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Jacob se despertó lentamente, mientras la tenue luz amarillenta del sótano lastimaba sus ojos. La puerta se abrió y una voz seria, algo perversa, dijo:

— Muy bien, he vuelto, queridos juguetes.

Todos se fueron despertando mientras el frenesí de gritos, súplicas y risas se extendía. En cambio, Jacob no estaba emocionado, porque no lo encontraba tan fascinante.

— ¿Quién quiere jugar conmigo hoy?

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La voz del hombre, fuerte y alto, vestido con una máscara y un traje bastante elegante, diferente a lo que en general se pone. Los juguetes empezaron a moverse, extendiendo sus brazos ante el señor, deseando y suplicando que fueran los elegidos. El enmascarado miraba a su alrededor con cierto aire indeciso, buscando al indicado. Fue entonces cuando sus ojos se posaron en la jaula de Jacob, que estaba recostado en el suelo, desanimado.

— Este es el elegido de hoy — el hombre lo señaló a Jacob — Ven, te ayudaré a sentirte mejor.

Abrió la jaula, y se lo llevó a un cuarto oscuro. Jacob fue recostado con gentileza, y de a poco, empieza a sentir los labios del hombre por su cuerpo. La ropa no tardó en caer al suelo; Despojado de sus prendas, Jacob siente dedos rozando su cuerpo, sus cavidades. Le molesta cuando se pasean de aquí hacia allá, sobretodo cuando atragantan su boca o invaden su retaguardia, pero no es tan malo. Lo que realmente molesta y hasta llega a doler es cuando el hombre mete algo mucho más grueso, haciendo que ambos se retuerzan mientras la mesura de cada uno se haga añicos. Cuando todo termina, un cansado Jacob regresa a su lugar, los demás se deleitan adentro de su imaginación con lo que pasó o les pasará, y el hombre se va del sótano para regresar al día siguiente.

 Pasa el tiempo, y Jacob vuelve a despertar, con una luz cegándole de nuevo. Pero no es la débil luz de una bombilla, sino un pequeño rayo cálido que proviene de una ventana diminuta de una sucia pared, tapada por papeles de diario con una rajadura, que deja ver el cielo azul. La ventana, pese a estar muy lejos del suelo y de Jacob, igualmente le sigue fascinando. La confusión y la intriga, le hacen preguntarse: ¿Qué hay afuera? ¿Habrá alguien? Si hay otros afuera, ¿Cómo se ven?, y lo más importante, ¿Cómo se siente estar afuera? 

 Mientras las preguntas sin respuesta bailan en la cabeza de Jacob, el hombre regresa, con su mismo y único propósito de siempre, y dice: 

 — Hola, mis lindos juguetes — sus labios forman una sonrisa — ¿Quién quiere jugar hoy? 

 Y la multitud de enjaulados enloquece, mientras las manos no tardan en alzarse, con unos gritos chillones. Nuestro perverso amigo de la máscara escoge a una chica, y se lleva consigo. Unos minutos más tarde, todos escuchan los gritos y gemidos de goce de ambos en el otro cuarto, y se retuercen, extasiados con la escena. Todos, excepto Jacob. Él, pensaba en cómo se sentiría si el fuera el jugador, y no el juguete. Su mente empieza a aclararse, mientras los rugidos se callan y la elegida vuelve a su lugar.  

 Así, pasan horas, días, semanas, a cualquier hora, ya sean de sol o de luna. El enmascarado entra, elige a un chico o una chica y se encierra en el cuarto. Depende de su humor si va a usar alguna herramienta extraña: una cuerda, una pinza, un látigo, o algo que vibra, bastante parecido a lo que un chico tiene entre sus piernas. Quizás le ponga a un elegido un traje provocativo, que deja al descubierto la piel o realza lo mejor del cuerpo de cada uno. Generalmente las chicas lo usan. Los elegidos son estrujados por horas y horas, hasta que su señor se canse, y lo disfrutan pese al dolor y el olor a sudor, saliva y esperma.  

 Jacob miraba pasar el tiempo, planeando su huida. Quería y deseaba salir de aquel lugar, no disfrutaba ser un juguete, el quería ser libre, quería ser un líder. Entonces, comenzó a idear algunos planes. 

