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Cualquiera que recuerde los noventas, estará de acuerdo conmigo cuando digo que esta criatura, cuyo nombre venía de su fama de matar gallinas y ganado, alcanzó una fama de proporciones inimaginables hasta para cualquier leyenda urbana respetable. Desde que sus ataques comenzaron, se convirtió en noticia de primera plana de todos los periódicos, en la televisión y en la radio (me gusta pensar que, si la internet hubiera tenido el auge que tiene ahora, habría infinidad de memes al respecto). Los estragos que provocaba eran de fama mundial.

En todo México se especulaba acerca de su existencia y su procedencia. Muchos afirmaban que era un simple lobo; otros, que era la mascota de los extraterrestres; algunos más, decían que se trataba de una invención de ganaderos que querían un poco de fama.

Recuerdo la primera vez que lo vi: su bosquejo ocupaba toda la hoja de cabecera del Diario. Estaba representado como un extraterrestre con alas bajo los brazos. Esta versión luego fue remplazada por muchas otras, como la de un extraterrestre con espinas en la espalda; un lobo calvo y deforme, con cola y cara de rata; otra de un lobo muy grande, con ojos rojos y fosforescentes; algunos, se quedaron con una versión humanoide de este personaje. Alguna vez, incluso trataron de televisar una trampa para capturarlo y poder estudiarlo y concluir de una vez de qué se trataba (un muy mal espectáculo, ¿lo recuerdan?).

Era tanta su propaganda que tenía su propia línea de mercadotecnia. Había camisetas divertidas sobre él; se vendían posters, tarjetas, incluso tuvo su propio dulce (sabía horrible, según recuerdo). Hoy en día, una carrera ciclista en Ciudad Juárez está bautizada en su nombre, e hizo una pequeña aparición triunfal en un videojuego de vaqueros. Al menos, es lo último que yo he sabido de él.

Pero, con todo esto puesto en la mesa, siempre me surge la misma duda: ¿por qué su caso no se investigó formalmente? ¿Por qué no se le dio la seriedad que demandaba al tema? Yo veo la leyenda del Chupacabras, y luego veo la del Monstruo de Gevaudan (una criatura que asoló la Francia antigua a tal magnitud que el mismísimo rey envió a su fusilero real a darle caza) y encuentro el patrón. Me voy a permitir ser un poco sensacionalista al declarar que, si ambos animales estuvieran relacionados de alguna manera –quizá el mismo creador–, el Monstruo de Gevaudan le habría dejado la lección más importante al Chupacabras. Al monstruo de Gevaudan se le atribuyen casi 150 asesinatos; nunca se reportó un ataque del Chupacabras contra un humano, no formalmente.

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Un vecino de la cuadra, como sea, tiene una historia interesante que contradice y, de alguna manera, avala mi teoría. Dicho vecino se llama Raúl, y en 1995 estaba cumpliendo sentencia en el Cereso Estatal. Le habían dado 3 años por robo a mano armada y ya estaba casi en las últimas semanas de su sentencia. Bien se podría decir que era, ha sido y siempre será un paria, pero no es un paria común y corriente. Es un desgraciado muy listo, es un muy buen jugador de rebote y le gusta mucho aprender nuevas lenguas. Sabe defenderse en inglés, alemán, italiano y conoce el lenguaje de los “hobos”. Él dijo que esa criatura era un demonio, y que el día en que se encontraron frente a frente, su virtud menos pensada fue la que finalmente terminó salvándolo.

Durante su estadía en la cárcel, tuvo muy pocos problemas con los otros internos, debido a que no era tan alto y fuerte como para ser un buscapleitos ni era tan pequeño y débil como para ser el idiota de nadie. Simplemente sabía defenderse. Los guardias del penal le vendían droga regularmente y él les suministraba los cigarrillos que ganaba en partidos de rebote constantemente. Había un custodio que le ayudaba a hacer trampa en el póker usando el lenguaje de señas, que ambos conocían bien. Me dijo que su mayor deleite era drogarse durante las noches, porque podía arrojar el humo por la reja y como estaba en una sección lejana a las torres de vigilancia, nadie vería el humo.

