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MANOS

Una mañana, cansados de la rutina, unos amigos, mi novia y yo planeamos un viaje para conocer un pequeño pueblo, famoso por sus amplias zonas de exploración y relajación, llamado “El Sendero Purificador”, así que pedimos informes, nos registramos en su hotel y planeamos el viaje.

Días después nos reunimos en mi casa en la madrugada (como habíamos acordado) para salir de viaje, así que partimos.

Al principio todo marchaba bien, tomábamos turnos para manejar, parábamos en estaciones de servicio para comprar botanas. Era demasiado agradable, realmente me sentía bien, todo marchaba de acuerdo al plan… No sabía que el viaje no terminaría de la misma forma.

Nos estábamos acercando a nuestro destino. Era una zona boscosa muy fría y había un densa neblina, pero nuestro ánimo no decayó, así que seguimos jugando bromas y planeando nuestras actividades estando ya dentro del hotel.

Seguimos el camino de neblina por horas. Al principio pensábamos que íbamos en la dirección correcto, pero al paso del tiempo nuestras preocupaciones empezaron a aumentar. Intentamos tranquilizar a las mujeres que iban con nosotros, estaban desesperadas intentando llamar a casa pero sin éxito, no había cobertura en esa zona. La gasolina estaba a punto de terminar, así que decidimos parar en una pequeña comunidad rural que encontramos para cargar gasolina y esperar a que mejorara el clima.

Bajé del auto junto con Alan y Greco (mis dos amigos), dejando a mis amigas (Nadia y Maria) y a mi novia (Karina) dentro de la camioneta.

El ambiente fuera de la camioneta era angustiante. Hacía mucho frío y existía poca visibilidad por la espesa neblina, así que avanzamos hasta topar con una gran casa. Era una casa hermosa, a pesar de ser muy vieja, tenía una elegancia inimaginable. Nos acercamos y tocamos la puerta, unos segundos después abrió la puerta un hombre de apariencia extraña, tenía alrededor de unos 50 a 55 años con una vestimenta típica de granjero y un acento típico de esa zona. Le pedimos alojamiento en lo que pasaba el mal tiempo para poder buscar gasolina.

El viejo lo pensó y aceptó, con la condición de que nos quedaríamos en un cobertizo cercano, ya que no quería que entráramos a su casa. Aceptamos el trato y regresamos por ellas.

Parecía un golpe de suerte. El lugar era espacioso: tenía buen lugar para dormir, una televisión antigua e incluso el señor nos ofreció una gran cena.

Pasaban las horas y el clima empeoraba, hacía frío y comenzó a llover perdimos. No había señal de televisión en esa zona, por lo cual veíamos filmes que el señor nos ofreció. Todos eran muy viejos pero no había alguna otra distracción.

Decidimos pasar la noche ahí, así que me acosté en un colchón junto con mi novia, y me quedé dormido.

Pasaron por lo mucho 2 horas cuando Karina me despertó, estaba asustada, decía que veía por la ventana a alguien encapuchado con un rostro horripilante observándonos.

“No hay nadie afuera con este clima, estás nerviosa, solo necesitas descansar. Tu mente te está jugando una mala pasada”, le dije.

“Estoy segura de que vi algo”, respondió.

“Está bien, me quedo despierto contigo si te hace sentir tranquila”, contesté.

Aceptó y nos quedamos sentados intentando no alterar a los demás.

Pasaron unas cuentas horas. Todos estaban dormidos menos yo, pensé en lo que me había comentado Karina y empecé a sugestionarme, intentaba no ver hacia la ventana. La curiosidad me ganó.

Volteé a ver la ventana. Estuve observándola durante un rato hasta que vi esa silueta de rostro humanoide, observándome fijamente con unos ojos negros y penetrantes y con una sonrisa diabólica, giré la cabeza hacia otro lado.

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El miedo se apoderó de mí, volví a mirar hacia la ventana: ya no estaba. Escuché un murmullo que se acercaba lentamente hacia mí; intenté huir, pero quedé atrapado. Me tomó del cuello con sus frías y desfiguradas manos. Seguía hablándome, pero no podía entenderle. Estaba aterrado, hasta que me desmayé.

Cuando desperté, miré a mi alrededor: todos estaban muertos, era una masacre. Mis amigos, mi novia. Todos, menos yo. Salí a pedir ayuda al anciano, pero al ver la casa me di cuenta de que estaba en ruinas: nunca existió ese anciano. Me observé en un espejo roto y me di cuenta de que tenía las manos llenas de sangre: yo los había asesinado.

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