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Sé que el lector, usualmente, espera encontrar historias de fantasmas cuando escucha un título similar a este, pero en ocasiones la realidad es más horrible que la ficción.

La noche de una fecha desconocida, en una ciudad desconocida, una mujer joven gritaba desesperadamente, arrojaba cada objeto que se encontraba a su alrededor y pedía auxilio con todas sus fuerzas. Antes de que ocasionara más destrozos, su madre entró al dormitorio para ver lo que estaba sucediendo, solo para encontrar a su hija en un rincón, llorando, cubriéndose los ojos y rogando a Dios que "aquello" desapareciera.

A partir de ese momento, la chica no pudo dormir tranquila por varios días, siempre se levantaba con temor, pensando que algo malo estaba a punto de suceder, y que tendría que ver con ella. Dos lunas llenas transcurrieron sin que pudiera pegar un ojo.

Pero un día, apareció la gota que colmó el vaso: sangre, sin explicación alguna, comenzó a escurrir por cada rendija que había en las paredes de la casa. Como si el penetrante olor de esos fluidos no fuera suficiente, de repente, voces desconocidas la amenazaban de muerte dentro de su cabeza. Hubiera pasado todo eso por alto, dado que estaba acostumbrada luego de dos meses de que pasaran cosas similares, pero ese día fue particularmente malo.

Y no sólo fue esa noche, la siguiente, y la siguiente de la siguiente, siguió pasando lo mismo. Hasta que los días se hicieron semanas, estas se transformaran en meses, y los meses, en años.

Su madre, quien ya había soportado tres duros años desde el primer "ataque" de su hija, optó por llevarla a un hospital donde acabaría siendo internada, luego de una serie de pruebas para comprobar su estado mental. Desde entonces, su vida transcurrió prácticamente en una camilla de hospital, en camas de asilos, en la cárcel quizá. Entraba y salía de todos ellos para visitar a su familia unos cuantos días, y nuevamente volver a su "residencia".

Yo conocí a madre e hija cuando pasaba por enfrente de su casa, ya que al estar tan cerca de la acera, era posible escuchar todos los gritos que venían desde adentro, y cuando oí semejantes alaridos, decidí acercarme. Lo que pude ver a través de las mugrientas ventanas fueron una pelea entre las dos, y finalmente, un intento de suicidio por parte de la joven. Hasta que no conocí su caso, no supe que todo aquello era por las supuestas "rabietas" de la muchacha.

En su último viaje en ambulancia, ella vio escurrir la sangre por las ventanas del vehículo. En un vano intento de escapar de la camioneta, se sacudió para liberarse de las correas que la sujetaban a la camilla, y escapar, pero lo único que consiguió fue tirar abajo el vehículo, y que el conductor muriera. A pesar de haber causado eso, ni un segundo paró de gritar alegando que el mismísimo Diablo la estaba persiguiendo.

Luego de eso, bajo el pretexto de que era una enferma mental sin remedio, fue trasladada a un asilo de máxima seguridad, lugar del cual no volvió a salir en su vida. Sin embargo, la sangre y las voces, quienes la llevaban acosando desde que apenas tenía trece años de edad, no dejaron de perseguirla un solo instante.