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Hola antes de comenzar la historia queria decirles que esta historia es de mi propiedad intelectual. hay otras historias con este nombre e incluso hay una igual que esta por allí. escribí esta historia hace 10 años y hace 8 años perdí el USB donde estaba. repito esta historia es de mi propiedad, espero que tiembién como en el momento que la escribí. gracias por la comprensión. Dimensión 4|8|1: Ricardo Bustos.

"H" Jaque Mate Editar

Me llamo Cesar Adrián Vilavés y mi mujer se llama Elena Soria Torres. Vivimos en Castro de Villar.

Háganle por favor, llegar esto. Es mi despedida.

Apenas mis fuerzas me permiten escribir con claridad. Mi débil cuerpo lucha por mantenerse vivo, mientras que en mi mente, no hay nada y todo a la vez.

Estoy… Desorientado prácticamente. Llevaré unas tres horas vagando entre árboles, montañas y demás naturaleza salvaje. No sé donde estoy, no sé cómo he acabado así, no sé que me ha pasado… Pero sé, con seguridad, que esto es culpa de ese maldito lugar.

No debí hacer caso aquel viejo. A qué maldita hora dios mío… A qué maldita hora le hice caso a ese desconocido tarado. Ahora, aquí me encuentro, sin fuerzas, perdido, con hambre, dolor de cabeza y mil preguntas que rondan mi mente.

Estoy incomunicado, lo único que tengo, es este bolígrafo que sujeto y con el cual a duras penas intento dejar constancia de mi trágico suceso. Este bolígrafo será el medio de comunicarme con quien quiera que me encuentre. Pues estoy describiendo mi muerte.

Lo sé, no voy a sobrevivir. Y no sé si llegare a mañana; la noche me da miedo. Mucho miedo, y más en este lugar. Pienso pues, que es mi hora. Que me toca marchar… Y… Lo más irónico de todo esto… Es que en este lugar, donde no hay nada, ni civilización cercana, ni animales, ni insectos, ni pájaros… Al despertar en aquel viejo sofá, en la salida, en la puerta de ese lugar, esa zona, ese particular mas allá… Tenía este montón de folios y este bolígrafo.

En su momento, no entendí nada, así como nada entiendo todavía. Pero, ahora. Ahora sí sé porque tenía un bolígrafo y hojas de papel esperando a mi despertar.

Porque eso, lo que quiera que sea, quiere que me despida, que diga adiós por última vez.

Es como un último movimiento que busca ofrecerme. No sé si lo hará por morbo, por ver como sus víctimas firman así su final con lo vivido, para dar paso a la oscuridad eterna. O tan siquiera sé si es real todo esto… Pero… Sé que no voy a salir de aquí. Y por ello, usaré esto, para despedirme de los míos, y para pedir ayuda, pese a que estoy muerto cuando encuentren esto algún día, si lo encuentran… O, si me encuentran.

Elena cariño, perdona que me marche sin despedirme de ti. Lo siento. Siento que tengas que vivir con el peso y la carga de lidiar con mi muerte.

Prométeme que serás feliz, que encontrarás otro hombre que te sepa cuidar y proteger, mejor de lo que yo lo hice… no llores por mí. Yo, ya estoy muerto.

Papá, mamá. Dicen que es duro sobrevivir a tus propios hijos. Siento ser yo el que se tenga que ir antes de este mundo… Por favor, no sufran. Estaré bien.

Estoy seguro… Cuiden de mis hermanos y ayuden a Elena en lo que puedan, por favor; los veré allí arriba pronto. No teman por mí. Sean felices.

Los quiere y los querré eternamente… Vuestro hijo y esposo, Cesar Adrian Vilavés.


PD: Quiero dejar estos datos, por si me hayan descompuesto o devorado por cualquier animal y no pueden identificarme. Mi sangre es H positivo, mis ojos azul claro, calvo, treinta y tres años.

En estos momentos, porto mi camiseta favorita, Elena la conoce, la roja con una cámara simbolizando un corazón… No sé que más pistas dar… Solo pido paz para mis restos.

Si ahora mismo me preguntas, si creo en el más allá, en espíritus, poseídos, vida extraterrestre, dios… creo que diría que sí.

Sin embargo, a lo largo de mi vida, he sido una persona incrédula. Agnóstica en todos los campos y sentidos… Ciencia y religión. No he sido nunca hombre de fe… Nunca he creído en nada.


Tan solo creía en lo que veía. No aceptaba ni las teorías ni las hipótesis tan siquiera… En ese aspecto de mi vida, creo que daba bastante asco… Y, otra ironía, es que, soy periodista. Periodista de investigación.


Trabajo, bueno, debería decir, trabajaba… Porque seamos realistas, estoy muerto. Trabajaba como reportero de investigación para una revista de ciencia, misterio, arqueología… No era de extrañar que fuera el último trabajo al que podía acceder. Pero, muchas veces, la firmeza de no creer en lo sobrenatural, te permite ser más exacto y objetivo en tu trabajo, sobre todo, el mío.


Es por ello por lo que me cogieron en este trabajo.


Pues, conocí y conocía a mis compañeros. Gente con sus diferentes creencias, sus diferentes teorías, diferentes visiones de las cosas… Pero allí estaba yo, para echar por tierra todo aquello. No es de extrañar que no soliesen hablar con migo más que lo necesario.

Realmente, era una mierda como persona… Cerrada, encerrada en su visión del mundo, egoísta en ocasiones. Cabezota y pretendiente de portar razón a cada momento.


Ahora pienso, como la vida nos pone sus cartas en la mesa y nos conduce hasta estos puntos. Donde nos hace ver a la fuerza el cómo somos realmente.

Ahora sé que sienten y que decían todas esas personas que decían aquello de; “No valorarás tu vida, hasta que tengas la muerte ante los ojos”. En su día, me reía en sus ojos precisamente, hoy, doy fe de que tenían completa razón y el equivocado era yo. Pobre de mí pienso ahora.


Si mal no recuerdo… Martes era, cuando salí de mi casa dirección a una vieja destilería abandonada en los páramos de una llanura en lo alto de un valle, cerca de Ardabán. Algo raro de ver, en mitad de un valle una destilería, pero en fin, cosas más raras se han visto.

Debía ir a tomar unas fotos del lugar y recoger información por la zona sobre su historia, para un reportaje de lugares abandonados. Así que. Cogí mi cámara de fotos, mi cuaderno de notas y salí en dirección a mi destino.

Mi ignorancia geográfica no me permitió llegar al lugar sin prescindir del uso de un GPS. En el cuál no aparecía Ardabán. Por lo que, lo programé para que me indicara hasta el pueblo más cercano a él, que apareciese en el GPS. Para ello, tuve que parar en una gasolinera y consultar un mapa.

Tras siete horas de viaje, llegué a Rivieta. El pueblo más cercano a Ardabán. Este al menos, sí aparecía en el GPS. Decidí hacer noche en algún hotel o pensión que pudiera encontrar, pero, el pueblo no tenía nada de eso. Era un pueblo medianamente pequeño, de casas de no más de dos o tres plantas la que mas. Un pueblo en lo alto de la montaña, en paz con la naturaleza, sin apenas ruido, mucha luz, aire fresco… Un verdadero paraíso para los amantes de la naturaleza.

Sobra decir, que la mayoría de la población era gente mayor. Pocos son los jóvenes que se veían en sus calles. Y de hecho mejor, pues la presencia de los mismos en este humilde pueblo sería arruinar su belleza natural.

Tras llegar y dar un pequeño paseo por el pueblo, lo siguiente que hice, fue buscar un bar donde tomar algo y relajarme un rato. Llevaba conduciendo como cuatro horas desde la última parada que hice, y después, estuve como otra hora recorriendo las calles del pueblo.

Aproveché para preguntar al dueño del mismo, cómo llegar a Ardabán. A lo que me respondió, que Ardabán estaba muy escondido, pero que tomando un desvió por un camino de cabras, y además casi literal como mas tarde pude comprobar, me llevaría hasta Ardabán. Le pregunté, si acaso no era un pueblo al que se podía acceder en coche por carretera.

A lo que me respondió el dueño, que no. Ardabán se encontraba en la actualidad abandonado. Sus últimos moradores acabaron por venir a vivir a Rivieta. Allí apenas vivían ya siete o nueve personas mayores. Y el ayuntamiento de Síjar les procuro una vivienda en Rivieta. Desde entonces, Ardabán no es más que historia, algunos pastores locales de la zona, usan aun las pocas casas que se resisten a morir a manos del paso del tiempo, como protección en días de tormenta, o simplemente, como un lugar donde descansar de la trashumancia.

Aproveché para preguntarle acerca de la vieja destilería abandonada, que andaba buscando. A lo que me respondió que, según a quien preguntes, te dirá una u otra cosa. Queriéndose referir con ello a que, los habitantes de más antaño de la zona, coinciden en que era una destilería clandestina, llevada por una familia bastante peculiar. Y dicen peculiar, porque tan solo el padre de esa familia, bajaba una vez a la semana a Ardabán a vender o intercambiar alcohol por algo de pan, leche, queso; algo de comida, en concreto.

Otros, te dirán que no era una destilería, que tan solo era una casa en la mas lejanía del valle, incomunicada con Ardabán de difícil acceso, y que era habitada por una mujer mayor que se fugó de un psiquiátrico… Así como otros prefieren no hablar del tema para evitar que la gente vaya a destrozar el lugar, o bien otros, no saben ni de su existencia.

Le pregunté entonces, si podía de algún modo hallar cómo llegar. Guardó algo de silencio y me miró. Me dijo, que no lo sabía con plena certeza, y no quisiera ser el, culpable de mi pérdida en esos caminos… Pero, me dijo, que había un camino por el cual se podía llegar. Antes de portar la pequeña taberna que regentaba, fue pastor desde que tenía seis años. Y conocía bastante bien aquella zona. Aunque me advirtió que perderse era fácil. Me indicó que, para llegar tenía que cruzar Ardabán en línea recta, y vería una especie de sendero de piedras junto a un tronco de árbol quemado. Ese camino todo recto, hasta llegar a una pequeña fuente natural proveniente de una alta montaña.

Ahí, debía girar a la izquierda y seguir recto. Con el paso del andar, iría apreciando un pequeño valle, justo en el, vería la destilería. Una vez encontrada, solo había que bajar. Eso sí, debía marcar y señalizarme bien por donde había venido. Una vez bajas, debes saber volver por donde descendiste. Me dijo como aviso… Yo, simplemente, tomé nota.

Hice noche en el coche, algo que, por desgracia no era nuevo para mí.

Al día siguiente, después de desayunar, me puse en marcha. Tan solo unos dieciséis kilómetros me separaban de Ardabán. Y a pesar de que no había prisa ninguna, no quise salir muy tarde.

Algo me decía que se me harían las tantas entre buscar, fotografiar y volver de ese jodido lugar recóndito.

La carretera, o camino mejor dicho, era literalmente de cabras... Era tierra y grava, era difícil casi ver el camino. Era muy estrecha, con curvas cerradas, subidas y bajadas. En algún momento, llegué incluso a tener un poco de miedo. Ver la caída que a mi izquierda había; intimidaba hasta el más valiente.

