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Ese día todo parecía ser tan gris bajo mi percepción. Lo recuerdo perfectamente. Estaba sola en casa. Vestía un bikini negro, un pantalón bastante corto marrón y unas botas que hacían conjunto con mi pantalón.

Tenía sed, así que fui a la cocina por un vaso de agua. Al volver a mi habitación, me tiré en la cama y me concentré en mi celular. Repentinamente, oí un ruido proveniente de la cocina, pero, al bajar, no me encontré con nada fuera de lo normal, exceptuando que el grifo, el cual me hallaba segura de que estaba cerrado, se encontraba abierto. Lo cerré. No obstante, al hacerlo, pude escuchar una macabra risa de niña. Ya que soy muy asustadiza, me dirigí rápidamente a mi cuarto y llaveé la puerta. Sin embargo, fue cometer un grave error, supuesto que, al no revisar mi habitación, no me percaté de que algo más estaba presente.

Allí se hallaba, sentado en mi escritorio, detrás de mí, un monstruo. Al darme cuenta de su presencia, se levantó y se comenzó a acercar lentamente con sus manos detrás de su espalda. Solo pude mirar su rostro que me observaba, antes de caerme al suelo de un golpe.

—¡Qué linda niña! ¡Perfecta para probar cuánto duelen mis golpes! —dijo antes de comenzar a golpear mi brazo izquierdo con un palo con clavos que llevaba en su espalda y rompérmelo para proseguir con el derecho— ¡Quiero más! ¡Quiero más! ¡Más sangre! ¡Quiero ver tu brazo caer!

Soltó su palo muy lejos de mí y, de su espalda, sacó un gran cuchillo, que alzó y clavó en mi brazo derecho substrayéndolo de mi cuerpo.

—Recién estoy comenzando —dijo entre risas para, a continuación, acercarse a mí y susurrar—Jugaremos hasta que mueras... —Su frase fue interrumpida por sirenas de ambulancias y patrullas. Sin dirigirme otra palabra, levantó su cosas con calma y saltó por la ventana.

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