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Conducía sin saber cómo, mecánicamente, pensando en lo desgraciada que era su vida, recién casada y con un marido que la engañaba y pegaba constantemente, un hermano drogadicto y delincuente, una enfermedad degenerativa y agotada de tanto trabajar para mantener al par de gandules.

Lo último que recuerda es que su coche, esquivando a un tremendo camión, dio una vuelta de campana, pero contrariamente a lo que esperaba, no despertó en un hospital, sino en una cama con dosel y almohadones de seda…Se preguntó si el accidente había sido una pesadilla, pero no conseguía reconocer la habitación…

El día era luminoso y ella se sentía extrañamente cómoda y feliz, pero con una sensación de que algo no estaba bien. Estaba cavilando sobre eso cuando entraron en la estancia varias personas; una señora con moño y aire aristocrático se lanzó hacia ella con cara preocupada:

-¡Cariño! ¿Cómo estás? ¡Qué susto me has dado! El doctor Gómez ha venido todo lo deprisa que ha podido y nos ha dicho que no ha sido nada, solo un fuerte golpe en la cabeza. ¡Te he dicho mil veces que ese caballo tuyo es muy nervioso! ¡Deberías deshacerte de él! Pero, claro, tú nunca me haces caso.

Abrumada por el discurso de la mujer, ella no acertó a abrir la boca, pero si se fijó en un agradable joven que la miraba con ojos llenos de amor mientras el otro hombre le tomaba el pulso y una mujer con uniforme le ahuecaba los almohadones.

Intentó levantarse, pero no se lo permitieron y se miraron todos con cara de preocupación cuando ella preguntó dónde estaba y quiénes eran. Entonces habló el hombre canoso.

-Querida, parece que el golpe te ha dejado sin memoria, pero tranquila: es algo pasajero, te tendremos en observación.

Poco a poco se adaptó a su nueva y cómoda vida en aquella mansión, rodeada de lujo y atenciones. Descubrió a una madre adorable y a un pretendiente que le estaba robando el corazón, los días pasaban entre paseos por el hermoso jardín y cenas con amigos de la familia, que siempre terminaban en pequeñas fiestas.

Se sentía querida, se sentía, por fin, feliz.

Un día, paseando por los establos vio a “su” caballo y pensó que él era el artífice del milagro (como ella lo llamaba). Decidió que un paseo tranquilo era el mejor regalo de agradecimiento para el noble animal y montó, sorprendiéndose de lo bien que lo hacía…

Dejándose llevar por la euforia, cada vez galopaba más deprisa por el enorme prado, dejando que el viento le enredara el pelo… Y cayó, vio (como entre sueños) cómo el caballo se encabritaba y la tiraba. Se vio a sí misma lanzada con fuerza contra un enorme pino centenario y ya todo fue oscuridad… Aunque creyó oír entre brumas una voz que decía, con un frío tono.

- Da igual… Nunca despertará, es una pérdida de tiempo y dinero, ¡desconéctela!

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