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Mi última aventura no es que fuera, precisamente, una aventura, sino más bien una pesadilla.

Aquella noche no la olvidaré jamás. Fue hace dos años, con el frío del invierno todavía azotando. La tarde anterior a lo ocurrido, unos amigos y yo planeamos adentrarnos, esa misma noche en una pequeña casa, a las afueras del pueblo. Queríamos descubrir y sentir en nuestras propias carnes el misterio que rodeaba la casa, si era verdad lo que, desde muchos años, venían contando los vecinos del pueblo. Se decía que en la casa había un fantasma, un alma en pena, al que en el pasado asesinaron en su propia casa. A él y a su fiel perro. Hablan que el supuesto espectro fue malvado en vida. Es por eso que su alma y al del animal vagaban por la casa, y vagarían por siempre, sin que nadie les pudiera arrebatar lo que era suyo…

Había habido personas que se habían atrevido a entrar y no siempre se les había aparecido. Sin embargo, unos gitanos, que habían alquilado la casa para trabajar las tierras que rodeaban la casa, tuvieron la mala fortuna de encontrarse cara a cara con el horror. Esta gente durmió esa noche debajo de un puente.

Y ahora nos tocaba el turno a nosotros. Linterna en mano y con el miedo a cuestas subimos el puente que da a las afueras del pueblo. Poco más allá se hallaba nuestro destino. El puente se nos hacía cada vez más corto, tal vez por el miedo que teníamos, pero cuando se nos mete algo en la cabeza no hay quien nos haga cambiar de idea. Una extraña sensación de que algo malo iba a pasar me recorría todo el cuerpo y a cada paso que daba me latía más fuerte el corazón. La casa estaba mas cerca; parecía ella la que venía a nosotros. En el trayecto intentábamos contar algunos chistes malos, de fantasmas, por supuesto, para que se fuera la tensión que se respiraba en el ambiente, pero todos sabíamos que era inútil.

Ya habíamos llegado al camino que daba a la casa. La teníamos de frente, mirándonos, pero todavía quedaban pasos por dar. A ambos lados había agua estancada, fruto de las fuertes lluvias, y en el cielo negro una luna que lucía como nunca, redonda, blanca, brillante, misteriosa y expectante. Seguíamos andando, cada vez mas inseguros, y ya se comenzaba a escuchar la típica expresión: “¡joder!”… y llegamos. La teníamos delante de nuestras narices. Sólo se escuchaba el incesante canto de un grillo y nuestro murmullo. Nos sobresaltamos cuando uno de nosotros exclamó de repente: “¿qué nos puede pasar?”. Empezamos a mirarnos los unos a los otros; esa frase nos dio la confianza que necesitábamos, así que nos encaminamos hacia la puerta. La casa tenía un aspecto muy deteriorado. Lejos de ser como la típica casa de fantasmas de Hollywood, esta casa era pequeña y derruida, aunque igual de siniestra, si cabe, o mas… Se notaba que casi nadie quería habitarla. Íbamos a abrir la puerta cuando el gruñido de un perro nos frenó en seco. Era un gruñido amenazador… y se escuchaba detrás de la casa. En ese momento recordé la frase “¿qué nos puede pasar?”. Nos agachamos todos a coger rápidamente piedras que había en el suelo, por lo que pudiera ocurrir. Permanecimos un rato parados, pero el perro no se dignaba en aparecer y seguía gruñendo. No habíamos salido a correr porque pensamos que si lo hubiéramos hecho nos cogería fácilmente, así que lo mejor era buscarlo y confiar en que lo pudiéramos reducir, algo aparentemente fácil, pues éramos siete chicos. Nos encaminamos lentamente hacia la parte trasera de la casa con los cinco sentidos en alerta. Continuaba el constante gruñido del perro y nuestras respiraciones eran entrecortadas al tragar saliva. El gruñido del perro cesó justo cuando llegamos detrás de la casa y nos llevamos una sorpresa al ver que no había nada allí. Podría haber huido, sin embargo, no se escuchó al animal correr. Entonces miré a mi alrededor, pero sólo había agua estancada en calma. Un completo absurdo. Nos quedamos todos anonadados. Junto a la pared había un pico y en el suelo se podía ver un cartucho de escopeta. Me agaché para cogerlo. Estaba vacío. En ese instante pude sentir el fétido olor de la muerte muy cerca de mí.

Nos dimos la vuelta y volvimos a la entrada. Lancé el cartucho y la piedra al agua. Los demás hicieron lo mismo. Intentamos abrir la puerta de la casa pero estaba trabada, así que no nos quedaba más remedio que entrar por alguna de las ventanas, a las cuales solo les quedaba el marco, pero nadie quería entrar el primero y solo, por lo que tuvimos que entrar de dos en dos, cada uno por una ventana, a ambos lados de la puerta. Yo entré el tercero con otro más. Uno de nosotros había traído una grabadora. Pensamos que posiblemente podríamos captar alguna psicofónia. Nada más entrar la puso en marcha. El interior de la casa no podía ser más sencillo: el salón, en el que sólo había escombros, y tres habitaciones a unos cinco metros delante de nosotros, una de frente y otras a los lados. Me llamó la atención que la puerta de la habitación de la izquierda estaba entreabierta. La paz que se sentía se vería alterada muy pronto por el estrépito de un objeto al caer. ¡¡¡CRASH!!! Provenía de dicha habitación. Nos quedamos todos inmóviles, callados, con la mirada fija puesta en la entrada de la habitación maldita. Se empezaron a escuchar unos pasos y un cálido y profundo jadeo dentro de la habitación. En ese instante sentí que algo muy frío pasó detrás de mi nuca. El corazón se me aceleró y giré la cabeza bruscamente, pero sólo vi a uno de mis compañeros, que estaba sudando y temblando como un flan. La verdad es que todos estábamos temblando. Le miré y me miró, y su rostro reflejaba pavor. No lo había visto nunca así. Giré de nuevo la cabeza y tuve la sensación de que el fantasma estaba ahí con nosotros, andando… observándonos. Estaba realmente aterrado, como los demás. Entonces, de repente, la puerta que nos miraba de frente comenzó a abrirse y cerrarse violentamente. Lanzamos un grito de terror y nos precipitamos a las ventanas todos a la vez. Teníamos que salir de ahí cuanto antes. Por fin pudimos salir como pudimos de la casa y echamos a correr como alma que llevaba el diablo. Mientras corría miré la casa un instante y vi que la puerta principal empezó a abrirse y cerrarse también. No paramos de correr hasta que bajamos el puente de entrada al pueblo. Todavía con el susto en el cuerpo lo primero que se nos pasó por la cabeza fue escuchar la cinta que había dentro de la grabadora, a ver si habíamos captado algo. Y en efecto, se pudieron apreciar tres palabras que no olvidaríamos en la vida: “es mía” “¡dejadme!”. En ese instante rompimos a reír a carcajadas.

Y aquí termina mi aventura, pesadilla, broma de mal gusto o como quieras llamarla.