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Era una fría noche de diciembre, Alex volvía del trabajo. Era medianoche pero no tenía miedo, ya estaba acostumbrado a la oscuridad.

Miró el reloj, las 12:30. Estaba cansado, decidió tomar un atajo por unas callejuelas que conocía bastante bien. Iba caminando tranquilamente cuando oyó un ruido: sonaba como... ¡Como un grito! Oyó unas pisadas aceleradas: ¡alguien estaba huyendo! Vio una sombra negra correr hacia él, asustado, se escondió entre unos sacos de cemento. Desde ahí pudo observar al hombre que huía de allí: tenía la piel blanca, un pañuelo cubría gran parte de su cara tenía unos brazos muy largos, era de alta estatura. ¿Qué debía hacer a esas horas en un barrio así?

Decidió seguir escondido un tiempo por si el hombre seguía por allí. Tras esperar una media hora, Alex salió de su escondite. Sabía que no debía meterse en líos, pero tenía que ir al lugar de donde venía el hombre. 

Tras andar unos cinco minutos, Alex notó que había pisado un charco, ¡qué fastidio! Tras agacharse a ver como le habían quedado sus deportivas vio que el charco que había pisado no era agua, era un líquido espeso, viscoso... ¡Sangre! A Alex le entraron náuseas. Unos metros más allá vio un cuerpo inerte tumbado en el suelo , Alex se quedó horrorizado, intentó salir corriendo pero las piernas no le respondían por el miedo.

Empezaba a amanecer, si no empezaba a correr, la gente lo verían con el cadáver y pensarían que él había matado a un hombre. La adrenalina empezaba a surtir efecto, las piernas empezaban a moverse, y salió de ese lugar a toda prisa.

Por fin llegó a su pequeño apartamento, cerró todos los cerrojos y se sentó en su viejo sillón de cuero a pensar. Si había estado allí, sus huellas y  pisadas estarían por todo el escenario. Se puso nervioso: era mayor de edad, iría a la cárcel. Debía volver ahí antes de que alguien encontrara el cadáver. Miró sus botas: la suela estaba completamente cubierta de sangre.

La policía descubriría que había estado allí y la historia de testigo no era muy creíble: un hombre extraño rondando por las calles asesinando a gente. Nadie se iba a creer eso. Sólo le quedaba la opción de volver al escenario a borrar las pistas que había dejado. Reunió todo su valor, abrió la puerta y salió corriendo en dirección del escenario del crimen.

Cuando llegó allí pudo ver un vagabundo rebuscando entre la basura, y a unos metros de él, el cadáver. Fue de la forma más discreta posible hasta el cuerpo, llevaba un trapo para poder borrar las pruebas. Se empezó a acercar, lentamente, el vagabundo no parecía darse cuenta, Alex estaba cada vez más cerca, y cuando estaba a punto de llegar, cayó al suelo estrepitosamente tirando al suelo unos cubos de basura llenos de porquería, el vagabundo se asustó ante tal estruendo y salió de aquel callejón.

–Mejor para mí–Pensó Alex.

Cuando se aseguró de que no había nadie allí, empezó a eliminar las pruebas incriminatorias. Cuando ya casi estaba a punto de terminar oyó pasos, cada vez más deprisa, Alex estaba asustado, si era la policía... Decidió esconderse, los pasos cada vez se oían más fuertes. Por suerte ya había acabado de borrar su rastro. El individuo se acercaba cada vez más y cuando llegó al lugar, Alex no pudo resistir la tentación de echar un vistazo a quien había descubierto el cadáver, cuando observó quien estaba ahí, se quedó paralizado, no era un policía, ni un civil y mucho menos un humano, era algo horrible, Alex sentía como su corazón se aceleraba de golpe.

Ese ser, no era un animal ni un humano, era un monstruo. Tenía los párpados cosidos a los pómulos, tenía una lengua larga y bífida, que no paraba de moverse, los brazos eran extraños y deformes, acabados en unos larguísimos dedos, con unas uñas afiladas, llevaba una sudadera negra manchada de sangre, y unas piernas que parecían más serpientes que piernas.

La reacción de Alex fue ponerse a tiritar del terror, acto seguido el monstruo enganchó la lengua al cuello de la bestia y empezó a sorber la sangre de la pobre víctima. El cerebro del joven no podía aguantar más, así que se desmayó. Al despertar, lo recordó todo: el callejón, el cadáver, el monstruo... ¿Dónde debía estar? ¿Había sido fruto de su imaginación? Alex no se conseguía aclarar, fue a ver el cadáver, cuando lo encontró, se quedó horrorizado, el cádaver estaba vacío, solo quedaba la piel. Definitivamente, eso era real.

Llamó a la policía, no lo quedaba opción. Un coche patrulla llegó enseguida, contó lo sucedido, como esperaba nadie lo creyó, pero dijeron que eso ya había ocurrido en casos anteriores, hacía ya quince años. Cuando movieron el cuerpo, encontraron un mensaje escrito con sangre, ya seca, que ponía: Et ego ero foresta, que en latín significa estaré en el bosque.

La policía se alarmó, claramente estaban frente a un psicópata, pero el chico lo estaba más. ¿Quién sabe que más puede hacer ese extraño ser? ¿Le afectan las armas de fuego? Pidió si podía ir con la policía al bosque a investigar, pero recibió una respuesta negativa, no le quedaba otra opción, debía infiltrarse en el bosque para investigar por su cuenta.

A la mañana siguiente, se puso de camino al bosque. Había cogido lo necesario de su casa para defenderse, si podía, de esa bestia: un machete, bengalas, un mechero, una brújula y un mapa para turistas del bosque.

Al llegar al bosque, se extrañó de no encontrar a nadie en la entrada. Se habrán adentrado más en el bosque, pensó, y siguió andando, craso error. Después de andar unos diez minutos, encontró un coche de policía destrozado, hecho un amasijo de hierros, no muy lejos de allá, el cuerpo inerte de un policía con un agujero en el cuello, la marca, le han absorbido, pensó, quería salir de allí, pero la curiosidad le pudo y siguió indagando.

Tocó el arma del oficial, aún estaba caliente, la acababan de disparar. Prosiguió su camino, a medida que avanzaba, encontraba más y más cadáveres de agentes de policía. De repente, en un claro del bosque, oyó unas ramas crujir,se giró, pero no vio a nadie.

Oyó otra vez las ramas crujir, pero esta vez, venía de arriba, miró al cielo y le vio, esta vez parecía más aterrador que antes le habían crecido cicatrices por todas partes, intentó huir, pero el monstruo le agarró.

Antes de matarle le dijo: "Yo soy Eurynomus, el príncipe del infierno, me alimento de las almas de los muertos, ahora, tú serás mi alimento, día tras día, mientras absorbo la poca cordura que queda en tu cabeza".

Y dicho esto, todo quedó oscuro.

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