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Empezaré por contarles que yo asistía a la universidad, y aunque no me gusta mucho la gente ni los lugares con muchas personas, me llevaba bien con todos mis compañeros. Me divertía mucho con todos ellos, como cualquier otro joven de diecinueve años. Pero de pronto me percaté de que había un muchacho al que todos siempre fastidiaban y molestaban cruelmente.


Era un joven que siempre se sentaba al final del aula y que no hablaba con nadie. Recuerdo que le escribían en la carpeta cosas muy feas e hirientes y le escondían sus pertenencias. Todos se burlaban de él, en especial las chicas, que lo miraban con desprecio, como si él fuera una cosa desagradable. La verdad, yo no entendía por qué le hacían todo eso si él nunca les hacía nada, es más, él nunca les respondía y recibía sus insultos y humillaciones muy dócilmente.


Más de una vez lo vi salir del aula con lágrimas en los ojos, y me preguntaba muy preocupado cómo aguantaba todo eso. Un idiota amigo mío me comentó que ese muchacho era el juguete personal de la clase. Si alguna vez ellos estaban estresados, siempre podrían desahogarse con él. ¡Qué respuesta tan negligente! En verdad ese chico me daba mucha pena.


Es por eso que un día decidí hablarle. Me acerqué a él con la excusa de no haber entendido la explicación del profesor, y como yo sabía que era bueno en matemáticas, le pedí que por favor me enseñara. Recuerdo que me miró tímidamente, con mucha desconfianza. Probablemente pensaría que yo también lo iba a molestar como todos los demás, pero aun así, accedió a ser mi tutor. Él nunca fue de las personas que podían negarle un favor a alguien.


Me explicó toda la clase que no había comprendido, y me encantó su voz… ¡hablaba tan bajito! Pronto noté que mi corazón comenzaba a latir más fuerte con cada palabra que él decía. ¿Fue quizá en ese momento en el que comencé a enamorarme de él? Traté de ser lo más amable que pude con él, para que no me tuviera miedo, y creo que funcionó, ya que después de algunos días, él comenzó a buscarme. Me saludaba y me hablaba ya sin timidez.


Mis demás compañeros nos veían mal, pero no hacían mayores comentarios sobre nuestra reciente amistad. ¡Y es que me sentía tan feliz! ¡Él no le hablaba a nadie más, sólo me hablaba a mí! ¡Era yo quien acaparaba toda su atención! Un día incluso se rió de algo que dije, su risa era tan bonita, ¡nunca lo había visto reír! Y fue al momento de ver su sonrisa, cuando me di cuenta de que estaba totalmente enamorado de él.


Por error, un día, mientras hablábamos, rocé su mano con la mía. Él la retiró muy rápidamente y se la llevó al pecho. Se le veía nervioso, y estaba temblando. Entonces lo comprendí: ¡no le gustaba que lo tocaran! Jajá, su reacción fue tan graciosa y tan linda.


“Lo… lo siento”, me dijo muy apenado con su vocecita temblorosa. Aún no podía controlar su cuerpo y seguía temblando, y sus manos estaban heladas como el hielo.


¿Qué es lo que le habrían hecho para que reaccionara así ante un pequeño roce con otra persona?


¿Tanto miedo le tendría a la gente? La verdad… todo en él me gustaba mucho… su timidez, su piel pálida, su cuerpo helado… todo en él me excitaba demasiado… la verdad, era que me daban ganas de romperle el cuello ahí, delante de todos… Jajaja, no saben cuántas noches había soñado eso, y me despertaba mojado e intentaba recordar mientras me relamía los labios todo lo que había contemplado en mi sueño.


Varios días después en los que yo me controlaba totalmente, él me dijo que quería decirme algo, que era importante y que debía ser en privado. Yo accedí, y después de clases ambos subimos a la azotea de la facultad. Recuerdo que había una puesta de sol preciosa.


