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Hola, a diferencia de la mayoría, admito que soy una persona como cualquier otra. Mis gustos son más bien genéricos; me gusta escribir y leer y me encantan los videojuegos. Mi saga de videojuegos favorita es Fable. La idea de un juego de rol donde puedas evolucionar al personaje en su totalidad es, a mi parecer, sencillamente fascinante. Todas sus entregas son de mi agrado. No obstante, ya no puedo jugar a la tercera, no después de lo que pasó... ¿Qué? ¿Que no tiene idea alguna de lo que pasó...? Lo siento, estaba abundando en detalles sin realmente contarle lo que verdaderamente es importante. Si usted seriamente desea conocer qué ha pasado, se lo haré saber. Sin embargo, se lo advierto: considérese afortunado de —al menos, de momento— no saberlo.

Corramos hacia lo fundamental: Mi nombre es Alex Kex, y mi historia comienza un 26 de octubre del año 2010. En ese entonces, vivía en Estados Unidos. Ese día, era el lanzamiento del tercer videojuego de la saga, llamado, meramente, Fable III. Decidí recogerlo en su estreno porque, ya que había disfrutado bastante de la primera y segunda entrega, pensé que mi opinión de que este sería —y, realmente, es— la misma. Cuando estaba en el local de Gamestop, escogí la edición de coleccionista, me dirigí hacia el mostrador donde se ubicaba el cajero y la pagué. 40 dolares. Pagué con un billete de 50, y me devolvió un de 10. Acto seguido, ansioso por ya probarlo, me fui a mi casa.

Cuando llegué, me conecté a Xbox Live lo más rápido que pude y, supuesto que tenía algunos puntos Microsoft —pocos más de 1800, para ser exactos—, comprobé el mercado de los contenidos. Encontré un archivo que no se veía bien. Su título era ilegible. Solo era un texto dañado. Costaba un punto Microsoft. Todo ello era muy extraño y, siendo yo una persona común, me extrañó. No obstante, a su vez, pensé que, quizá, sería interesante y, debido a ello y a que era barato, lo descargué.

En su momento, no le di demasiado importancia y solamente me dediqué a jugar mi juego. Jugué felizmente durante múltiples horas. Sin embargo, al llegar a la guerra con Aurora, me quedé estancado con la historia. Aunque lo intenté cuantiosas veces, no logré pasar esa parte. Frustrado, decidí parar de jugar por el momento. No obstante, por cuestiones como la búsqueda de un empleo, no jugué por un largo tiempo.

Un amigo que he tenido desde que tengo memoria me pidió quedarse en mi casa durante un tiempo. Cómodamente, acepté. Gran error. Este amigo también era un fanático de Fable y, al día siguiente, cuando vino, me preguntó si podría jugar Fable III alegando que podría pasarse la parte en la que me hallaba. Por supuesto, le dejé jugar. Sin embargo, ya que yo tendría que ir a una fiesta en media hora —eran las 9:30—, no podría verlo jugar. A pesar de que posiblemente el festejo terminaría temprano —porque comenzaría temprano—, no creía que podría volver pronto, ya que, probablemente, terminaría ebrio y, como festejaríamos en la casa de mi novia, me quedaría allá a dormir. Algo insatisfecho, me dirigí hacia allí. Aquella velada fue aburridísima. Lo más interesante eran algunos juegos de alcohólicos. Supuesto que era la casa de mi novia, abandoné aquella "fiesta" para irme hacia la habitación de mi novia. Portaba conmigo mi celular y conocía la clave del internet. Así que, una vez en el oscuro cuarto, entré a Youtube y me dispuse a mirar qué parte del juego me estaba perdiendo.

Me decepcioné al enterarme de que me faltaba la parte del juego donde el antagonista principal, "La oruga", como se le llama al parecer, entra en juego. De cualquier manera, después de ver un comentario sobre él, volví a la fiesta, donde pasé otras horas bebiendo y bailando. Como lo había predicho, debido a que era una especie de "borracho" dormí allí, en casa de mi novia.

