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A pesar de las circunstancias era un día soleado, las lluvias para entonces ya habían cesado e incluso era posible escuchar el canto de los pájaros. Las siluetas de los cipreses asomaban con respeto en los límites del cementerio, ninguna de ellas más alta que el resto, señalando con sus copas sutilmente hacia el cielo. Elibé vestía un traje negro, ocultaba sus rodillas tras una estrecha falda y resaltaba su rigidez corporal mediante una chaqueta con hombreras americana.

Con una mirada afligida, llorosa e inconsolable se detuvo frente a una de las lápidas; la losa de mármol blanco resaltaba entre las demás; por su belleza, por su pulcritud, por su novedad. -Desearía que nada de esto hubiese sucedido. Cinco días antes...

-¿Qué estás haciendo en mi habitación? Con los nervios a flor de piel evitó su mirada y se agachó para recoger el escrito del suelo. Mientras lo hacía el rostro de Claudia palideció, sus ojos marrones se abrieron como dos circunferencias perfectas y exaltada preguntó:

-¿Ese es mi diario? Elibé volvió a mirarla de nuevo, esta vez con mayor seguridad, y asintió con la cabeza. -¿Lo estabas leyendo?

-No.-Dijo finalmente.

-¿Ah, no?¿Entonces qué hacías?-Insistió.

-Estaba... buscando el libro que te dejé. Tenía ganas de volver a leerlo, por eso he entrado en la habitación. Como aquel argumento no parecía convencerla del todo Elibé se giró hacia el escritorio y recogió la novela apoyada en el elefante indio.

-Aquí está. El regreso a casa fue de lo más tenso, aquel secreto que acababa de descubrir la había traspuesto de tal manera que le era imposible dejar de pensar en ello. Por mucho que lo disimulara sus nervios la delataban, tenía la sensación de que sus pensamientos se le dibujaban en la cara y que Claudia lo descubriría con tan solo mirarla. -Creía que me habías dicho que hoy tenías un compromiso.-Dijo su compañera con un tono autoritario.

-Sí y he ido a visitar a tus padres ¿verdad?

-¿Y por qué no me lo has dicho? Elibé forzó una sonrisa como evasiva.

-Porque sabía que te molestaría.

-Sí, justo lo que ha pasado.

-¿Qué quieres que haga? Por mucho que te enfades tenía ganas de verlos y yo no sabía que te pasarías a buscar cosas tuyas para el piso. Ellos han hecho mucho por mí, no es de más que los visite de vez en cuando. Claudia dirigió su mirada a la caja precintada que sostenía en sus brazos y no dijo nada. Por un momento la sobreactuación de Elibé parecía haber funcionado, la seguridad que transmitía en sus últimas palabras simuló que decía la verdad. Ya próximas al Parque de las Golondrinas la lluvia se dejó caer sin previo aviso, en cuestión de segundos el agua golpeó violentamente las ramas de los árboles, y provocó un descenso de la temperatura muy considerable. Con prisas se refugiaron en el portal del edificio y sacudiéndose el pelo mojado subieron al tercer piso. Una vez entraron en el comedor Claudia dejó caer la caja al suelo y salió disparada hacia el baño. De mientras, los pasos de Elibé se dirigieron hacia la puerta del balcón, a través de la cual era posible vislumbrar la montaña. Pronto juntos Claudia y Marcos Mientras observaba la lluvia caer y deslizarse en los tejados vecinos la mano que apoyaba acariciando el cristal se cerró en un puño.

Las facciones de su rostro se acentuaron en una expresión de odio, y su mirada, semejante a la de un depredador atento a su presa, se perdía entre sus pensamientos; Claudia le había ocultado durante todo aquel tiempo sus sentimientos por Marcos y este simple hecho la transformaba en una persona despreciable y mentirosa. Las palabras de consuelo de entonces ahora le resultaban habladuría barata y aquellos gestos de amistad que una vez la animaron ahora tan solo le hacían sentir nauseas. Todo parecía indicar que Claudia sabía más sobre la desaparición de Marcos y como principal sospechosa la vigilaría bien de cerca. Era consciente del tiempo que podía conllevar algo así, pero no le preocupaba, en una mañana había logrado dar con una pista evidente, no tardaría en encontrar la definitiva. *** En la oscuridad de la noche los relámpagos caían en picado, bifurcaban sus puntas en el cielo y perforaban el terreno a las afueras del pueblo.

