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Un grito arañó la garganta de Hilario: —¡El jardinero! ¡El jardinero fue el asesino de la familia Dubatti! En el mismo instante en que pronunciaba aquellas palabras, recordó que ya no estaba en el óleo. ¿Dónde entonces?
Hilario se lanzó sobre el teléfono. Comenzaban discar el número de la policía —por más que se le antojaba absurdo todo lo que le estaba ocurriendo— cuando la sombra de una hoz —proyectada sobre la pared que tenía al frente— lo paralizó.
¡El jardinero del cuadro! Se dio vuelta con el tiempo justo como para ver lo que mejor no: erguido a sus espaldas y barajando la hoz, un viejo. Durante un instante, Hilario creyó que estaba a salvo. ¡El jardinero del cuadro era un muchacho y no ese hombre de barba y pelos blancos!
Durante el instante siguiente, Hilario entendió que estaba perdido:
¡Ese hombre era el jardinero, con cincuenta años más sobre su piel!
—¡Piedad —por favor— no me mate! —aulló entonces.
El viejo seguía haciendo bailar su hoz mientras le decía:
—Ja. Yo no cometo dos veces el mismo error. Voy a degollarte como tendría que haberlo hecho con Irenita, tu estúpida madre...
—¡Le ruego; déjeme vivir y juro que no voy a delatarlo! ¡Mire, mire lo que hago con este mensaje de mi mamá! —e Hilario rompió el papel de la confesión en mil pedazos y —haciendo un bollito con ellos— se los tragó.
El jardinero estaba a punto de descargar su hoz contra el cuello de Hilario pero el rostro y el cuerpo del muchacho le indicaron que no hacía falta: era evidente que acababa de sufrir un ataque al corazón.
Pocos minutos después, expiraba. —Indudablemente, este muchacho se trastornó debido al fallecimiento de su madre... —opinó, días después, el jefe de policía en una conferencia de prensa. Y vean si no: la autopsia reveló que su última cena fue... papel... Un loco manso, eso es todo... No, su habitación estaba en perfecto orden. Un síncope.
¿El cuadro que encontramos junto a su cadáver y todo roto? Ah, sí. Una pintura hecha por su mamá durante la infancia... Nada de valor... Afectivo sí, por supuesto.
¿Qué representa? Una casa. Una casa estilo Tudor. Dos pisos con cuatro ventanas cada uno. Cortinas que impiden ver el interior de las habitaciones, cálidamente iluminadas... Al frente, un jardín florido y —medio confundida entre las plantas— la silueta de un muchacho manejando una hoz. ¿El jardinero de la residencia, tal vez? Pero ya me están haciendo ir por las ramas: ¿Qué tiene que ver el óleo con la muerte, señores periodistas?
Y aquel cuadro —pintado por inexpertas manos infantiles y al que— por lo mismo —no se le otorgó ninguna importancia—, fue a parar a uno de los tantos camiones que recolectan desperdicios, junto con todos los demás que había hecho Irenita.