Una noche característicamente fresca y húmeda, con un ligero viento proveniente del oeste, en la que era cien por ciento seguro que iba a llover, él se encontraba en la ventana de su celda. Me dijo que apagó su cigarrillo y se dedicó a observar las nubes que venían de esa dirección, cargadas de lluvia y relámpagos, perfectamente nítidas gracias a la luz de la luna que las bañaba. Estaba tratando de ver esas nubes que adquirían un color rosado a medida que más se acercaban a las luces de la ciudad, cuando un rayo nada natural cayó en los cerros, a la distancia. Una sucesión de ese mismo tipo de relámpagos surcó el cielo nocturno que ya se estaba comenzando a plagar de nubes de lluvia, bañando a la zona de esa esencia a tierra y vegetación mojada que le precede. Dijo haber visto luces de otra extraña naturaleza bailando sobre el desierto, luces que fácilmente podían hacerse pasar por relámpagos a menos que pusieras mucha atención en su comportamiento y la frecuencia tan constante con la que aparecían y desaparecían.

Tras unos cinco minutos de ese espectáculo atmosférico, vino un periodo de serenidad (la calma antes de la tormenta) en la que no se oían truenos, los relámpagos se hicieron menos abundantes y una cortina de agua emprendió su marcha desde los cerros hasta ahí. Entonces, dijo que muy por delante de aquella cortina, venía un animal corriendo a cuatro patas, a toda velocidad por el desierto. Lo identificó como un perro, uno más rápido que todos. Obviamente estaba muy lejos, además de que había un muro de diez metros que los separaba, pero él no pudo evitar sentir un escalofrío creciente al irse acercando aquel animal cada vez más a la prisión; pues dijo que este cuadrúpedo no avanzaba con el comportamiento errático o nervioso de cualquier animal que busca dónde refugiarse de una tormenta, sino que llevaba la dirección y velocidad de cualquier predador que ha encontrado a su presa. El muro se puso en su campo de visión y ya no pudo ver si el perro había cambiado su trayectoria o si se había detenido cerca de ahí. Esperó un rato más, con la intención de verlo alejarse por donde vino, o escucharlo ladrar, pero pasado ese rato no vio ni escuchó nada más que relámpagos y lluvia cayendo. Entonces se fue a dormir y olvidó el asunto por esa noche.

Al día siguiente, se encendió un protocolo amarillo, pues tres guardias habían desaparecido durante la noche. Se sacó a los reos al patio y se registró todo el penal en busca de esos sujetos, pero no hallaron nada en todo el día. Sabían que no podían haber dejado el penal en su turno, ya que sus cosas seguían en las gavetas, sus autos aún estaban aparcados en el estacionamiento, y no se tenía registrado que hubieran salido. Pero no podían estar en ese penal, ya que los videos de seguridad y los guardias de las torres no revelaron que alguien hubiera dejado su puesto. El director del Cereso exigió apoyo al municipio, pero le respondieron que no podían iniciar un operativo hasta que confirmaran que no era una especie de error del sistema y que los desaparecidos hubieran de alguna manera abandonado las instalaciones. Aunque dijeron que se iniciaría una búsqueda en toda la zona, en caso de que anduviera por allí. Se abriría una línea directa para mantenerse en contactro.

Como los reos no podían quedarse en el patio, se les permitió (con cierto recelo) volver a sus celdas cerca de las siete de la tarde. Ese día no habían podido hacer nada más que estar de pie en el patio, ir a comer y volver al patio.

Ya avanzada la noche, algo despertó a los reos en sus celdas. Raúl fue despertado por el escándalo que se suscitaba en el pabellón, así que se acercó a la reja para escuchar qué pasaba. En una de las celdas de la orilla derecha, se escuchaban ruidos extraños, y los reos asustados de la otra orilla acusaban que un lobo se estaba almorzando a los internos. Se escuchó otro escándalo cuando lo vieron salir de la celda 1418 e introducirse a la celda 1419, casi naturalmente, como si estuviera dando un paseo por la calle. Por lo que Raúl pudo ver desde su tan limitado campo de visión, no cabía duda de que ese era el animal que había visto correr la noche anterior hacia esa cárcel. Inmediatamente después se escuchó su gruñido y el grito ahogado de los ocupante de esa celda, lo que activó los gritos y el pánico genérico en todo el pabellón.

Los reos comenzaron a gritar y exigir la ayuda de los guardias, pero estos no aparecían por las rejas principales. Había uno en la cámara de vigilancia, pero estaba encerrado y no dejaba de llamar por walkie-talkie visiblemente alterado, mientras que el animal salía de la celda 1419 y se dirigía a la 1420 con la misma pasibilidad. (“Nadie va a ningún lado”, ha de haber pensado) Los reos de esa celda intentaron patearlo para evitarle la entrada, pero era un maldito muy escurridizo -Raúl pensó que debía de serlo para poder entrar en un penal de máxima seguridad y matar dos guardias sin que nadie se diera cuenta- y uso otro espacio entre barrotes para entrar. Acto seguido, gritos y el mismo sonido de estrangulamiento.

