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¿Sabes lo que es un Cordycep? Hasta hace veinte minutos, yo tampoco lo sabía. Es una familia de miles de tipos diferentes de hongo que crecen alrededor del mundo en varias junglas y bosques tropicales. Lo terrible de estos hongos es que son parasitarios, crecen en otros animales. Una hormiga se encuentra con algunas esporas y luego estas se apoderan de sus órganos vitales, comenzando por el cerebro. En algún punto, la hormiga comenzará a mostrar los síntomas, quedándose parada en un mismo lugar, tiritando o caminando en círculos. Si un miembro de su colonia la ve en este estado, la hormiga es conducida lejos de la colonia y exiliada.

Cuando ya casi se termina todo para ella, la hormiga trepa lo más alto que puede sobre las lianas de la jungla y asegura su cuerpo ahí. Muere finalmente, y el hongo emerge de su cabeza como un fruto maduro. Ese hongo comienza a liberar sus propias esporas después de un tiempo, dejando el momificado y roto cadáver de la hormiga bajo su tallo, con sus cavidades oculares llenas de hongo seco.

Les digo esto porque, anoche, mientras estaba en el techo del edificio donde vivo, hallé el cadáver de mi hermano.

Él había vuelto después de estar dieciocho meses en las Filipinas por servicio militar, y se quedaría acá al menos tres días. Era la primera vez que lo veía desde que regresó. Mis padres me llamaron anteayer para decirme que venía en camino hacia mi casa. Me dijeron que se había quedado en su cuarto desde que llegó, y que de repente se había levantado, diciendo que iba a salir para visitarme. Pensaron que estaba ebrio… Yo supuse que nunca llegó. A juzgar por su olor, debió de haber subido directamente al techo y murió ahí.

Yo estaba terminando un cigarrillo, abrumado por la ansiedad y con mi cabeza palpitando. Cuando el olor del humo se desvaneció, sentí una oleada de podredumbre en el aire caliente. Me tomó unos minutos encontrarlo —boca abajo, con su cara sobre un tragaluz—. Una columna delgada y gris se levantaba indiscretamente desde la base de su cráneo y una cascada congelada de raíces salía de las cuencas de sus ojos y de su boca. En la punta del tallo había un cúmulo de pequeños jirones despidiendo polvo blanco.

Las esporas habían flotado a la deriva por el norte del edificio durante todo el día, mi lado del edificio. Bajé a mi apartamento para llamar a la policía. Mi dolor de cabeza estaba convirtiéndose en una jaqueca febril. Entré a mi apartamento y, al instante en que traté de levantar el teléfono, el dolor estalló en mi cabeza, tanto que casi me desmayo. Desde entonces, he tratado de alcanzar el teléfono tres veces, pero nunca consigo poner mi mano sobre él.

Lo mismo ocurre cuando me levanto e intento salir de la habitación; siento como si espinas de hielo se incrustaran en mi cráneo, y mis miembros se tensan y tiemblan.

Las hormigas, en sus últimos momentos, trepan a lo más alto que pueden llegar. Esto es para que la espora se esparza sobre la colonia que está debajo. Al final, el parásito controla a la hormiga casi inteligentemente.

Ahora el dolor es casi cegador, y un nuevo pensamiento ha ido apareciendo rítmicamente en mi cabeza como si fuera una grabación que se repite. Arriba. Arriba. Arriba. Conjuntamente con esto, veo la imagen del edificio donde está mi oficina. Es más alto que el de mi apartamento, el lugar más alto en el que puedo pensar. Me siento mareado, tengo la vista nublada y el bulto en la parte trasera de mi cuello es del tamaño de un durazno —con la piel estirada y brillante—, pero creo que puedo llegar hasta ahí. Arriba.

No. Estoy enfermo. Necesito ayuda.

El edificio vuelve a aparecer en mi mente. El viento frío. El techo y el cielo. Estas imágenes y conceptos alivian el dolor mientras pasan por mi mente. Creo que puedo llegar ahí. Arriba. Arriba.

Si vives en el centro de Chicago, te recomiendo que te largues de aquí de una puta vez.

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