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Hace ya bastantes años vivía una familia en un pequeño pueblo en España. No voy a concretar, tampoco creo que sea necesario. Esta familia lo tenía todo, una casa grande, amor, cariño, salud, dinero… En fin, era el tipo de familia modelo del cual nada más se podía pedir y, como si la felicidad de este matrimonio fuera poca, la mujer quedó embarazada, y no fue una alegría la que les llegó, sino dos pequeñas alegrías... gemelas.

A cada cual más adorable, o eso era lo que ellos pensaban cuando nacieron las niñas. Les pusieron Verónica y Violeta. Cuando fue pasando el tiempo se notaron las grandes diferencias que estribaban entre las hermanas, aunque físicamente eran iguales, eran muy distintas psicológicamente.

Violeta era la típica hija perfecta, todo el mundo la quería mucho; era la hija predilecta, se le daba bien todo cuánto hacía y tenía muchos amigos y aficiones, mientras que Verónica era la niña introvertida, tan tímida que apenas dirigía la palabra a los niños de su clase; no se le daban bien los estudios y no demostraba interés por nada más que por una cosa que si se la daba bien, cantar. Cuando Verónica cantaba era como el trinar de los pájaros, encandilaba a todo el mundo.

Verónica, para resumir, se podía decir que era una niña triste, rara vez dejaba ver una sonrisa, nunca reía por nada y siempre estaba callada. 

Un día los padres de las niñas recibieron invitaciones para el teatro y buscaron un canguro para las pequeñas, pero Violeta, en calidad de hermana responsable, les dijo que no había ningún problema, que podían quedarse las dos solas porque ya eran mayores. Sus padres, con una mirada aprobatoria, accedieron y las dejaron que se quedaran solas viendo una película con la condición de que se acostaran pronto. 

La noche pasó y sus padres llegaron a casa sobre las 12 de la noche tras una cena y el teatro. Era una noche lluviosa y decidieron volver pronto porque estaban preocupadas por si sus hijas tenían miedo ya que la casa donde vivían era un tanto lúgubre debido a su gran tamaño. Estaban preocupados así que se dieron prisa en regresar. Pero cuando llegaron a casa se sintieron aliviados porque oyeron a Violeta reír a carcajadas arriba en su habitación, divirtiéndose con su hermana. 

-Están jugando– Dijo la madre con una gran sonrisa. 

-Les dijimos que se acostaran pronto– Recriminó el padre-. Pero bueno no las regañemos, se han portado bien.

Cuando subieron a darles las buenas noches, abrieron la puerta y descubrieron horrorizados que quien reía no era la dicharachera Violeta, increíblemente era Verónica, que canturreaba una canción: 

-1, 2, 3, 4, a Verónica ahora querrán. 1, 2, 3, 4, Violeta se irá para no volver. Jajaja. 

Extrañados, los padres dirigieron la mirada hacia la cama de Violeta, estaba durmiendo tapada con la sábana, pero tenía algo raro en la cabeza, la destaparon y comprobaron horrorizados cómo estaba bajo la sábana el cuerpo mutilado de Violeta con unas tijeras clavadas en los ojos, todo lleno de sangre.

Los padres, en pleno ataque de nervios, miraron a Verónica y ésta siguió riendo y gritando y, de repente, se levantó corriendo del suelo y, riendo, se tiró por la ventana, allí fue su muerte… 

A los dos días y, después de la autopsia de Violeta, fueron los funerales. Una semana después, los padres abandonaron esa casa porque decían que por las noches se oía cómo Verónica gritaba y canturreaba a la vez que reía a carcajada limpia, y que se oía como la otra niña pedía auxilio desesperadamente, pero cada vez que los padres entraban a la habitación los gritos paraban.

Esta es la leyenda de las dos hermanas. Dicen que si una noche a las doce de la noche (cuando se realizó el asesinato) dices "Verónica jaja, Verónica jaja" tres veces, ella se aparecerá y será tu último día entre los vivos.

¿Alguna vez se han preguntado por qué a la gente le da mala espina ver unas tijeras abiertas?, fue por esto, Verónica mató a su hermana con ellas. Nunca digas "Verónica jaja" porque dicen que encontrarás la muerte a la mañana siguiente con unas tijeras clavadas en los ojos.