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Cada año pido a mis alumnos de segundo grado que dibujen sobre lo que les asusta más.

Discutimos los dibujos en clase. Ayuda a los niños a enfrentar sus temores y controlarlos. Tiburones en los años 70. Payasos y bombas nucleares en los años 80. Asesinos en serie en los años 90. Últimamente, armas y secuestros. Algunos temores son tontos, y otros que incluso a mí me dan miedo hablar. Pero desde el principio, hay algo que se repite con asombrosa regularidad, siempre en dos o tres alumnos de cada clase.

Aparte de las variaciones ligeras en perspectiva y estilo, es siempre la misma imagen. Un niño está sentado en lo alto de los árboles que crecen en la escuela secundaria, justo al lado opuesto de la valla que delimita nuestro patio de primaria. Está arrojando piedras a los niños aterrorizados abajo.

─Que Dios libre al pequeño bastardo que arroja esas piedras─ Nos decíamos los unos a otros.

Pero nunca atrapamos a nadie. Los estudiantes de secundaria son más rápidos que los ratones. Y las víctimas no fueron de ayuda, se negaron a hablar de ello o devolver el fuego. Mis compañeros profesores creyeron que se trataba de un rito perverso de paso: los niños más pequeños aguantaban el abuso hasta que era su turno de tirar rocas en el futuro. En la clase de cada año, teníamos el mismo surtido de dibujos.

─¿De qué se trata?─ Pregunté─. ¿De matones?

Los niños sacudieron sus cabezas.

─Fantasmas─ Dijeron.

Aquí está la parte más extraña. Siempre dibujaron a ese muchacho de la misma manera. Sombrero rojo, un ojo ligeramente más grande que el otro, zapatos marrones. ¿Cómo podía explicar eso? No podía. Todo lo que podía hacer era darles a esos pobres chicos mi discurso sobre matones, y guardar sus dibujos en el cajón de mi escritorio con el resto de los otros.

Más tarde, ese mismo verano, la escuela de secundaria cortó los árboles y construyó un nuevo gimnasio en su lugar. Todos los maestros estaban emocionados.

─No más piedras─ Nos dijimos entre nosotros.

No más fantasmas, pensé yo.

Así que imagina mi sorpresa cuando más de la mitad de mi clase dibujó esa maldita imagen de nuevo este año. Claro, los árboles fueron reemplazados por el gimnasio y el chico fantasma ya no estaba, pero el resto era igual: niños llorando, sangrando, vacilantes, agazapados en la tierra.

Extendí los dibujos sobre mi escritorio y llamé a Tanner, un niño en quien confío por ser directo.

─¿Qué es esto?─ Pregunté─. El chico se ha ido. Ya no puede tirar piedras.

─No a nosotros─ Dijo Tanner, señalando algo en los dibujos.

Saqué más dibujos de años anteriores y Tanner señaló en ellos también. Apuntaba hacia ella, una niña pequeña. Vestido amarillo limón. Cabello recogido en coletas. No la había notado antes porque estaba encogida con los otros niños, con miedo.

Ahora ya no. En los dibujos más recientes estaba de pie, con la barbilla levantada. Sonriente. Tanner habló en un susurro, casi demasiado suave para oírlo.

─Y ahora no hay nadie que la detenga...