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Nota: Por favor, si alguien lee esto, ayúdeme. Estoy encerrado no recuerdo desde cuándo.

Sentí un impulso, uno de tanta fuerza e ímpetu que me obliga a contar ahora todo lo que he  vivido a lo largo de un viaje emprendido hace un par de años atrás, y del cual tengo ciertos recuerdos muy vividos. Mis manos, como proyecciones de las apáticas imágenes de mi mente confundida, cobran vida por sí solas, escribiendo y reescribiendo mi historia en una hoja sucia y con mi propia sangre, pues ni siquiera tengo un lápiz al cual recurrir.

Debo decir que mi viaje termino de extraña manera, pues estoy muerto. La última cara que pude ver en vida fue la de un tipo, que parecía un vendedor muy bien vestido y con una sonrisa monstruosa. Todavía recuerdo esa sonrisa y el terror que me produce en la eterna oscuridad en la que me encuentro.

Mi propósito central es dejar mis experiencias escritas, por si alguna vez alguien llegara a encontrarlas, pues ya perdí toda esperanza de que alguien me encuentre a mí. Como dije, estoy muerto, o creo estarlo, pues estoy seguro de que me suicidé. Tenía una pistola que había conseguido en el mercado negro de Internet, apuntándome en la sien. Fue en ese entonces cuando conocí a este vendedor misterioso, pues él ofrecía el arma a la venta. Haciendo memoria, lo primero que se me viene a la mente, tratando de hacer un esfuerzo considerable para recordar los acontecimientos, es que en la ciudad donde vivía empezaron a circular alarmantes noticias sobre el aumento de suicidios juveniles: niñas aparecían con las venas cortadas y en posición de súplica, prometedores estudiantes se lanzaban a las líneas del tren, ahorcados día por medio aparecían en titulares de la crónica roja. Todo parecía una especie de enfermedad contagiosa de la cual comentaban miles de expertos, que bajo sus  títulos y diplomados de no se qué, creían dar cátedra respecto a las posibles causas de este suceso. En ese entonces, me daba entre risa y pena el hecho de constatar cómo un perfecto imbécil con traje puede engañar a medio mundo.

Pero
Árbol1
lo cierto es que me equivoqué. Yo creí que me había disparado pero en realidad no lo hice, me quedé  dormido. Soñé con mi vida completa de golpe y de forma explícita. Vi cómo, de forma cruda y llorando a mares, salí de mi madre en un día de Junio. Recorrí toda mi infancia y adolescencia ermitaña, donde me cuestionaba a mi mismo, el por qué de estas circunstancias. Vi a un pequeño cachorro, que se retorcía de dolor tras ser atropellado por un vehículo. Lo observaba y le hablaba un poco. Lo único que sentía en ese momento era empatía por su dolor. Los recuerdos se iban saltando unos a otros hasta que finalmente me quedé atrapado en una imagen: Un árbol antiguo y frondoso.

A sus pies había un agujero pulcramente delimitado y en su interior estaba yo durmiendo con las pupilas absolutamente dilatadas. ¿Cómo es esto posible?.Mis ojos parecían dos esferas negras envueltas por un disco pálido. Las raíces del árbol me envolvían dejándome inmóvil.

A mi alrededor habían cientos de árboles que hacían lo mismo, con otros jóvenes que también dormían, cada uno en su estilo. Yo no los conocía. Estaba soñando pero la cosa es que cuando desperté, estaba todo oscuro y el aire estaba muy viciado y denso. ¿Esto es la muerte? Me dije. No lo creía, pues mis manos sudaban y sentía mi propia respiración. Me dije a mi mismo que estaba consciente y que me había quedado dormido. Sólo cuando intenté levantarme y choqué mi cabeza con algo, supe que en realidad estaba encerrado en una caja de madera. Era un ataúd.

No alcance a gritar. El ataúd tenia instalado un vidrio justo en frente de mi
Ataud-1-
cara. Ahí estaba eso, el tipo que me había vendido el arma. Su tétrico rostro, con dientes blancos y ojos separados hicieron de mí una hoja que tiembla sin parar. Fue tanto el miedo que me enmudecí.

Él no decía nada, sólo me miraba sonriente. Yo me moría de pánico, y absoluto terror.

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