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Harry William

¡No sabía qué hacer! Él estaba a punto de experimentar conmigo, ¡su propio hijo! No quería que me hiciera daño, así que le propuse algo, otra persona o «conejillo de indias» como él les llamaba. Ese día, estaba completamente desesperado por encontrar a alguien que ocupara mi lugar, pues, ya llevaba tiempo buscando a quién, pero, en el reloj de muñeca que traía en esos momentos, marcaban las 7:50 de la mañana, y muchos se encontrarían desayunando, por lo que las calles se hallarían casi vacías —y digo casi, pues aún se podían observar unos cuantos vehículos transitar por allí —. A lo lejos, logré notar a un chico sentado sobre las escaleras de la entrada principal a una casa. Me imaginé que sería su hogar. Comencé a acercarme a él y, entre más lo hacía, notaba que aquel chico pelirrojo, cuyo nombre era Mitch, lucía triste. Pensé que sería la persona perfecta para ¿Controlar? ¿Manipular? La palabra es lo de menos. Miré a mi derecha al patio de uno de los vecinos, había una pelota de fútbol, que tomé e hice rodar hasta Mitch. Él reaccionó al instante mirando hacía la dirección por la que el objeto había llegado. Nuestras miradas se cruzaron. Lo saludé a la distancia y corrí hasta donde se encontraba.

—Lo siento, ¿Podrías...?

—No hay problema —Me respondió entregándome la pelota. Se comenzó a dirigir hacia la puerta de su casa, ya que, al parecer, se iría.

Fue lo que el chico respondió mientras me entregaba la pelota y comenzaba a dirigirse a la puerta de su casa, al parecer se iría. Lo detuve diciéndole.

—¡Oye! ¿Quisieras jugar? Ya sabes, soy nuevo en el vecindario y no conozco a nadie aun —Lo detuve, obviamente, mintiendo.

Como nunca nos habíamos visto antes, no lo notó y, simplemente, me miró por unos largos segundos. De aquella mirada cristalizada, brotaron un par de lágrimas, que, lentamente, recorrieron su rostro. Me dirigió una falsa sonrisa, a la que correspondí, y, sin ningún otro gesto, entró a su hogar.

Pensé lo peor, mi padre iba a hacerme daño. No tendría manera de escapar esta vez. No quería volver a casa, ni siquiera, estar en la misma ciudad. Sabía que, en algún momento, él me encontraría; pero me resigné a aceptar lo que se aproximaba, cosa que, luego, se desvaneció por completo de mi mente; pues, el chico me gritó haciéndome un par de señas. Él vendría a «jugar» conmigo. En ese momento, no pude evitar sentirme feliz y sonreír, pero, a la vez, un gran peso de culpabilidad caía sobre mí. No es que quisiera lastimar del todo a otra persona, intenté aclarar mi mente ofreciéndole jugar en un parque. Así fue. A decir verdad, nos divertimos. 

Ya habían pasado 5 meses después de conocerlo y hacernos amigos. Ese día, 5 de enero del año 2010, lo recuerdo absolutamente todo perfectamente, le había mentido sobre que jugaríamos con un grupo de chicos de la misma localidad que nosotros, pues, ese día fue el que mi padre me dijo que citara a Mitch. Así fue, lo esperaba como siempre fuera de su casa, caminamos hacía un bosque, cosa que él no tardó en notar extraña.

—Disculpa, ¿No iríamos a Independence Park? Creo que ya lo hemos dejado bastante atrás.

—Ah, sí. Lo sé, pero recordé que el día en el que jugaríamos sería mañana. No obstante, ahora que lo pienso, como ya han pasado 5 meses de conocernos, me encantaría mostrarte un sitio bastante especial para mí. 

Mitch, solo asintió con la cabeza mientras sonreía. Ya estaban por pasar las 9 de la noche, era ya algo tarde. Se notaba que a él le comenzaba a dar mala espina cada paso que dabamos, él se detuvo mientras admiraba la cabaña abandonada. Me miró y comenzó a realizarme un par de preguntas.

—¿Qué es esto? Es decir, ¿Una cabaña? 

