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Nunca pensé terminar entre rejas. No le pegué tan fuerte, al menos eso creo. Simplemente creí que me estaba tomando el pelo.

Yo le di lo que necesitaba. ¿Entonces? ¿Por qué no me correspondía? No fui violento con ella, al menos, al principio. Es más, hasta me alegré de verla. Allí estaba, como apoyada en la pared, recién arreglada, moderna, limpia y llamativa.

Cuando estuve a su lado, no había nada, absolutamente nada que impidiera que consiguiera lo que yo quería. Parecía todo tan fácil.

Pero ella tuvo que negarse, no fue receptiva a mis apetencias. Y, claro, me enfadé, sentí rabia e indignación, alterándome hasta el punto de nublarse mi mente. No suelo ser violento, pero esto era demasiado. Primero le di un toque con la palma de la mano, un empujón no muy grande. Todo sin resultado. ¿Qué iba a hacer?

Me dejé llevar por la rabia, y sí, la golpeé una y otra vez, con los puños cerrados una y otra vez, allí donde más daño pudiera hacerle. Escuchaba los gritos de la gente a mí alrededor, pero me daba igual, hasta un cabezazo le di; en mi boca noté el salado sabor de la sangre, lo que contribuyó a golpear más y más fuerte.

Alguien debió llamar a la policía, me agarraron por los brazos y tiraron hacia atrás, pero, aun así, le di dos o tres patadas con todas mis fuerzas. Mientras me arrastraban hacia un furgón policial. Yo gritaba: "¡Me ha engañado! ¡Me ha engañado!".

Ahora estoy en un calabozo. Alguien me puso una inyección para calmarme, al menos eso me dijeron, casi no me acuerdo de nada. Pero sí sé una cosa, hay una máquina expendedora, de esas que tienen refrescos y chocolatinas que se ha quedado con mi moneda. Con la única moneda que me quedaba, y yo... Yo solo quería un Kit Kat.


FredyCher.