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Poco a poco, Madame Lalaurie se iba convirtiendo en una de las mujeres más conocidas, influyentes y envidiadas de todo Nueva Órleans. Nadie en su sano juicio habría pensado que bajo aquella imagen de dama culta, sofisticada y distinguida, se ocultaba una persona perversa y macabra, muy asidua a propinar duras palizas y tratos denigrantes a sus sirvientes.

La mínima falta era el detonante perfecto para encadenar a una de las criadas a la chimenea de la cocina en pleno verano, o propinar duras palizas a los criados por no doblar correctamente sus trajes de gala. Aquella casa se había convertido en un infierno para todas las personas que llegaban a trabajar en ella.

Algunas de las vecinas se habían fijado en que los Lalaurie cambiaban constantemente de criados. En una de las veces, en poco más de dos semanas, habían empezado a trabajar seis mujeres y dos hombres nuevos en la casa, siendo lo que más extrañaba a los testigos de estos hechos, que los criados que habrían sido despedidos jamás salieron de aquellos muros.

Los gritos y chillidos de dolor de los esclavos comenzaron a escucharse incluso a varias manzanas de distancia, haciendo que las gentes se reunieran frente a la mansión alarmados por aquel sonido tan desgarrador.

Una de las primeras leyendas que se contaban de este lugar es que uno de los residentes, que vivía cerca de la casa de los Lalaurie, pudo ver cómo Madame Lalaurie corría por una de las terrazas del tercer piso con una fusta en sus manos, mientras trataba de alcanzar a una joven sirviente que huía despavorida de ella, para finalmente tropezar con uno de los baldosines y caer al vacío.

La caída de casi diez metros de altura provocó que la joven muriera en el acto sobre los adoquines de la calle Royale. Y pensando que nadie había visto tal atrocidad, Madame Lalaurie ordenó a dos de sus esclavos que enterrasen de forma disimulada los restos de la muchacha en los jardines de la casa.

Este fue uno de los primeros hechos que hizo dudar a los vecinos de la apariencia amable y apacible de aquella simpática pareja, los cuales fueron automáticamente denunciados a las autoridades. El juez determinó que los Lalaurie debían vender a los esclavos, pues al haber sido víctimas de unos actos tan denigrantes, lo mínimo que debían hacer era darles la posibilidad de servir en otra casa, lejos de ellos.

Pero en un acto de rabia y rencor, Madame Lalaurie vendió los esclavos a unos familiares que vivían cerca de Nueva Órleans, y que a los pocos días se los devolverían a altas horas de la madrugada para que los vecinos no pudieran distinguir sus rostros, evitando de este modo nuevas denuncias contra ellos.

Los amigos e invitados de los Lalaurie dejaron de asistir a sus fiestas y cenas, evitando las habladurías de los vecinos, que tenían bien vigilados los muros de aquella enorme y oscura mansión, esperando con cierto morbo, que un nuevo escándalo protagonizado por los Lalaurie viera la luz. Fueron pasando las semanas, y la aparente tranquilidad había vuelto a la calle Royale...

Pero aquella tranquilidad no fue más que una quimera ideada por la propia Madáme Lalaurie, la cual amordazaba a los esclavos y criadas cuando les azotaba con la fusta y el látigo, de este modo evitaba que los gritos de dolor se escuchasen de nuevo en las calles de Nueva Orleans. Llegando a un punto que incluso la cocinera era azotada sin piedad junto a la chimenea.

Hasta que un día, un incendio comenzó a devorar toda la estructura y los muebles de la mansión, haciendo imposible controlar las llamas que avanzaban piso a piso con gran rapidez. Se dice que dicho incendio fue provocado por la cocinera, harta de sufrir las vejaciones que su ama le propinaba tan gratuitamente.

Los bomberos no tardaron en llegar a la calle Royale, en la cual comenzaron a bombear agua en las zonas bajas de la estructura antes de que pudiera verse afectada por el fuego y derrumbarse. Una vez sofocado el gran incendio, los bomberos accedieron al interior de la residencia, que estaba totalmente tiznada de negro por el fuego y el humo, tratando de encontrar algún superviviente que pudiera haber quedado rezagado en su interior.

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