron un esqueleto bañado en sangre seca que les hizo sorprenderse… No porque se viera antiguo o aterrador: Sino porque estaba enredado en una gigantesca telaraña. Con las linternas, se vislumbraba las infinitas cantidades de patas pequeñas y negras que entraban y salían del cráneo y la osamenta de aquel desgraciado, avisando que “eso” ya era de su propiedad: Su hogar.

-No voy a cruzar eso –avisó Liz.

-Nadie va a hacerlo… -Confirmó Alex. Regresemos y… --

-¡Esperen! –Exclamó Ricciardo –Vean eso…

Alumbrando con más precisión, notaron que las costillas de aquel esqueleto, estaban rotas, y tenían marcas de abolladuras… Parecían…

-¡¿Esos son mordiscos?! –Preguntó Sophie.

-¿Qué diablos? –Jean.

-No sé qué sea –dijo Ricc –Pero no creo que unas simples arañas lo hayan hecho… Miren bien… (Enfocaba su cámara) Parecen que su fémur izquierdo fue fracturado en dos partes, y su clavícula tiene varias roturas en la parte que se conecta con la columna…

-Es cierto… Significa… ¿No fue muerte natural? –Preguntó Liz. Ricciardo negó con la cabeza; entonces se acomodó y narró a la cámara:

-No sabemos qué pasó aquí… Pero… Eh… No parece que haya sido natural. ¿Ustedes qué creen? Es poco creíble que… ¡¿Qué fue eso?!

Las chicas trataron de no dejar escapar sus gritos de miedo al escuchar… Algo…

Algo… detrás del grupo sonó a la distancia sumida por la oscuridad.

-¿Qué demonios? –dijo Jean.

-No sé… pero juraría que era una voz. –Afirmó Alex.

-Maldito, no empieces con eso –dijo Liz con voz temblorosa y nerviosa.

-De… cualquier manera. Debemos ir hacia allá –Dijo Ricciardo.

-No jodas…  -Se quejó Jean –Como sea, no se separen mucho…

Y empezaron a caminar de a poco. El miedo llenaba cada vez más la cabeza de los jóvenes… Dentro de cada uno, comenzaban a cuestionarse el motivo por el que estaban allí abajo e imaginaban lo que les podía pasar allí.… Todos se arrepintieron de estar allí… Todos menos uno.

Siguieron caminando unos 5mts hasta que se encontraron con un pasillo el cual no habían visto hasta ahora.

-¿Qué mierda? -dijo Alex.

-Esperen… -Dijo Ricciardo.

-¿Ocurre algo? –Preguntó Jean de vuelta.

-Miren las paredes… Están llenas de cráneos y calaveras…

-Sí… ¿Y? –Cuestionó Jean.

-¿No recuerdas haber visto antes?

-Sinceramente no.

-Vengan por aquí.

Ellos caminaron por el largo pasillo, siendo vigilados en cada uno de sus pasos por las cuencas huecas y negras de los desgraciados cuyos restos no descansaban en paz allí. Al menos, es lo que todos tenían en mente…

De un momento a otro, al pisar un charco de agua, Alex reconoció el lugar, pero se guardó las palabras… Notó que la cuerda que él llevaba atada a la cintura para no perderse, se estaba trabando un poco… Pensó que se debía a una piedra o algo así. Hizo caso omiso de ello, y siguió caminando, hasta encontrarse con una pared, a la cual estaba un esqueleto atado a unas cadenas clavadas a la pared a modo de que pareciera crucificado.

-Aquí es… -Reveló Ricciardo –Estamos muy cerca de donde el hombre vino a morir…

-Debes estar eq…---

-Liz, es cierto… Es por aquí…

Todos se quedaron atónitos mirando al esqueleto… Pero algo hizo a Alex salir de su trance; sintió varios tirones  de la cuerda a la que estaba atado. Eran haladuras fuertes y erráticas… Con mucha dificultad y escepticismo, intentó creer que algún animal o alguien había entrado desde afuera para halar la cuerda… Además, nadie se dio cuenta de eso, sino él. Pensó en avisarles a los demás:

-¡Hey esto…! Esto se está moviendo –dijo él.

-¿Qué? –Preguntó Liz.

-Espera… ¿Qué hala la cuerda? ¿Quién? –Preguntó Jean.

-¡Yo qué sé! –Respondió nervioso Alex.

-Ignórenlo, debe ser una de sus bromas. –Dijo Ricciardo con tono de desprecio.

-¡Hey, maldito cuatro ojos, no es broma! Algo parece que hala la cuerda…

Hubo otro tirón que hizo que Alex casi perdiera el equilibrio y cayera, pero se recuperó a tiempo.

-¡¿Qué coño?! –Dijo Jean.

Cuando se recuperó, Alex agarró con fuerza la cuerda y dijo: -¡Ah no, esto es mío! –Y jaló con mucha fuerza. Como respuesta, hubo resistencia desde el otro extremo, y la fuerza de las haladuras eran cada vez más fuertes y violentas.

-¿Necesitas ayuda? –Preguntó Sophie.

-¡Claro que no! Yo… ¡Argh!… Lo tengo bajo control –Decía haciendo mucho esfuerzo en mantener la cuerda en sus manos… Nuevamente, una respuesta desde el otro lado casi le hace caer… Al recuperarse, sostuvo de nuevo la cuerda, pero bajó la cabeza… Luego gritó: -¡A la mierda! ¡¡¡Jean, ayúdame con este hijoputa!!!

Jean fue y le ayudó a jalar; a él, se le sumó Liz y luego Sophie, mientras que Ricciardo grababa emocionado. –Increíble… –Se dijo a sí mismo… Ni los cuatro lograban mantener bajo control las fuerzas que jalaban desde el otro lado… Ricciardo se repitió de nuevo la palabra “Increíble”.

-¿Cómo que increíble? ¡¡Ayúdanos tú tambien cuatro ojos!! –Exigió Alex. Los demás tambien le pidieron ayuda a Ricciardo.

-Eh… Sí, sí, ya voy… -Dijo con voz temblorosa. –Debo colocar la cámara en el suelo –Dijo mientras se agachaba, pero lo hacía para dar la impresión de que dejaría el aparato de grabación en el suelo… Agazapado, seguía grabando, pero Sophie se dio cuenta de lo que hacía...

-¡Ricciardo, vamos, levántate y ayuda!

Su respuesta fue esquivar su mirada y grabar, ampliando la imagen para tratar de ver algo en la oscuridad… Y desde allí, se escuchó un fuerte “¡Zap!” y todos lo que jalaban se fueron hacia atrás y cayeron de espaldas. De lo negro de enfrente, como un proyectil, surgió un extremo de la cuerda que aterrizó cerca del grupo pues era de calidad un poco elástica…

Todos se pararon como pudieron… Pero el que más rápido se levantó fue Alex. En un abrir y cerrar de ojos, él estaba sujetando a Ricciardo por la camisa y apoyándolo con fuerza a la pared.

-¡¿Qué creías que hacías allí jugando, maldito infeliz?! ¡¡Te dijimos que nos ayudaras!! –Le gritó Alex.

-Suéltame… -Respondió el otro.

-¿Vas a seguir haciendo lo que te place? ¡Aquí no va a hacer así! ¡Harás lo que todos decidan!

-Te lo advierto. Suéltame…

La mirada fría de Ricciardo le hizo a Sophie, poner su atención en otra cosa. Ricciardo tenía su mano en su cintura… Allí, no pudo asegurarlo, pero ya creía saber lo que iba a pasar. Así que se apresuró hasta Alex y le convenció de que dejara en paz a Ricciardo.

-Alex… Tranquilo, todo está bien. Estamos bien, no pasa nada…

-Sophie ¿Cómo que no pasa nada? Si des…--

-¡Ya, cálmate y suéltale! –De nuevo dijo la chica. Entonces Jean dio un paso al frente y dijo:

-Está bien, hermano. Déjale en paz.