El escándalo de todos los internos arreció. Ahora golpeaban las rejas y arrojaban papel sanitario a la ventana del cuarto de vigilancia para exigirle al guardia que actuara. Raúl y su compañero de celda habían arrancado una vara del soporte de su cama y hacían lo mismo que los demás. Quizá ellos dos y sus vecinos eran los más ruidosos y urgidos, pues la celda que Raúl ocupaba era la 1423, a tres jaulas más. 

Un guardia armado con una escopeta atravesó la entrada principal hacia las escaleras que llevaban a la segunda planta y, aprovechando que el animal estaba en el interior, introdujo el cañón entre los barrotes de la 1420 y comenzó a detonar su arma en repetidas ocasiones. Algo debe de haber visto, pues sacó el cañón de la celda y retrocedió, poco antes de que el animal saliera y se pusiera frente a él. El guardia apuntó y disparó contra ese extraño perro, pero para la sorpresa de todos ahí, el animal de un solo movimiento se apartó de la trayectoria del disparo y saltó sobre el cuello del uniformado. Tras unos instantes de locura y gritos, el oficial cayó muerto, y el animal simplemente lo soltó, como si ya conociera el procedimiento adecuado para matar, como si lo hiciera sistemáticamente. Y no se lo comió, y no lo “chupó”, ni siquiera probó una rebanada de su carne; simplemente se volvió hacia la 1421 y se puso en movimiento.

Los miembros de la 1421 eran dos de los presos más rudos y temidos de todo el penal. De esa clase de personas con las que no querías compartir la celda, pero con los que quisieras estar en momentos como este. Para cuando el animal llegó a esa celda, ellos habían montado una especie de defensa contra él. Habían desmantelado la litera, apretujaron ambos colchones contra los barrotes de la celda y habían utilizado las partes del soporte a manera de retén. Adicionalmente, habían sacado sus puñales de hoja larga y los hondeaban hacia el animal, para masacrarlo en caso de que quisiera pasar por encima.

Raúl y todos los demás pensaron que esa sería la manera adecuada de contener a la bestia, y estaban a punto de comenzar a reforzar los barrotes de sus celdas de la misma manera, cuando vieron que el animal, de una manera muy astuta, se impulsaba por debajo del colchón y se revolvía para hacerse espacio para entrar, sin importarle los puntapiés y navajazos de los dos presos. Se escuchó un alboroto de cuchillazos y un forcejeo tremendo en esa celda, pero al final no fue más que lo mismo: silencio.

¿Es que nada podría detener a ese animal? Raúl buscó al guardia del cuarto de vigilancia, quien no dejaba de llamar por la radio y pedir ayuda. Comenzó a temer que este fuera el único guardia vivo en todo el pabellón, y se dio cuenta que, de ser así, jamás haría nada. No se arriesgaría a terminar como su colega de la escopeta y jamás dejaría salir a los presos de sus jaulas, por temor a que se fueran a amotinar para hacerle algo y escapar. Pero tampoco quería verlos morir de uno por uno… Pero entonces lo reconoció como el guardia que le ayudaba a hacer trampa en el póker.

El monstruo salió de la 1421 y se dirigió a la 1422, donde un par de presos homosexuales aterrados habían hecho su mejor intento de imitar a los de la 1421, pero las colchas no eran lo suficientemente resistentes para contener al demonio que pasó por un espacio entre ellas. Gritaron y chillaron mientras pateaban las colchas por los lugares a los que el animal se acercaba, pensando que funcionaría igual que jugar al pinball de tetris. Los demás les gritaban y les aconsejaban, pero no lograron evitar que el animal entrara. Aunque ésto terminó de poner la idea en la cabeza de Raúl.

Su compañero de celda estaba histérico, tratando de poner la litera en los barrotes. Raúl tomó un trozo de papel sanitario y lo quemó con su encendedor, lo que llamó la atención del guardia en la cámara de vigilancia. Él usó el lenguaje de señas para decirle lo mejor que pudo: “VOY A ATRAPARLO SI ABRES LA REJA CUANDO YO TE LO INDIQUE”. El guardia puso su mano en el botón de la 1423 y esperó. Raúl tuvo que forcejear con su compañero para dejar el primer espacio entre barrotes descubierto, dándole al animal una entrada a la celda. Se posicionó justo al otro extremo de la reja, donde estaba la cerradura de la puerta y esperó a verlo aparecer. Dijo que esos segundos de espera fueron para él más eternos que el tiempo que pasó esperando su sentencia. En cierta forma, era justo lo que estaba esperando.

