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De niña, siempre pensé que mis padres eran personas muy extrañas.

En realidad, ellos nunca fueron demasiado amorosos, se la pasaban encerrados leyendo u haciendo infinidad de cosas más.

Detestaban la luz del sol y al llegar la noche les emocionaba, salían y no llegaban hasta que comenzaba el amanecer.

Incluso, la casa tenia un sótano al cual solo ellos podían ingresar, de él salía un olor putrefacto y a veces se oían un par de cosas que yo catalogaba como gritos.

Fui creciendo, dejé atrás mi niñez y al cumplir 16 años mis padres ya no parecían tan extraños como antes, ahora parecían gente normal, salían a la luz del sol y se comportaban de manera un tanto más cariñosa conmigo. Con el tiempo me convencí de que en realidad, todo lo antes contado había sido producto de mi imaginación, ya que los niños a veces pueden ser demasiado imaginativos.

Cierto día, era de noche cuando mis padres de encerraron en aquel mórbido sótano, quise seguirlos, ya que creía que al ser mayor, podría entender y soportar ciertas cosas.

Las escaleras, se me hacían infinitas, en las paredes habia rastro de múltiples manchas que parecían ser sangre, y sin embargo, lo peor apenas estaba por empezar.

Estaba por bajar los últimos escalones cuando vi dos sombras, eran las de mis padres, y cuando quise hablarles, vi algo horrible que me dejo perpleja.

De mis padres, salieron dos extraños seres, no los vi bien, ya que como mencione anteriormente, solo se podían apreciar las sombras, entonces las criaturas tomaron algo como circular, parecía ser una cabeza humana, la cual devoraron por completo. Yo, hice un esfuerzo casi sobre humano por no llorar o gritar de horror, pues no sabía de que más serían capaces esas criaturas, de ahí comenzaron a devorar otros dos cuerpos que esta vez bien visualicé bien.

Su cara de terror fue suficiente para soltar un pequeño gemido, las criaturas voltearon la mirada justo hacia donde yo estaba, tenían los ojos iguales a los de un reptil, no eran muy altos, eran calvos y en sus manos y pies poseían unas horribles y largas garras...

Al verlas no pude soportarlo, así que pegué un fuerte grito y salí corriendo de mi casa con la esperanza de que aquellos monstruos no me siguieran.

No sé por cuánto tiempo me mantuve corriendo pero, creo que eso fue lo que me salvó la vida.

Con el tiempo conocí a otro joven, nos teníamos tanta confianza que incluso yo le conté mi historia y luego él me describió la suya...

Eran historias parecidas, pasaron los meses y nuestro grupo seguía creciendo. Al día de hoy somos 50 jóvenes escapando de su casa y de esas horripilantes criaturas, sabemos que no somos los únicos.

Y tú... ¿Ya te diste cuenta de estos extraños en tu casa?