Alex bajó la cabeza y soltó al muchacho, a lo que Ricciardo disimuladamente alejó su mano izquierda de la cintura y dijo:

-Es lo mejor, ¿no amigos?

Pero nadie le respondió, ni perdieron el tiempo en mirarlo… Para no hacerlo, se agruparon los otros cuatro, a hablar acerca de la cuerda. Acordaron que había sido cortada, pero no con algo como una navaja o un cuchillo. Era diferente, menos delicado y con muchos fallos… Hasta tenía unas manchas de algo seco…

-Bueno –Dijo Liz -¿Alguien que me diga que es eso?

-Sin duda, no fue con un cuchillo; ni si quiera uno con poco filo dejaría este tipo de marcas… -Explicó Jean.

-Pero, no se dan cuenta ¿verdad? –Decía Alexandre –Se cortó como unos 18 metros atrás de nosotros… No desde que la colocamos en la entrada…

-Pero… No puede ser cierto… Nadie nos siguió, ni vieron cuando nos ocupamos del guardia –Dijo Liz.

-Ta… Tal vez el guardia se despertó y…-- Las palabras de Ricciardo fueron ignoradas, y por lo tanto, interrumpidas.

-No sé, yo pienso –Añadió Sophie –Que deberíamos regresar… Tal vez haya sido alguien que nos vio y entró.

-Posiblemente –Respondió Liz –Regresemos…

Cuando se iban a poner en marcha, algo saltó desde una rendija de las paredes hacia Alex. Todos se percataron de lo ocurrido y los gritos de asombro no se hicieron esperar… Lo que le había saltado a Alex directamente a la cara, era lo que parecía como una rata muy grande que le hizo retroceder nervioso… Molesto, se apresuró a perseguir al animal para aplastarlo y matarlo (se había ido hacia un pasillo a la izquierda). Los demás le dijeron que no se separaran, pero él igual siguió, y entonces tuvieron que ir tras él.

Corriendo unos metros hacia el corredor, hasta que se encontraron a Alex parado inmóvil en medio del camino…

-¿Alex? ¿Qué pasa? –Preguntó Sophie.

-¿Mataste a la rata? –Preguntó Ricciardo.

Alex no se movió, si no se limito a guardar silencio para que escucharan con atención… Como un desgarro ensordecedor, se oía a la rata adelante, en la oscuridad, chillando horriblemente de dolor. Nerviosos, dirigieron sus linternas y cámaras hacia la oscuridad… Lo que vieron… Jah…

Algo encorvado, pálido, alto, huesudo, lampiño, grotesco y con sangre seca encima, tenía en una mano con garras a la rata todavía luchando por su vida, y con la otra, le clavó una garra al animal hasta atravesarlo por completo… Tal vez era señal de placer, o emoción, o no se sabe, pero la criatura, emitía un “Toc, toc, toc” agudo desde su boca al ver al pobre e indefenso animal… La sangre brotaba y la rata lloraba… Hasta que le clavó una desgarradora mordida que bañó la boca de la criatura, el brazo del mismo y a la rata, en cosas bañadas en sangre.

Sin retenerlo más, Liz gritó como nunca, haciendo que la cabeza calva del monstruo se dirigiera hacia el grupo. Los ojos hundidos al principio parecían pálidos como los de un ciego, pero luego cambiaron a un tono negro puro, de cuyas cuencas brotó un líquido similar a la sangre negra… De la boca, vomitó el mismo líquido negro combinado con sangre fresca.

El rugido, es simplemente, indescriptible…

El brazo del monstruo lanzó hacia la pared a la rata muerta, con tal fuerza que el cuerpo implosionó reventando en sangre, y quedando una pequeña piel sin vida. Cuando el peligro dio un paso hacia los muchachos, todos gritaron y se giraron para huir, atropellando a Ricciardo que se aseguraba de grabar absolutamente todo detalle del encuentro. El muchacho cayó al piso luego de que Alexandre chocara contra él, y su cámara cayó al suelo… Los demás lo esquivaron o le saltaron por encima, y sólo él quedó con la criatura… Ésta se le acercó poco a  poco, y Ricciardo, del temor, se levantó, pero olvidó algo que era muy importante para él, casi como su vida: La evidencia. Trató de agarrar la cámara del suelo, pero el monstruo se colocó encima de ella, en el espacio entre sus huesudas pero poderosas piernas (o lo que parecían piernas partidas en varios segmentos). Sabiendo que no saldría vivo de allí, decidió abandonar la cámara y salir corriendo por su vida. Giró a la derecha y metros más hacia adelante, se sintió perdido en un cruce… Sin saber a dónde ir, se sentía desorientado e impotente. Gritaba esperando que el grupo le dijera hacia donde fueron, pero no hubo respuesta; ni siquiera sabía si iba por donde los demás fueron. El rugido de la criatura tras de él, y lo que escuchaba eran fuertes pasos muy rápidos acercándose, le hicieron tomar el camino de la izquierda y siguió huyendo. Corrió y corrió en línea recta alumbrando lo que podía con su linterna; tropezaba con huesos, piedras y demás, hasta que oía con gran claridad los pesos aproximándose… Siguiendo hacia adelante, algo lo tomó de un brazo por la derecha y lo lanzó hacia una recámara pequeña… Al ver bien con la luz, se dio cuenta de que había sido Jean, mientras Alex, Sophie, Liz y después Jean de nuevo, empujaban un gran bloque vertical para tapar la entrada a la cámara y sin embargo, no la tapaba completamente, pues estaba desgastado en algunas esquinas… Cuando ya estaba colocada la puerta improvisada, Alex indicó con el dedo que no dijeran nada, y apagó su linterna. Los demás hicieron lo mismo… Pero Jean, encendió la pantalla de su celular sutilmente, para verse por lo menos los que estuvieran adentro. Sophie no estuvo de acuerdo, pero no pudo decir nada… Esperaron y esperaron… Oyeron, a los pocos segundos, como lentamente, pasaba el engendro frente a su puerta, hacia su sonido de toc-toc con su mandíbula, y siguió derecho… Pasaron 30 segundos hasta que Liz iba a hablar, pero Alex le tapó la boca... Al momento, se escuchó un rugido demoníaco desde donde había ido la criatura, y luego una sobra blanca pasó fugazmente por la entrada y se perdió por donde había venido…

“Ese bastardo es rápido” pensó Alex…

Pasaron unos 10 minutos, antes de que alguien comenzara a hablar de nuevo… O eso es lo que pensaron, porque ninguno se tomó las molestias de prestarle atención a la hora. Alex rompió el silencio.

-Creo que… Ya sabemos lo que mató a ese sujeto…

-Pero es que… Dios, no me lo creo –Decía Liz tapándose la cara de la desesperación -¿Qué animal era ese?

-¿Un mono? Yo que sé –Replicó Alex.

-Son muy idiotas si piensan que eso de allá era un mono –Empezó Ricciardo –Eso sin dudas, para lo que pude ver, era una mutación de algo que ya conocemos.

-¿Y a ti quién te preguntó? –Exclamó Alex molesto, poniéndose a la defensiva.

-¡Bajen la voz! Nos va a oír –Avisó Jean –Además, déjale hablar, no hay de otra.

Todos guardaron silencio, la señal para que Ricciardo hablase. Él miró hacia la entrada y se agachó; los demás lo imitaron. El italiano se acomodó las gafas y empezó:

-Todo lo que pude ver era a un ser humano, que ya no es humano… O al menos es lo que creo. Por lo visto es ciego hasta cierto punto, a menos de que me equivoque y el color de sus ojos se deba a esa sustancia negra. En fin, lo que eso parecía, era a una persona que estuvo aquí mucho tiempo… Tiene la forma, tiene… -Ricciardo se quedó pensativo.

-Sigue ¿no? ¿A qué esperas? –Preguntó Liz…

-No sabría explicar esas garras… O el líquido, pero… Si se dan cuenta, tiene mucho parentesco a los humanos, o al menos a los homínidos; tal vez sea una subespecie superviviente de los Homo erectus, o de los Homo habilis. Quién sabe si sea el eslabón perdido… Tal vez ---

-Nos estamos yendo muy lejos –Dijo Sophie –Pero mi pregunta ahora es, ¿Cuánto tiempo tiene esa cosa aquí?

