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Una noche de viernes, después de haberle robado a una mujer su cartera y su teléfono, escapaba de las patrullas y llegué a un callejón. Me desmayé; hube sido golpeado en la cabeza. Desperté amarrado a una silla. Me encontraba en una choza. Por la ventana, se veían montañas.

Se abrió la puerta. Entró un hombre cuyo ojo derecho y cuyos labios habían sido cosidos. De ellos, brotaba sangre. Vestía una chaqueta impermeable verde sin capucha, unos pantalones blancos y negros. Su ropa había sido manchada con sangre.

Sacó una libreta. En ella, escribió «Hola. No hablo, pero me comunico». Después de esto, colgó la nota de mi estómago con un clavo. Así hizo con otras notas.

—¿Quién eres?

Escribió «Soy Henry, el mudo». Me cortó los dedos del pie izquierdo con un cuchillo. Sacó mi brazo derecho por la ventana. Un pítbul me lo desgarró. En eso, Henry se hubo descosido la boca y se comía mis dedos. Al haber terminado, se recosió la boca. Me golpeó la otra mano con un martillo y escribió «Las manos ladronas merecen esto».

Me inyectó adrenalina, escribió «Juguemos a las escondidas en las montañas. Tiene veinte segundos para esconderse» y me desató. Corrí hasta un río. El perro de Henry corrió tras de mí, me encontró y me mordisqueó. Henry portaba un hacha. Escribió con una navaja en mi pecho «Hola. No hablo, pero me comunico», levantó su arma y dio fin a mi vida.