Le estaba por responder o, mejor dicho, mentir, algo que ya se había vuelto en más que una costumbre, pero, por razones que desconozco, me comencé a reír. No sabía cómo detenerme. Mi propia risa me estaba poniendo nervioso. Mitch me miraba un tanto aterrado y me optó por dejar y correr. No pasó siquiera un par de minutos para escuchar un cuerpo impactando con el césped. Sabía que Mitch había caído en las manos de mi padre, así que terminé por huir del sitio. Más que por miedo, era por pena.

Sentía asco de mí mismo ¿En serio era tan cobarde como para hacerle eso a un amigo? Me sorprendía de mis propias acciones, sentía una gran necesidad de regresar y ayudarlo, pero me encontraba realmente aterrorizado de lo que estuviera sucediendo dentro de aquella cabaña, por lo que no hice más que ocultarme tras un árbol, mientras escuchaba los desgarradores gritos de Mitch, que, luego de un tiempo, cesaron. Mi interior se desgarró por completo. De mis ojos, comenzaron a brotar lágrimas. No podía parar de llorar. La rabia y el odio recorrían todo mi ser. Me quería levantar y acabar de una vez con mi padre. Mi odio hacia él era inevitable. No sabía en qué momento terminaría esta pesadilla y, realmente, pedía que fuera solo eso, una pesadilla. Es más, era demasiado horrible como para que esta fuera real. Pensé y lloré incluso más de lo que había imaginado que haría. Odio a mi padre y, asimismo, me odio con todo mi ser.

Han pasado 4 años desde aquel suceso, me encuentro estudiando la carrera de meteorología. Actualmente, tengo 18 años de edad. Esa tarde del 23 de noviembre, estaba por regresar a casa. Vivía solo, pues, mi padre murió a causa de uno de sus propios experimentos, o, al menos, eso fue lo que concluyeron los oficiales. Ni siquiera siento un poco de tristeza por el simple hecho de saber que él ya no está. Más bien, siento un gran alivio. Me siento libre. Finalmente, llegué a mi casa y, como ya era costumbre mía, me agaché a tomar las llaves de mi casa, que, generalmente, dejaba en una maceta, pero noté algo extraño: había un sobre junto a esta misma. Me extrañé un poco, pues, en los últimos meses, no había estado recibiendo correspondencia. La recogí sin más y entré a casa. Estaba exhausto y me limité a tirarme sobre el sofá aún con aquel sobre en mano. Era raro que este no tuviera siquiera la dirección de donde provenía. Pasé por alto ese dato y abrí el sobre.

—¿Una hoja? 

Reí antes de ver su interior, pues, esta se encontraba manchada con una clase de tinte rosado. Pensé que se trataba de una broma por parte del niño que vivía a lado. Aún con una sonrisa desdoblé aquella hoja, pero lo que leí eliminó mi expresión:

«Harry, amigo. Me alegro mucho de volverte a ver y saber que te encuentras bien. Lamento bastante lo de tu ya difunto padre. Es una enorme lastima estar viviendo con la idea de que este murió a causa de sus experimentos ¿No? Bueno, no te quiero quitar tu felicidad sólo diré que ¡He regresado! Y, no solo para iniciar de nuevo, sino por ti».

Pensé que, tal vez, la rara tinta que manchaba el sobre sería ¿sangre?, pero ¿acaso era una amenaza? ¿Por parte de quién? Fue cuando recordé a aquel chico, Mitch ¡No! No podía ser él, ¡Él está muerto!

—¿Piensas que estoy muerto? ¡Vaya! Qué pena que tu cerebro no te dé para más, amigo mío —Provino una voz masculina desde detrás mío.

No me quería girar. Era él. Me levanté rápidamente e intenté huir a la cocina para tomar un cuchillo, con el cual me podría defender de lo que sea en lo que se haya convertido Mitch. Desperté, aun me encontraba en el sofá. Comencé a llorar de felicidad. Todo había sido un sueño, o eso pensaba, puesto que fijé mi vista en la vieja alfombra, donde solo pude observar lo último que deseaba ver en estos momentos, la carta de mi supuesto sueño. La tomé. Mis nervios se estaban alterando. Estaba por destruir la hoja, pero, al darme cuenta de que tenía una clase de marca de agua, la giré. Leí lo que se ocultaba detrás de esta: «Tu tiempo ha terminado». Ahora era más que claro que moriría en cualquier momento, por lo que solo me dispuse a redactar lo que realmente había sucedido después de aquel incidente del experimento. Mitch, por favor, te suplico me perdones.