-No sabría responder… Puede tener varias décadas, aunque… Siempre se ha dicho que hay monstruos aquí abajo, y hace varias décadas se reportaron desapariciones inexplicables aquí abajo…

Entonces Jean preguntó:

-¿Cómo ha sobrevivido aquí abajo?

-A base de ratas, como ya vimos… O, comiendo otras cosas…

-Pero… ¿Podría ser un…? ¿Un demonio? –Preguntó Sophie. Nadie respondió ni afirmativa o negativamente.

Todos bajaron la cabeza y se mantuvieron un minuto en silencio, casi con total exactitud en ese período de tiempo.

-Oigan… -Comenzó Sophie –No se les ocurre que, ese sello de concreto ¿Era por esas cosas? ¿Para que nadie fuera hacia ellas?

-¿O para que ellas no escaparan…? –Terminó Alex.

-Pues… Es lo más lógico –Añadió Liz.

-Se veía desnutrido –Volvió Jean.

-Es cierto… -Afirmó Ricciardo. Éste sacó de su bolso una botella de agua y bebió. El resto casi instantáneamente hizo lo mismo…

-Sabía que esto sería un error –Mencionó Sophie antes de beber de su botella.

-Bueno, sólo resta salir de aquí ¿No es así, Ricciardo?

El muchacho se mantuvo viendo la puerta sin decir nada. Entonces se incorporó y dijo con absoluta firmeza:

-Hagan lo que quieran, yo volveré…

-¿Qué? ¿Has perdido por fin la cabeza? –Preguntó Alex extrañado –Esa cosa te matará.

-Debo hacerlo. Esa cosa… Golpeó mi mano y me tiró la cámara. Allí está la evidencia que necesito. Esto me hará famoso. La ciencia me recordará por mostrar esto.

-Sí, pero debes vivir para ello… Nadie te recordará si te mueres aquí –Dijo Alex. Esa frase, fue un helado puñal para Ricciardo, cuyo rostro ya no era el suyo. La gota que rebosó el vaso.

Temiendo lo peor, Sophie se apresuró a  ser el centro de atención.

-Eh, perdonen… Pero debo ir al baño.

Otra vez silencio… Pero del incómodo.

-¿Estás de broma cierto? –Preguntó Ricciardo, a lo que Sophie negó con la cabeza.

-Quiero que Jean me acompañe, por favor –Dijo mirándolo a los ojos.

-Puedo acompañarte si quieres –Se ofreció Liz.

-¡No! Es decir, no te preocupes… Jean puede cuidarme allí afuera. Estaremos bien, será sólo un momento. –Jean tenía confusión y algo de molestia en la cara, pero no podía negarse/acobardarse (sí podía, pero tenía orgullo masculino), así que se relajó y accedió a ir. Además, le tenía mucho aprecio a Sophie como para decirle que no.

Sin darse cuenta, los otros dos hombres empezaban de nuevo a discutir.

-Pero, puedo acompañarles y… -Decía Liz, pero Sophie la abrazó, para disimular decirle algo al oído susurrando:

-Estaremos bien. Distráelos, creo que algo va  mal con Ricciardo. Haz que se calmen y estaremos bien. Regresamos pronto. –Terminó de susurrar, y se mostró cara a cara a Liz, estaremos bien, sólo… Sabes lo que debes hacer. Sé valiente. Ya volvemos.

Ya estaban afuera de la recámara, y como Sophie planeó, los Ricciardo y Alexandre discutían, y Liz intervenía y los calmaba. Entonces, tomó a Jean del brazo y se lo llevó a una recámara muy cercana que había visto camino hacia a la que se escondieron. Al llegar, Jean no pudo evitar no ponerse nervioso.

-Tranquila… No… No miraré.

Pero antes de que pudiera quitar la mirada, notó que Sophie no se estaba bajando los pantalones, sino que de su mochila sacó un pedazo arrugado de papel y lo rompió muy pequeño, tratando de no hacer mucho ruido.

-Vigila que nadie venga –Le ordenó a Jean. Éste extrañado preguntó qué hacía, pero ella se mantenía en lo que estaba haciendo.

Buscó algo en su bolso pero no lo encontró; luego tanteó en su ropa pero tampoco. Por último, alumbró con su linterna y cogió algo del suelo y empezó a rayar el papel con lo que había recogido. “No está rayando, está escribiendo” Fue lo que pensó Jean… Entonces ella dobló el papel y le dijo rápidamente:

-Hay que salir de aquí… No digas nada, pero estoy casi segura de que Ricciardo tiene un arma escondida de nosotros.

-¿Un arma?

-¡Shhh! No digas nada. Como está actuando él aquí, veo que puede llegar a ser peligroso para nosotros si se molesta mucho… Tenemos que hallar una manera de quitársela para que todos salgamos de aquí. Mira, le daré esto a Liz –Dijo mostrando el papel en el que había escrito –Y ella se enterará. La dejé atrás para que calmara la situación con Alex. –Alumbró hacia los lados y no vio nada –Ok, vámonos.

Jean analizó la situación… Aunque un poco extrañado, decidió confiar en Sophie; y era verdad, Ricciardo actuaba raro.

Los dos volvieron y pidieron que les abrieran la entrada. Les sorprendió encontrar un ambiente de silencio en el lugar. Sophie dijo:

-Ya, listo… Deberíamos irnos ya. Creo que está cerca…

Los demás salieron y le pidieron a Ricciardo que sacara el mapa… Lo hizo, alumbró y lo miró: No pudo ubicarse bien. Lo más probable es que ya estuvieran fuera de los límites que habían trazados en el pergamino.

-¿Ósea que estamos perdidos? –Preguntó Liz.

-Sí… ¿Para qué engañarnos? –Reveló Ricciardo.

-Bueno, pero venimos corriendo de allá –Dijo Sophie señalando hacia el extremo en que la criatura se había ido –Así que debemos ir por el otro lado. Tal vez rodeemos esa cosa y volvamos al agujero…

-Tampoco es que haya de otra –Añadió Jean.

-Bueno, en marcha –Dijo Alex –Y no hagan ruido.

-No… Deberíamos permanecer juntos… Acompáñenme sólo un momento, a buscar la cámara… Es la evidencia que se necesita… Luego saldremos –Insistió Ricciardo nervioso.

-No lo vamos a hacer –Dijo Jean –Será mejor si lo decimos nosotros mismos. Luego la policía actuará, o algo así.

-No… P… Pero, es la evidencia que todos necesitan… ¿No lo entienden? Debem…---

-Lo siento, Ricc. Pero nosotros, a diferencia de ti, queremos vivir. ¿O es que tú no? –Preguntó Sophie.

-Sí quiero… Pero…

-Lo siento, vamos. Ven con nosotros –Sophie le extendió la mano.

Ricciardo sólo podía mirar confundido… Pero accedió.

Llevaban un rato caminando, hasta que oyeron un chillido detrás de ellos, por lo que aceleraron el paso… Lo más escalofriante, es que se escuchó otro distinto, más grave, que venía de otra dirección que no pudieron identificar. El nerviosismo en cada uno estaba a tope…

Sophie con disimulo tomó del brazo a Liz y le hizo aminorar el paso… Liz entendió el mensaje de que quería quedarse a solas con ella, y le siguió al corriente. Se quedaron atrás de los demás y Sophie le entregó en una mano el papel. Liz lo leyó con ayuda de su linterna y comprendió. Sus miradas casi decían palabras. Debían tener un plan. Entonces mientras caminaban, Liz se agachó y recogió una piedra del suelo y la escondió. Entonces siguieron el paso de los demás… Luego, simuló abrazarse a Alex y le dio el papel sin que Ricciardo se diera cuenta. Lo leyó con disimulo y comprendió.