Cuando finalmente apareció, Raúl pudo apreciarlo mejor. Era justo como un demonio debía verse: su piel era escamosa, sarnosa y grisácea; tenía una joroba llena de pelos, parecida a la de un jabalí; su cabeza era de una rata, y sus profundos ojos rojos no eran nada como lo que Raúl hubiera visto jamás. Lo más terrorífico de todo era que en los ojos de ese animal no había nada, no había ira, no había miedo, no había hambre. Sabía que lo había visto entrar en la cárcel un día antes y planeaba matarlo igual que a los otros, nada especial, ni una cosa más.

Tan pronto como Raúl vio aparecer la cabeza del monstruo por la reja, dio la señal al guardia, quien oprimió el botón de apertura de la celda. Ésta se deslizó, atrapando al animal por la mitad del cuerpo, lo que lo hizo aullar y retorcerse del dolor. Los presos aullaron vítores también al ver que por más que se retorcía y se sacudía para escabullirse de alguna manera, estaba bien prensado de la cintura.

Me cuenta cómo al principio, Raúl no tuvo ni la menor idea de qué debía hacer luego. Sólo sabía que esos barrotes eran lo único que se oponía entre la muerte segura y la vida, por lo que puso toda el alma en mantener la reja presionada. Pensó que, para tener más apoyo y mejor soporte, debía de alargar su cuerpo y mantenerse estirado: fue una muy mala decisión. Se quitó un zapato para mostrarme una terrible laceración en el tobillo, que finalmente terminó con su habilidad para el rebote. Me dijo que puso su pie en el tercer barrote para no cansarse y el monstruo le hizo eso de una sola mordida en su ataque de rabia. Me dijo que le dolió como el demonio, pero que ni aun así dejó de aplicarle fuerza a la reja.

Lo siguiente que supo fue que el guardia estaba abriendo sistemáticamente las rejas para que los reos salieran y se dirigieran hasta el comedor, el único lugar con la capacidad de albergarlos a todos lo suficientemente cerrado como para que ese monstruo no pudiera entrar.

El animal seguía forcejeando y aullando de dolor. En más de una ocasión, Raúl pensó que no podría resistirlo más y que se le escaparía, pero siempre podía toda sus fuerzas para evitar que eso sucediera, y pasado ese ataque de ira del animal, Raúl disminuía la presión. Supuso que era como enviarle un mensaje. Lo malo era que ningún preso se aventuró a acercarse a la 1423. Todos usaban las escaleras alternativas o rutas alternas para rodearla, temiendo que el animal en cualquier momento se libraría de la trampa y mataría a cualquiera que se acercara, y nadie quería hacerse el héroe teniendo la opción de ir a ponerse a salvo.

Así que Raúl se quedó sólo con su compañero de celda (quien no quiso acercarse a la reja a ayudar desde que el animal había sido atrapado) durante todo el tiempo que tomó transferir a los reos del pabellón al comedor, sin apoyo ni relevo, valiéndose de todas sus reservas de energía para mantener la reja presionada.

Tras dos horas eternas, se dio cuenta de que, en todo el pabellón, no quedaba nadie más que su compañero de celda, él y el animal entre las rejas, que ya no estaba aullando sino gimiendo adolorido. Habían sido dejados atrás por todos, hasta por los guardias; se les había dejado a su suerte. Raúl ya no tenía ni la menor idea de cuánto tiempo llevaba presionando la reja, se sentía desfalleciendo por el cansancio, el miedo, la inmensa tensión de saberse a medio metro de una criatura que lo mataría en cuanto a él se le acabaran las fuerzas para seguir oprimiéndolo, para lo que no faltaba mucho.

Y en ese estado de adrenalina, se concedió el tiempo para contemplar de frente a su rival: la criatura se había agarrotado, pero Raúl podía ver en sus ojos rojos que, en cuanto se sintiera libre, seguiría haciendo lo que hacía. No se detendría; jamás lo haría. En sus ojos rojos vio que esa era su naturaleza: vivir para matar. Había estado en sus ojos mientras mataba a sus vecinos de celda, y estaba ahí ahora. Era para lo que había venido.

No podía permitirlo. Tenía que escapar de ese lugar. Tomó un rato para reunir valor, luego le pidió a su compañero de celda que preparara el colchón de la reja y lo doblara a la mitad. (Su compañero replicó que no lo haría, pero lo hizo cuando Raúl se dijo demasiado débil para soportar y amenazó con dejar de oprimir) Una vez hizo lo que le pedía, le dijo que con mucho cuidado la colocara en la reja, lo suficientemente ajustada como para mantener presión constante en el cuerpo del cánido sin activar su dolor y, por consiguiente, su ira. Su compañero intentó hacerlo como se lo pedía, pero aunque no había ejercido ningún tipo de presión en él, el cánido se puso furioso y comenzó a ladrar y a moverse ya a aullar cada que se lastimaba con la reja.

