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Un día el sol no se levantó de su cuna y la luna tampoco salió. Ese día todo volvió a empezar. En un espacio oscuro donde la nada lo es todo, la Vida y la Muerte se reunieron. Se miraron a los ojos y entendieron que debían hablar. La Vida agachó la mirada y curioseó por el rabillo del ojo a ambos lados. La Muerte inclinó su cabeza ligeramente hacia un lado y miró a su compañera intentando entender.

-La tierra me pertenece a mí- dijo la Vida.

La Muerte sonrió y dio un puntapié sobre un suelo inexistente.

-Otra vez con lo mismo- respondió la Muerte-. No te entiendo.

-Me cuesta entenderlo incluso a mí. No comprendo por qué las cosas tienen que ser así. Pero claro, no puedo pedirte que lo entiendas... Yo creo y tú destruyes. Cómo se puede pedir a un asesino que sienta piedad de sus víctimas si no la siente ni por él mismo.

-Se nos han asignados planes opuestos. El equilibrio lo es todo.

La Vida levantó un brazo e hizo un giro a su alrededor. La oscuridad desapareció y vieron allá abajo un paisaje verde. Una gran pradera regada por innumerables ríos. En una esquina del prado nació un árbol. La Vida lo señaló y miró a la Muerte.

-¿Sabes cuánto cuesta crearlo? En cada rama de cada árbol, en cada pétalo de cada una de las flores que ves que nacen en este mismo instante, se va un poco de mi esencia. Pero cuando ese árbol da frutos o una de esas flores deja su polen entre las patitas de esas abejas que acaban de aparecer, mi vitalidad vuelve a estar igualada. Doy y recibo. Tú lo único que haces es quitar. Un acto muy egoísta si no te has dado cuenta.

Mientras hablaba, el paisaje se llenó de frutos que colgaban robustos desde las ramas de cientos de árboles que habían nacido. Y la pradera se manchó con millones de colores procedentes de un sinnúmero de especies de plantas y flores.

-He de reconocer que tienes mérito. Es más fácil matar que crear vida. Pero si yo no existiera, ¿qué tipo de caos sería este? El mundo rebosaría de vida y siempre de algo bueno nace algo negativo. La envidia provoca rivalidad y la rivalidad conflictos y los conflictos...

La muerte no pudo seguir. La vida había dado un paso adelante, había invadido su espacio. Algo que jamás debería de pasar. Le miró a los ojos, unos ojos negros y sin vida. Tomó su mano varonil y la posó sobre su pecho:

-¿Qué sería de mí sin ti?-preguntó la Vida.

La Muerte la observó con mirada confundida. Se había dado cuenta de que aquel sentimiento que le había avergonzado durante casi toda la eternidad: era correspondido por el lado contrario. Pero ya había desechado aquella idea. "Si somos tan diferentes, ¿cómo podría funcionar? ¿Cómo podrían alguna vez unirse sin romperse el agua y el aceite?"

Alzó la mirada con los ojos empañados..., la muerte lloraba. Y cada lágrima que cayó de sus ojos se quedó suspendida en el cielo de aquel paisaje que se había vuelvo negro. Las lágrimas empezaron a brillar: las estrellas habían puesto luz a la noche.

La vida tomó entre sus manos su rostro y acercó sus labios a su mejilla.

-¿Qué mal podemos hacer si este es un sentimiento puro?

Los labios se pusieron en contacto y ambos cuerpos fueron recorridos por un escalofrío del cual salió una luz deslumbrante que retumbó en el cielo: el relámpago había nacido. Pero no se dieron cuenta de un pequeño detalle. Allí abajo, la tierra comenzó a temblar: los árboles se sacudieron, los ríos hirvieron y una brecha se abrió en medio de la inmensa pradera. De las profundidades de la tierra nació algo que comenzó a retorcerse sobre sí mismo. Empezó a tomar forma humana. El hombre consiguió ponerse de rodillas y vomitó una sustancia negra. Como pudo consiguió ponerse en pie. Su cabeza agachada, cubierta de un pelo largo y rojo. Se miró las manos y su cuerpo sin levantar la mirada, roja como el infierno.

Y gritó, lanzó un grito que estremecería al más valiente de los guerreros. No era un hombre normal, sus dientes eran comparables con el más feroz de los depredadores. Se giró sobre sí mismo, observando de forma furtiva y, de un solo salto, se perdió entre los árboles.

-¿Has visto? ¿Has visto a nuestro hijo?-exclamó la Vida.

-Ese no es nuestro hijo-exclamó la Muerte-.Esa aberración no es mía. ¿Cómo puedes aclamar a ese ser parido del vientre hinchado del mimo infierno? ¿Cómo puedes creer que es hijo nuestro?

-Sí, sí, es hijo nuestro. Tuyo y mío. Pero mírale-insistió la Vida señalando hacia la pradera. EL ser había cazado un enorme oso del cual se alimentaba. Había mordido con sus caninos al animal en el vientre y succionaba su sangre que manaba de la herida abierta-.Tiene parte de mí y parte de ti. Él vive gracias a mí, pero está MUERTO. Tiene lo que tú das. Es perfecto, es fuerte, rápido. Puede poseer las ventajas de la vida.

Mientras hablaba, comenzó a amanecer. El sol empezaba a salir por el horizonte y ambos vieron cómo su hijo se escondía en un recodo escarpado de la montaña. Así hasta el día siguiente. Y así uno y otro día hasta que tuvo la oportunidad de aumentar su progenie.

Y aún hoy, siempre un día cada año, el sol no se levanta de su cuna y la luna tampoco sale. Ese día los dos amantes se reúnen y observan el mundo. Se cogen de la mano y se llenan de orgullo al ver un mundo destruido por la codicia de los humanos mientras su primer hijo y su descendencia permanecen intactos como el primer día.

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