Llegaron hasta un cruce a la izquierda, que dejaba la opción de tomar ese corredor, o ir por el corredor de enfrente. Al lado derecho, una pared estaba desgastada y quebrada, mostrando una oscuridad infinita. Sophie pensó que podrían escapar por allí si algo llegaba a resultar mal. Entonces, Ricciardo se adelantó y dijo:

-Conozco este lugar. Es cerca de donde nos atacó la bestia. Mi filmadora está cerca. ¡Vamos, es nuestra oportunidad!

-¡No otra vez con eso! –Exclamó Alex alzando los brazos del desespero.

-Ya dijimos que no lo haríamos, Ricc. Ahora quítate de en medio y sigue caminando… Además, estoy segura de que lo estás inventando -Reclamó Liz.

-No, no, no –Decía el italiano negando con la cabeza –Ustedes van a ir conmigo hasta allá… No tienen opción…

-Sólo nos quieres para que distraigamos a esas cosas mientras recoges tu juguete –Afirmó Alex. ¿Y qué crees? ¡Sí tenemos opciones!

-No –Ricciardo negaba con la cabeza –No las tienen.

Entonces el muchacho se llevó su mano a la cintura sacó una pistola, revelando por fin lo que tenía allí, y confirmando las sospechas de Sophie… Todos retrocedieron y alzaron ligeramente las manos, menos Liz.

-¡¡Ehh, ehh!! Baja eso, hermano –Pedía Jean –Se te va a disparar.

-¡Cállate Jean! Ustedes, andando. –Decía dándole la espalda al corredor por donde seguirían.

-¡Ya, ya calma! –Dijo Alex.

-¡Ah! Ahora sí me tratas con respeto… Muy interesante. Tal vez debería apuntarte con un arma más seguido. –A lo que Alex, poniendo más intensa su mirada, preguntó:

-¿De dónde sacaste eso?

-Del guardia al que golpeamos –Respondió Sophie –Siempre la has tenido desde que entramos aquí. Te he visto llevarte la mano a la cintura, sujetándola cuando te enfurecías, o cuando nos atacó el monstruo…

-Vaya que eres más lista de lo que pensé… Interesante, descuidos míos que no se repetirán más… Como sea, Game Over para ustedes. Empiecen  caminar… Vamos por la cámara.

-Te dijimos que no –Respondió Sophie, mostrando más valentía de lo normal, y bajando sus manos. Mientras que Liz se acomodaba con mucho disimulo…

-Ya les dije, no tienen ninguna opción…

¡Clanck! Sonó detrás de Ricciardo. Éste se asustó y volteó al cabeza a dónde se escuchó el sonido. Aprovechando la oportunidad, Alex tomó el arma de la mano de Ricciardo, forcejeando un poco, pero sin duda Alexandre le ganó y tomó el control del arma… Apuntándole le dijo: -¡Vaya que sí tenemos opciones!

Sophie le sonrió a Liz, como agradecimiento por haber lanzado la piedra en el momento adecuado.

-No lo entienden… ¡¡Esto puede ser la respuesta a muchas cosas que…!!---

-¡Cállate, lunático! Y camina antes de que te abra un agujero entre los ojos –Amenazó Alex.

Pero la confrontación se interrumpió… Ese maldito ‘‘Toc-Toc-‘’… Venía de la oscuridad del corredor de la izquierda… Todos, lentamente, alumbraron… Otro de ellos… Más robusto, más oscuro… Más agresivo.

Todos retrocedieron cuando el monstruo se estiró en sus patas y caminó hacia ellos, siendo más grande que los muchachos. Las chicas gritaron mientras que Jean sacó su pala pequeña para intentar defenderse, pero casi por instinto, Alex jaló el gatillo del arma varias veces apuntando hacia la criatura. Los proyectiles atravesaban a la criatura con cierta facilidad, haciendo salpicar ese líquido negro. Los primeros 3 disparos no detuvieron al monstruo, pero el cuarto, cerca del cuello, le hizo dejar escapar un aullido de dolor y la cosa se desplomó, retorciéndose y lanzando zarpazos con sus garras, y rugiendo fuertemente. Entonces Alex gritó:

-¡¡Vamos, tenemos qu…--

¡¡¡¡¡¡Gruaaaarrrghhh!!!!!!!

De la oscuridad que Sophie había visto en la pared, surgió otra de las criaturas y tomó a Alex por el torso con una fuerza inmensa, y lo arrastró hacia la abertura con tal fuerza que se vio que el cuerpo del joven se contorsionó hasta romper sus huesos, oyéndoles crujir; antes de desaparecer por completo, Alex dejó caer la pistola. Esto pasó, en menos de 3 segundos… Los gritos de todos se confundían entre los de los monstruos.

Jean no lo pensó dos veces y tomó rápidamente la pistola del suelo y soltó la pala que tenía en la mano y les gritó a Liz, Sophie y a Ricciardo para que corrieran por el camino de enfrente, el cual estaba despejado… Corrieron y corrieron con todas sus fuerzas por lo que pareció una eternidad, girando en esquinas desconocidas y pasando por lo que parecía un laberinto infinito. De pronto, se toparon con una pared gris que les evitaba el paso. Tantearon para ver si la pared podía derrumbarse pero estaba bien hecha. Otro sello.

-¡Dios! ¡¿Y ahora?! –Preguntó Liz presa del pánico.

-¡Volvamos! ¡¡Yo los cubro!! ¡Rápido! –Ordenó Jean.

-¡Esperen! ¿Dónde está Ricciardo? –Preguntó Sophie desesperada.

-No lo vi venir con nosotros –Mencionó Liz.

-Ese idiota… ¡Nos preocupamos por él después! –Exclamó Jean, y volvieron en sus pasos pisando huesos y esquivando restos hasta otra intersección en cruz. Pero desde enfrente se oían los pasos y el gruñido de una de las criaturas… Así es, eran más de tres.

-¡Vamos! ¡Vamos! ¡Vamos! –Gritó Jean mientras disparaba a la oscuridad amenazante. Las chicas fueron hacia la izquierda y oyeron el aullido de uno de sus perseguidores. Jean corría detrás de las muchachas y oyó como algo atrás los perseguía a gran velocidad, así que a ciegas, disparó hacia atrás tres veces y seguía corriendo. De pronto, de la oscuridad de una pared con un hoyo en el medio, surgió otra de esas cosas que se llevó a Liz, arrastrándola hacia el agujero en la pared, por el que ella cayó. Los dos jóvenes restantes se detuvieron para tratar de salvarla, pero ya había desaparecido. De nuevo gritaron al ver que por detrás se acercaban más de los monstruos. Jean sin dudarlo, le gritó a Sophie que siguiera corriendo, y él se giró rápidamente, jaló el gatillo, y deseó salvar a Sophie, a Liz, y a él mismo…

Calculó que ella había caído unos tres metros hacia abajo, pero no sabía dónde se hallaba. Pero recordó el por qué estaba allí. Escuchó en algún lado los gritos de sus amigos y los rugidos de esos monstruos, seguidos de dos disparos. Tanteó rápidamente para encontrar en la oscuridad que la rodeaba, su linterna que se había apagado; la encontró y alumbró hacia los lados, pero no vio nada. Pisó algo y se resbaló y cayó. Al tocar de nuevo el suelo con las manos, se dio cuenta de que el suelo, era en realidad una alfombra de huesos desnudos… Estaba en un foso de muerte, literalmente. Alumbraba nerviosamente hacia todas direcciones frente a ella, pero no sobre ella. Un rugido la alertó, y alzó la linterna sobre ella, para ver cómo era acechada por una de esas criaturas. Dicho ser, escalaba la pared vertical del foso hacia abajo… Hacia a ella, mostrando sus dientes, muy similares a los del humano promedio, pero desgastados, sucios de sangre y más afilados de lo normal. Sus garras de las manos y piernas le permitían aferrarse a las rendijas de los bloques de las paredes… Y se acercaba y se acercaba. Muy vagamente, Liz recordó una escena de la película original de Drácula de Bram Stoker en la que el vampiro descendía rápidamente por los muros del castillo. Esta vez era así, pero era real, y Liz estaba peligrando.