Aquellos dieciséis kilómetros se me hicieron eternos. Ir a velocidad reducida, junto con tanta curva y desnivel, te hace parecer que mas de dieciséis, habían como el doble o más, pero llegué al famoso Ardabán sobre las diez y cinco de la mañana. El sol estaba fuera y sus rayos desprendían un calor muy agradable. Pese a estar en una zona alta, el clima era estupendo. Algo bueno pensé.

Aparqué el coche en un pequeño, llamemos, retiro de malas hierbas que había a la derecha una vez llegas arriba del todo, a las puertas del pueblo. Bajé y, apoyé mis brazos sobre la puerta del coche, mirando embobado el pueblo y su trágico destino y abandono… La verdad que el paraje que le rodea es bello.

El pueblo, de unas quince casas, podría aventurarme a decir, estaba bastante en conjunto. Las casas no yacían muy aisladas unas de otras… Tristemente, el abandono era quien vivía en Ardabán hasta el día de hoy.

Los escombros parecían lágrimas de las pequeñas casas que un día protegieron al frágil hombre del estupor de la naturaleza.

Sin ánimo de más tiempo perder, recogí mi cámara, mi mochila y me puse en marcha. Creí que sería más dificultoso hallar el camino. Pero, sin duda, era todo recto. No había pérdida. A diferencia de Rivieta, Ardabán no tenía callejuelas por las que colarse, tan solo era un pasillo recto formado por sus hoy derruidas casas a ambos lados del mismo.

Tal como avanzaba casi sin prisa ninguna, deleitado por la belleza de Ardabán. Pese a que la escena más bien parecía representar la tortura de un pueblo que cada día moría un poquito más a manos del todopoderoso invencible paso del tiempo.

Observé, que al final del mismo, lo que podríamos llamar, las afueras del pueblo, apreciaba lo que en su primer momento diría que era una caravana.

La verdad, no le presté demasiada atención, ya que, soy una persona, o bueno, era. Después de la experiencia que he vivido, digo adiós a todo lo racional.

Como iba diciendo, era una persona entonces, muy racionalista. Para mí, todo tenía una explicación. Más sencilla o más complicada, pero tenía una explicación.

Nada era azar, nada era suerte, nada era por arte de magia… Así que ignoré esa visión y me adentré en una vieja casa semiderruida que parecía pedirme ayuda en un último halo de aliento.

Su puerta descolgada de una de sus bisagras, parecía que pedía casi por favor caer a suelo y morir allí tranquila… Desprenderse de ese lazo en forma de bisagra que le unía todavía con la fachada de la casa en la que un día formó parte, siendo la franja entre el interior, y el exterior de todo lo que la familia que allí hubo, viviera.

Casi con una caricia, la abrí suavemente, asomándome con delicadeza. Pues, adoro y me fascinan los lugares olvidados… Por ello los fotografío y es mi pasión.

Pero, sobre todo, no toco nada de lo que haya en el lugar. Eso forma parte del lugar, del tiempo, de antaño…


Tras hacer un par de fotografías de la casa por dentro. Volví a salir y a emprender mi rumbo. Recorría la calle principal y, allí estaba. No estaba equivocado. Era una caravana. Bastante vieja, abandonada supuse al instante. No tenía ruedas tan siquiera.

Supuse que sería de los pastores. La usarían a modo de refugio en sus jornadas de pastoreo y trashumancia. La verdad que era una escena que llamaba bastante la atención. Una caravana, en un pueblo que apenas tenía luz, un contraste un poco áspero. Sin duda, pensaba fotografiarla. Así que, me acerqué hasta ella. Como desde la lejanía ya pude observar. Estaba totalmente desahuciada, no tenía ruedas. Las ventanas estaban tapadas con cartón y la carrocería había sido abatida por el óxido.

La puerta, estaba cerrada. Un cajón de madera hacía de escalón como acceso a su interior. Subí en él y me dispuse a abrir la puerta. Pero, estaba cerrada, para mi sorpresa.

Por un instante no me sorprendió mucho. Los pastores la mantendrían así para que ningún animal o vándalo entrara dentro. Aunque, los vándalos nunca suelen entrar por las puertas, precisamente.

La curiosidad me llamaba a fotografiar ese peculiar vehículo u hogar de chapa oxidada, según se quiera ver. Por lo que, empeñado en ello, cogí el cajón de madera que hacía de escalón en la puerta, y lo puse bajo la ventana encartonada. Subí a él y, quité el cartón. Justo en ese momento, me llevé un susto que casi me tira de la caja.

Un viejo abrió la puerta de la caravana. Y, sin mediar palabra, se quedó mirándome fijamente.

Su rostro era casi cadavérico. Su pelo blanco, era escaso, muy escaso, alborotado, sucio y despeinado. Uno de sus ojos me atreví a aventurar que era de cristal. Después pude comprobar que no lo era, era natural, pero inservible. Pues era ciego de ese ocular.

Todo eso, pasó por mi mente en escasas milésimas. Lo primero que hice tras calmar mi acelerado corazón, fue disculparme enseguida, bajar del cajón y devolverlo bajo la puerta, de donde no debí haberlo quitado.

Mientras hacía tal cosa, me preguntó que hacía aquí.

No se molestó ni en preguntar que intentaba hacer en la ventana… Era extraño ese personaje. Pero, la situación no me permitía fijarme en más detalles. Abrió su puerta y se presentó delante de mí. Volviendo así a preguntarme qué es lo que hacía en un pueblo abandonado como aquél.

Casi tartamudo por unos instantes le respondí que iba en busca de la vieja destilería que estaba abandonada más allá.

De nuevo, guardó un modesto e incómodo silencio por unos instantes, diciéndome a continuación que para acceder a aquél lugar el acceso era difícil. Debías conocer bien el entorno.

Le insistí que en Rivieta, me dieron unas indicaciones bastante claras. Antes casi de que terminara de explicarle cuales eran dichas indicaciones, me dijo rotundamente.

-Te han engañado!

-¿Perdone? ¿Cómo dice?

Le pregunté bastante extrañado. Me respondió que la gente no tenía ni puta idea de la zona. Que solo hablaba de lo que oían de las malas lenguas. Que todo era mentira, que solo sabían que inventar chismorreos y barbajos. La verdad que parecía estar enfadado con los habitantes de Rivieta.

Yo comenzaba a sentirme un poco incomodo, pero no asustado. Así que le pregunté si él conocía el camino o alguno complementario de más fácil acceso.

Me dijo que sí. Que él conocía el lugar como la palma de su mano. Sin detallarme mucho más, tan solo me dio unas breves indicaciones. Me dijo, que caminara unos doscientos metros al borde del pequeño desfiladero que había al noreste de su caravana. Vería una gran piedra con forma de plátano. Detrás de ella, a unos escasos pasos, había, aunque no muy perceptible, un pequeño camino de tierra que descendía rodeando el pico hasta abajo del valle.

Tan solo debía seguirlo. Una vez bajo en el valle. Debía ir siempre dirección norte. No había perdida decía.

Verás la destilería en la lejanía a medida que te acerques. Está en mitad de la nada. No hay camino más fácil que ese.

Yo, sorprendido y muy agradecido, le di las gracias y le volví a pedir disculpas por el intento de entrar en su casa sin permiso. Cerró su puerta casi dejándome con la palabra en la boca, y decidí emprender la ruta.

De pronto, por la ventana frontal de la caravana, oí un fuerte golpe. Me giré, y su mirada se volvió a clavar en mí. Tenía algo que me helaba el alma… Abrió dicha ventana y me dijo; Ten cuidado viajero, todo el que baja ahí, pasa a formar parte del lugar.

No entendí en absoluto lo que quiso decir. Así pues, me limité a sonreírle y darle las gracias por el consejo.

Supuse que sería un pobre anciano sin familia que vivía retirado de la civilización, la verdad, cuanto menos tiempo pasara cerca de él, mucho mejor.

Tras llegar por fin bajo la montaña, tras haberla rodeado en continuo descenso… Seguí caminando recto, dirección norte, como me dijo el viejo. Pero, llegué a un punto en el que el camino, cada vez se hacía menos visible. De todos modos, seguí avanzando, había llanura por delante, eso era buena señal.

Tras un rato caminando, no sabría especificar cuánto tiempo en concreto. Llegué a una pequeña cima del valle en el que me encontraba. Digo valle, pero, realmente, no era muy enorme aquello. Me asomé y en lo lejos, podía ver como se alzaba una especie de asentamiento pensé. ¿Será eso la destilería? Pensé interiormente.

No estaba completamente seguro, ya que, empezaba a haber vegetación, y más en concreto en aquella especie de asentamiento, árboles, arbustos, rocas.

Sin duda, no había nada más a mí alrededor, ninguna otra casa, ningún indicio de ruinas… Nada… La vieja destilería debía ser aquello. Así que, descendí esa pequeña inclinación montañosa y me dirigí camino al asentamiento.

Estaba más lejos de lo que parecía desde allí arriba.

Eran casi, las dos del medio día ya. Pero me tranquilizaba saber que había encontrado la vieja destilería. Lo que no pensaba, es que fuera a estar tan retorcidamente escondida. Pues, a medida que iba adentrándome en la maleza y a verme rodeado de arboles.

Tenía la sensación de que el camino se estrechaba hacia mi izquierda, como si la propia tierra me presionara a arrimarme hacia esa parte en concreto. Curioso… dejé de caminar hacia delante para caminar hacia mi derecha entre arboles, piedras, maleza y vegetación… Hasta que topé con una firme pared de roca que se alzaba sobre mi cabeza. Y que digo sobre mi cabeza. Sobre todo el lugar. Me aventuraría a decir que tenía la forma de una ola de mar, pero petrificada… Una montaña extrañamente curiosa.

Pues las copas de los arboles, me dificultaban un poco la visión hacia el cielo. Retomé mi camino y me dirigí de nuevo hacia la destilería. Mientras lo hacía, pensaba quién podría tener la ocurrencia de haber creado una destilería en tal lugar. Cierto es que estás bastante alejado de miradas, de la ley, protegido por el manto de estos árboles y esta montaña en forma de ola, pero… ¿No era un poco extraño?

Aún así, como persona racional que era. Sabía que eso estaba ahí por algún motivo en concreto. Que yo no supiese cual era, no quería decir que no lo tuviera.

Cada vez, estaba más cerca… Y para mi sorpresa, empezaba a aceptar que aquello, lo que desde arriba llamé asentamiento, y a mitad camino quise creer que era la destilería… No era, ni una cosa, ni la otra.

Tampoco sabría decir si era un pueblo, un montón de casonas, casas, o qué demonios era. Pese a tener forma de diminuto pueblo… Hubo algo curioso, bueno, me pareció curioso, pero de pronto hallé la respuesta lógica, diciéndome una vez más a mi mismo; ¿ves? Todo tiene una explicación racional. Pues, de pronto, mientras caminaba, el sol dejó de resplandecer y alumbrar mi caminar, dando paso a unos rayos menos eficaces y vivos… Seguía habiendo luz, pero en menor medida. Y digo curioso porque, me giré, y veía el resto de bosque ser traspasado por los rayos enérgicos del sol. Sin embargo, desde mi punto en adelante y entorno, estaba más apagado. Miré al cielo y observé que las copas de los árboles eran de igual tamaño que el resto.

Por lo que, no podría ser esa ausencia de sol culpa de ellas… Pensé obviamente al instante que el sol se estaría posando más alto, y algún saliente o montaña cerraría el paso a la luz dejando en sombra esta parte del lugar.

