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El Cazador Samurái va a perseguirte, como un tigre a su presa. No le importa si eres bueno o malo, no es un justiciero, no es un asesino, es un demonio en el cuerpo de un humano.
 
El Cazador Samurái va a perseguirte, como un tigre a su presa. No le importa si eres bueno o malo, no es un justiciero, no es un asesino, es un demonio en el cuerpo de un humano.
Desde niño asesinaba animales, aquello que pensó que solo se trataba de entretenimiento para matar el aburrimiento siendo un niño pobre, realmente era algo más. La adrenalina de cazar siempre le agrado, ver aquellos pequeños animales huir. Torturarlos, por más que quisiera sentir algún tipo de arrepentimiento en esos momentos no podía, su vida había tocado la felicidad una vez, el sentimiento de cazar se ocultaba, pero eso no sería por mucho. Ahora tú, puedes ser simplemente visto por el como una presa, un pequeño animal indefenso en busca de la salvación que no conseguirás cuando el llegue a tu vida. Podrás pedir piedad, intentar escapar, pero él decide a quien mata y a quien no, decide qué preza es ideal. Si acaso piensas que te libraste, por el solo hecho de haberlo visto y escapatado, él te buscará y te matará cuando menos te lo esperes, y todo lo antes vivido no parecerá más que un delirio paranoico y supersticioso hasta la llegada de tu ejecución.
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Desde niño asesinaba animales, aquello que pensó que solo se trataba de entretenimiento para matar el aburrimiento siendo un niño pobre, realmente era algo más. La adrenalina de cazar siempre le agrado, ver aquellos pequeños animales huir. Torturarlos, por más que quisiera sentir algún tipo de arrepentimiento en esos momentos no podía, su vida había tocado la felicidad una vez, el sentimiento de cazar se ocultaba, pero eso no sería por mucho. Ahora tú, puedes ser simplemente visto por el como una presa, un pequeño animal indefenso en busca de la salvación que no conseguirás cuando el llegue a tu vida. Podrás pedir piedad, intentar escapar, pero él decide a quien mata y a quien no, decide qué presa es ideal. Si acaso piensas que te libraste, por el solo hecho de haberlo visto y escapado, él te buscará y te matará cuando menos te lo esperes, y todo lo antes vivido no parecerá más que un delirio paranoico y supersticioso hasta la llegada de tu ejecución.
   
 
- La paga de la deshonra - es la ultima voz ronca y profunda que escucharás. Su rostro de demonio en máscara es lo último que verás, así como el brillo sangriento de sus dos katanas samuráis.
 
- La paga de la deshonra - es la ultima voz ronca y profunda que escucharás. Su rostro de demonio en máscara es lo último que verás, así como el brillo sangriento de sus dos katanas samuráis.

Última revisión del 05:39 24 ene 2020

William era un hombre de 30 años que había tenido muchos conflictos en su vida, pero a pesar de todo, logró salir adelante y formar una familia. Veronica, su esposa, dio a luz a una pequeña que era la luz de sus ojos, a quién llamaron Sofía.

La familia no contaba con muchos amigos, ni familiares, siempre preferían estar aislados ya que la gente solo les traía más problemas que los que ya tenían, como lo era la falta de dinero. Eran una familia pobre, pero a pesar de todo, el matrimonio se esforzaba cada día por subir de escalón.

William trabajaba duro cada día, en un supermercado, siempre había sido un excelente empleado. Responsable, sin presentar queja alguna a los mandados, era considerado el mejor y por ello despertaba envidia en los demás empleados, así como decidieron sobreexplotarlo con más trabajo. Había pasado por casi todos los puestos de trabajo bajos, hasta atendía verduleria, el problema es que tenía muchas tareas a la vez y los demás empleados decían que todo lo haría él y se iban a descansar, dejandole todo el trabajo solo. Su jefe le exigía, pero él ya no podía, y fue esa vez cuando le dio su primer ataque de pánico.

No podía respirar, llamó llorando, pidiendo ayuda y tratando de explicar lo que sucedía. Mientras estaba así, en el lugar habían miles de clientes que pedían ser atendidos, pero solo estaba él para hacerlo. Con un ataque de pánico encima, no hizo más que sentarse en una silla, ya que sentía que se iba a desmayar. Luego del incidente, la enfermera del lugar lo atendió y le aconsejó que no debía hacer más tareas que no le correspondieran. El problema, es que William tenía trastorno obsesivo-compulsivo, siempre quería que todo estuviera en orden, así era con todo y especialmente con su trabajo.

El tiempo pasó, William sentía que algo no iba bien. Se sentía extraño. En el trabajo cambiaron su puesto a guardia de seguridad, pero él exigió que lo pusieran en un puesto mejor, ya que él sabía hacer muchas cosas. Su jefe se molestó por la petición, así que lo mandó a que cuidara los autos en el estacionamiento del supermercado. William no pudo decir que no, así que fue a cumplir con su trabajo. Pero él sabía que podía hacer algo más productivo.