Ahogó un grito con sus manos, y se apartó de ese lugar, y retrocedía hacia la pared sin perder de vista al monstruo, el cual con mucha calma, escaló hacia abajo, llegando al suelo, e incorporándose en sus piernas, mostrándose más grande que el hombre promedio. Alumbró con su linterna alrededor para tratar de encontrar una salida, pero sin éxito… Retrocedía lentamente, hasta que algo filoso se clavó en su costado derecho por la parte de atrás, hiriéndola fuertemente. Dejó escapar un ligero grito de dolor al apartarse de ese otro peligro, por lo que se sintió completamente rodeada… Aunque tal vez, ese era su boleto de supervivencia. El monstruo frente ella rugió, y no le hacía caso a la luz potente que mandaba la linterna, y justo cuando la cosa se preparó para saltar sobre ella, Liz se arrojó a sí misma hacia un lado, esquivando el ataque… El peor chillido que había oído en su vida, fue el que aseguró su vida.

Tomó de nuevo control de sí, y alumbró con su linterna, y el monstruo estaba atravesado en una especie de lanza incrustada en el muro. Sin duda, aunque ese horrible ser se mantuviera allí, tarde o temprano saldría, y herido, o no, la intentaría matar, así que buscó de nuevo otra salida. Y encima de ella, estaba el agujero por el que podía huir… Y por donde había entrado. Resulta que había calculado mal y había caído más de lo pensado aunque no supo cuanto. De igual manera, vio que había aberturas por las que podía escalar. Resbaló al dar el próximo paso sobre la alfombra de cadáveres, pero se levantó de nuevo y puso su mano en la primera abertura; se impulsó hacia la otra y sólo tenía la vista fija en su salida, alumbrando dificultosamente con su linterna. Al fin, cuando puso su mano sobre el hoyo, hasta que se dio cuenta de algo: La criatura ya no chillaba, pero algo se escuchaba que chocaba contra los huesos de abajo. Se apresuró usando la adrenalina de su cuerpo y el profundo miedo de recibir a la muerte de una manera muy dolorosa y tortuosa; lanzó medio cuerpo fuera, pero cuando iba a colocar su otra mitad allí tambien, sintió cinco cuchillos que perforaron su muslo muy profundamente. Gritó de dolor como nunca en su vida, y desesperadamente lanzaba patadas para zafarse de su muerte segura, hasta que de alguna forma, asestó en chocar su pie con lo que pareció el rostro del monstruo, y éste cayó, haciendo que sus garras se salieran de su carne. Por alguna razón, recordó cuando le había dicho con una mirada pícara a Jean: “Que ni se te pase por la cabeza aprovechar y tocarme el culo…”

Como pudo, salió para estar a salvo, pero el dolor era completamente insoportable y no podía apoyarse en esa pierna. Se recostó hacia la pared de enfrente y sus lágrimas salieron… Desearía haberle hecho caso a Sophie al principio. Sin querer, movió su pierna lastimada y sintió una nueva punzada en su muslo. Hizo el mayor esfuerzo para no gritar de dolor; se alumbró y prácticamente su pierna estaba destrozada, y la sangre salía a borbotones de varios orificios que se volvían partes faltantes de lo que era una pierna completamente sana; lo peor, era que algo parecido a una uña estaba clavada en la carne viva; eso fue lo que causó al punzada… La sacó, aguantando el dolor…

Pero se puso en marcha al escuchar otro rugido. Apoyándose de la pared, avanzó tan rápido como pudo, y su única esperanza de supervivencia, era su linterna… Había perdido su mochila, pero no se dio cuenta de cuándo.  Avanzó y avanzó, sintiéndose cada vez más anemia por la pérdida de sangre… No podía hacer nada más, sino esperar hasta llegar a la salida, y sobrevivir a la hemorragia.

Y sintió una luz, que la golpeó por enfrente tan de repente, que pudo saber al instante que no era la de su linterna.

-Eh, mira… Encontré mi videocámara…

Esa voz, sin duda era de…:

-¡Rii…! Ricciardo… Por… Por favor…

Eso fue lo último que recordó por un instante… Pero no había oído a ningún monstruo cerca. Todo se había vuelto negro.

Cuando Liz recobró el conocimiento, su vista estaba borrosa y estaba muy mareada, pero sobretodo, confundida. Pero oía una voz… La de un hombre, trató de levantar su cabeza del suelo pero esto empeoraba el resto de sus sentidos, así que la dejó caer de nuevo… Poco a poco, la voz se volvía más nítida:

-…Y entonces, seré famoso… No sólo por descubrir algo que estuvo oculto por muchos, muchos años, sino por ser el último sobreviviente de este pequeño, inútil y patético grupo, porque claro, soy el único valioso aquí… –La voz se tornaba con más rabia… La vista de Liz se esclarecía poco a poco, y miró con esfuerzo la figura borrosa parada frente a ella. Pero habían cosas brillantes detrás de esa figura: Parecían personas muy brillantes, que irradiaban una clase de luz rojiza, y sujetaban algo en sus manos.

–La verdad es que no hay sitio para ustedes en la fama de la superficie… Pero llegué a la conclusión de su lugar, es aquí. Simplemente me cansé de ustedes. Las cosas hubieran sido diferentes si me hubiesen obedecido cuando tenía el arma en mis manos… Pero los cachorros se enfrentaron al macho alfa. Es una lástima.

La figura era cada vez más clara, pues se agachó hacia Liz; estaba ensangrentada y magullada.  –No creí que necesitara usar esa pistola cuando la recogí, pero la llevé sólo por si acaso. Y cuando apareció mi tesoro enfrente de mí y nos atacó, supe que mis corazonadas me habían guiado por el camino correcto.

Las cosas de atrás se revelaron como personas… Personas que no debían estar allí; cada una sostenía una calavera en sus manos juntas, y sus bocas estaban abiertas mostrando una oscuridad infinita, al igual que las cuencas de sus ojos: Negras y vacías. “Ya entiendo… Nadie tiene paz aquí” pensó.

-No… Vas a… Tener paz… Las vas a pagar… No… Podrás… No… No vas a vivir… Mal… Maldit…T…To –Dijo Liz con sus últimas energías para hablar, a lo que la figura sólo limitó a reírse.

-Así que, Liz, esto es un adiós. ¡Diría que fue un placer, pero los científicos no mentimos! Como sea, tus gritos serán suficientes para distraer a esas cosas mientras me voy hacia mi exitoso futuro. –La figura se incorporó, miró hacia un lado, y tomó una roca grande del suelo y dijo: -Muere ya.

-¡¡¡¡¡¡¡¡Ricciardooooo malditooooooooo…--!!!!!!!!

Ese grito llegó hasta ellos… Ambos se miraron, y se dieron cuenta de que el que fue su guía, ahora era algo peligroso… Algo en lo que no podían confiar. Se escucharon más y más gritos de dolor de su compañera, pero ninguno intentó decir o hacer nada para salvarla… Simplemente, se quedaron en una esquina de una recámara con la parte superior de la puerta de bloque dañada, iluminándose con sus linternas… Jean revisó las balas que le restaban: cinco en el cargador y una en la cámara, seis en total. Guardó el arma en su cinturón y sujetó de nuevo la linterna encendida. Pero luego, apagaron todas las luces por precaución.

Ninguno quiso decir algo, pero el silencio poco a poco les hacía caer más y más en la locura. Estaban sin nada, pues perdieron sus mochilas en las persecuciones… Sus mentes, luego de lo sucedido, comenzaban a quebrantarse.

-Esto… -Comenzó Sophie –Pudo ser diferente, si hubiese avisado antes de que Ricciardo tenía un arma y…---

-Hey… -Le dijo Jean –Esta bien, no es tu culpa… Si hubiéramos sabido que esas cosas estabas aquí… Las cosas sí hubiesen sido diferentes.

