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Se suele decir que la mirada es el reflejo del alma, que mediante ella podemos entrar en la psique humana y descubrir la verdadera persona que tenemos delante. Por eso mismo, cuando Claudia se observaba durante horas en el espejo, no podía evitar sentir un cierto malestar; por más que lo intentara, y por mucho que lo evitara, sus ojos se conectaban en el espejo recordándole cada día quien era por dentro.

Aquella fijación obsesiva se desencadenó de un modo superficial con el resto de su cuerpo; por si misma decidió ponerse a dieta y mostrar en bandeja su sugerente cuerpo. La exagerada dedicación por su aspecto estaba ligada con la esperanza de encontrar a alguien especial.

Lo sabía con claridad, su autoestima y seguridad dependería de ello.

-Mierda, voy a llegar tarde-Maldijo.

Con un último trazo negro perfiló su ojo derecho. Distanciándose del espejo se echó un último vistazo y, ya conforme, abandonó el baño. Recorrió el pasillo dónde los dormitorios estaban situados y llegó al comedor. Eran las diez tocadas y la oscuridad se había apoderado del lugar, tan solo una luz proveniente de la lámpara trípode iluminaba el sofá donde su amiga esperaba preocupada.

-Deberíamos llamar a la policía-Dijo Elibé con el colgante entre sus manos.

-Pero... ¿estás segura de que es el mismo?-Preguntó mientras se abrochaba la chaqueta de cuero negro.

-¿No lo ves? La cadena también es idéntica ¿no es demasiada coincidencia?.

Por un momento Claudia quiso discutir tal argumento, pero por el bien de ambas desistió y con un ademán de asentimiento secundó su teoría.

-Mañana faltaré a primera hora y te acompañaré a comisaría. Elibé respondió con el mismo gesto. -Pero ahora tengo que irme. Lo siento Eli, me quedaría acompañándote toda la noche pero esta vez tengo que presentarme.

-Tranquila-Respondió con un tono reconfortante para no preocuparla

-Estaré bien.

Con una sonrisa de agradecimiento Claudia se dirigió hacia el recibidor y sin hacer apenas ruido abandonó el piso. Cuando sus pasos se dejaron de escuchar, cuando la franja de luz del rellano desapareció, Elibé aproximó el colgante a su corazón y cerrando los ojos deseó que aquel objeto fuese la esperanza que la llevase de nuevo junto a Marcos.

Sola y desamparada dejó caer su cabeza sobre el posa brazos del sofá y, con ojos llorosos, observó la imagen de aquel corazón destrozado que resplandecía palpitante en su mano.

"Proveniente de la inmensidad del firmamento una estrella sin nombre sobrevoló el pueblo, pero al igual que todos ellos la salvaje colina no le permitió el paso al otro extremo y la engulló hacia sus terrenos.

-Te he esperado durante mucho tiempo.

Se sentía desorientada, ni si quiera podía vislumbrar con precisión lo que la rodeaba, sin embargo la voz de su novio llegó a sus oídos con claridad. Sus palabras se desplazaron como la brisa en la playa, con el tacto de la seda acariciaron su cuello, ascendió por su cabello y susurrándole al oído le dijeron:

-Acércate Elibé. Acércate un poco más.

Envuelta por un aura de paz sus ojos se adaptaron y pronto descubrió que se encontraba en el lugar del acontecimiento; Sus pies se mantenían descalzos sobre una capa de nieve, la cual se extendía como una sábana rodeando el imponente cráter. Los árboles que limitaban el terreno asomaban de la oscuridad y con sus ramas parecían amenazar a cualquiera que decidiese marchar. Afortunadamente todo lo que necesitaba se encontraba en ese mismo lugar, tan solo a unos pocos pasos.

Desnuda avanzó por el camino de hielo y cuando alcanzó su final descubrió algo de lo más estremecedor; Un rayo de luz hibernal iluminaba el boquete donde anteriormente se encontraba el meteorito. Pero ahora, los pequeños copos que provenían del exterior se dejaban caer por una enorme perforación en la tierra que se extendía en kilómetros de profundidad.

-Te prometí que siempre te protegería.

De pronto, las paredes que componían aquel temible agujero se volvieron incandescentes, asumieron un color rojizo y desencadenaron un vapor asfixiante. El sonido que desprendía era irritante, semejante al de una olla a presión a punto de estallar, idéntico al plástico que grita entre las llamas.

-Y pronto me necesitarás a tu lado.

