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El sillón en si por dentro está desgastado. Contamos que lo hemos heredado y tiene tras de sí muchas batallas de cojines, mucho frenesí amoroso, peleas, reconciliaciones, muchas películas, palomitas, chatarras, vómito de algún bebé o de algún borracho…

Solemos hacerle víctima de cosas tan serias como triviales, pero sobre todo le hacemos partícipe de nuestro tiempo. Siempre solemos estar en él no para perder el tiempo, si no para existir.

Y ahora dejemos lo sucedido en él en el pasado, ya que aunque no es nuestro contando que nos lo encontramos en el hogar, y percibimos que ya ha portado alguna funda, y procedamos.

Podemos comprar una funda ya hecha, pero el sillón no está hecho bajo una medida de fábrica, así que la tenemos que improvisar. Yo usaré la tela de un gran telón de cortina que me tapó el sol durante algún tiempo en mi aislado loft.

Aunque parezca mentira, poner una funda al sillón lleva tiempo, planificación, medidas… Es mejor dejarse llevar por la aventura en este caso, y si hay tela sobrante, replegará para no tener que cortar nada. La tela debe ser opaca, gruesa, resistente. Debe de ser una tela que con los años se le queden marcadas las dobleces y haga su propia forma adaptándose al uso del mueble. Una vez que hemos amoldado la tela a todos los dobleces de nuestro amigo, continuaremos con la fijación.

La gente que es una artista en general, ya que nunca me gustó menospreciar a nadie en este sentido, opta por usar alfileres o imperdibles. El imperdible, es más complejo, y los alfileres, que son agresivos y siempre nos hacen daño cuando trabajamos en materia de telas, a mi modo de ver solo son una solución temporal… Si pones demasiados, siempre se te queda alguno oculto y acabará pinchando a alguien. Si pones pocos no podrás ajustar bien la tela. No puedes manejar con ese miedo tu obra. Si algún invitado se pinchara con un alfiler, delataría que el sillón ha sufrido alteraciones, y nuestro objetivo, por muy duro que sea, es hacer que la gente se olvide de él. Habrá personas avispadas que entren en la casa y cuando vean el sillón por primera vez te digan lo bonito o feo que es, pero lo normal es que la gente lo ignore, y pase un cómodo rato en él, sin preocuparse por más.

En este caso voy a usar imperdibles… Adoro los imperdibles… Son más complejos y aparatosos de usar que los alfileres, pero hacen su cometido de igual modo. Me sorprende saber que la mayoría de la gente no sabe el uso correcto de los imperdibles. Quitando a los expertos, en algún punto concreto con dificultad, suelen doblar como un arco la parte que pincha… Así no podemos hacer las cosas… La parte que pincha y atraviesa la tela como un alfiler siempre debe de permanecer recta, y para insertarla hay que amoldar con dobleces. Es la parte con el capuchón, la del “enganche”, la que hay que manipular. Si presionamos con un dedo el enganche una vez insertada en la tela la punta, prendiendo la tela nueva y la gastada en dos puntos, el pequeño muelle de la parte inferior del imperdible hará el trabajo de tensarlo y podremos manejar el capuchón hasta que haga su trabajo… Y sin haber doblado ninguna de las dos varillas… Qué cosas ¿Eh?…

Puedes poner cuantos imperdibles quieras… Hemos quedado que no hemos alterado su integridad. Hay gente que se queda en este punto, y no progresa. Deja los imperdibles a la vista, ya que no se sueltan ni son peligrosos a no ser que se produzca alguna violenta de la zona. Si están bien puestos, con el paso del tiempo se camuflar en la tela…

Yo quiero hacer algo mejor, porque la gente que es muy observadora suele ver los imperdibles… Y yo quiero que el trabajo no se note.

Y llegados a este punto, vamos a coser encima. Opto por un hilo que pasa desapercibido en el telón. Con mucho esmero hago las puntadas… Tengo tiempo de sobra de momento, así que soy paciente.

Ya veréis que buen resultado da… En mi caso, ni se notan las puñaladas de haber matado a mi marido.