-Sí… Lo sé. –Termino ella. Luego, como estaban sentando uno cerca del otro, el cansancio se apoderó de ellos, y Sophie recostó su cabeza sobre el hombro de Jean… Él se sintió extraño, pero luego se relajó… Pensó en lo que había pasado, en cada una de las cosas que sucedieron, repasando como en una videocinta, todo lo que los había llevado a ocultarse en la oscuridad para poder vivir. Sin darse cuenta, él tenía su brazo rodeando a Sophie, abrazándola y acercándose más a él.

-¿Por qué?... ¿Por qué tuvo que pasarnos esto? –Sophie comenzaba a llorar -¿Por qué tuvimos que venir a este infierno?

Ella lloraba, y Jean no podía darle una respuesta, sino nada más que su apoyo.

-Ya nos dimos cuenta de que Ricciardo es peligroso –Dijo él –Si no se hubiera distraído, habrá jalado el gatillo.

-Esa… ¡Esa fue Liz! ¡Lo hizo para tratar de desarmarlo! ¡Y…! ¡Y ahora está…!

-Ya, ya, ya… -Él sólo podía consolarla… Y sin darse cuenta, se quedaron dormidos en la oscuridad.

Jean se despertó de golpe, porque escuchó unas pisadas afuera. Pero no eran pesada, sino más livianas, como las de un humano… Entonces despertó a Sophie, pero le tapó la boca antes de que dijera algo que señalara que ellos estaban allí. Primero Jean y luego Sophie salieron por la abertura de la puerta y aterrizaron sin hacer mucho ruido. El sonido de los pasos se dirigía hacia unos metros más delante de un pasillo al este, así que con cuidado siguieron los sonidos, hasta que ellos se escondieron en la oscuridad al comienzo de un corredor con muchos restos en el suelo y agua y vieron que en el otro extremo del corredor, alguien con mochila se alumbraba con una linterna y caminaba nerviosamente. Ambos supieron sin dudar que se trataba de Ricciardo; aunque les pareció estar de acuerdo antes, volvieron a charlar sobre el asunto. Se agacharon y susurraron:

-Sophie ¿Qué hacemos? Yo pienso que él ahora es peligroso…

-Pienso igual; por algo Liz gritó eso –Dijo Sophie cabizbaja; alzó la cabeza y dijo –No quiero que nos marchemos con él.

-Yo tampoco. Vamos, hay que seguirlo, a ver si encontró la salida. Entonces, nos encargamos de él –Dijo Jean levantándose y llevándose a Sophie de la mano.

-Esp… ¿Hablas de matarlo? –Preguntó ella confundida.

-Lo que haga falta para salir de aquí. Ahora calla –Dijo Jean con el arma en la mano. Y los dos siguieron a Ricciardo.

“Mierda” pensó. Esa cosa le había hecho más daño de lo que creyó. Se miró el brazo y estaba sangrando aún con el torniquete que había improvisado con su camisa. Su mochila se había hecho cada vez más pesada, y las fuerzas comenzaron a fallarle. Estaba exhausto, y se le añadían un par de heridas justo después del encuentro con los monstruos y los malditos que seguían tratando de huir de allí. Simplemente los odiaba; los había traído hacia allí, y decidieron darle la espalda cuando más necesitaba. Tal vez estuvo demasiado entusiasmado con la expedición, que ignoró que los demás eran más inteligentes de lo que pensaba. Es cierto, tal vez demasiado; por supuesto que los iba  abandonar si las cosas atacaban, de todas formas eran la carnada perfecta… Se imaginó: El único sobreviviente de la masacre de las catacumbas… La fama, las entrevistas, y luego los aportes a las investigaciones de dichas criaturas cuando se hiciera público. Pero claro, todos esos deseos aparecieron cuando empezó la pesadilla… Tal vez era una leyenda urbana, pero de una u otra forma, lo que ese bruto de Alex había dicho, resultó ser cierto.

Caminó unos metros más, girando su rostro ante cualquier posible ruido; tal vez se estaba volviendo paranoico, o tal vez sus sentidos no le mentía, pero para ese momento, no podía estar seguro de nada. De pronto, su linterna le mostró algo que significaba que estaba más cerca de su sueño. La cuerda que se había atado al inicio del recorrido. Se acercó hasta ella, y la tomó; jaló un poco y sí, era la mitad que lo guiaría hasta la superficie. Pero no, él debía escapar sin nadie más, así que se le ocurrió tomar la cuerda y llevársela, recogiendo todo rastro de ella y enrollándosela en el hombro, y así nadie sabría que con exactitud por ese camino estaba la salida. Era tan fácil perderse allí abajo. Posiblemente lo de la aguja en un pajar era menos complicado. Llegó hasta el agujero por donde entraron y pensó en cruzar, pero algo llamó su atención… Apuntó su linterna hacia el otro extremo del pasillo, y donde había estado una pared vacía sin cráneos ni nada, ahora estaba algo peor que un simple esqueleto: Era Alex, atado con cadenas, parecía crucificado; tenía numerosos mordiscos en todo el cuerpo y sólo se reconocía por el poco color de la ropa que quedaba. El término ‘Mutilado’ se queda corto a lo que más se podía definir que era el estado de Alexandre…

Ricciardo prefirió no mirar, pero lo que sí hizo fue escupir bajo del cuerpo sangrante. Cruzó el agujero y tomó de nuevo la cuerda…

La fue recogiendo poco a poco y acelerando el paso hacia su exitoso futuro. Algo se le pasó por la mente mientras lo hacía; a falta de vista, lo más probable es que esas criaturas tuvieran un gran desarrollo en audición y olfato, por lo que la sangre fresca era un riesgo que debía correr; además, Alex se había lastimado y sangrado en el agujero, así que decidió acelerar el paso.

Llegó hasta un lugar que recordaba perfectamente, una esquina; allí recogió el espécimen de la araña, por lo que calculó que estaba como a 50mts de la salida.

-Será mejor que no te muevas. –Dijo una voz atrás. Era inconfundible. Se giró y planeó actuar como aliviado y alegre, ya que fue lo único que planeó con el corazón a mil y la sangre hirviendo.

-¡Jean! ¡¡Sophie!! –“Esa perra” -¡Que alivio que me hallan encontr…!

-¡Ni un paso más! –Ricciardo se detuvo cuando Jean alzó el arma hacia él. Ya no hacía falta actuar más, y pudo quitar de su rostro esa patética y forzada sonrisa.

-¿Por qué recoges la cuerda? –Preguntó Jean. Ricciardo se limitó a observar la cuerda que había quedado por recoger en el suelo -¿Quieres dejarnos aquí, cierto? ¿Por qué? No te hemos hecho nada; es más, recuerda que pude dejarte ser despedazado por esa cosa, pero fui yo quien te salvó, así que estás aquí por mí…

-¡¿Qué le pasó a Liz, maldito?! –Gritó Sophie. Jean le dijo al oido que se calmara y no gritara muy fuerte a lo que ella intentó hacerle caso.

-¡Contéstale ya! –Ordenó Jean.

Ricciardo desviaba la mirada buscando alguna forma de escapar, pero para calmar a esos dos, prefirió intentar responder.

-No sé… La estuve buscando y…

-¡Mientes! –Gritó ella de nuevo. -¡Mientes, y lo sabes, desgraciado! Sólo tienes una herida en el brazo y rasguños en la pierna… ¿Cómo llegó esa sangre hasta tu cara?

-Me estaba tratando de curar y por eso tengo la sangre así.

-Me da igual, hijo de puta. ¡Estoy segura de que tienes su sangre encima de ti!

-Yo no la he visto –Mintió Ricciardo.

-Déjate de mentiras –Dijo Jean –Escuchamos el grito. No iba a decir eso por nada.

Estaba prácticamente acorralado. Sin salida, pues si trataba de escapar, le dispararían… Pero, tuvo un plan.

-Ustedes no saben a quién interrogan –Comenzó el soñador -¡Al futuro gran famoso superviviente de la masacre de las catacumbas! –Él comenzó a  alzar la voz más y más.