En aquel último instante, mientras cabizbaja observaba como el terreno se erosionaba a causa de la temperatura, el rostro de su novio apareció sonriente en el fondo del pozo.

-¡Marcos!-Gritó incorporándose del sofá.

En un principio sintió como si hubiese sido engullida por aquel socavón, sin embargo, cuando sus ojos se acostumbraron a la oscuridad pudo vislumbrar el techo del salón. No hizo falta ser demasiado avispada para descubrir que su mente le había jugado una mala pasada. Abatida por el sueño buscó el interruptor de la lámpara situada junto al sofá y, una vez logró alcanzarlo, el comedor se iluminó.

La luz destelló en el reflejo del televisor, las sillas se dibujaron sobre la oscuridad y antes de poder ver el resto de la sala, un escalofriante suceso la inquietó: El mueble principal de la sala de estar había sido asaltado, se encontraba desordenado, cajones y armarios estaban abiertos con todo su contenido tirado en el suelo.

Cuando el pensamiento de un robo atravesó su mente no pudo reprimir el miedo. Sus cinco sentidos se vieron afectados por una desconocida sugestión que mentía con la alargada sombra de la lámpara, con la silueta del perchero que asomaba desde el recibidor y sobretodo engañaba con las voluminosas cortinas que no transparentaban a causa de la negrura exterior.

No quiso parpadear, ni siquiera pudo respirar, aún con el sueño dibujado en su cara se puso en pie y, abalanzándose al teléfono, se dispuso a llamar a la policía. Para su sorpresa el destino tenía preparado algo distinto para ella y el inalámbrico sonó antes de que lo cogiera. Desconcertada se preguntó que estaba sucediendo, ya que tal casualidad no solía ser algo habitual. A pesar de tanto razonamiento la inercia controló sus movimientos y al tercer tono descolgó el auricular.

-¿Diga?.

-¿Eres Elibé?-Dijo la voz de una mujer.

-Sí ¿Por qué? -Es sobre tu amiga Claudia, está hospitalizada."

A las doce tocadas las luces se apagaban en las carreteras del pueblo menos habitadas, como un plan de ahorro que el ayuntamiento acordó a causa de un gasto innecesario. Con tan solo diez minutos de ventaja Claudia regresaba a casa tambaleándose de lado a lado, con unas prominentes ojeras marcadas. Abstraída de la realidad su subconsciente escogió el camino correcto y a paso lento avanzó por la acera paralela al Parque de las Golondrinas. Ya no podían escucharse los niños jugando en los columpios, tampoco el incómodo ruido de los coches alteraba la noche, ni siquiera el canto de los grillos perturbaba aquel sospechoso silencio. A pesar de todo, lo que mantenía con vida aquel lugar era la llovizna que se vislumbraba a través de los focos de luz, una iluminación que provenía de las escasas farolas que parpadeaban solemnes entre la oscuridad. 

No esperó demasiado, sabía a ciencia cierta que debía darse prisa si no quería acabar perdida entre las sombras. Aceleró sus pasos al divisar el portal del edificio donde vivían, sustrajo el llavero de su chaqueta de cuero y, con un cierto esfuerzo, intentó introducirla en la cerradura.

-¡Claudia!.

Ni siquiera había logrado abrir la puerta cuando una voz familiar gritó su nombre e irrumpió lo que estaba haciendo. Buscando su procedencia se giró hacia la carretera y entrecerrando los ojos intentó fijar la vista. Al otro lado de la calle, entre los matorrales del parque, una tétrica silueta parecía observarla. Por un momento pensó en preguntar quién era, pero no necesitó hacerlo para descubrirlo.

Como una reacción en cadena las farolas se apagaron una tras otra, el extraño individuo dio un paso al frente y Claudia retrocedió aterrorizada.

-Te lo prometo Elibé, siempre te protegeré.

La confianza por lograr lo inalcanzable prevaleció en el interior de Elibé durante todo aquel tiempo, la inexorable duda del paradero de su novio evitó que la esperanza se consumiera por el tiempo. Pero lo que ella desconocía era que sus deseos más profundos fueron escuchados aquella noche, una madrugada en la que un meteorito sobrevoló el cielo, una estrella fugaz que disipó la oscuridad concediéndole su único deseo.

-Dios mío, no es posible. A unos pocos pasos, envuelto por el sirimiri de las primeras lluvias, Marcos yacía sobre la acera con el mismo atuendo que el día de su desaparición.