A medida que me adentraba mas en el… llamémoslo bosque, pese a que no era más que un pequeño entorno rodeado de arboles verdes y sanos, de no mucho espesor y de difícil pérdida. Pude ver, que en sus troncos, habían tallados escritos. Imaginé instantáneamente que serían parejas que conocían el lugar y venían aquí a pasar sus mejores tardes. El lugar era precioso y tenía su encanto a la par que… otras ciertas cosas que me han conducido a esto. Me acerqué a uno de ellos, para ver que había en ellos escrito y tomar mi primera fotografía del lugar.

Realmente, esperaba ver escrito nombres de felices parejas. Pero, me encontré con frases tales como, “sal”. “No”, “no”, “no”, repetidas veces. “Están ahí”, se podía leer también. Acompañando a estos raros escritos, no podían faltar las cruces invertidas y el triple seis… Algo que no es difícil encontrar en lugares como estos.

Fui a fotografiar otro árbol. En este, había una flecha diagonal que señalaba en una dirección concreta, miré, pero tan solo apuntaba a más arboles, en dirección a lo que parecía la entrada de la destilería. Pero, fue la casi borrosa frase que había un poco más abajo de ella, la que me llamase la atención y me llevase a ver lo que califiqué de gran truco. La frase decía; “La perspectiva es la señal”. No la entendí muy bien, pero, supuse que había que mirar en la dirección de la flecha con algún tipo de perspectiva. Así que, como si al individuo que en su momento grabara eso en el árbol le estuviera siguiendo el juego, idiota de mí, reposé mi cara sobre el áspero tronco en busca de algo que visionar perspectiva mente.

Pero, tan solo veía arboles tallados… Me costó un poco, pero, di con la clave. Me fijé, y pude observar con la perspectiva correcta, en los diferentes tallos de los árboles alejados se podía leer una palabra; “Vete”.

¿Vete? Pensé… ¿Por qué pondría vete? Esperaba no sé, encontrarme algo más elaborado, el dibujo quizás de un pene. Típico de las pintadas habituales en lugares abandonados, o el mismísimo 666… Obra de Satán. Reí yo solo en ese instante.

Ignorando aquel truco de jóvenes aburridos, seguí mi camino, acercándome a la entrada. Los arboles, según me iba acercando mas a la entrada de ese lugar, estaban como más deteriorados, más viejos, con menos follaje… Era extraño, pensé que podría ser por la falta de luz. Y hablando de luz, cada vez, poquito, pero se hacía más oscuro. Parecía que el sol escondiese su faz con más rapidez que otros días.


Miré mi reloj y quede sorprendido, eran las cinco de la tarde. No podía dar crédito. Era remotamente imposible. Imposible en cualquier aspecto. El reloj estaba equivocado. Era imposible que me hubiese llevado tres horas llegar hasta aquí desde aquella pequeña montaña… No le di mucha importancia, y seguí adentrándome.

En estos árboles, no habían tallados, había algo mas… como definirlo… en su momento lo catalogué de original, ahora, después de lo visto y de mi experiencia. No sé si llamarlo advertencia, abstractismo, macabrería; Sigo sin saberlo todavía y dudo que logre saberlo. Pero, en una de sus ramas, encontré una pierna de maniquí vieja, sucia y deteriorada… Me llamó la curiosidad, y la fotografié como curiosidad.

No había observado ningún animal por la zona en todo mi largo camino. Excepto lo que parecían tres buitres bandando circularmente los altos de mi posición. No podía ver bien que eran por estar cubierto el cielo de las copas de los árboles pero, a pesar de eso, ni ardillas, ni conejos, ni pájaros, ni hormigas tan siquiera o gusanos de tierra, era algo curioso también. Pero al momento supuse que a falta de sol, no hay vida. Di por contestada mi pregunta y por saciada la curiosidad. Tenía respuesta para todo… Catalogaba de virtud mi continuo racionalismo.

La siguiente escenita particular que me esperaba, era una rueda de tractor en mitad de un círculo de piedras… Me acerqué a ella, porque de hecho, pasaba por su lado en dirección a la puerta de entrada. Para mi sorpresa, dentro de la rueda había un muñeco bebé, sin ojos, con un vestido quemado y un cuchillo clavado en su vientre.

Sinceramente, la gente tenía una imaginación muy viva.

Tanto que aunque no lo aceptaba e intentaba reprimirlo, empezaba a sentir un poco de incomodidad. La misma que sentía con los silencios momentáneos del viejo de la caravana. Aun así, seguí adelante. Y de pronto, la temperatura dio un bajón tremendo. Empecé a notar frio. Frio en pleno verano. Eran las cinco todavía, los rayos del sol no llegaban con plena fuerza, pero, llegaban y el clima hasta ese mismo instante era perfecto. ¿Cómo cojones podía pasar a tener frío en un instante? Fue un cambio brusco de temperatura. Lo que mis compañeros de trabajo llaman termogénesis. Pero bueno, para ello hay una explicación más racional, estaba seguro.

Una vez llegué, me esperaba una casa bastante enorme. No tenía puerta, y sin embargo, dentro, por lo que parecía, era poca la luz que la iluminaba. Con paso tímido y precavido, entré.

La casa, vieja, por supuesto, semiderruida, continuaba en forma de ancho pasillo hacia la derecha, en forma de arco. Pero, en la pared, había un enorme boquete un poco más al fondo de aquel único y escabroso pasillo. La luz que por el boquete buscaba entrar en la casa como un ladrón casi, era más bien débil. No podía ver con mucha claridad que había por el pasillo, pero, si es cierto que parecía que al lado de aquel boquete en la pared, algo estaba sentado mirándome a la espera.

Me dije que no serían más que paraeidolias. Así que me fui acercando con sumo cuidado de no tropezar con nada. Mientras me acercaba al boquete, oí una risa de niño. Me giré rápidamente y salí a la puerta, quizás me había seguido alguien pensé.

Salí, y sin pensármelo grité al vació si había alguien ahí. Mientras perdido miraba mi entorno, con aquellos arboles tallados, observé que la rueda de tractor ya no estaba en pie. Había caído al suelo. Era raro, muy raro, pero pensé que un golpe de viento la tiró y el ruido causado por ella, sumergido un poco por la situación inesperada del momento y el lugar dieron pie a mi imaginación, haciéndome interpretar el golpe como una risa de niño.

Eché un último vistazo antes de entrar de nuevo en la casa y, observé en una rama de un árbol, un cuervo posado que… diría que me miraba fijamente de no ser porque no tenía cabeza. Y estoy seguro de lo que vi. Me froté los ojos, miré de nuevo, saqué mi cámara, y lo fotografié. No tenía cabeza, y por primera vez, no tenía explicación para aquello. No al menos, al instante. Pudo ser un cuervo disecado, o uno de plástico colocado previamente… Desde luego, el lugar empezaba a dar mal rollo.

No era miedo lo que sentía. Pero, se me hacía complicada la estancia allí. A modo de orgullo, tampoco quise admitirlo pero, una vez entrabas en la casa, el aire era más denso, respirar se hacia un poco más complicado.

Cuanto apenas, pero así era. Son cosas a las que les restaba importancia por todos lados.

Parecía que me estuviera encontrando con lo desconocido. No pudiéndolo aceptar como tal. Pues yo era una persona razonadora, y todo tiene un porque en la vida. Y este lugar no iba a ser la excepción que confirme la regla.

Así que volví a entrar en la casa, y me fui acercando a aquel boquete en la pared. A modo que me acercaba, veía más nítida cada vez una silueta que parecía estar sentada en algo. Con sumo cuidado fui acercándome, sin quitarle la vista de encima, pese a que aquello me estaba penetrando en el cuerpo.

Esa imagen podía conmigo, tenía más fuerza. Cuando por fin, gracias a la tenue luz que traspasaba por el boquete de la pared, pude observar que aquella silueta no era más que un payaso sentado en una silla de ruedas casi en mitad del pasillo.

Me reí de mi mismo y dije con voz;

-Me cago en la puta… Aquí ha montado alguien una atracción del terror.

Y seguí riéndome. Pero, algo borraría mi sonrisa de golpe a repente. Un portazo proveniente de afuera llamó mi atención al instante. Salí y no vi nada ni nadie que pudiera haber ocasionado tal golpe de puerta… El lugar estaba en ruinas, y como toda ruina, con el paso del tiempo, se deteriora y muere un poquito más cada día. Hasta llegar al punto en que llegan los derrumbes, peligrosos en momentos como este, en el que hay gente fotografiando el lugar. Pudo ser una piedra, un tejado, cualquier cosa. Me recordó a lo que mis compañeros que están mas metidos en materia y los cuales ponen nombre a todo… Podría decirse que es parecido a los ruidos en la noche del mobiliario que tenemos en casa. Creo recordar que a esos ruidos se les llama rat, o rat era el nombre que recibe esa especie de motas de polvo brillantes que se toman en fotografías con flash en lugares de penumbra… Yo en el mundo fantasmal no estoy muy puesto, no conozco esos nombres que designan… No es mi territorio. Sea como sea, el caso es que también las paredes, y más éstas en ruinas, sufren la dilatación y contracción del clima provocando ruidos. Así que, llámese como se llame, la explicación racional la tiene.

Cuando me giré de nuevo para fotografiar el payaso inválido, en fin… mi racionalidad se rompía a trozos, como un rompecabezas. Pues allí, no había nada. Estaba la silla de ruedas sí. Pero ningún payaso en ella. Alumbré con el flash de mi cámara y pude comprobar que no había nada. Algo más serio y con cierta especie de prisa recorriéndome el cuerpo sin saber el motivo me empujó a salir por el boquete hacia fuera.

Quién iba a imaginarse aquella escena… Me vino en mente, no sé porque, pienso que por el parentesco de la zona o porque mi mente busco algún archivo fotografiado parecido quizás como modo de autodefensa, buscando tranquilizarme con una foto que ya hubiese visto antes, a la desolada ciudad de Prypiat. Un poco tosco, comparar una ciudad inmensa, con una pequeña zona de quizás no más de cuatrocientos metros cuadrados, o a lo más un kilómetro… Pero, recordaba la vegetación de Prypiat que se fundía con la piedra, con los edificios, como borraba el recuerdo de aquella ciudad que un día fue golpeada por el hombre y sus manipulaciones con lo que está por encima de él.

No tardé en darme cuenta, de que aquello, era una pequeña aldea en mitad de la nada absoluta. Y digo nada absoluta, porque no hay carreteras, caminos, ni río alguno; animales, ruidos, sol; Es tétrico en cierto modo. No sé quien vivía en esas casas, quiénes eran los que construyeron ese pueblo y cuando. No sé cuántos años podría llevar alzado ese lugar. Pero sin duda, creo que nadie tiene conocimiento del mismo… es increíble pensé.

En cierto modo, pensé que había dado con un reportaje de los buenos. Quien me lo iba a decir… Ir en busca de una vieja destilería en mitad de un valle perdido en la montaña, y acabar encontrando un pueblo o poblado escondido entre el bosque. Inexplicable a la par que sorprendente.