-¡No sabes cuánto quiero dispararte! Confiábamos en ti maldito ¡Y ahora haces esto!

-¡Vamos Jean! ¡Siempre quisiste hacer el papel del muchacho carismático pero tranquilo! ¡¡Desahógate y dispárame  a ver si tienes los huevos que se necesitan!! ¡Vamos! ¡Hazlo! –Ahora ambos gritaban. Todo iba según lo planeado.

-Jean, cálmate… -Los papeles se invirtieron, y ahora ella era quien le decía que se calmara.

-¡Voy a matarte! ¡Voy a dejarte aquí para que te pudras con todos estos huesos! ¡Para que le hagas compañía al pobre de Alex y a Liz!

-¡Ah, esos cabrones! Sí, esa golfa me costó más de lo deseado, pero pude con ella. Y con Alex, el destino me ayudó.

-Uy… ¡¡¡¡¡Malditoooooo!!!!!! –Gritó Jean con toda su voz.

-¡Jean, ya cálmate por favor! –Empezaba a suplicar para que Jean se relajara.

-¡Voy a matarte! –Dijo mientras martillaba el arma.

-Espera… Antes de que lo hagas, quiero que te des cuenta de algo… -Jean y Sophie pusieron extrema atención a las próximas palabras de Ricciardo –No puedes matarme… Si alguien te mata primero.

No entendieron hasta que escucharon algo que les pareció familiar… Toc, toc, toc, toc…

Sophie y Jean voltearon la mirada, y vieron que una de esas cosas saltaba hacia Jean y al mismo tiempo, se disparaba el arma, pero no se escuchó que golpeara contra alguna pared o algo sólido…

Sophie se apartó como pudo del ataque mientras gritaba de horror, al ver a esa cosa sobre Jean, tratando de matarlo. Alzó por un momento la mirada y vio que Ricciardo no estaba… Pero lo importante ahora era Jean. La criatura lo desgarraba salvajemente mientras él agitaba los brazos e intentaba golpear a esa cosa. Como algo para hacer, Sophie se abalanzó sobre el monstruo para distraerlo, pero éste con mucha fuerza la arrojó hacia el otro lado del corredor. Adolorida por el golpe, se dio cuenta de que las garras del monstruo le habían llegado hasta el pecho, por lo que le empezaba a doler y le estaba comenzando a costar respirar… Pero sin perder tiempo, se levantó con dificultad y decidió que debía actuar.

-¡Corre! –Gritó Jean mientras forcejeaba con el monstruo -¡Huye! ¡Vete! ¡¡Argh!! ¡Yo lo distraigo, vete!

Pero ella se negaba a dejarlo allí. Y sus ojos vieron la solución. Sin dase cuenta el arma había estado casi a sus pies mientras ella estaba allí (debió salir volando durante el ataque). Tomó el arma, se acercó hacia la criatura, y cuando esta se decidió por morder a Jean en el cuello, disparó dos veces directo a la cabeza del monstruo, y éste cayó a un lado de Jean, inmóvil.

-¡Jean! ¡Dios mío! –Ella se acercó a Jean, pero estaba muy herido y la sangre le salía muy rápidamente. Sin duda no iba  a poder sobrevivir si trataba de escapar. Pero ella decidió tratar de ayudarle. Mientras él gemía del dolor, ella trató de levantarlo, pero notó que lo lastimaba aún más…

-Debe haber algún modo… -Decía ella.

-Vamos… No te engañ… ¡Arhg!... No te engañes… A ti misma… Eres demasiado lista… Para creer que voy a salir de aquí…

-¡No digas eso! Por favor –Las lágrimas salían, y el llanto era inevitable para ella –Por favor… Ven… No te quiero dejar aquí solo…

-Ya, ya –Él le limpió una lágrima del rostro con algo de fuerzas que le quedaba –Sabes que… Debes irte… Quiero que…

-¡No, no! No quiero… Me quedo contigo…

-No seas tonta… Sabes que… Arhg… Mierda –Jean notaba que casi no podía sentir sus piernas –Sabes que quieres vivir… Y lo mereces…

-Pero… Jean… -Decía ella entre lágrimas.

-Quiero que des la vuelta, te vayas, vivas… Y le hagas pagar a ese maldito… Sabes que quieres hacerlo…

Sus miradas estaban conectadas, inmóviles… Era algo casi romántico… Pero el momento se cortó cuando oyeron rugidos que se acercaban por donde ellos vinieron…

-Jean… -Dijo ella preocupada.

-Vete… Yo los detendré –Dijo mientras tomaba el arma de las manos de Sophie –Ahora corre… ¡Corre Sophie, corre!

Con el alma destrozada, y el corazón roto, pronunció un amargo: -Te quiero. –Y salió corriendo con linterna en mano.

Jean vio cómo lo que para ese momento, era lo más importante para él, le obedecía y elegía vivir por él… Se acomodó recostándose a la pared, apuntó con el arma y alumbrando con la linterna. Los rugidos estaban cada vez más cerca de él y las pisadas que indicaban que varios de ellos corrían hacia él, le dieron el valor para jalar el gatillo hasta vaciar el arma. Cada disparo lo hacía con más furia, hasta que los chillidos de dolor aparecieron… Sabiendo que su fin se acercaba, arrojó la pistola a un lado, y tomó, lo que alcanzó a ver, era un hueso partido y puntiagudo…

-Vengan… Les espero malditos…

Parpadeó con mucho esfuerzo, y a sus lados vio que estaban sus amigos… Estaban Liz y Alex, cada uno sujetando una calavera en sus manos, sentados frente a él, con las bocas abiertas y sonrientes, pero vacías, mostrando oscuridad en su interior, al igual que las cuencas de sus ojos. Era traumático y aterrador… Al siguiente parpadeo, habían muchas más personas sentados frente a él, con las mismas muecas, sólo que estas mostraban tristeza. Al otro parpadeo, las muecas de sus amigos cambiaron (sólo la de ellos) y mostraban una verdadera sonrisa humana, casi de apoyo con sus verdaderos ojos... Jean sonrió y sintió el ardor en su cara de que una lágrima cayera de sus ojos. Sus amigos voltearon sus rostros hacia la dirección de los sonidos y mostraron muecas oscuras y vacías (como las anteriores) pero estas eran de rabia, y las demás almas, hicieron lo mismo…

Jean dejó escapar un grito de furia cuando se apresuró a luchar contra esos monstruos… A luchar, por la única razón por lo que valía hacerlo: Proteger a alguien.

Esa bala que había salido disparada no le iba a dejar caminar así, por lo que tuvo que detener el sangrado de su pierna izquierda con lo que quedaba de camisa… Miró en su mochila, todas las cosas que esperaba llevarse, estaban allí… Adentro estaba su videocámara, pero la sacó y se la colgó al cuello con un cordón de seguridad… Tomó el frasco de la araña, la cual pensó en liberar, pero quiso estudiarla bien, pues su tamaño no era normal… Sonrió, y la puso en un bolsillo del pantalón.

Pero la vio… Allí, corriendo hacia él. Con miedo, Ricciardo se levantó dejó atrás su mochila y se apresuró a subir al agujero por donde debió escapar hacia rato. Ya tenía medio cuerpo adentro pero la chica furiosa lo jalaba por los pies; él pataleó para que le soltara, hasta que le asestó una patada y se liberó. Se arrastró con todas sus fuerzas y lo más rápido que pudo; otra vez lo agarró por su pierna adolorida, mientras gritaba su nombre. Esas cosas se acercaban cada vez más, y si él seguía atrapado allí, moriría junto a la puta de Sophie. Así que sacó su último haz bajo la manga.

Del bolsillo se sacó el frasco y lo golpeó contra el espacio reducido del agujero. Sujetó la araña con descuido; Ricciardo se giró para ver el rostro de Sophie, y con fuerza presionó a la araña contra la cara de ella. Él tuvo que apartar la mirada, pues no quería ver tal espectáculo. El horror de Sophie se evidenciaba con los gritos desesperados… La araña estaba cumpliendo su trabajo.