Elibé permanecía resguardada en su cama con la mirada fija en la ventana, mientras esta misma retumbaba a causa del viento. Pero su falta de sueño no era a causa del temporal, ni por miedo a que el cristal estallara de un momento a otro, el insomnio que sufría estaba relacionado con su compañera de piso. Un repentino rayo iluminó el dormitorio y, de un modo escalofriante, alargó la sombra del escritorio. Sucedió en ese mismo instante, cuando el estruendo sacudió todo el cielo; cuando Elibé escuchó la puerta de entrada al piso cerrarse. Inmediatamente se incorporó de la cama y a ciegas se colocó las zapatillas. Su imaginación se desbordó de nuevo y el recuerdo del robo resurgió en su mente.

-¿Y si el ladrón había vuelto?-Se preguntó saliendo al pasillo. Asustada corrió hacia el dormitorio de Claudia, con sus manos palpó las sabanas de su cama y para su sorpresa descubrió que ella ya no estaba. 

-¿Qué narices...?-Susurró desconcertada. Necesitó unos segundos para interpretar lo que estaba ocurriendo, analizar la situación y dar con el atisbo correcto. Cuando lo presintió Elibé se dirigió a la cocina, se asomó a la ventana junto a la que desayuno aquella mañana y finalmente pudo confirmarlo; En el exterior, los continuos destellos revelaron a su compañera cruzando la carretera mientras resguardaba su cabello bajo una capucha impermeable. Cuando su silueta atravesó la oscuridad y finalmente desapareció Elibé regresó corriendo a su habitación. Abrió el armario de par en par, rebuscó entre sus ropas y sustrajo un abrigo de plumas negro. Sin ni tan siquiera quitarse el pijama se cubrió con él, con llaves en mano abandonó el piso y, manteniendo las distancias, se dispuso a seguirla.

En el exterior una cortina de agua caía con violencia, sus golpes podían escucharse en el replicar de las uralitas, mientras el viento, acompañado por un silbido sobrecogedor, guiaba la lluvia y la condensaba en la dirección hacia la que soplaba. Imprevistamente los pasos de Claudia abandonaron la carretera, siguió por un camino de tierra y subió colina arriba. No esperó a que se fuera, pero tampoco se precipitó en seguirla, simplemente permaneció oculta tras la fachada de la última casa hasta que su figura se entró en el bosque. Completamente mojada subió por la pendiente, se ayudó de la vegetación para trepar, y una vez arriba se escondió tras uno de los árboles. Su cabello rubio ahora se encontraba apelmazado por mechones, de un tono mucho más oscuro y pegado incómodamente a su cara. Con ambas manos hizo un amago por secarlo pero la lluvia lo había empapado completamente. Con el cuerpo pegado al tronco inclinó levemente su cabeza y, de reojo, pudo observarla desde la lejanía. No pudo sorprenderse más al percatarse de que Claudia se había dirigido al lugar dónde días atrás cayó el meteorito.

Un destello metálico parpadeó en la oscuridad, Claudia movió con brusquedad sus brazos y, dejándose sus fuerzas en ello, clavó la pala en el terreno. A la escucha de los truenos cavó de nuevo, se deshizo de la tierra recogida arrojándola a un lado y, del mismo modo, repitió el proceso. La perturbadora imagen hizo salir a Elibe de su escondite, totalmente conmocionada y preguntándose qué estaba haciendo. Mientras se aproximaba pudo escucharla murmurar en la oscuridad, repitiendo una y otra vez la misma frase.

-Es imposible, no es real, no es real. El resplandor de un relámpago se filtró por la perforación circular que el meteorito formó en las copas de los árboles, la sombra de Claudia se dibujó sobre el cráter profanado y el rostro de su amiga se mostró provocando su sobresalto.