La verdad es que no me hice apenas preguntas de cómo era posible que eso estuviera allí, como se construyó, quién lo construyo o quiénes lo habitaron. Mi instinto racionalista y mi manía de buscarle a todo un porqué, se desvanecía… La emoción del momento y por el descubrimiento, me hizo borrar esa pequeña mala experiencia con el payaso de la silla de ruedas y esas risas de niño. Empezaba a sentirme bien. Tanto fue así, que puse un nuevo carrete en la cámara y decidí recorrerlo para fotografiarlo.

A primera vista, las fachadas de las pequeñas casas, donde no vivía más de una familia por el tamaño llegué a deducir, estaban bastante bien conservadas. No habían sufrido tanto daño al paso del tiempo como las paredes de Ardabán. Era un pueblo más viejo me atreví a aventurar, y sin embargo, más resistente que el joven Ardabán.

Como digo, había alguna casa que tenía dos alturas, o como mucho, planta baja y una especie de buhardilla. Pero eso, lo comprobaría un poco más tarde cuando me adentrara en ellas. De momento, solo eché una ojeada al entorno. Fotografié la naturaleza unida a la construcción del hombre. A las paredes de esas viejas casas. Como un reconocimiento previo de la zona que por cierto, se iba oscureciendo cada vez más prontamente. Pero no le di importancia, la fascinación me tenía cautivado.

Entré en una de las casas que había a la izquierda, para fotografiar sus interiores. La luz casi no vencía la oscuridad que allí dentro se centraba. Para evitar cualquier tropiezo, decidí encender la linterna que portaba encima. No alumbraba en gran cantidad, la oscuridad, parecía como más densa de lo normal, parecía que la oscuridad se tragaba la luz que emitía mi linterna que además, las pilas las había terminado de introducir para iluminar el lugar. Hubo algo que me sorprendió. Había mobiliario casi intacto todavía. Eso sí, lleno de polvo, sin duda.

Parecía un lugar abandonado de la noche a la mañana… Había unos juguetes al lado del sofá. Quizás los más pequeños de la casa algún día dieran paso a las horas muertas de su infancia jugando con aquellos viejos juguetes, ya hoy, anticuados… Iba a paso lento, no quería tocar nada, mover nada… La casa, no era apenas grande, pues al cruzar la puerta, ya estás dentro de esa especie de salón receptor podría decirse.

Había alguna silla, que otra y un viejo sofá reclinado con un balón de futbol sobre él. Sin duda, en esta casa hubo niños. La cocina, era un lugar pequeño, el cual, todavía mantenía algunos armarios y utensilios de cocina. Por mi experiencia, en casas y pueblos abandonados, lo típico a esperar en estos casos son cajones abiertos, armariadas rotas, pintadas… Pero, al menos, en esta casa, estaba todo en perfecto estado. Pero era normal que estuviera así. Este lugar está sentado en una zona que yo creo que ningún vándalo todavía a explotado. Diría que es una zona virgen todavía.

Salí de la casa para adentrarme en otra. Sin dudas, el lugar prometía grandes fotos y un reportaje tremendo. Cuando salí de la casa, en la explanada, cubierta de árboles y vegetación, vi un tractor antiguo. Antiguo, pero no viejo. Es decir, se podía apreciar perfectamente que no era un tractor moderno, de los nuevos tiempos, pero tampoco de los primeros. Y sobre todo, para la edad que tenía y para estar a la intemperie… Se mantenía en un perfecto estado. Me sorprendió un poco, porque juraría que no lo había visto en mi primer reconocimiento, cuando realicé las fotografías. Estaba seguro, de que ese tractor, voluminoso además, no estaba ahí. Pero fuere como fuere, iba a ser primer plano de mi objetivo.

Me arrodillé, enfoque, y jugando una pizca con las luces y sombras propias del lugar, lancé el flash que pararía el tiempo para robar la imagen de aquel vehículo agrícola. Me acerqué al mismo para realizarle otras de más cerca. No sabría explicar el porqué, pero, sentí como empatía por aquel vehículo. Verlo allí, sin rueda trasera, con ruedas en pésimo estado, sin aire ni fuerza para mantenerlo en pie casi; cubierto de polvo y algo de óxido, pese a que poco parecía que me mirara a la cara y me dijera, por favor, ayúdame, necesito ayuda. Tal fue el sentimiento y lo que sentí, que cuando estuve a escasos metros, decidí mejor entrar en la casa de la derecha.

Eso sí, vi otro detalle muy curioso, que daba más fe a mi teoría de que este lugar, tuvo que ser abandonado de la noche a la mañana, o bien, de un instante a otro. Y digo esto, porque, el tractor, tenía las llaves puestas todavía. Estaban en el contacto. Como si el campesino que sobre el recorrió esta zona, por cualquier motivo, o razón, parara aquí su tractor, bajara de él, y huyera… La imagen es desoladora a su modo.

Sin querer darle más importancia al tractor, que no sé porque razón extraña me empezó a dar mal estar en el estómago, me adentré de nuevo en la casa de la derecha. Esta, al igual que la anterior, estaba totalmente a oscuras. Encendí mi linterna, y alumbré. Vi que había una pequeña ventana que daba a las afueras. Y decidí abrirla para dar paso a la luz a través de aquellos sucios cristales que de nuevo, curiosamente, no estaban rotos y no sé si el lugar me empezaba a afectar de un modo u otro, o era la falta de sueño por la incomodidad de la noche anterior en el coche. Pero, cuando abrí la ventana, y miré a través del cristal, observé que el tractor estaba unos metros más avanzados de donde estaba hacía no más de dos minutos.

Extrañado, muy, extrañado, salí como con rabia, como en conflicto con mi voz mental que me decía que todo eran paranoias mías, buscando así quitarme la razón.

Pero si algo era, es tonto. Y salí de la casa, me volví a posar donde me posé para fotografiarlo, y realicé otra foto.

Como antes de esta, no había realizado ninguna otra, decidí abrir el menú de la cámara y ver una foto y otra. Buscar en las fotos algún detalle que confirmase que no estaba loco y que el tractor, se había movido impulsado hacia delante. Mi mente me llamaba loco, pero no. No estaba loco joder.

Por si fuera poco, la cámara se bloqueó. Sin motivo aparente, empezó a fallar la batería. Batería al cien por cien de energía. Reintenté encenderla, se encendió, marcaba cien por cien de energía, y sin embargo, se tornaba a apagar.

Cabreado conmigo mismo, o con mi voz mental más concretamente, seguido de la maldita cámara que ahora me estaba tomando el pelo, me fui a otra casa. En esta, la luz fluía libremente en su interior. La linterna aquí se veía eclipsada a los rayos luminosos que entraban por las numerosas ventanas que había en la casa. Casa, que aparentemente era más grande que las dos anteriores. Me puse a caminar entre objetos tirados por los suelos y alguno que otro escombro.

Esta casa, tenía detalles curiosos, que imitaban a la famosa casa de Winchester. Tales como, una escalera que no conduce a nada… conduce al techo. Una ventana en el suelo. Una puerta en la planta de arriba que da a la fachada exterior, por la cual caes si te asomas.

Esto, fue algo que me dejó muy, muy inquietado, tanto que no intenté ni fotografiarla, salí de allí a paso ligero con mi mirada al frente.

Salí por la puerta de nuevo al exterior y noté un helor tremendo. Como un escalofrío, pero fue más como una brisa fina de aire muy frío. El cielo parecía algo encapotado, aunque todavía había algo de luz. Miré mi reloj y, para mi sorpresa, estaba parado. Marcaba las seis y dieciséis concretamente… Pensé; cojonudo, perdido en la nada sin saber la hora… Sin saber porque, me empezaba a sentir cansado. Entré en otra casa, la cual tenía una pequeña cuadra tras la cocina. Pues el olor a animales, reciente además para mayor inquietud, era perceptible. Me asomé para ver si quizás quedaba alguna gallina, conejo, o simplemente, ver que había y fotografiar el lugar.

Solo les diré que desperté en mitad de la noche, en un colchón deteriorado, sucio, sin sabanas; sin saber cómo había acabado ahí. Lo que recordaba fue abrir la pequeña puerta que había en la cocina hacia la cuadra y ver algo que me paralizaría el cuerpo de tal manera que me parece me hizo caer al suelo, probablemente golpeándome la cabeza. Aun así, recuerdo lo que vi. Y lo que vi fue un pequeño corral de apenas cuatro metros cuadrados lleno de sucia paja de podredumbre olor y… Un niño de… diría yo seis u ocho años, encadenado al cuello con una cadena que lo mantenía sujeto a la pared. Su cuerpo estaba en avanzada fase de descomposición.

Cuando me levanté del colchón, me volví a sentar, frotarme los ojos, llevarme las manos a la cabeza e intentar calmarme. El miedo, se había apoderado de mí por completo.

Estaba en un lugar que puede que nadie conozca, con el reloj parado, tan solo una linterna, y en una casa abandonada, en la que despierto tras ver el cuerpo de un niño en un corral y me desmayo llevándome un fuerte golpe en la cabeza. He creído ver que un tractor se movía, una risa de niño, casas con mobiliario casi perfecto, cambios de temperatura sin aparente significado ni motivo.

Intentaba calmarme como fuese. Me dije a mi mismo, ha sido una pesadilla, estoy seguro. Recuerdo que tras salir de la segunda casa, me sentía bastante cansado.

Seguro que vi el colchón y no me importó reposar mi cuerpo y mente en el por un momento buscando recuperar fuerzas. De no ser así, ¿quién me había recogido y traído hasta aquí?, era completamente absurdo. No tenía sentido alguno. Ninguno.

Algo más calmado, con el corazón un poco más relajado, probé a encender mi cámara. Y, en esta ocasión, si funcionaba, y su batería, estaba al cien por cien. La leve y poca luz que desprendía la pantalla de la cámara casi me cegaba la vista pues el lugar era oscuro, no había ventanas, y no podía ver apenas nada de lo que había a mí alrededor.

Decidí antes de volver a ponerme en marcha, y buscar cómo salir de la casa, zanjar el tema pendiente que con mi mente tenía todavía abierto. El tema del tractor. Abrí el menú de la cámara y me dirigí hacia las fotos del tractor. La primera, la observé, y busqué en ella algún detalle que me sirviese como guía para medir la posición del tractor. Fijándome en ella, decidí guiarme por el árbol que había detrás de él. Desde la posición que lo fotografié, el tronco del árbol, quedaba a la altura del asiento.

Pasé a la siguiente y mi corazón dio un salto y un bombeo acelerado, haciendo que la fuerza de mis manos dejara débiles a los dedos que la sujetaban. Aterrizó en el suelo, dándose un golpe considerable. Afortunadamente, sin sufrir ningún daño. El motivo de ello fue lo que había en la segunda foto que realicé al tractor. Había un hombre trajeado sin cabeza al volante del mismo.

No daba crédito. ¡No daba crédito! La sorpresa y reacción no era para menos. ¿Qué demonios hacía un hombre decapitado, vestido de traje y corbata a los mandos de un tractor?... La fotografía no engañaba. No era una visión. Era real, como todo lo que en este lugar venía pasando.

Pues eso fue la gota que colmó el vaso y que terminó por quebrarme la mente. Empezaba a ver cosas auras, abstractas, sin explicación alguna… Solo quería salir de allí cuanto antes. Pero para mi desgracia, era de noche. Y por si fuera poco, me encontraba en una casa que no había estado todavía. Encendí mi linterna y, luchando por mantener la calma y mi mente serena, busqué la puerta de la habitación en la que me encontraba para salir de ahí.