 Una noche, la rutina se volvió a dar: El hombre elige y Jacob es elegido. Los gritos, manotazos y pataletas se detienen, mientras Jacob se funde en la oscuridad desconocida. El maldito cuarto oloroso, cuantas cosas habrán pasado por aquí en años, donde los cuerpos se rozan sin control ni final a la vista.  

 Una eternidad más tarde, todo termina, él termina, y lo intenta devolver a su lugar, pero Jacob se resiste. 

 — Yo... Ya no quiero ser.... Un muñeco, tú muñeco — dice en voz baja. 

 — ¿Qué mierda dijiste? 

 — ¡Yo quiero ser...! 

 Una cachetada lo interrumpe. La sangre mancha el suelo, y el hombre muy molesto, le grita: 

 — Ni se te ocurra, maldito hijo de puta. Yo te cuidé y lo dí todo por ti, así que tienes que complacerme cuando yo lo pida, es lo menos que tienes que hacer.  

 Jacob es arrastrado hasta la puerta, pero el chico logra tomar las pinzas que estaban sobre la cama, y con un movimiento rápido, le quita su máscara y la pinza termina en su ojo. El hombre cae al suelo, mientras un río de sangre se extiende por el suelo del sótano. Los juguetes enjaulados lanzaron un chillido de horror al ver a su maestro. Este suelta el brazo del chico, que corre hacia las escaleras, la salida del sótano.  

 El hombre logra sacarse la pinza del ojo, y se la arroja a Jacob, pero logra esquivarla, atrapándola. Huye subiendo las escaleras, pero el hombre logra tirarlo del pie, haciéndolo tropezar. El joven logra clavarle la pinza en el ojo sano.  

 Un grito, capaz de desgarrar los tímpanos, se extendió por todo el sótano. La ceguera del hombre fue total, y sus intentos de pegarle a ese maldito mocoso fueros inútiles, solo sintió el horror mientras caía hacia atrás hasta golpearse la cabeza con algo duro, de madera. Un montón de cajas cayeron sobre el, lastimándolo. El dolor insoportable, la sangre derramada y sabor metálico, las fuerzas que ya no resistían, el silencio absoluto. 

Jacob observó el espectáculo sin inmutarse, sin sentir pena ni tristeza por eso mientras los demás se deshacían en quejidos o en solo ver la escena estupefactos. Ya no tenía por qué ser el muñeco para jugar...  

Él podía ser el que jugaba con los muñecos. 

Después de unos momentos, Jacob empieza a descender por la escalera, mientras su razón se apagaba dando lugar a los pensamientos insanos. El cadáver de su captor, tirando en el suelo con las ropas sucias, no iba a detenerlo. La masculinidad de Jacob empezó a profanarlo, ningún hueco quedaría sin explorar, haría el proceso igual a como él lo hacía, una cucharada de su propia medicina. El liquido blanco ensuciaba las cavidades, los olores se mezclaban en perfumes indescriptibles, mientras Jacob degustaba la sangre seca restante sobre la piel. Disfrutó aquel momento con una pasión que nunca antes había sentido.  

Jacob, se puso ropa nueva que sacó de un armario, para evitar salir del sótano casi desnudo. Al abrir la puerta de entrada, por primera vez miró el exterior: Un bosque de verdes arbustos y árboles fuertes ante sus ojos, con malezas enroscadas entre sus troncos y unas flores creciendo sobre un verde césped, mientras sentía el calor del sol y el canto de los pájaros, con el cielo azul encima de ellos, envolviéndolos. Jacob dió el primer paso hacia el exterior, luego le siguió otro, y después empezó a correr, con la brisa que soplaba su cara.    

Corría para disfrutar su libertad, por fin podría iniciar su propia colección de juguetes. Quería ser igual o hasta mejor que aquel hombre, para poder saborear nuevas víctimas. Carne suave, fresca y delicada, rebosante de sensualidad, repleta de rincones para explorar y explotar. Mientras más corría, mayor era su hambre de carne, gritos, sudor y gemidos de placer, y solo lo que aguardaba en el mundo exterior iba a poder saciarlo.    

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