-¿Se puede saber que estás haciendo aquí?-Preguntó Elibé.

-Dios mío, pero... ¿Cuándo? -Dime-Insistió.

-¿Que estás haciendo aquí? ¿Qué haces con esa pala?

-Tranquila, yo solo estaba, estaba...

-¡No me mientas! ¡Estoy harta de tus mentiras! ¡Tú sabes dónde está! ¿¡verdad!? Claudia dejó caer la herramienta al suelo y se incorporó con las manos al descubierto.

-¿Eh? ¿Dónde está quien?

-¡Tú sabes dónde está Marcos!

-Gritó con una expresión de dolor.

-Pero Eli ¿Cómo me preguntas algo así?

-¡No te hagas la tonta! ¡Lo leí en tu diario! ¡Leí que ibas detrás de él! ¿Es que a caso ha escapado contigo?

-Pero que tonterías estás diciendo, escúchame. A ver cómo te lo explico-Se detuvo unos segundos para pensar.- es verdad que me encapriché con él pero no llegué a nada por ti, porque eres mi amiga y no quería hacerte daño. *** 8 de Abril, un día cualquiera para al resto del mundo pero una fecha muy significativa para Claudia. Aquella mañana, después de las clases lo había citado en la colina, tras un breve paseo le confesaría sus sentimientos y Marcos, en un afán por amarla, la correspondería con un apasionado beso. Así lo había imaginado durante todo aquel tiempo y así lo había deseado desde el comienzo.

-¿Qué? ¿Me lo estás diciendo en serio?-Preguntó él aún sin creerlo. En el corazón del lúgubre bosque, cubiertos bajo un manto de hojas verde, tuvo el valor suficiente para declararse. Con las manos agarraba nerviosa el dobladillo de su camiseta, mientras bajo la falda brisada sus piernas se cruzaban con vergüenza. Cuando finalmente creyó sus palabras Marcos dio un paso atrás y la miró con recelo.

-Y bien... ¿Cuál es tu respuesta?

-No, por supuesto.-Respondió de un modo rotundo. Los ojos marrones de Claudia se abrieron y estupefacta clavó su mirada en él. -No, no puede ser ¿Por qué?

-Estoy con Elibé ¿a caso lo has olvidado? -No puedes hacerme esto, yo pensaba que tú sentías lo mismo. -Pues no, estás equivocada.

-Entonces... ¿Por qué me mirabas así?

-¿Qué dices?-Sacudió con la cabeza- No te he mirado de ninguna manera.

-Eso no es verdad, estoy segura de que hay algo más. Tienes miedo y no te atreves a dar el paso ¿verdad?

-¿Qué? ¿de dónde sacas todo eso? -Escúchame-Insistió agarrándole del brazo.-podemos llevarlo en secreto, al menos hasta que te veas con fuerzas para decírselo. Marcos se deshizo de sus manos.

-No me esperaba esto de ti-Dijo decepcionado.

-Se supone que eres su mejor amiga y mira lo que haces a su espalda. Claudia no respondió simplemente esperó a que siguiese hablando.

-Preferiría no tener que contárselo, pero no voy a dejar que la sigas engañando. Una vez acabó la frase no dijo nada más, dio media vuelta y se dispuso a regresar al pueblo. Cuando ni siquiera llevaba cuatro pasos Claudia saltó inesperadamente sobre su espalda.

-¡No me dejes así! ¡Te quiero, eres todo para mí! Sus manos agarraron con fuerza la camisa blanca que cubría su torso, dejó caer el peso de su cuerpo contra él hasta que finalmente le hizo perder el equilibrio. Ambos cayeron, el colgante con forma de medio corazón fue arrancado de su grueso cuello y la cabeza de Marcos golpeó el suelo, afortunadamente a dos palmos de distancia de una enorme piedra de granito.

