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Por las noches se escuchaban risas provenientes de la oscuridad, delgadas y melodiosas risas. Antes del amanecer, en plena oscuridad, me asomaba por la ventana de mi habitación e intentaba percibir de dónde provenían realmente.

Fue así cada noche durante cuatro días, a la misma hora, la misma risa. Había llegado a crear una figura para aquella voz. Claramente era la de un hombre, pero ya mi imaginación despabilada a tal temprana hora se ocupó de lo demás.

Creé una figura delgada y alargada, cuchillos utilizados para hacer malabares y una máscara de antiguos actores de Commedia Dell’ arte. Me maravillaba ante la idea de que sólo fuera un actor de tercera imitándolos o practicando para alguna clase de obra de teatro.

Cerré mis ojos cansados, aquella noche no hubo risas, todo parecía calmado como nunca. Sólo había silencio, tanto que llegaba a ser perturbador, deseaba las risas, me había acostumbrado a ellas tanto que no podía dormir sin escucharlas una última vez. Me asomé por la ventana tratando de recordar el lugar donde usualmente se encontraba, agudice mi oído para percibir aunque sea un leve sonido.

Intenté concentrarme lo más que pude. Allí estaban, era un sonido casi inaudible pero ahí estaba. Me estire un poco más fuera de la ventana para estar más cerca de ellas. Sentí una fuerte punzada en mis costillas y caí de rodillas abrasándome a mí mismo por el dolor. Era insoportable, parecía como si me estuvieran clavando un cuchillo en ese lugar.

Sentía un sudor frío recorrer mi columna y mis manos sudaban demasiado, quise limpiarlas en mi camiseta y al verme las tenía toda manchas de sangre. Entonces realmente me había herido ¿Cómo?, ¿Dónde?, ¿Con qué? cientos de preguntas se formaban en mi cabeza pero sólo podía estar concentrado en las risas, cada vez más audibles y cerca. Parpadee para mantener la conciencia activa y no desmayarme por el shock. Me fije nuevamente en mi herida, pero ya no estaba ahí, ni siquiera había sangre. Me levante del suelo y me fije en que la habitación estaba en completa oscuridad, estaba completamente seguro de que había dejado abierta la ventana y la luz de afuera se filtraba.

No sabía si lo que veía era parte de mi imaginación, el shock me había afectado más de lo que esperaba o si habría estado soñando todo este tiempo. Allí estaba, acuclillado en mi ventana acaparando toda la luz, con brazos y piernas delgadas, aquella mascara que me había costado imaginármela. De su cinturón colgaban varios pares de pequeños cuchillos afilados y relucientes.

Saltó sobre mí y aterrizó sobre mi cama, su máscara a mitad de cara dejaba a la vista su amplia sonrisa juguetona, de su cinturón empezó a sacar los cuchillos uno a uno. Estaba sorprendido, él iba a hacer malabares tal como lo había soñado.

Sentí como me caía el sudor por la cara, sólo que no era sudor sino sangre, había lanzado unos de los tantos cuchillos y corto mi mejilla. Mi asombro pasó al pánico, aquel sujeto iba a matarme. Cerré fuertemente mis ojos, y me repetía mentalmente que aquello sólo era un mal sueño, sentía como cada cuchillo que me arrojaba cortaba mi piel, por un momento se detuvo. Temí que al abrir mis ojos siguiera allí, me armé de valor y los abrí. Quedé paralizado.

Me encontraba boca arriba en una habitación blanca de hospital, después de todo aquello realmente había sido un sueño. Pero ¿Por qué estaba en el hospital?. Empecé a incorporarme pero una mano me detuvo, mire alarmado a mi costado, era mamá.

Lo que realmente me sucedió fue esto, según los vecinos: me asomé por la ventana y quedé ahí por unos largos minutos, luego al estirarme caí por la ventana y me corté el cuerpo por haber caído sobre los rosales de mi madre.

No sabía que creer, aquello sólo había sido una alucinación después de todo. Yo mismo me hice creer que aquella historia que me contaron era lo verdadero, aquellas risas que todas las noches escuchaba nadie más las oyó. Yo mismo me consideraba un loco por todo este asunto.

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