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Una fuerte brisa impactaba contra la cara de Heather Briggs Stanley, quien solo aguardaba pacientemente la llegada de su amado padre. Pero para serles sincera, la pequeña Heather de tan solo ocho años no tenía alguna que otra compañía, por lo cual, el anhelo de ver a su padre nuevamente le devolvía una sonrisa, pues su padre no era de esos típicos señores que reñían por todo lo que se mueva. Al contrario del anterior ejemplo, el señor era amigable y siempre que podía estaba junto a su pequeña de ojos combinados que la hacía lucir linda y tan única como siempre, lamentablemente el empleo como ayudante de mecánico de autos no le servía mucho que digamos, pero al menos generaba los suficientes ingresos como para comprar algo que llevarse a la boca y vivir una vida normal.

Centrándonos en el comienzo de la historia, la niña de ojos mixtos sentía frío, algo de hambre quizás, pero eso no importaba con tan solo ver el viejo y algo cansado rostro de su padre que extendía una sonrisa era suficiente.

-Heather.-expresó con algo de sorpresa su vecina de en frente.

-¿Si?.-contestó de forma respetuosa y con algo de curiosidad mientras se paraba de la pequeña silla de madera en la que estaba sentada.

-Es muy tarde para que esperes acá parada. Te enfermarás si no entras a casa.

-Pero mi papá, él ya va a venir, tengo que esperarlo.-los ojos de la señora Astrid se llenaron de lágrimas al oír el pedido de tan inocente niña.

-Amor.-contestó con la voz entre cortada.-Tu...padre, él...no creo que venga hoy.

-Pero no es justo, yo se que él va a venir, seguro se equivocó de camino y por eso no viene.-insistió de forma frustrada por la actitud ''negativa'' de su vecina, la cual solo se quitó su bufanda y se la colocó a la niña, quien ahora tenía la nariz y las mejillas regordetas de color rojo.

-Bien, te quedarás, pero si me prometes que después de diez minutos más entrarás a casa.- la infante de cabellos negros asintió y se acomodó las prendas que le fueron prestadas para soportar el frío en espera de su familiar, un familiar que jamás vendrá.

Crecer abrió un poco más la mente inocente de Heather a una más experimentada. Ahora podrá comprender que su padre jamás vendría por ella a hacerla reír con sus chistes o siquiera mimarla con alguno que otro helado como cuando era una niña, ahora entendía que los accidentes pasan, que no siempre un viaje hacia otro lugar sería bonito y sin consecuencias.

Veía todo lo que le pasó desde otro ángulo. Su padre se accidentó en un viaje a casa y jamás volvería a verlo, así como a sus buenos momentos junto a él, que cada vez se hacían más escasos en su cabeza, pues digamos que los recuerdos no son eternos en una mente tan frágil como la de Heather.

Pero lo hecho, hecho está, no se puede retroceder el tiempo, pero si se puede ver la vida y nuestro futuro de otra perspectiva, quizá una positiva o negativa, pero para Heather era la primera opción.