-¡No puedo soportarlo, necesito que me quieras. Abrázame por favor, abrázame un poco más! Subida encima de él se abrió de piernas, la minifalda se redujo al plegarse en sus muslos, situando su ingle sobre la rodilla de Marcos. Con la cadera inició una serie de movimientos, restregándose contra él de un modo obsceno y aprovechando su aturdimiento para violarle con un beso.

-¡Que haces, asquerosa!-Gritó. Con la misma violencia la apartó de un empujón, haciéndola caer a un lado. Inmediatamente quiso incorporarse pero sus rodillas se detuvieron a medio trayecto. Fue una sensación que no había experimentado hasta entonces. Todo el oxígeno de sus pulmones se manifestó con un intenso frío, semejante a la brisa helada en una mañana de invierno. Sus oídos se taparon y su visión hizo un fundido en negro. -Te quiero tanto-Dijo Claudia sosteniendo el pedrusco en su mano. Mientras un hilillo de sangre rodeaba su ceja izquierda sus recuerdos se cruzaron como flashes en su cerebro, el rostro de Elibé persistía en la mayoría de ellos, sonriéndole y susurrándole cuanto le quería, hasta que finalmente, se conciencia se esfumó y cayó muerto contra el suelo. *** Cuatro meses después se encontraban situadas en el mismo lugar del incidente y, a pesar del tiempo, nada parecía haber cambiado. Aunque tan solo a simple vista. Ahora un enorme cráter se dibujaba en el suelo, con un meteorito situado justo en el centro, mientras la tormenta, tan insistente como las chicharras en verano, inundaba el boquete con su lluvia helada. -Aún no has respondido a mi pregunta.

-Repitió Elibé sin dejarse embaucar.-

¿Qué estás haciendo aquí? Como un extranjero que no encuentra las palabra para expresarse Claudia se mantuvo en silencio, mientras se daba tiempo para inventar una excusa convincente. Desafortunadamente para ella la atención de Elibé se desvió hacia a otro lado, un poco más abajo, junto a sus pies; En el profundo agujero que Claudia había escavado dentro del cráter, la persistente lluvia erosionaba la tierra y las paredes que lo formaban comenzaron a desprenderse. En ese mismo instante se percató de algo completamente aterrador; un brazo humano asomaba a través del barró.

-Acércate Elibé, acércate un poco más. Con inseguros pasos se asomó al agujero, la tempestad le proporcionó la luz que necesitaba y, completamente conmocionada, cayó de rodillas en el suelo. Dejándose la fuerza en ello apartó el barro que cubría su cuerpo, se deshizo de la tierra que lo mantenía preso, embarrándose completamente hasta finalmente descubrir que su novio desaparecido era el que se encontraba enterrado. Tan solo observar su putrefacto rostro, tan irreconocible como desencajado, dejó escapar un gritó de horror. Sus labios se deformaron con agonía, mientras sus lágrimas, rebosantes en sus mejillas, se unían al descenso de la lluvia.

-Ahora lo entiendo, tu... ¡Tú robaste la pista del colgante!-Gritó de nuevo sin apartar la mirada del cuerpo-¡simulaste el robo para que perdiese los nervios y la policía me tomase por loca! ¡No querías que le encontraran porque tú le mataste! Cuando se dispuso a girarse el destello metálico reapareció frente a sus ojos. La pala golpeó brutalmente su hombro, haciéndolo crujir y provocando su caída contra el suelo. Desplomada junto a su novio y aturdida por el impacto observó la difusa imagen de Claudia sosteniendo la herramienta con sus manos. -¡No sabes lo que he pasado, ni siquiera eres capaz de imaginarlo!-Dijo exaltada.

- Cuando vinimos a ver el meteorito me horroricé, no me imaginaba que caería precisamente en este mismo lugar. Por un momento pensé que el cuerpo se había desenterrado, pero al ver que no, dejé de preocuparme. Elibé se llevó la mano al brazo mientras se retorcía de dolor.

