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Lo he intentado.

He tratado de convencerme a mi misma de que no hay nada malo en él. Cuando tenía seis años se metió en un problema por aplastar unos escarabajos.

“Los niños son así.” Reí para mí misma, pero no lo creía.

He tratado de convencerme que es normal. Cuando tenía ocho años le vimos jugando con un pájaro decapitado.

“Ya está muerto.” Me dije a mi misma, y pretendí que las tijeras que encontré más tarde solo estaban manchadas de pintura, pero no lo creía.

He tratado de convencerme de que es una buena persona. Cuando tenía diez años encontré sus dibujos. Gráficos, perturbadores y llenos de odio.

“Tan solo es una fase.” Me dije a mi misma, pero no lo creía.

He tratado de convencerme de que nunca ha herido a nadie.

“Tan solo ha sido un accidente.” Les dije a las enfermeras cuando me retiraban el tenedor clavado en mi mano, pero no lo creía. He tratado de convencerme de que no es peligroso.

“Tan sólo resbaló y se cayó.” Dije en mi declaración a la policía, cuando recogieron a la pobre adolescente de mis escaleras, pero no lo creía.

He tratado de convencerme de que no heriría a nadie más, que estaba controlado, que todo iría bien.

Pero no lo creía.

“He tratado de quererte.” Le susurré entre lagrimas mientras apuntaba a su cabeza con una pistola.

“Lo se.” Respondió y presioné el gatillo.

La pistola sonó vacía y mi hijo sonrió. “Yo he tratado de quererte también.”

Pero no lo creía.