Ricciardo se arrastró más y se volteó, para ver a Sophie por última vez, como una captura de pantalla inmóvil: Tenía sangre en los ojos, y la araña se había adentrado en su boca y varios brazos sobresalían por encima de ella y la jalaron con fuerza, haciéndola desaparecer…

-Hasta aquí llegaste, Sophie…

Los rugidos y gritos de dolor le avisaron a Ricciardo que debía seguir su camino… Se levantó en una sola pierna, y avanzaba intentando dar saltos, pero caía y sólo le tocaba arrastrarse… Lo hizo con el miedo como combustible principal, y las ansias de gloria como motor…

Pero notó un ardor en su mano… Justamente con al que había tomado a la araña… Vaya que sí era dolorosa su picadura. No perdió tiempo, pues sabía que podría darse a aparecer un efecto paralizante si era una especie rara y nueva…

Sin darse cuenta, había dejado atrás los rugidos, pero avanzaba chocando su cara contra el agua putrefacta; pero todo lo valía, para volver a ver de nuevo esa salida…

Al fin llegó, y veía luces afuera: La gloria le iba a dar la bienvenida… Sus sueños se cumplirían. El recorrido aunque se lo sabía de memoria, se le hizo eterno. Hasta que por fin, cuando iba a salir, trató de colocarse de pie y estar con la frente en alto porque se le daría la calurosa bienvenida que quería… La prensa, el éxito… En eso pensó… Hasta que por fin cruzó el poderoso umbral de luz que lo cegó momentáneamente, para darse cuenta de que su recibimiento no era como lo planeó.

Cuando salió habían muchas luces bancas a lo lejos, y a un lado, las había de color rojo y azul que parpadeaban rápidamente; simplemente no llegaba a entender nada de lo que sucedía. Intentó avanzar con su pierna sana muy lentamente para comprender lo que pasaba…

-¡Oiga, usted! –Le gritó una figura que salió de entre las luces blancas -¡Sí usted!

Ricciardo comprendió que se dirigían a él. De donde había salido el hombre, salió otro más. Por la potencia de las luces, no pudo ver los rostros de los sujetos; en su lugar, solamente veía rostros y ropas negras, pero él sabía que era por el juego de sombras… El primer sujeto, que notó que vestía chaqueta marrón y guantes dijo:

-Tranquilícese… Soy policía. ¿Qué le pasó? ¿Le han atacado?

Era lo que más necesitaba…

-¡Gracias a Dios! ¡Sí, me atacaron!

-¿Quién? ¿Quién le atacó? ¡Oiga, cuidado!

Ricciardo no logró sostenerse y se iba a caer, pero el que se identificó como policía se apresuró a evitar su caída. Ricciardo, apoyado en el hombre, comenzó a reír… Reír casi histérico, de alivio… De alegría… De que todo, absolutamente todo, salió como lo planeó, aunque tuvo que superar cosas inesperadas, lo había logrado…

-Oiga, dígame quién lo atacó… Hágalo por su propio bien. –La voz del hombre irradiaba una absoluta sensación de seguridad que señalaba que se podía confiar en él. Y Ricciardo comenzó:

-Yo… Vine con mis amigos… Bajamos a las catacumbas… Cruzamos un agujero en la pared y… Y unos monstruos me atacaron… A mí y a mis amigos tambien… Yo traté… ¡Traté de salvarlos! Pero no pude… ¡No pude! –Empezaba a llorar -¡Quise ayudarlos! Esos monstruos… Me---

-¿Por un agujero en la pared, dice?

-¡Sí! Un agujero…

-Ya veo… ¿Cómo eran esos monstruos? –El tono del hombre cambió… Era… Tan… No era la voz de antes… Pero aún así Ricciardo le dijo:

-Feos… Horribles como un demonio… Muy grandes…

-¿Tiene alguna evidencia de ellos?

-¡Sí! ¡Sí, por Dios sí! ¡Aquí! –Ricciardo le mostró la videocámara que colgaba de su cuello –Lo tengo todo grabado…

-Entiendo… -Respondió el hombre…

-Esto… ¡Esto lo tiene que saber todo el mundo! ¡Todos deben saber lo que hay allí abajo!

Mientras hablaba, el policía sacó una navaja y cortó el cordón que estaba en el cuello de Ricciardo y tomó la videocámara… Abrió el compartimiento de la tarjeta SD y la extrajo.

-¡Oiga! ¡¿Qué hace?! ¡Suelte eso, ya! –Inútilmente, Ricciardo trató de recuperar la evidencia que valió la vida de sus antiguos compañeros… Y la de él mismo.

El hombre, casi secretamente, le colocó en la mano de Ricciardo un revolver, y lo empujó; en el estado de inestabilidad en el que estaba, Ricciardo cayó de espaldas. Sin poder hacer nada y extrañado por el arma que le habían entregado, vio como el sujeto se guardó la memoria en un bolsillo de la chaqueta, dejó caer la videocámara al suelo y la pisoteó, destrozándola por completo, sin esperanzas de reparación.

-¡No! ¡No, nooo! ¡Deme eso! ¡Démelo! ¡Es míooo! ¡Es míooooo! –Gritaba Ricciardo. Recordó que tenía un arma en la mano, apuntó y sólo escuchó un “Click”. Estaba vacía.

El sujeto se acercó a la otra figura. Y habló:

-Capitán ¿Qué fue lo que pasó aquí? –Entonces el otro hombre, que se notaba por los contornos tenía uniforme de la policía respondió:

-Señor detective, un muchacho vino aquí por intentar robar algo de chatarra. Golpeó a uno de los guardias y le dejó en estado de inconsciencia. Luego, los otros guardias que merodeaban, vieron lo que pasó, llamaron a la policía y vinimos. Cuando llegamos, encontramos al muchacho in fraganti, y estaba tan asustado que sacó un arma, un revolver, como el que tiene el chico en la mano, pues tenía sus huellas en el arma… –Ricciardo miró con asombro el arma descargada: “No puede ser” –Y antes de que le disparara a uno de los nuestros, tuvimos que abatirlo.

-¿Eso es lo que dirá el reporte? –Preguntó el de chaqueta.

-Así es, señor detective.

-Bien… Que así sea… No volveremos a cometer otra vez ese mismo error.  ¡Hay que tapar de nuevo esas entradas! No importa que tanto cemento nos haga falta, hay que sellarlo todo… Nadie debe saber nunca lo que hay allí abajo ¿Entendido, capitán?

-Sí, señor.

-Creo que le vendría bien –Dijo dirigiéndose a Ricciardo –Reunirse con sus amigos…

Y el de uniforme policial sacó un arma de su cinturón…

-¡Desháganse del cuerpo…!

Ricciardo sintió en cámara lenta cómo las balas atravesaban su cuerpo. No le dio tiempo de sentir dolor, sino de sentir, cómo de verdad, sus sueños de gloria se escapaban de su cuerpo, en forma de espesa sangre…

Alguien había demostrado ser más listo que él… Qué pena, sintió. “Hasta aquí llegué”.

Se desplomó por completo, viendo la peor de sus visiones de toda su vida: Se vestía el negro cielo de París, opacado por las blancas luces del lugar, y que constituían un nuevo juego de sombras, que oscurecían las siluetas que estaban paradas alrededor de él, en torno a su cabeza… Tenían las bocas abiertas con una enorme y espantosa sonrisa, mostrando una terrible oscuridad, con calaveras en sus manos… No hacía falta mencionar, quienes eran esas siluetas… “Yo… Sólo quería un poco de respeto…”



Sus sueños… Su gloria… Sus deseos de éxito… Sus ansias de fama… Nada iba a tener… Nada había valido la pena… Ni siquiera haber destrozado la cabeza de Liz con una roca… Todo había sido en vano… Porque, gracias a las autoridades parisinas, sus restos pasarían el resto de la eternidad, en lo profundo de las catacumbas de París…

Joshua888 (discusión)Takanashi Kaito-kun