-No sé por qué fue, pero me sugestioné, empecé a delirar. Creía verle en algunos sitios, incluso me parecía escuchar su voz llamarme, todo parecía tan real. Por eso... por eso pensé algo completamente absurdo, creí que de algún modo había vuelto a la vida, que quizás el meteorito lo había provocado, que por eso no vi su cuerpo. Que estúpida he sido-Claudia esperó unos segundos y con una mirada mucho más afligida prosiguió.

-Y esta tarde, cuando te descubrí leyendo mi diario me di cuenta de que empezabas a sospechar. Por eso he vuelto, tenía que asegurarme, pero lo único que he conseguido es delatarme a mí misma. Cuando el realidad su cadáver se encontraba enterrado justo al lado. De repente, mientras sus labios aún vocalizaban las últimas palabras, Elibé se irguió y corriendo intentó huir. Inmediatamente Claudia reaccionó, siguió sus pasos y, tal cual ocurrió con Marcos, saltó sobre ella. Ambas rodaron por el suelo. Desesperada reptó por la hierba mojada mientras sentía el peso de su compañera sobre la espalda. Lamentablemente las manos de Claudia alcanzaron su cabeza y, agarrándola del pelo, la arrastraron hacia ella.

-¡No por favor!-Gritó de nuevo. Subida encima de su torso se dispuso a estrangularla. Elibé hizo lo posible por esquivar sus ataques, incluso intentó arrojarla a un lado, pero Claudia se adhería a su cuerpo como una garrapata. Doblando la pierna impactó la rodilla derecha contra su espalda, en ese preciso instante aprovechó su debilidad para deshacerse de sus garras, correr en campo abierto y buscar ayuda. -¡No vas a ir a ningún sitio! Su corazón palpitó al máximo rendimiento, los truenos gritaron en el cielo y finalmente, el metal silbó perforando el viento. La pala chocó en su cabeza, golpeándola y haciéndola caer. Abatida sobre el terreno un mareo intenso la absorbió y sus cinco sentidos también se vieron afectados. Mientras las manos de Claudia apretaban su cuello con la intención de ahorcarla en el suelo, una cálida voz, ya casi olvidada por el tiempo, resurgió susurrándole de nuevo.

-Aunque cuando grites mi nombre solo escuches el eco, aunque cuando me busques en la niebla solo encuentres tu cuerpo, quiero que sepas que jamás romperé mi promesa-"

-Marcos... -Siempre te protegeré. A pesar de que Elibé había perdido el conocimiento Claudia continuó estrangulándola. Lo haría hasta que sus pulmones dejasen de funcionar, hasta que su corazón dejase de palpitar, hasta haberle arrebatado la vida con sus propias manos. Pero de pronto, un suceso externo captó su atención interrumpiendo lo que estaba haciendo.

-He visto el fuego arder bajo estas tierras, llamas de color violeta. Por un momento creyó que aquel repentino silencio era a causa de que la tormenta había cesado, sin embargo, aún podía ver las gotas de lluvia filtrarse por las hojas, aún podía sentir el temblor que provocaban los truenos, podía notarlo todo excepto el sonido. Angustiada se asustó al pensar que había perdido el oído, que por alguna razón su mente le privaba de cualquier ruido, y que quizás no podría volver a escuchar nunca más. No tardaría en dejar de preocuparse por tal problema.

-¡Claudia! Una mano huesuda, casi esquelética, asomó tras su espalda y acarició su nuca. Primero ascendió por su cuello, deslizando el índice por su piel y dibujando su mandíbula con los dedos. Más aterrada se sintió cuando el putrefacto rostro de Marcos asomó sobre su hombro, acercó sus labios púrpura a los de ella, y con los ojos completamente abiertos...

