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Estoy feliz de que todo haya terminado para mí, sí, pero aún así pienso que nadie más debería pasar por el infierno que yo crucé. Verás, hace un par de años había un parque temático en Minnesota, llamado "Valley Fair". Solo había estado allí una vez, que será la primera y la última.

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Mis padres me llevaron allí por motivo de mi décimo cumpleaños, junto a mi hermana y mi novia Marissa. Cuando llegamos, me aventuré a la montaña rusa más cercana, "El Renegado".

Nos quedamos atascados en la parte superior de la misma por unos doce minutos hasta que finalmente bajó, cambiando el sentido de la pista y llevándonos por un túnel plástico. Se detuvo finalmente frente a una habitación llena de máquinas antiguas y piezas de repuesto.

Temerosos, bajamos del carro de la montaña rusa y leímos un pequeño cartel junto a la puerta, escrito en lo que parecía algún tipo de pintura rojiza seca. Decía: "Detrás de esta puerta, está la bestia Abyss".

La puerta no tenía manija alguna, solo agujeros y tornillos, algunos de estos tirados en el suelo. Decidí tomar las riendas del asunto, y empujé la puerta. Nada. Marissa tomó la palabra:

-¿Estás seguro de que debemos entrar allí?

Parecía asustada.

-Probablemente es una vieja atracción, ¡no te preocupes!

Tiré de la puerta y se abrió con cierta dificultad... No parecía una atracción. Entramos y echamos un vistazo, pero no encontramos nada adentro: todo estaba completamente negro, y no parecía haber nada. Entonces, algunos sonidos empezaron a escucharse: gritos, llantos, se veían luces.

Marissa se escondió detrás de mí y se puso de cuclillas.

- ¡No quiero estar aquí! -Chilló.

Oímos un sonido distinto, parecían cadenas que golpeaban entre sí. Un cadáver gris y seco, cubierto de gusanos sanguinolentos, cuyas cuencas vacías hablaban de ojos arrancados, apareció colgado de un delgado gancho de carne oxidado, como presentándose ante nosotros de forma inesperada. Marissa gritó y salió corriendo.

Estuve a punto de vomitar. Aún me enferma el recuerdo de esos instantes hoy en día. También recuerdo que el agujero que el gancho había creado en su cabeza comenzó a brillar en tono azul pálido. Su boca carente de mandíbula farfulló palabras ininteligibles: "Enfermo, morir, sufrir..."

Con cada palabra, escupía más sangre. La cuenca vacía de sus ojos brillaban extrañamente, hasta que me cegaron.

"Tú... la deuda saldada."

Ya no oía ni olía ni sentía absolutamente nada.

Cuando volví en mí, me encontré en lo alto de la montaña rusa, con Marissa a mi lado. El problema técnico duró doce minutos y pudimos descender pero sin pasar por ningún túnel.

Esa noche, en casa, al quitarme los zapatos, hallé un parche de piel gris y seca en mi pie.