Ahí parado, cuidando, en un lugar donde nunca ocurría ningún crimen, no hizo más que ponerse a recordar su pasado. Si hubiera terminado sus estudios, no tendría porque haber acabado trabajando en ese tipo de lugares, lugares en los que sobreexplotan a las personas. Él había perdido la opción de poder elegir. Por la cantidad de horas que trabajaba, ni siquiera podía ver a su hija y a su esposa. En ese lugar, en pleno invierno, la cabeza le empezó a doler terriblemente. Decidió tomar una pastilla para calmar el dolor, inconsciente de lo que esto le iba a provocar. La presión era tanta en su cuerpo que el haber consumido aquella pastilla fuerte le ocasionó una úlcera en el estómago, que lo hizo vomitar sangre, demasiada sangre. Terminó internado en el hospital.

A pesar de haberse recuperado, algo no estaba para nada bien, aún así regresó al trabajo luego de su carpeta médica, la cual le costó conseguir. En los pasillos de aquel lugar, le parecía escuchar que lo llamaban por su nombre.

Eran susurros rápidos, en un pasillo vacío y blanco. William volteaba a ver, pero realmente no había nadie ahí jugandole alguna broma o algo por el estilo ¿Acaso se estaba volviendo loco? Él no se sentía bien, algo de verdad no andaba bien. Fue con un psiquiatra y le contó que oía voces. De inmediato quisieron encerrarlo, pero su esposa se los impidió. Su psicólogo no hacía más que decirle que lo entendía, que todo lo que le pasaba no era más que un brote de estrés que podía pasarle a cualquiera.

Pero William no era el mismo, ya no era el empleado tranquilo y sumiso, ya no era el esposo paciente y el padre sonriente. Tuvo que empujar violentamente a un compañero de trabajo, para que decidiera renunciar finalmente. Ya no podía seguir en ese lugar tan grande que le había arruinado la paz. Comenzó un juicio que llevaría años concretar. Realmente sentía mucho odio y ganas de asesinar por venganza, pero las leyes no lo permitían, así que tuvo que guardarse ese odio en su interior.

En el tiempo que tuvo, buscó otro trabajo y en lo que encontraba volvió a sus antiguos gustos. Antes practicaba karate, pero esta vez fue a aprender Taekwondo, Boxeo, Ninjutsu y Kendo. Siempre había tenido facilidad para aprender artes marciales, así como defensa personal. Todo el odio que tenía acumulado dentro, lo desquitaba en los golpes, se había obsesionado con los samuráis, se sentía identificado con ellos, ya que todos parecían poco a poco deshonrar su honor. El tiempo que tenía libre se la pasaba entrenando en el gimnasio, quería hacerse cada vez más fuerte. Se peleaba con la gente en la calle, era un peligro y se sentía una bestia. Era como si dentro de él algo estuviera rasguñando y queriendo salir desesperadamente. Pero, lo único que él no podía lastimar era a su pequeña hija y a su amada esposa, con quien más de discutir verbalmente no hacía. Su poca cordura se concentraba en sólo dos seres humanos, así como su felicidad. Si ellas le faltaban, nada importaría.

Por las peleas en la calle y con vecinos, la policía ya se lo había llevado un par de veces, pero nunca lo encerraron por no haber cometido ninguna tragedia en realidad. A veces, intentaba buscar paz, así que se levantaba temprano para meditar y encendía un sahumerio. Pero, esa paz nunca regresó. Las voces las calmaba con medicamentos, los cuales tuvo que dejar porque eran caros y lo hacían quedarse dormido casi todo el tiempo.

Un día de otoño, William y su familia decidieron ir al bosque a pasar el día, decidieron ir un día en el que no había mucha gente para poder estar más tranquilos. Parecían ser los únicos en el lugar. Prepararon el picnic y se sentaron en la tranquilidad de la naturaleza otoñal. Luego de comer, la pequeña Sofía de 5 años le pidió a su padre que jugaran a las escondidas entre los árboles del bosque. William con una sonrisa le dijo que sí, y se alejaron del picnic, adentrandose más en el bosque, para jugar a las escondidas.

- Yo contaré hasta 10, de espaldas y tú te escondes - le dijo William a su pequeña hija.

- ¡Sí! - le respondió la pequeña feliz y fue corriendo a esconderse.

- ¡No te vayas muy lejos! - le gritó William, porque no quería que su hija se perdiera y en verdad nunca la pudiera encontrar.

Cuando terminó de contar, fue a buscarla entre los árboles.

- Estoy buscandote, pequeña traviesa - decía - puedo escuchar tu risita - dijo al escuchar risas de su hija escondida - ¡Te encontré! - la encontró detrás de un árbol. Luego comenzó a hacerle cosquillas, pero la niña se escapó corriendo - espera, no corras tan rápido, amor. Puedes tropezarte y caer - le dijo preocupado.