Por el terror, el compañero de Raúl terminó metiendo toda la colcha en ese espacio, luego brincó a Raúl y salió corriendo. Raúl acomodó la reja desesperadamente contra el colchón e hizo lo mismo, pues los aullidos del monstruo eran tan penetrantes que no era posible seguir escuchándolos un segundo más. Virtualmente brincó desde el segundo peldaño de las escaleras a la planta baja del pabellón, sabiendo que el animal se soltaría y lo perseguiría. Ya sentía su presencia corriendo tras sus tobillos, listo para morder. De no ser por que seguía escuchando sus aullidos, hubiera saltado sobre un escritorio o se hubiera colgado de alguna reja. Corrió tan veloz como pudo, siempre con ese enloquecedor aullido llenándolo; cruzó el pabellón, el pasillo de entrada, luego se dirigió al comedor, donde apenas estaban dejando entrar a su compañero. Se introdujo junto con los otros presos, donde los guardias cobardes ya habían establecido un sistema para mantener a los reos bajo control. En todo caso, lo último que les importaba a los presos era intentar amotinarse; los aullidos del animal los tenían a todos perturbados. Raúl reconoció que nunca antes se había sentido tan a salvo rodeado por tantos presos en ese penal.

Ahí se quedaron todos por el resto de la noche. Los aullidos, que tanto los atormentaron, se detuvieron cerca de las cinco de la madrugada, cuatro horas después de que comenzó la masacre; media hora después de que Raúl logró internarse en el comedor. Aunque los guardias se apostaron en las puertas en caso de que apareciera, eso no sucedió, por lo que se creyó que había muerto de dolor.

A las 6:12 AM aparecieron los cuerpos militares a tomar custodia del penal. Los reos fueron sacados al patio y se registró todo el penal en busca de sobrevivientes. Aunque los guardias explicaron lo que había pasado, fue inútil pensar que lo creerían, pues el cadáver del “perro” no estaba en el lugar donde se supone debería estar. Raúl dijo que alguien le había informado que se encontró un extraño pelo en una reja, un pelo grueso y largo, nada que pueda haber en la cabeza de un humano o un perro. Según reportes lo indican, todas las víctimas que fueron sacadas de las celdas no presentaban más que una hilera de grandes marcas en el pescuezo, lo que deja en evidencia el móvil tan sistemático con el que el animal mataba. Siempre atacaba el mismo punto.

En todo caso, a algo deben haber llegado las autoridades mexicanas, pues descartaron la versión de los guardias y el reporte oficial fue el de un motín en el penal, en el que los reos habían tomado la vida de siete guardias de seguridad, la del director y la de dieciséis internos. Se incubrió todo el asunto y se dijo que se implementarían medidas de seguridad para que no se repitiera el asunto (aunque eso nunca pasó).

Raúl nunca intentó averiguar nada más. De hecho, me dijo que intentó olvidar por completo lo que hizo, por muy heroico que hubiera sido. Él había sido quien más de cerca lo había visto y había vivido para contarlo, pero cuando algún ex interno lo veía en la calle y le preguntaba por aquella vez, por el Chupacabras, cuando le pedían que lo describiera, él no quería decir nada, no quería hacerlo. Lo que sea que haya visto en esos ojos rojos, no era algo que él quisiera recordar o de lo que quisiera hablar. Por eso es que el que se tomara la molestia de contarme esto significó tanto para mí.  

Todo esto me ayudo a llegar a la conclusión de que el propósito de este animal, viniera de donde viniera, no era otro más que el de probar los límites de las especies en este planeta. Hasta ahora, sabe que matar ganado y especies pequeñas le funciona; pero el hecho de que no haya registros de ataques contra personas indica que, o evitó volver a hacerlo, o siguieron encubriendo sus ataques. O quizá se dedique a ataques aislados que se pueden tomar como desapariciones o incidentes.

Quizá estoy suponiendo de más, pero es que el tema siempre me ha emocionado, el pensar que de verdad existe un ser que evidencia la existencia de lo desconocido, de vida en otros planetas en el mejor de los casos. No comprendía cuál podría ser la razón de que a él no le entusiasmara tanto el tema, y cuando se lo pregunté su argumento me hizo quedarme callado:

“Sus aullidos siguen despertándome en la noche”.

Chupacabras300