Como esa misma tarde en la primera casa que entré, la luz de mi linterna, no estaba a la altura suficiente para combatir contra la densa oscuridad que había.

Alumbré la habitación, la cual no estaba tan desastrada como esperaba. Había una chimenea con cenizas y viejos troncos todavía por quemar. Con dos figuras de santos en ella, una en cada rincón, chamuscadas.

Cómo no, que podía esperar de este lugar sin sentido alguno. De este territorio perdido en la mano de dios, entre la fina línea de la realidad y el más allá.

Al abrir la puerta, con cuidado, y con miedo de hacer ruido incluso… Pude ver en lo lejos del pasillo que me esperaba delante de mí, cruzar una silueta humana a paso lento. Su altura no era exagerada, pero si tenía como chepa. El corazón parecía que me iba a estallar, las pulsaciones las tenía aceleradas, el pulso me temblaba y mi cuerpo pesaba el doble.

Aun así, la necesidad más que las ganas de salir de ese lugar, me dio la fuerza para avanzar por ese corto, pero largo y extenso pasillo. Una ventana situada en el centro del mismo, era el único lugar por el cuál podía asomarme y ver dónde demonios me encontraba. Me acerqué a ella, y en esta ocasión, ahora creo que hecho a propósito inclusive, estaba perfectamente limpia, impecable, sin restos de suciedad, como si el cristal lo hubiesen puesto ese mismo día horas antes, buscando así poder ver con nitidez lo que me esperaba allí fuera. Pero eso, era lo que menos me importaba. Pude observar, que la oscuridad cernía el lugar, lugar que seguía rodeado de vegetación y arboles. Con menos casas en sus alrededores que las anteriores, a la entrada del pueblo. Sin duda, estaba en otra parte del pueblo.

Por si fuera poco, y no hubiera visto ya suficientes cosas, lo siguiente con lo que mi mente tiene que lidiar es con la imagen de ver unas piernas colgando en el alfeizar de una ventana del piso superior de una casa de las que había enfrente. Estoy seguro de lo que vi y de que vi eso en concreto. La ventana estaba cerrada, era como si quien estuviera sentado en esa ventana, con los pies colgando, fuese sido cerciorado por bajo la cintura, quedando así solo sus piernas.

Una imagen bastante difícil de digerir. Pues, a cada imagen y a cada fenómeno que aparecía, mi mente se quebraba más todavía, mi cuerpo pesaba más, las ganas de llorar son más intensas, y las ganas de gritar imposibles de reprimir.

Sin duda, casi sintiéndome un zombi, busqué salir de allí como fuese. Crucé ese pasillo que me condujo a otro que bifurcaba a la derecha e izquierda. La luz de la linterna, se perdía en la corta distancia oscura de ambas direcciones. Por lo cual, debía elegir una dirección. Así pues, me decidí por la derecha. Tras caminar un poco, pues parecía más largo de lo que realmente era, me condujo a una puerta que abrí con la esperanza de que me esperaran detrás unas escaleras hacia abajo.

Pero, más que unas escaleras hacia abajo, encontré un nuevo golpe que me dejaría más noqueado, con más ganas de llorar, que por la situación era incapaz de soltar. Me sentía una víctima atrapada como en una película. Me sentía débil, sin fuerzas, quería echarme a llorar de desesperación en el suelo y pensar que todo esto no era más que una pesadilla.

La imagen atroz y nuevamente abrupta, fruto no más que de la mente más cruda, bizarra y retorcida, allí estaba. Como si una obra de arte atroz se tratase. Ante el espejo, yacía un hombre, con el cuello retorcido ciento ochenta grados por completo, allí plantado de pié, portando una máscara de smiley sonriente, con unas tijeras que travesaban su cabeza… En la taza del váter, una cabeza de cerdo sobresalía por dentro del retrete y como colofón de la escena, una lo que creo era mujer, vestida, o disfrazada de oso panda, estaba arrodillada en la bañera mientras sacaba los ojos de un recién nacido con un tenedor.

Sin pensármelo dos veces, sin mirar, sin dejar la razón funcionar eché a correr en dirección contraria haciéndome tropezar con un viejo reloj de péndulo. Casi por su tamaño ocupaba todo el ancho del pasillo dificultando el paso por el mismo.

Bajé las escaleras tan rápido como fui capaz y me apoyé en la pared buscando recuperar el aliento, calmar el cuerpo y la mente para ser capaz de retomar el control.

Mientras mi espalda mantenía el peso de mi cuerpo reposado en la pared, se deslizó hasta quedarme sentando en el suelo. Si pudiera haberme desdoblado en ese momento, habría visto a un hombre abatido, sentado en mitad de la oscuridad, en una casa enorme a priori, con una linterna de débil potencia para la fuerza de la oscuridad que reinaba el lugar, con la esperanza disuelta, con la mente rota en mil pedazos, con la fe perdida, las fuerzas abatidas, las lágrimas ocultas por miedo a salir, vería un hombre hecho añicos por dentro, pero de una pieza por fuera.

Sentado en el suelo, me puse en posición fetal, agachando mi cabeza hacia mis rodillas, mientras mis brazos aprisionaban con fuerza mis piernas. Era como buscar un abrazo a mi mismo a la vez que buscaba huir de ese lugar, mentalmente al menos por unos instantes… El silencio se podía escuchar. Era el lugar perfecto para meditar, añado ahora como tétrica y macabra anécdota de mi angustia en ese momento… Lloré en silencio, buscando no hacer el mínimo ruido posible.

Sé que algo había en ese lugar. Ya fuese humano, inhumano, espiritual, astral u obra del mismísimo demonio; mi mayor miedo era que pudiera encontrarme.

Pasados unos instantes, alcé mi cabeza y miré al frente y a mi izquierda. Cogí la linterna que a mi lado yacía abandonada, y enfoqué. Se podía apreciar una escalera, que desembocaba en una ventana que había en el techo, con manchas de sangre recientes en sus escalones… No quería admitirlo pero, si, lo que en las escaleras había era un pequeño elefante de peluche en un rincón del quinto escalón que parecía mirarme fijamente… Todo eso era muy raro, lo sé. ¿Muñecos que me miran fijamente? Es la prueba de que he terminado de perder la cabeza por completo.

Me levanté, y alumbré al pasillo que me esperaba a mi izquierda. Entraba cuanto apenas unos haces de luz por las ventanas del mismo. Al parecer, la luna estaba llena. A la escena, solo le faltaba el toque de Hollywood. La tormenta de rayos y truenos junto con un diluvio; pero, aquí el clima carecía de sentido común.

Tras decidirme a caminar, oí un pequeño ruido que provenía de las escaleras. Me giré rápido y ágil como un gato en alerta, alumbré con mi linterna, y la ventana a la que daba la escalera en el techo, estaba abierta.

La linterna cayó al suelo del susto, por el, no era posible eso. Quién cojones iba a abrir una ventana que da a un techo… En esos segundos mientras me agachaba a por mí linterna, vi dos débiles puntos verdes azulados en la oscuridad. Volví a alumbrar mi linterna y allí estaba el pequeño peluche de elefante… eso sí, esta vez no sonreía.

Manteniendo la calma dentro de lo posible, me dirigí hacia el final, del pasillo y baje de nuevo las escaleras, conduciéndome estas a mi salvación pensé. Era la entrada al lugar, a mi derecha había una entrada al salón y a mi izquierda a lo que parecía otro salón más pequeño. Obviamente, me dirigí hacia la puerta. Pero no la pude abrir. No había forma de abrir esa puerta. La aporreé sin importarme ya que pudieran oírme o no.

La angustia empezaba a tener un sabor amargo y pastoso en mi boca, los nervios me hacían tiritar, no pensaba con claridad.

No quería esperar a la mañana en esa casa, en cualquier otra pero en esa por favor no. Así que fui al pequeño salón en busca de cualquier objeto contundente con el que aporrear la cerradura de la puerta.

Como era de esperar, en esta casa todas las ventanas estaban tapiadas con viejos tablones de madera gruesa… Estaba seguro de que lo que quiera que fuera lo que en ese lugar había, estaba jugando conmigo. Pero no podía ni tenía fuerzas para seguirle el juego. En los cajones de la cocina, no había más que trapos, cucarachas, y raro era ver algún tipo de cubierto. Cazos, ollas, sartenes. De eso había, pero qué iba a hacer con eso. Mientras buscaba en la despensa de la cocina, de nuevo un golpe seco captó mi atención atemorizándome de nuevo y acelerando mis pulsaciones hasta lo más alto.

Alumbré con la linterna hacia el lugar de donde provenía el ruido y… Vaya, falsa alarma esta vez, tan solo era la puerta del horno que se había abierto. No fue para tanto… Pero lo que si fue para tanto es lo que había dentro del horno… Una bandeja con cuatro manos amputadas, podridas casi en los huesos recubiertas por un aliño que ni se que era ni toqué ni quise saber… Cerré de un portazo el horno y salí de la cocina.

El salón parecía grande, y no quería entrar en él.

Pero no tenía más remedio, necesitaba buscar una salida. Entré en él y se podía apreciar una enorme chimenea en la pared de más al fondo, dos grandes sillones, ya hoy ocultados bajo el polvo y bastantes deteriorados, una mesa tirada, sillas esparcidas por la sala y alguna que otra estantería con fotografías todavía.

Eso fue algo que llamó enormemente mi atención. Ya no solo porque era el primer lugar que, por desgracia en este caso, visitaba por error, encontraba en él una fotografía. Me dirigí hacia ella. Soplé el polvo que tenía, y la froté con mi ropa para acabar de quitar el polvo que tenía.

Era una foto en color sepia, antigua, parecía estar tomada en la puerta de afuera de la casa. En un plácido día soleado. Pero, había cosas en la fotografía que no entendía para nada. El padre, o lo que considero era el padre, su mano izquierda, que rodeaba el cuello de su hijo, especulé… Era cadavérica. Era hueso. No estaba podrida como las que encontré en el horno. Era completamente extraño, no tenía sentido y desde luego, un truco de cámara o manipulación no podía ser, la foto era antigua. Pero, ahí no terminaba la cosa, la foto escondía mas detalles curiosos. La madre, engalanada en un largo vestido de alto porte y con un sombrero de pluma, no tenía ojos. Sus cuencas eran oscuras y vacías. Busqué explicación a ello como fotógrafo que soy en algún juego de luces y sombras, pero, sin un análisis no sabría exactamente determinar si eso era casual o real.

El hijo, de no más de doce años, a la izquierda de la foto, y abrazado por la mano cadavérica de su padre, vestía un traje de adinerado, de clase alta. Todo sería normal en el, de no ser por el grillete con lo que parecía una pesa de plomo o de hierro en su pie derecho.

Y la niña, tenía una mirada penetrante, engalanada al igual que su madre, con un traje de alta costura y un pelo recogido y bien aseado, hipnotizaba a la vez que aterraba cada vez que la mirabas fijamente a los ojos. Y tan solo era una fotografía… Me dio mucho respeto a la par que miedo.

Pese a ello, creo que ver esa tétrica foto me calmó un poco, me dio un atisbo de paz momentánea y de tranquilidad. Supongo que el saber que aquella casa fue en su día morada por una familia, me aportaba algo de tranquilidad. Eso sí, no debía ser una familia corriente.

No por lo que la fotografía muestra.