Un sonido de timbre me despertó en medio de la noche. Era mi teléfono. Alguien me estaba llamando. Yo me encontraba transpirado, ya que hacía calor y, no obstante, yo me hallaba tapado. El cálido cuerpo de mi novia yacía inerte a mi lado. Se veía tan tierna al dormir. Todo era oscuro y mi visión no se acostumbraba a tal luminosidad. Un desagradable olor a alcohol invadía la sala. Mi garganta estaba seca. Una vez comprendí qué sucedía, agarré mi celular. Era el teléfono de mi casa. Me imaginé que sería mi amigo que me diría algo como que iba a salir. Al atender, únicamente podía oír un ruido rasposo, casi como un gruñido. En su momento, supuse que era meramente interferencia con la señal. Por ello, sencillamente le dije a quien, yo pensaba, era mi amigo que no podía oírlo por la interferencia, y colgué.

Yo ya estaba despierto y, una vez que me levanto, no puedo volver a dormir hasta que el sol se ha reducido de nuevo. Eran las 3 de la madrugada. La fiesta había terminado relativamente temprano, a las 1:30. Pensé que podría ver videos en Youtube o algo así. Me dirigí hacia el primer piso. Allí se encontraba el ordenador de mi novia. Me permitía usarlo. Era un ordenador viejo. No corría casi ningún juego si era nuevo. Su unidad de procesamiento central se hallaba recubierta por partículas de polvo. Presioné su botón, y se encendió. Tardó más de 10 minutos en iniciarse y otros más en entrar a Google Chrome y a Youtube.

Una vez allí, me determiné a ver una parodia de Fable. No obstante, no había video alguno. Es algo difícil de explicar, pero no estoy bromeando. Todo vínculo al que entraba decía que había sido retirado. Esto era muy frustrante. Repetí el proceso cuantiosas veces y nada. Ya cansado de ello, estaba a punto de retirarme a la cocina por un café o algo. Cuando me encontraba a momentos de levantarme de la silla, repentinamente, una nueva página fue cargada sin que yo, siquiera, moviera el puntero o tecleara algo.

Era un canal extraño. Tenía un solo video subido y, por extraño que parezca, la fecha en que el este fue subido cambiaba constantemente en sincronía con el tiempo real. Curioso, lo seleccioné. Sin embargo, aquello que escuché me impactó. Era el mismo ruido que escuché por teléfono. Volví al canal, sorprendido, observe una entrada que decía: «Vete a casa de Alex y compruebe el dormitorio» o algo similar. No lo puedo recordar claramente, supuesto que no pensaba con claridad.

Cuando llegué a casa, intenté abrir mi puerta. Primero, no podía insertar la llave en la cerradura debido a que mi mano tiritaba y, una vez que la inserté, tampoco podía girar la llave de manera correcta. Dificultosamente, la logré abrir, tan pronto como hice esto, percibí un nauseabundo olor y empujé abriéndose de par en par permitiéndome ver lo más hórrido y repugnante que he visto; en el piso de mi cocina, yacía el cuerpo carente de vida de mi amigo. Su cadáver se hallaba cortado de manera superficial. Los cortes dibujaban las letras: «Nadie escapa de mi sombra». Parecían haber sido grabadas con garras. Me acerqué hacia él. No obstante, solamente pude vomitar y llorar ante esa escena.

Corrí al teléfono más cercano, y marqué el 911. Inmediatamente, le dije a la operadora mi domicilio —que no publicaré aquí por razones obvias— y que mi amigo había muerto. El operador, que sonaba más bien como una operadora de mediana edad, me preguntó si se veía como un asesinato, a lo que respondí que sí.

Cuando llegó la policía, me dijeron que debía salir de la casa. Me quedé en la estación de policía, donde me interrogaron agresivamente durante horas. Sabía mis derechos. Sin embargo, tenía que hacerles saber la verdad. Creo que no me creyeron para nada. Por el momento, la investigación había terminado, debido a que tenían "evidencia" de que era yo; no había señales de entrada forzada, la víctima no parecía haber luchado por lo que él conocía a su captor, tenía un registro de varias enfermedades mentales menores, y yo era el único que, además de él, poseía las llaves de la casa.

Por todo ello, perdí el juicio y me encerraron perpetuamente. Desde que vine aquí, no paran de invadir mi cabeza voces. Estas nunca paran de hablar. Me torturan diciendo que vendrá por mí, que me asesinará al igual que a mi amigo, que, al fin y al cabo, moriré y que mi vida, por ello, ya no tiene sentido. Lo que en un principio eran susurros casi inaudibles ahora se han convertido en gritos que me impiden dormir. En este momento, estoy escribiendo esto desde mi celda. Creo que les haré caso a aquellas voces. Creo que hoy dejaré esta constante tortura a la que algunos llaman vida...

Le estamos mirando.