La pequeña continuó corriendo, pero de pronto, desapareció. Hacia abajo. Su grito fue lo último que escuchó y un sonido seco. William se quedó paralizado, sin entender qué es lo que había pasado con su hija, se acercó para darse cuenta que Sofía había caído en un agujero que estaba oculto entre las hojas. Era realmente profundo, que no se podía ver el final, tan solo la oscuridad infinita del vacío.

- ¡¿Sofy! ¡¿Hija, estás bien?! - le preguntó desesperado, pero no había forma de que ella le pudiera responder - ¡¡¡Por favor, dime que estás bien!!! - comenzó a gritar desesperado y a llorar - ¡¡¡Soy un idiota!!!

Veronica escuchó los gritos, así que llegó corriendo al lugar, para encontrar a su esposo con un ataque.

Los servicios de emergencia llegaron al lugar, sacaron el cuerpo muerto de la pequeña Sofía. Su rostro aún tenía la expresión de miedo al caer.

William realmente se sentía culpable, había perdido a su más valioso tesoro. Ya no habían razones para seguir viviendo. Además perdió el juicio contra su antiguo trabajo, pero eso era lo que menos importaba. Su amada esposa no soportó el profundo dolor de la pérdida de su amada Sofía, así que se suicidó con una soga. William lo había perdido todo, absolutamente todo.

En su habitación, con las luces apagadas y con la sola iluminación de la luz de la luna, William tomó un puñal que había comprado. Arrodillado, descalzo, tan solo con un pantalón negro puesto, se apuntó en el abdomen con el puñal dispuesto a suicidarse imitando un ritual samurái japonés llamado Seppuku. Solo que moriría desangrado y sufriendo, ya que no tenía nadie que tomara la katana y le cortara la cabeza.

- Perdoname hija, pero ya pronto estaré contigo. También contigo, mi amada esposa - dijo entre sollozos y con la voz ronca de tanto haber gritado - yo merezco esto, este mundo no quiere a alguien como yo.

- ¡Espera! - le grito una pequeña voz reconocible en la oscuridad. Ahí estaba, parada en la puerta de entrada a la habitación, era ella, Sofía.

- ¿So...Sofy? - preguntó confundido William.

- Papi, no lo hagas, tienes que quedarte vivo.

- Hija, perdoname, todo es mi culpa

- No es así, papi, no es tu culpa. Nunca ha sido tu culpa.

- Ni siquiera sé si eres real...

- Eso no importa, papi, pero debes seguir vivo.

- ¿Por qué? ¿Cómo puedo hacerlo sin ustedes?

- Tú tienes una misión en este mundo. Puedes usar tu talento para hacerlo - le dijo la pequeña espectro, tomando la katana que estaba apoyada en la cama y acercandosela a su padre - debes matarlos a todos, papi. Tú debes cazarlos.

- Pero hija...

- Ya no tienes nada que perder, debes hacerlo. Tú siempre has pensado que el suicidio no es para ti. Dijiste una vez que si lo perdías todo, matarías a todos. Por favor, tienes que hacerlo por mi.

- Tienes razón.

- Así es, papi.

- Mi pequeña...¿Volveré a verte?

- Yo siempre estaré contigo - le dijo con una sonrisa y se desvaneció en la oscuridad nuevamente.

William cambió su expresión de tristeza a odio. Todo ese odio finalmente había consumido su alma. Tan solo podía sentir odio. Intentó ser feliz, pero ser feliz era para los débiles. Finalmente sería la bestia que debía ser, le abrió las rejas, la dejó libre.

El Cazador Samurái va a perseguirte, como un tigre a su presa. No le importa si eres bueno o malo, no es un justiciero, no es un asesino, es un demonio en el cuerpo de un humano. Desde niño asesinaba animales, aquello que pensó que solo se trataba de entretenimiento para matar el aburrimiento siendo un niño pobre, realmente era algo más. La adrenalina de cazar siempre le agrado, ver aquellos pequeños animales huir. Torturarlos, por más que quisiera sentir algún tipo de arrepentimiento en esos momentos no podía, su vida había tocado la felicidad una vez, el sentimiento de cazar se ocultaba, pero eso no sería por mucho. Ahora tú, puedes ser simplemente visto por el como una presa, un pequeño animal indefenso en busca de la salvación que no conseguirás cuando el llegue a tu vida. Podrás pedir piedad, intentar escapar, pero él decide a quien mata y a quien no, decide qué presa es ideal. Si acaso piensas que te libraste, por el solo hecho de haberlo visto y escapado, él te buscará y te matará cuando menos te lo esperes, y todo lo antes vivido no parecerá más que un delirio paranoico y supersticioso hasta la llegada de tu ejecución.

- La paga de la deshonra - es la ultima voz ronca y profunda que escucharás. Su rostro de demonio en máscara es lo último que verás, así como el brillo sangriento de sus dos katanas samuráis.  

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