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En 1851, Virginia Macdonald, una chica que vivía en Nueva York, fue enterrada después de caer enferma, a pesar de la insistencia de su madre en que su hija no estaba muerta. La familia trató de tranquilizar a la mujer histérica, pero fue en vano, por lo un tiempo después accedieron a desenterrar el cuerpo.


Encontraron a la chica fallecida acostada de lado, con las manos medio "devoradas". Se había despertado en el ataúd y comenzó a comerse las manos, ya fuera por terror o hambre.


Del mismo modo, en 1903, un joven de 14 años de edad, fue enterrado en Francia, después de haber sido separado a la fuerza de su madre, que protestaba diciendo que no estaba muerto. Un día después del entierro, la encontraron cavando la tierra con sus propias manos, tratando de llegar al ataúd. El ataúd fue abierto y encontraron el cuerpo del niño retorcido: había muerto por asfixia.

Un médico Berkshire relató la historia de otra joven madre, la esposa de un oficial médico del ejército destinado en zonas tropicales, que había sufrido un dolor grave de corazón poco después de dar a luz. A pesar de los esfuerzos de los médicos - incluyendo, presumiblemente al marido - ella murió, o por lo menos lo parecía.

Inmediatamente preparó a la supuestamente fallecida para ser enterrada, sin embargo no pudieron cerrar sus párpados, por lo que sus ojos estaban abiertos cuando llegaron sus hijos a despedirse de ella.

Cuando se fueron, la enfermera, que había asistido a su muerte comenzó a acariciar el rostro de la mujer muerta. Para su sorpresa, detectó el sonido de la respiración y dio la voz de alarma.

Los médicos pusieron en práctica la técnica que se usaba en esos años para detectar un posible hilo de vida, colocaron un espejo en la boca, pero no observaron vapor del aliento en el espejo, además le abrieron una vena en cada brazo, sin embargo la sangre no fluía.