-llamas de color violeta que despiertan a nuestros antepasados de sus sepulcros. El día quince de Agosto a las dos de la madrugada una chica gritó en el bosque. Aquel brutal alarido habría sido escuchado por un joven trasnochador que, mediante el sendero que bordeaba la colina, se dirigía al otro lado del pueblo. Lamentablemente la tormenta de aquella noche acaparó cualquier sonido que se pudiese apreciar y eclipsó el auxilio de Claudia. 5 días después Elibé dejó caer las flores sobre la tumba de Marcos y tras observar su nombre inscrito en la cruz dio media vuelta y se fue. Abandonando el cementerio bajó las interminables escaleras que conducían al sector nuevo del pueblo y decidida se dirigió a la avenida principal. Su caminar parecía haber cambiado, los tacones de sus zapatos negros se clavaban con tenacidad en el asfalto, moviendo su cuerpo con una total seguridad. Pero cualquiera que la conociese lo suficiente podía percibir su pesar, como el dolor aún rodeaba su cuello, como su cuerpo se curvaba mientras sus temblorosas manos agarraban la correa del bolso. También lo había hecho su rostro, totalmente desmejorado y con una expresión que oscilaba entre la rabia y el desconsuelo. La mirada de Elibé había perdido todo su brillo, se mantenía inmóvil, mientras mecía la fallecida efigie de su novio en sus recuerdos. Hospital Ramnusia Con el ascensor subió a la tercera plana, decidida avanzó por el pasillo y una vez llegó a la habitación se detuvo y picó. Segundos después la puerta se abrió y la madre de Claudia asomó tras ella. Tan solo reconocerla se lanzó a sus brazos y besó con ansía sus mejillas. Con ojos llorosos agradeció su visita, mientras el resto de la familia se limitó a saludar con un gesto.

-Por favor, me gustaría estar un momento a solas con ella. Cada uno de los presentes abandonó la habitación hasta que finalmente tan solo quedaron ellas dos. Elibé cruzó la habitación, con serenidad se dirigió al ventanal que se encontraba cerrado por el frío y asomándose pudo ver las ramas del platanero, desnudas, y agrietadas por el tiempo. Inmediatamente se sentó junto a ella en la cama. Con una mirada inexpresiva la observó; dos sondas se introducían en sus ubicuidades nasales, mientras el monitor situado al otro lado de la cama indicaba con un electrocardiograma el ritmo de su corazón. Claudia se encontraba estirada bajo las sábanas, con una mirada perdida y vulnerable a cualquiera que quisiera dañarle.

-Te he traído una cosa.

-Dijo mientras introducía su mano en el bolso. Inmediatamente sustrajo lo que parecía ser un marco, con la fotografía de Elibé y Marcos.

-He comprado uno nuevo y he tirado el que rompiste a propósito. Claudia no respondió.

-¿Ves esto?-Le preguntó mientras se lo aproximaba a la cara.

-Soy yo sonriendo. Puede que ahora no pueda hacerlo, pero algún día volveré a estar así, de eso no te preocupes. Elibé se puso en pie, se dirigió a un pequeño mueble situado frente a la cama y colocó el cuadro mirando hacia ella. -Quiero que cada día que te despiertes veas esta fotografía y te des cuenta de que te has quedado anclada en el pasado. Quiero que sepas que yo rearé mi vida, volveré a encontrar a alguien y seré feliz. Pero tú... Elibé con una expresión totalmente seria la miró durante unos segundos. Ni siquiera pestañeó.

-Tú permanecerás encerrada aquí durante años, sin poder moverte, ni siquiera hablar, puede que incluso veas morir a tus padres. Lo peor es que jamás podrás saber lo que es compartir tu vida con alguien al que amas. Con total serenidad volvió a colocarse la correa del bolso sobre su hombro y aproximándose a la puerta se giró por última vez.

-Dime Claudia ¿Qué se siente al estar muerta en vida?- Tan solo girar el pomo sus familiares entraron y automáticamente rodearon la cama. En aquella deprimente habitación no estaban permitidas las lágrimas, se evitaba cualquier tema relacionado con su enfermedad, sobre la anorexia que la había convertido en un vegetal. Sin embargo, cuando la madre de Claudia remarcó con agradecimiento el regalo que le había hecho su amiga una de esas normas se incumplió.

-Oh cariño ¿por qué lloras?-Dijo la mujer acariciando el rostro de su hija.

-Pobre, se ha emocionado-Respondió Elibé. FIN