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Ella lo hizo. Se atrevió a destruir su vida. No tuvo contemplaciones, solo la cortó de tajo. Desprendió su vida de la tierra que la sostenía. Había mancillado la belleza de mi rosa. La obligó a que exhalara el último aliento de su aroma, de su cálido perfume, antes de tiempo. Aún era un capullo, apenas comenzaba a dar breves muestras de su perfume. Al cortarla, se robó su vida y con ella el potencial de una esencia más grandiosa.

Y después sonrió, con una mueca que intenta demostrar una fingida inocencia. ¡Y me dirigió esa sonrisa! ¡A mí! ¿Cómo se atrevió a ser tan desafiante conmigo, mostrándome esa indolente sonrisa?

Me comentó que le había gustado esa rosa, que era tan linda, que se notaba que cuidaba de ellas. Era una maldita, se atrevía a mirarme, a sonreírme. ¡A hablarme! Y lo hacía mientras sostenía en sus manos el cadáver de mi rosa. Me enfermaba esa mueca horrorosa que se dibujaba en sus labios, me laceraba el espíritu ver a mi rosa en sus manos, me destruía el alma que me dirigiera la palabra tan tranquila.

Por un momento se disculpó, pidiendo perdón por haber cortado mi rosa, la cual había pensado que era una rosa perfecta, que la usaría para recordarme siempre. Solo pensé que me recordaría hasta que ella exhalara su último aliento. Durante un momento guardé silencio, era un silencio perfecto, tan perfecto que pude escuchar cada nota aguda de su grito, su miedo a la muerte. Lo recuerdo porque ahora en esta cama me espera el mismo destino que a ella.

Pero después de todo eso, me sentí en calma; al fin, podía sonreír de nuevo, a pesar de haber perdido el aroma de mi rosa. Pero ella tenía razón, yo cuidaba mucho de mis rosas, y gracias a ella conseguí muchas de ellas. Para mí no existe nada más importante.

Siempre he pensado que las flores son como vampiros, con el tiempo ganan vida nutriéndose de la muerte de otros. Mis rosas se nutrieron de su sangre, de su carne; nunca encontraran el cuerpo, miles de rosas florecieron en mi invernadero, la carne humana tiene muchos nutrientes. Su cuerpo cedió a la corrupción natural hace tanto, que seguro ya ni encontraran los huesos. El tiempo sigue su curso.

Lo único que lamento en esta vida es que recordaré siempre esa sonrisa, lo último que vi de ella, antes de que sus ojos palidecieran y su grito se ahogara en su garganta. Al menos he ganado algunas rosas.

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