Me senté en uno de esos asientos voluminosos a la espera de que no les importara mucho a aquellas personas… Necesitaba bajar tensiones, relajar mi cuerpo e incluso dormir a la espera de que el tiempo pasase. Pues no había manera ni forma alguna de saber qué hora era. Así fue que, me senté en uno de esos sillones y apagué mi linterna, buscaba ahorrar en la mayor medida las pilas.

Tras un periodo de tiempo que para mí fue más que largo, el silencio fue roto por un portazo. Me giré hacia la puerta del salón en dirección hacia la entrada pero no vi nada. Me volví a girar para coger y encender mi linterna. Alumbré a la puerta de entrada, que fue desde donde había venido el golpe y no vi nada.

Podría haber sido el aire pensé… Aire que no había realmente… Simplemente, giré mi cabeza y cerré mis ojos, apretando mi puño de la mano izquierda con fuerza. Pues buscaba el deseo de que terminase aquello cuanto antes, de que el sol volviera a presentarse y así mostrarme la salida.

Casi de casualidad, con la linterna alumbré un lado de la pared en la que parecía colgar un cuadro. Alumbré con detenimiento y pude comprobar que de hecho era un cuadro, y bastante grande además.

Pese al shock de la situación que estaba viviendo, decidí sacarle una foto con mi cámara. Cargué el flash y dispare. Me dejó bastante ciego además, el flash se comía la oscuridad con tremenda facilidad. Su poder era mayor que el de la triste linterna.

Me dispuse a ver el cuadro en la cámara y… Aparecía volteado. De hecho, si, había un cuadro en esa pared, más concretamente del padre de esa familia. Aparecía el, en el campo, apoyado en su rifle de caza. Pero, en mi fotografía aparecía al reverso. No lo entendía. Comprobé los parámetros de la cámara y estaba todo correcto. Alumbré con la linterna y el cuadro allí estaba. Derecho. Era increíble.

Por instinto me giré a mirar la fotografía que antes había visto y, el marco estaba vacío. ¿Dónde coño estaba la fotografía? Es entonces cuando supe que no quería estar más tiempo allí, quería salir. Me dirigí a la ventana e intenté buscar algún tablón débil el cual poder romper o desclavar de la misma... Pero me fue imposible.

En una repetida visita inútil, retorné a la cocina en busca de cualquier cosa que pudiera servirme para hacer palanca. Removí todo de nuevo una vez más, para terminar no encontrando nada. Nada excepto cuando abrí la nevera que allí había. Era una nevera bastante vieja en comparación con la cocina. Pues esta ya tenía horno incorporado inclusive. Tampoco encuentro sentido a estos electrodomésticos en los tiempos que parecen situar la casa. Lo que aun es más raro todavía, de donde sacaban la toma de luz… Todo no era más que un cumulo de sucesos inconexos, incoherentes, sin sentido alguno y no sé que esperaba encontrar dentro de una nevera abandonada, pero, supongo que cualquier cosa menos lo que en mi retina se grabó.

Abrí la puerta de la dicha nevera y me encontré con unos barrotes de acero a modo de prisión con el cadáver de una niña mutilada en su interior. El hedor y la grotesca imagen me echaron atrás casi de un salto. Cuando pude recuperarme un poco, cerré aquella puerta e intente no vomitar.

Mientras medio agachado permanecía con las manos en el estomago haciendo el mayor esfuerzo posible por no vomitar, se pudo oír el trote de un caballo afuera de la casa. Eso, me hizo incorporarme de nuevo con rapidez.

La angustia fue olvidada al momento, y me dirigí rapidísimamente a la puerta de entrada. Habiendo faltado escasos dos metros para haber terminado posiblemente herido. Pues la puerta se abrió de un disparo en el pomo. Grité del enorme espanto como nunca antes, y acabé en el suelo tirado por dicho susto.

Desde el mismo, con el tembleque de la linterna en mi mano, apunté hacia la puerta que permanecía abierta unos centímetros. Pero no la abría nadie, el relinchar del caballo se hizo mudo. Pasados unos instantes, me arrimé con sumo cuidado arrastrándome por el suelo con la luz de la linterna apagada, hasta la puerta.

Buscaba asomarme por ella y ver qué demonios había ahí fuera.

Así que me deslicé y al llegar, desde el mismo suelo, como si una vulgar serpiente fuese, asomé mi cabeza un poco sin abrir la puerta más. Podía ver los arboles y la tenue y blanquecina luz de la luna que se dejaba caer. Pero ni ruidos de caballos o animales ni nada.

Confiado comencé a abrir la puerta con suavidad. Pero la suavidad no iba a impedir que las bisagras chillaran como de dolor. Seguía sin ver nada, y me pasé a la pared de al lado, como si buscando cobertura a disparos en una guerra buscase. Se me ocurrió poner la cámara en el suelo, con el obturador automático, dejarla fuera de la puerta, y que fotografiara lo que fuera había. No me atrevía a sacar un solo pie. Siendo lo que más deseaba.

Activé el obturador automático y tras unos segundos disparó el flash. Recogí la cámara y observé que es lo que había capturado. Para mi sorpresa, lo que iba a ver no me iba a gustar nada. En la fotografía aparecía un caballo relinchando sobre sus dos piernas traseras, con una de las dos delanteras amputadas, siendo montado por una persona nuevamente trajeada sin brazo y cuya cabeza era una percha.

No podía creerme aquello, pero tampoco me atrevía a verlo con mis propios ojos. Así que preferí esperar unos minutos hasta que aquello que hubiese ahí fuera, si es que era físico, se largara asustado por el flash de la cámara.

Pensé yo, inocentemente en ese momento. Y pasado un largo rato, me atreví a asomar la cabeza poco a poco, viendo así que nada había en mitad de las afueras. Tan solo el raso de la noche, los árboles y el silencio absoluto. Me volví a salvaguardar, y respiré hondo, sonriendo a la vez. Pues tenía la puerta abierta al fin, nadie en el camino y la noche ofrecía una tenue luz, suficiente para ver por donde pisar en mitad del bosque. O podía quizás que estuviera amaneciendo incluso ya.

No quería esperar más, así que, sentado allí, apagué mi cámara y agarré mi linterna. Esto sería lo que se llama el momento preciso en el justo momento. El silencio fue eclipsado por el sonido del viejo reloj de la segunda planta, aquel con el que tropecé en mi huida del baño en mitad del pasillo. Marcó lo que pude contar como cinco campanadas. No imaginé que podría funcionar. Sin duda, no me iba a parar a preguntármelo ni averiguarlo. Aquello era una buena noticia, volvía a tener una orientación horaria al menos. Eran las cinco de la madrugada, en cosa de dos o tres horas amanecería. Pero para entonces, yo ya iba a estar lejos de esa casa. Las cosas no podían ir mejor. Si no fuera por aquel triciclo de juguete de cuerda que bajó las escaleras que frente a mí tenía a golpes.

El juguete, que no sé como cobró vida, o quien le dio cuerda para que bajara por las escaleras, portaba en una pequeña cuerda fina atada, la fotografía que en el marco que en la estantería se hallaba. Del susto que me llevé, la solté dejándola caer al suelo. Cayó del revés, y, alumbrada por la luz de mi linterna, pude ver que se apreciaba algo escrito tras de ella. La letra no era muy clara ni perfecta pero ponía;

''Osimrep im nis asac ed ari es eidan”.

Nadie se ira de mi casa sin permiso, escrito al revés.

Simplemente dejé caer de nuevo aquella fotografía.

Con el corazón en un puño me atrevería a decir.

Saqué fuerzas de mi interior, cerré mis ojos y suspire con mucha profundidad. Me dije que nada de esto era real, que era hora de afrontar mis miedos y combatirlos.

Me posé ante la puerta dispuesto a salir sin mirar atrás y era tremendo lo que mis ojos vieron. De la impresión di un salto hacia atrás y llegué a caer incluso al suelo, no sin que antes hubiera tocado suelo la linterna y la cámara.

Lo que vi no fue nada tenebroso, ni terrorífico ni otra de esas escenas grotescas y sin sentido que estaba viviendo y viendo. Simplemente vi cientos de maniquíes ocupando el lugar, como si una manifestación fuese aquello. Algunos les faltaban extremidades, a otros la cabeza, otros tan solo era el torso. No eran más que simples y llanos maniquíes de tienda. Sobra decir, que al levantarme del suelo allí no había nada.

Parecía que algo quería que no saliese de ese lugar.

Primero el caballo, después la fotografía, ahora los maniquíes.

Pero me daba igual, no pensaba quedarme más, y me iba a enfrentar contra todo lo que se antepusiera en mi camino, sin importar el grado de surrealismo que pudiera tener el acontecimiento.

Me adentré entre los árboles que había mucho mas adelante, en una corta pero intensa carrera. Tan solo fueron unos metros, no muchos, pero me parecieron kilómetros. Me apoyé en un árbol para tomar algo de aire, y ver qué dirección tomar. Pero, estaba jodidamente perdido. No sabía cómo había llegado a esa casa, por lo tanto, no sabía cómo retomar el camino de vuelta. En una situación como aquella, lo último que quise era esperar a que amaneciera para poder ver con más claridad. Decidí ir hacia el norte, todo recto, hasta encontrar algún río, o alguna zona abierta donde poder observar y ver qué dirección tomar.

Tras horas caminando entre arboles en mitad de la madrugada, los primeros rayos del sol empezaban a filtrarse entre el follaje de los arboles… Eso era como agua para un disecado. Subió mi moral y esperanza, sin duda.

Calculé que el sol pudo salir sobre las siete y media aproximadamente. Tan solo buscaba algo de orientación horaria. Seguí cansadamente caminando y caminando. Todo eran arboles y mas arboles. Hasta que vi lo que parecía una especie de refugio improvisado en lo lejos. Eso achispó mi ánimo y me dirigí hacia allí con paso ligero esperando poder encontrar si no a alguien, algo que beber o comer, pues el cuerpo empezaba a demandarme energía.

Mientras más me acercaba, la densidad de arboles era menor, eso dibujó en mi rostro una sonrisa. Sonrisa que hacía ya horas que no esbozaba. Mientras me acercaba, pude ver algunas herramientas agrícolas. Una de ellas una carretilla. Estaba vieja, y deteriorada, pero era obvio, estaba a la intemperie… Según me acercaba, el aire era más denso, se hacía costoso respirar casi, pero no llegaba a ser dificultoso.

A más proximidad, el aire se enrarecía más, pero, esta vez, iba acompañado de un olor bastante pudiente. Un olor como a podrido o como óxido. Azufre diría.

Cuando pasé por al lado de la carretilla, tenía allí una nueva sorpresa que me recordaría que no todo había acabado. En ella había una cabeza de vaca amputada y desangrándose. En cosa de segundos, la cabeza, abrió uno de sus ojos e hizo intento de gemir, rompiendo el silencio con un leve aullido que no hizo otra cosa que de nuevo resaltarme y removerme el estómago.

Pasado eso, no quise borrar de mí la esperanza de que podía no ser más que una gamberrada o que podría tener alguna explicación aquello. Por lo que seguí con la idea de meterme en aquella casa de madera.

Delante de la casa, había una fosa, poco profunda, con una pala clavada en su alrededor. Parecía que fuesen a enterrar a alguien o algo. Pensé que podría haber alguien, lo que sería bueno. Pero, por otro lado, el temor y el miedo me volvieron a invadir. ¿Y si me encontraba con algún psicópata? Esa idea me borró de nuevo la sonrisa del rostro y mermó mi esperanza de nuevo.