Él, muy avergonzado, giró a mirarme a los ojos. Parecía que quería decirme algo, pero sus nervios no se lo permitían… y luego, en un arrebato de valor, se acercó a mí y tomó mi mano. ¡Él! ¡Él, quien detestaba que lo tocaran, estaba sosteniendo mi mano! Y con su voz bajita como de costumbre, me dijo titubeando que agradecía mucho el tener mi amistad, que yo era el primer amigo que tenía y que me apreciaba mucho… que nunca lo abandonara… y me sonrió, me mostró esa sonrisa tan dulce que tenía.


Yo no pude soportar tanta ternura, ¡estaba en mi límite! Sólo ver ese hermoso cuello suyo, y su rostro pálido, ¡hacían que me descontrolara! Sin pensarlo dos veces, saqué la navaja que guardaba en mi bolsillo y se la clavé fuertemente en el hombro.


Recuerdo su mirada totalmente confundida al ver cómo la sangre emergía a borbotones de su herida. Retiré la navaja de su lugar y él cayó al suelo de rodillas. Se llevó la mano al hombro y observó su propia sangre, y luego, totalmente consternado, me miró a mí. Sólo me miraba, ni siquiera podía hablar… Jajaja, me pregunto qué habrá sentido. Debe de ser muy doloroso que la única persona a la que considerabas tu amigo sea el que te esté haciendo sufrir todo ese dolor.


“¿Por qué?”, fue lo único que me dijo. No me dijo nada más, seguro que ni siquiera me odiaba, no, no debía de odiarme… porque la decepción de haber perdido a un amigo querido reemplazaba ese sentimiento. Y comenzó a sollozar. Ni siquiera intentaba huir, sólo se quedó ahí, arrodillado, sollozando como un niño.


Yo lo pateé brutalmente en el estómago y lo hice caer. Estando él tendido en el suelo, me arrodillé… y gateé hasta quedar encima suyo. Él sólo se mantenía con los ojos cerrados, llorando y temblando. Yo lo abofeteé muy fuerte y varias veces en el rostro.


“¡LLORA!”, le grité riendo como un loco, “¡LLORA! ¡ME ENCANTA CUANDO LLORAN!”.


Y efectivamente, él lloraba mucho, pero no se resistía, no me rechazaba… ¿quizá pensaría que tenía merecido ese castigo? Pobre criatura patética… pero aun así lo amaba, mi amor por él quemaba mucho dentro de mi pecho y me hacía querer vomitar sangre. Estando en éxtasis, con un fuerte impulso, tomé nuevamente la navaja y se la clavé repetidamente en su pecho. ¡Dios mío! No saben cuán hermosa era su sangre. ¡Era tan roja! ¡Y estaba tan tibia!


Él lloraba más fuerte aún y se quejaba. Tosió sangre, y me miró durante unos momentos. Su rostro pálido se veía aún más hermoso manchado de sangre.


“Discúlpame”, me dijo. Tosió una vez más. Convulsionó dos veces, y dejó de moverse para siempre. Me quedé quieto, aún encima de él, contemplando su rostro. Era tan bonito… me daban ganas de arrancarle la piel y comérmelo… pero no hice eso, lo respetaba demasiado como para hacer algo así. Simplemente le di un beso en los labios y me alejé del lugar. ¡Era tan curioso que mi primer beso fuera con un cadáver!


Pasaron los días y ya nadie lo recordaba. La policía hizo algunas investigaciones, pero no descubrieron nada, y el poco interés que ponían sus familiares y compañeros en el caso entorpeció las actividades policíacas.


¡Qué crueles eran todos! No había pasado ni un mes y ya nadie se acordaba de él. Yo jamás lo voy a olvidar. Aunque el tiempo pase, él siempre estará en mi corazón. ¡Ah!, es verdad, en este nuevo curso hay un muchacho nuevo. Su piel es pálida y su cabello es negro… y es tan tímido… y me recuerda mucho a él… Me le acercaré para hablarle y que sea mi amigo… y quizás algo más. Pero descuiden, no pienso enamorarme de él. El recuerdo de esa persona siempre estará conmigo, y no pienso enamorarme de nadie más.


Mi amado Damián, te amaré por siempre.

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