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“El Diablo siempre busca oponerse a Dios, hace todo lo posible para burlarse de sus símbolos, pero a la vez, imitarlos”

(Jesús González y Mallo, ex sacerdote y teólogo) 

Cuentan que el Ángel Caído, en busca de profanar a la Trinidad y a la hora santísima (3 de la tarde) en que murió nuestro Señor Jesucristo en la cruz, eligió para sí y sus demonios a las 3 de la madrugada como aquella hora en que él y sus huestes desplegarían mayor poder, concentrándose sobre todo en el instante maldito de las 3:33 a.m.

Por eso las brujas hacen sus más sacrílegos conjuros a las 3:33 y tanta gente, incluyendo el protagonista de nuestra historia ―que vivió en carne propia la certidumbre de esta leyenda urbana enraizada en antiguas creencias―, ha afirmado ver o por lo menos sentir el escalofriante halo de maldad que los Hijos de la Perdición despliegan a esa hora en que la mayoría reposa sin advertir la presencia de La Oscuridad.

Eran las tres y pico de la madrugada cuando nuestro protagonista, un estudiante de secundaria al cual llamaremos “Fausto”, despertó sobresaltado como consecuencia de agudos dolores de cabezas. Lo primero que hizo fue ir al botiquín y tomar una aspirina. Luego regresó a la cama e intentó conciliar el sueño, luchaba con ahínco por dormir pero una especie de angustia sin fuente aparente le carcomía las entrañas.

Era como si una presencia de gran poder estuviese dispersa en el ambiente. Intentó entonces probar a pensar que aquello era un producto del miedo natural surgido por el hecho de hallarse solo en una casa grande como la suya pero, justo cuando se estaba durmiendo, un gruñido parecido al de un enorme perro rabioso le puso los pelos de punta y le quitó todo resto de sueño inyectándole torrentes de adrenalina. No tenían ningún perro en casa y ese gruñido amenazador parecía provenir del gran patio trasero… 

Con las piernas temblando, Fausto se dirigió a la sala y, con el máximo sigilo que su cuerpo le permitía, se acercó hasta la ventana, movió la cortina haciendo un pequeño espacio por el que apenas podía asomar el ojo y vio con espanto como una bestia parecida a un gran perro negro se movía entre las plantas del jardín cual si estuviese buscando algo.

Aunque aquel no era un simple perro, era más bien una especie de criatura demoníaca, un ser del infra-mundo cuya proterva naturaleza se revelaba en un tipo de energía oscura (tan oscura que se notaba pese a que solo la luna llena iluminaba el patio) que lo seguía y en el pálido resplandor amarillento que brotaba de sus ojos pequeños y aterradores.

Fausto quería volver a su cuarto pero no podía moverse: su cuerpo no era más que una inmóvil escultura de hielo elaborada por el implacable cincel del espanto. Y lo peor estaba por venir: la bestia, que aparentaba tener dos patas, se puso de pie y mostró ser un negro, peludo, fornido y humanóide bípedo en cuya amplia mandíbula se veía una hilera de colmillos semejantes a los de un tiburón. 

En su inmovilidad, Fausto solo pudo limitarse a ver como el demonio cavaba en su patio hasta que finalmente se detuvo, corrió en círculos a una velocidad asombrosa (como si fuera un espectro y no un ser de carne y hueso) y luego se alejó saltando de forma extraña en los tejados, de una forma tal que no movía las tejas al caer ni sonaba…

Cuando el demonio se fue, Fausto tuvo el coraje de ir al patio y comprobar que en efecto había dejado hoyos en la tierra; aunque, de las huellas que debió dejar cuando se movió fugazmente en círculos, no quedó absolutamente nada…A la mañana siguiente, Fausto fue de nuevo al jardín y vio que los hoyos aún seguían, dándose así cuenta de que aquello no fue ni un sueño ni una alucinación y que esa madrugada un ser maligno estuvo allí.

Pocos creerán en lo que ha sido contado; aunque, si acaso alguno ha experimentado presencias malignas o escuchado ruidos aterradores a las tres de la madrugada ―también conocida como la “Hora del Diablo”―, entonces muy probablemente no dudará en creer que la historia presentada es uno de los mejores ejemplos de la leyenda de la “Hora del Diablo”, sobre todo si también está enterado de que, según la tradición ocultista, muchos espíritus pueden cambiar de forma y la luna llena es propicia para hechizos de magia negra, lo cual evidentemente no debe ser fortuito…