Con mucha precaución de hacer no ruido o de ser visto, me fui acercando hasta la fosa, mi intención era apoderarme de la pala y usarla como arma si alguien venía a por mí.

No había nadie por los alrededores, y por primera vez, oí el piar de algunos pájaros en la lejanía. El final de mi viaje estaba cerca. No había duda. Armado con la pala. Me dirigí hacia la puerta, abriéndola con delicadeza para poder ver que en aquel lugar su único habitante era el abandono. No entraba mucha luz, pero parecía ser una casa bastante iluminada por el día.

No era grande, pues tan solo tenía una habitación a la izquierda, y la enorme sala de entrada. Sin duda, parecía un refugio de guardabosques abandonado. No había muebles en la entrada, ni nada extraño esta vez, volvía a creer en la esperanza.

Entré en la habitación de la izquierda, la cual carecía de puerta, y estaba casi completamente a oscuras, parecía no tener ventanas. Encendí mi linterna y vi un sofá encarado a una chimenea apagada, con alguien sentado en el. Me paralizó unos segundos, pero, llevaba la idea y esperanza de encontrar a alguien. Por lo que, mis palabras fueron simples:

-¿Hola? ¿Señor? ¿Hola? Perdone que le moleste, ¿Señor?

En vista de la ausencia de respuesta, en contra de mis voces interiores, me acerqué a él. Alumbré con la linterna, y lo que vi no era más que un cadáver de hueso y piel reseca en la cual algunas moscas y larvas compartían manjar. No tenía respuesta ni explicación a que hubiera un cadáver en el sillón sentado. Pero, después de todo lo visto y vivido… ¿Servía de algo buscarle explicación? Pensé que no…

Era extraño, la habitación no olía mal, no olía a podrido. Pero no le di mayor importancia a eso en aquel momento pude fijarme, que la habitación si contaba con una ventana. Pues el día se iba abriendo paso y la luz del sol con él. La ventana de madera que privaba el paso a los rayos matutinos del sol estaba cerrada con cerrojo.

La abrí y la habitación cobró vida. Volví a ver la luz en mucho tiempo, ahora si podía verse todo con más claridad. Pero al girarme, en la pared del fondo, con sangre podía leerse el poema que aun recuerdo:


"Es el fin del camino.

No hay retorno.

Afirmo que no entiendo el entorno.

Me ha roto la mente.

Quebrado la razón.

Busqué ser digno oponente.

Pero solo fui un peón.

Eso no me va a dejar marchar.

Para ir a ninguna parte.

Fuerzas no tengo de caminar.

JAQUE MATE”

Ahora entiendo aquellos versos… Y ahora entiendo irónicamente, de un modo retorcido y guasón, tachando a eso de la mente más macabra y retorcida. Que el poema de su primera, o ni imaginar quiero que número de victima pudiera ser, formara parte de su obra. Marcando así el fin de la partida. Arrebatándote hasta el último halo de esperanza.

Y digo esto, porque, lo último que recuerdo de aquel momento, es que me dirigí hacia la salida y acabé sin saber cómo despertando en el sofá donde llaca el cuerpo de aquella persona putrefacto, me levanté algo desorientado sin saber qué demonios me había pasado y me dirigí a la salida. En ella, me esperaba este montón de folios y este bolígrafo con el que redacto todo esto.

Mi linterna y mi cámara de fotos habían desparecido.

Pero no me importaba lo más mínimo. Solo quería salir de allí. Cogí los folios y el bolígrafo, casi por impulso inducido y me puse a caminar. Me dolía mucho la cabeza al principio, veía borroso de vez en cuando, las piernas me pesaban cada vez más. Me costaba dar un nuevo paso… El estómago me rugía… Sentía la debilidad y la flaqueza en mí. Entonces, me senté bajo este árbol, y con mis últimas fuerzas me dispuse a dejar mi adiós. Pues como decía el poema, jaque mate.

Actualmente:

-¡Oye! Dime si estás viendo lo que yo.

+Que estás viendo.

-Juraría que es una persona.

+ ¿Una persona?

-Sí, mira ahí abajo.

+Joder, si, parece una persona.

-Voy a bajar, posiciónate.

+Vale de acuerdo, pero mucho cuidado ¿ok?

+Zar doce, ¿me oyes?

-Aquí jefe, te escucho.

+Bien, perfecto, necesito que desciendas unos metros más.

-De acuerdo, vamos.

+ ¡Bien, bien! Suficiente, mantente ahí.

-Recibido.

+Joder jefe…

-Zar doce que pasa.

+Tenemos un cadáver…

-No me jodas… Será mejor ir llamando a central…

+Me dispongo a subirlo.

-Bien, de acuerdo, dame aviso cuando estés listo.

+Recibido. Jefe, súbenos.

-En ascenso.

+Bien jefe, podemos irnos. Será mejor llevar el cuerpo lo más pronto posible a la morgue policial…

-¿Cómo cojones había un cadáver ahí abajo?

+Pues no tengo ni idea, estaba sentado, bajo un árbol. Estaba escribiendo al parecer. Y por lo que veo, llevaba bastante… Se dormiría escribiendo y se le pasó el arroz.

-Un poco de respeto imbécil, es un muerto.

+Lo sé, lo sé. Era broma…

Más tarde:

+Hola, buenos días. ¿Elena?

  • Si, dígame.

+Le llamo para informarle de que… Hemos encontrado lo que parece ser el cadáver de su marido…

  • ¿Cómo?

+Por favor, necesitamos que pase por comisaría para reconocer el cuerpo y hablemos en persona.

  • Está bien, salgo para allá de inmediato.

+ ¿Elena?

  • Si…

+Le acompaño en el sentimiento…

  • ¿Donde le han encontrado?

+Todavía necesitamos que lo reconozcas… Pues está en un estado muy avanzado de descomposición y queremos saber si tú podrías decirnos si es el o no y así que decidas si se hace o no la autopsia…

  • Si, si lo es. Estoy segura, esa es su ropa, salió con su camiseta roja de casa aquella mañana, y se puso esos pantalones vaqueros que nada le gustaban porque no tenía limpios sus favoritos… (Llora)

+Lo siento mucho Elena, le acompaño en el sentimiento. Llore, no se reprima… De verdad que lo siento mucho.

  • Gracias…

+Todavía no se ha especulado con la causa de la muerte. Pero parece ser que por inanición, la falta de agua y algo de comida junto con el cansancio de vagar perdido pudo agotarlo en cuestión de horas o días… Sé que no es el momento más oportuno, pero debo entregarle estos folios… Nosotros, los hemos leído y no damos crédito a lo que su marido relata. Los especialistas dicen que pudo desorientarse y acabar perdido entre el bosque. La falta de agua, de comida y el cansancio pudieron producirle una paranoia y hacerle creer que vio todo lo que relata aquí. Además, en la zona en la que encontraron el cuerpo de su marido, no coincide en absoluto con la famosa destilería clandestina que pretendía encontrar cerca de Ardabán. Lo encontraron a ochenta y cuatro kilómetros de Ardabán, en una zona boscosa que es un área de difícil acceso. Si cree estar preparada, léalo todo, en su defecto, le aconsejo que tan solo lea la primera página, en ella se despide de usted.

  • Gra… Gracias…

+Y una vez más, lo siento de corazón Elena. Los equipos de búsqueda hicieron lo que pudieron. Y de hecho, el equipo forestal que lo ha encontrado ha sido por pura casualidad, se encontraban haciendo un reconocimiento de la zona y dieron con el… Lo sentimos mucho.

1 mes más tarde:

-Oye Arturo, ¿tienes planes para este fin de semana?

_ ¿Para este fin de semana?

-Si

_Pues… No, me parece que no. ¿Por?

-Es que, ayer, por internet, de casualidad, entré en un blog de misterio y fantasmas o algo así, de esos que la gente cuelga psicofonías y esas cosas que hacen los fantasmologos… Y vi un comentario que decía que Ardabán era un pueblo abandonado ya desde hace muchos años y que pasan cosas muy raras allí… Y pensé que igual, si no teníamos nada que hacer, podríamos ir allí. Será divertido, al menos pasamos el día, que te parece.

­_Hombre, a mi eso de los fantasmas… Me da mal rollo si te soy sincero ¿sabes?

-Pero hombre, no me jodas, que, crees en esas pamplinas… Antonio sonso… ¡Que ya tienes una edad!

_Por mi bien, vamos, pero eso sí, mucho respeto ¿OK?

-Tranquilo, no molestaremos a los fantasmas y/o antepasados que viven allí atrapados en el tiempo y el espacio.

_Bien, entonces, ¿me llamas mañana y quedamos para el sábado?

-Paso yo a por ti el sábado por la mañana sobre las diez, ¿ok?

_Ok, pues nos vemos el sábado.

-Adiós.

Sábado por la mañana:

-¡Buenos días gilaso!

Buenos días.

Te veo contento eh, ¿tu flaquita te ha dado un beso antes de salir o qué?

-Muy gracioso cabrón. (Risas) A todo esto, no he comido nada eh… Supongo que comeremos por allí ¿no?

-Si, Rivieta está antes que a donde vamos… Podemos bajarnos a comer allí y subirnos de nuevo al atardecer… Son unos catorce kilómetros creo.

_Bien.

Más tarde:

-¡Joder! Han sido los dieciséis kilómetros más largos que he recorrido nunca.

_ ¿Dieciséis habían en total?

-Bah, no los he contado exactamente, pero échale esos aproximadamente.

_Bueno, ¿Este es el pueblo?

-Sí, el mismo. ¿Vamos a cazar fantasmas? (Ríe)

Te dije que un respeto tío.

-Lo sé mano, no te enfades.

_He traído la cámara de fotos, para hacer algunas fotos y vídeos.

-Perfecto.

_El coche aquí no molestara ¿no?

-¿Pero quién crees que va a venir a hora aquí? está ahí, no molesta a nadie… Además de que nadie viene ni vendrá ya por aquí, y menos en coche.

_Bueno… Es tu coche.

-Si, pero si algo pasara, tú también vienes en él. (Ríe)

_Ya, vayamos a explorar un rato anda

-Fantasmas no sé si habrán, pero polvo hay suficiente como para esquiar.

_Ten en cuenta que este pueblo lleva abandonado años y años, que esperabas encontrar.

-Solo quería romper el silencio… se que lleva deshabitado años…

_Oye, y ¿esa caravana de allí?

-¡Hey! No leí nada en el blog sobre una caravana…

_Bueno, y que querías, ¿tener todos los detalles del lugar?

-Seguro que estará abandonada… Vayamos a echar un vistazo y unas fotos.

Al rato:

_Parece cerrada…

-Espera, he visto como se hacen estas cosas en la tele. Una patada y puerta abajo.

_ ¡Espera! No seas tarado tío, ¿estás loco?

-Pero que pasa… ¡Está abandonada!

_Y tú qué diablos sabes… Si está cerrada es por algo ¿no?

-Está bien pesado… Ayúdame a asomarme por esa ventana, a ver si hay alguien.

_Quien me habrá mandado venir…

-Deja de quejarte y ayúdame anda.

_Ya voy… Ya… Voy… ¿Ves algo?

-Si

_ ¿Qué ves?, ¿Qué ves?

-¡Veo una silueta de una monja haciendo tostadas!

_Eres de lo más gracioso ¿sabes? No sé porque no te han cogido ya en el circo… Tendrías tu propio número.

-(Ríe) Ven, echemos la puerta abajo, que no hay nadie.

_ ¿Pero y si vive alguien y ahora mismo es que no está en casa? Me voy a ir al coche tío, yo paso de bromas malas.

-ok, tú ganas. Sin patadas. Miremos por detrás o por arriba, igual hay alguna forma de colarse dentro. Ayúdame a subir.

_ ¿A subir? ¡Donde!

-Al techo, donde va a ser…

  • ¡Eh!

-¡maldición!

_ ¡Mierda!

  • ¿Se puede saber qué hacen aquí y que pretenden?

_Lo sentimos mucho señor, vimos la caravana y pensamos que estaba abandonada.

-Sí, perdone… Hemos venido…Hemos venido a… A ver el pueblo abandonado y eso… Pasar un poco de miedo… (Ríe forzadamente)

_Si, si eso. Pasar el día, un poco de miedo… Lo típico.

  • Aquí no vais a encontrar nada de eso.

-A ¿no?

_No, no, ya nos íbamos, discúlpenos señor.

-Espera mano, ¿por qué tanta prisa?… Verá, sentimos haberle molestado… Queremos estar por aquí hasta entrar la noche y eso, por vivir un poco la experiencia. Ya sabe… No le vamos a molestar para nada.

  • ¿De verdad quieren vivir una experiencia de miedo y ver fantasmas?

-Sí, ¿es que aquí no los hay?

  • Se podría decir que hay uno, pero, hasta ahora nadie lo ha podido demostrar. Pero… Hay una destilería abandonada desde hace muchísimo más abajo del valle. ¿Les suena?

-No, para nada. ¿Cómo podemos llegar?

  • ¿De verdad quieren ir? Tu amigo no parece tener demasiadas ganas…

-Sí, sí. No se preocupe… Es que es muy tímido y se siente un poco avergonzado por haber estado merodeando por su caravana… Iremos, suena magnífico.

  • Está bien… Deben caminar unos doscientos metros al borde del pequeño desfiladero que hay al noreste de aquí, de este lado de la caravana. Verán una gran piedra con forma de plátano. Detrás de ella, a unos escasos pasos, habrá aunque no muy perceptible, un pequeño camino de tierra que desciende rodeando el pico hasta abajo del valle. Tan solo deben seguirlo. Una vez bajo, en el valle, deben ir siempre dirección norte. No hay pérdida. Verás la destilería en la lejanía a medida que te acerques. Está en mitad de la nada.

-¡Estupendo! Muchísimas gracias, esto…

  • Puedes llamarme César.

-César, muchas gracias, al final el viaje va a resultar más interesante de lo que parecía, pues este pueblucho no aparentaba mucho estar encantado. (Ríe)

_A mí esto no me da buena espina Arturo…

-Venga Antonio, ya has oído a César, dice que hay una destilería bajo, en el valle. Estoy segurísimo de que será mucho mejor que estas cuatro casas derruidas. Anímate… Bueno César, muchas gracias y una vez más, perdón por… Bueno, intentar espiar en tu casa…

(Cierra la puerta)

-… A… Hasta luego…

_Menudos modales, te ha dado con la puerta en las narices…

-Bueno, que esperabas, hemos estado espiando su casa e intentando entrar en ella… No esperarías que nos invitara a tomar el té.

_No perdona, tú, has intentado entrar…

-Bueno, pero tú eras mi cómplice. (Ríe)

(Se oyen unos golpes desde la ventana de la caravana)

¡Diablos! ¿Qué son esos golpes?

-Espera, es César. Parece que quiere que vaya. Un momento, ahora vengo… ¿Nos has llamado César?

  • Solo una cosa más, el que baja ahí, pasa a formar parte del lugar.

-… Gracias una vez más César.

_ ¿Qué quería?

-Nada, meternos el miedo en el cuerpo. (Ríe)

_ ¿Cómo?

-Nada… Me ha dicho que todo el que baja ahí pasa a formar parte del lugar.

_ ¿Y qué pretende decir con eso?

-¿Me ves cara de adivino? ¡Y yo que sé! Vive en una caravana oxidada, hecha polvo en un pueblo abandonado a diecinosecuantos kilómetros del pueblo más cercano, sin coche, sin teléfono, sin agua corriente y a saber de dónde sacará la comida… Es un tipo extraño, qué más dará.

Actualmente:

+ ¿Álvaro, te apetece un zumo?

. ¡si abuelo! ¡Sí!

+Espera, voy a la orilla por él, seguro que está fresco. El agua hoy baja fría.

.Yo no la noto fría.

+ (Ríe) Claro, porque llevas botas de pescar y estás en una zona que ¡no te cubre!

.Es donde me has dicho que me ponga.

+Claro, es además donde hay que ponerse, para así ver los peces que bajan y aprovechar el nivel bajo para cogerlos.

. ¡Eres muy listo abuelo!

+ (Ríe) Bueno, a ver cuántos pescas antes de que venga con el zumo. ¡Demuéstrame que eres un gran pescador!

. ¡Voy a pescar más de cinco! ¡Ya verás! (Ríe)



+Bueno, ya estoy aquí. A ver, enséñame cuantos has pescado.

.Casi he conseguido coger uno, pero me faltó poco.

+Pues a la próxima será.

. ¡Pero mira! He cogido esta botella que bajaba.

+ ¿Una botella?

.Si mira, tiene algo dentro. ¡Un mapa del tesoro de algún pirata!

+Ah ¿si? Veamos que dice ese mapa…

. ¡Toma! ¡No puedo sacarlo!

(Saca el papel de dentro de la botella)

+A ver aquí dice:

"Para cuando leas esto, seas quien seas, probablemente ya estemos muertos. Me encuentro relatando lo que es nuestra última esperanza de que alguien pueda o consiga dar con nosotros. No tenemos fuerzas para detallar lo ocurrido. Mi nombre es Antonio Arrada Gracia y el de mi amigo Arturo Braez Santos."

"No sabemos con exactitud qué día es. Salimos un sábado doce de agosto en dirección Ardabán con intención de pasar un día en el pueblo abandonado. Hacer unas fotos y volver a casa a medianoche."

"Al llegar allí, vimos una caravana oxidada y antigua, abandonada a nuestro parecer. Nos acercamos a ella y una persona que se hacía llamar César abrió de pronto la puerta. Recuerdo aquel tipo… Serio, mirada fija y vacía, camiseta roja y pantalón vaquero, calvo. Muy limpio y aseado para vivir en las condiciones que prestaba la caravana."

"El caso, es que esa persona nos habló de una destilería en mitad de una llanura en el valle, tras el pico que había detrás de su caravana. Seguimos sus indicaciones al pie de la letra. Pero una vez allí bajo. Acabamos perdidos, en mitad de lo que parecía un bosque.

Bosque en mitad casi de un prado con sus montañas… Encontramos unos edificios, unas casas… Pensamos que sería esa la vieja destilería… El lugar, no sabría describirlo con palabras…"

"Tan solo sé que Arturo, quien se burlaba, o quien digamos no creía en absoluto en lo paranormal, acabó llorando y orinándose encima por las cosas que vimos y que vivimos… Sin duda, de no ser porque me tenía ahí, no sé si hubiera sobrevivido, aunque, irónicamente, vamos a morir como nadie nos logre encontrar…"

"Al llegar allí, los relojes se pararon en la una y veinte. No volvieron a funcionar. Sin explicación alguna, empezó a dejar de haber luz, siendo por la tarde y un día de tan soleada mañana… Estábamos ya bastante sugestionados por todo lo visto hasta el momento, y decidimos meternos en una de las casas que allí habían. Sabíamos que no estábamos en la destilería y que nos habíamos perdido."

"Nos apoyábamos el uno en el otro. Buscábamos las fuerzas en nosotros. Y no nos quedó opción más que de pasar noche en aquella vieja casa. Pedimos y rezamos que amaneciera lo antes posible para así orientarnos y volver por donde habíamos venido. Pero una vez más, sin saber cómo ni de qué manera, despertamos al día siguiente, poco antes de que el sol comenzara a emitir su luz matinal… En una habitación completamente oscura… No entendíamos nada, ni nada pretendíamos entender, solo salimos de allí como alma que lleva el diablo."

"No sin antes tropezar con un maldito reloj que había en mitad de aquel pasillo. Antes de salir de la casa, un triciclo de metal de juguete de cuerda, cayó escalera abajo arrastrando con él una fotografía en un cordel."

"Recuerdo que era en color sepia, antigua, una familia en ella. No me atreví a nada mas, la deje caer y huimos de la casa. Para darnos cuenta al abrir la puerta de que no estábamos donde anoche creíamos habernos quedado dormidos. Sin demasiadas opciones ni ganas de saber más. Echamos a correr en línea recta hasta llegar a una especie de refugio de madera."

"Otro lugar no menos enigmático e incomodo que los anteriores. Entramos con la esperanza de encontrar algo o a alguien. Pero, allí no había nada ni nadie.

Nada ni nadie excepto un poema escrito con sangre en la pared… Lo leí, pero apenas le di importancia. Aquello no me gustaba nada. Lo último que recordamos ambos de ese momento es dirigirnos a la puerta para irnos de allí, y despertar al día siguiente en un sofá que había allí frente a una vieja chimenea…"

"Arturo se desplomó y volvió a llorar como nunca. Estaba asustado, tenía miedo. Al igual que yo. Ambos dos lo teníamos. Buscamos consolarnos pero, no sirvió de nada. Busqué por la casa algún palo o algo que pudiera servirnos como arma. Algo o alguien nos habían dejado inconscientes y nos hizo pasar noche en aquel lugar. Como de casualidad, encontré una botella vieja, la misma en la que este escrito viajara río abajo dentro de ella. La cogí convencido y le dije a Arturo que era hora de largarse."

"Abrimos la puerta, con cuidado, y vimos que no había nadie ni nada. Nada excepto un montón de folios en blanco y un bolígrafo. Me quedé mirándolos fijamente sin saber por qué. Algo me indujo a ello. Los cogí sin perder de vista mi entorno, y empezamos a correr despavoridos."

"Arturo ya no puede más, y yo, creo que no aguantaré mucho más tampoco… Fue salir de esa casa y al cabo de unas horas, empezar a sentirme débil, cansado, sin fuerzas… Arturo se sentía igual que yo. Ambos, nos sentíamos por igual. Las palabras y la esperanza que nos ofrecíamos el uno al otro nos dio la fuerza para llegar hasta donde hemos llegado. Desde donde estamos, se oye un río. Algo gratificante, porque no hemos visto ni animales, ni pájaros ni nada por la zona… Todo es abstracto, raro, increíble… Voy a enviar esta nota de auxilio dentro de la botella río abajo con la esperanza de que alguien la encuentre y logren venir a rescatarnos… Pues no sabemos dónde estamos, pero estamos perdidos en un territorio de nadie…"

"Con mis últimas fuerzas, debo despedirme por parte de los dos, y lograr llegar al río para lanzar la botella. Encontraré la forma de llevarle agua a Arturo. Tenemos hambre… Mucha hambre, y sed…Por favor, ayúdennos…"