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LimboP MORADOR DEL LIMBO
"Se estremece la tierra, ruge la espuma de los mares sobre las montañas, y el cielo arde en música de sombras y liras infernales"

Este es un descarriado del Limbo, penitente del Purgatorio con fecha de nacimiento en un guiño de ¡CreepyLooza! Abstente de la arena, que esto es más legal que tu jfa. Burló La Guillotina y a los Jueces del Infierno, así que cómete tu teclado.

– ¿Nuestros archivos han sido falsificados o son incorrectos? ¿No eres mudo, no, chico? – Le preguntó el juez, sosteniendo levemente su mazo.

El hombre rubio, de ojos descoloridos y cara pétrea que se sentaba a la derecha del estrado de la Corte Judicial, no parecía ni un poco intimidado. Mirando al juez enfrente suyo, negó con la cabeza.

– ¿Eres consciente de que ningún abogado ha querido apelar a tu favor, no, chico?

El hombre a veces aparentaba unos 30 años, mientras que en otros momentos parecía de 20. Volvió a negar con su cabeza.

– El policía local Roberto Hernández te capturó en el kiosco Las Cerezas en la calle Mitre al 1200. – Mientras el juez recapitulaba los informes, sacó una bolsa de plástico con un cuchillo de mango metálico dentro de esta. – Fuiste atrapado in fraganti con este cuchillo, utilizado para dar 89 apuñaladas a la víctima, el carcelero Méndez, con heridas que no se limitaban al cuerpo, sino que deformaste toda la cara de nuestro excompañero dándole exactamente 30 puñaladas allí.

El acusado, distraído, parecía mirar fijamente a uno de los policías que cubrían las puertas. Estaba perlado de sudor y quería decir algo que no se atrevía a expresar en voz alta.

– No paraste a pesar de que estabas en un lugar público. No lo hiciste cuando 4 testigos intentaron detenerte, los mismos compradores, que acaban de declarar en tu contra. Y luego del asesinato, paseaste por la ciudad con tu ropa bañada en el olor y vista de la sangre.

La sala se silenció por algunos segundos. Se esperaba a que el acusado se defendiera, pero lo único que se escucharon fueron murmullos de la gente preguntándose porqué seguía callado.

– ¿Al menos puedes respondernos esta duda antes que dé por finalizado el juicio? Todos los testigos coinciden en que no escucharon un sonido proveniente de ti ni de las apuñaladas, a pesar de que juraron verte hacerlo repetidas veces, sintieron el fétido hedor y claro que el cuerpo se encuentra ahora tal como ellos lo observaron la última vez. Lo describen como si un tubo enyesado de plástico o un silenciador hayan estado obstruyendo el sonido de tu cuchillo. Luego, tanto como cuando ellos creyeron haberte capturado, al igual que cuando la policía juró haberte puesto esposado en su auto, nos afirman que desapareciste al siguiente momento, de la nada. ¿Podrías explicarnos esto, chico?

Volvió a negar con su cabeza.

– En vista de que no quieres acatar un tiempo exacto para tu silencio ni deseas responder nuestro interrogatorio sin apelar a tus leyes a favor, no me queda otra que acabar con esto. – El juez estaba dispuesto a darle una última oportunidad antes de otorgar su veredicto, pero el acusado seguía sin dar siquiera una palabra luego de 10 segundos. Decidido, dio unos mazazos contra su escritorio. – ¡Esta Corte declara en el 11 de abril de 1955 un fallo en contra de Hernán Domínguez, por asesinato con intento de robo y se lo condena a la pena máxima por su cruel arrebato! Se lo llevará inmediatamente hacia el calabozo inferior de la calle Dorrego. Mientras lo trasladaban, Domínguez sonrió por primera vez.

Sentir el calor de la silla dentro de la habitación, verla en su proximidad junto a sus grilletes y a sus electrodos seguía sin quitarle la sonrisa de la cara. Cuando conectaron los electrodos de la silla eléctrica sobre su pierna derecha y su cabeza, Hernán le susurró algo incomprensible al guardia que solía recibir a los condenados.

– ¿Eh? No intentes buscar ayuda aquí, maldito enfermo. – El guardia, un hombre rechoncho y con voz gruesa, accionó el voltaje de un tirón. El sonido fue estruendoso, pero solo se oía como si una comida estuviese friéndose, porque Domínguez no profirió siquiera un sonido cuando respiró por última vez el aire sofocante que recorría en el calabozo, como si no tuviese cuerdas vocales. Tampoco movió ni un pelo, como si fuese inmune a la fricción.

Cuando la electrificación terminó, la habitación entró en un silencio que parecía eterno. No se oían las voces de los demás prisioneros, ni la de los policías caminando en su ronda diurna, tampoco se escuchaban las voces del bar que se encontraba al lado de la cárcel. Parecía como si el día se hubiese sentenciado junto al muerto. El guardia observó al recién fallecido y un escalofrío le recorrió todo su cuerpo. Seguía sonriendo.

El guardia empezó a sentir la habitación mucho más oscura que antes y sintió la necesidad de una bebida, pero al momento de salir, le estaban trayendo otro condenado. Le traían a un hombre rubio, de cara sonriente y unos ojos que a veces se veían grises y otras veces negros.

– ¿Eh? ¿Pero qué? ¿E-esto, digo, este no es? – El guardia quería preguntarle algo al carcelero que traía consigo al condenado, pero ya se había marchado, sin darle sonido a sus pasos.

Por primera vez en su vida, se sentía asustado por estar solo junto a un culpable esposado. Pero escondiendo su miedo, puso a un costado el cuerpo de Domínguez, conectó al nuevo acusado y volvió a repetir el proceso del voltaje, dejando otro cuerpo chamuscado y sonriente.

Esta vez el sentimiento de silencio se intensificó. No se podía oír ni siquiera el momento en que los electrodos frieron al nuevo acusado y sino fuese por el humo hirviente que desprendía el cuerpo y la descoloración que provocaba en la piel, cualquiera hubiese creído que la maquina estaba fallando, ya que el hombre freído no movió ni un pelo. Algo que era tan inusual, ya había pasado dos veces seguidas en solo segundos de diferencia.

Un escalofrío le empezó a recorrer por todo su cuerpo, al ver a los dos cuerpos y notar que ambos sonreían de la misma forma.


Pero cuando se dirigió a la salida de nuevo, la misma escena que antes se repitió. El mismo guardia que trajo a los otros acusados, volvía con uno muy similar. Rubio, de cara sonriente y en este caso, con unos ojos completamente negros.

– ¡No, no, no, ya basta! ¡Es que no ves que se repite la escena, que es el mismo! ¡Por favor, llévatelo de aquí! – Sin percatarse, estaba gritándole al acusado, porque al igual que antes, el carcelero había desaparecido repentinamente.

– Bueno, solo quiero dejar de ver tu horrible cara, ¿me entiendes? – Cuando hizo una pausa para proseguir y observó a los ojos a ese hombre mudo, sintió como todo su cuerpo recibía un baldazo de agua fría y se paralizaba ante ese vacío inmenso de oscuridad. La mueca ensanchada en su boca y la falta de respuesta tampoco lo alivió, pero intentó mantenerse estable. – No me respondas, estoy acostumbrado a tratar con enfermos como tú. Te liberaré, ¿lo entiendes? Trata de huir sin que te vea nadie y no vengas a joderme más, y si intentas tocarme, te mataré.

Sacó unas llaves de su bolsillo derecho y liberó al preso, pero este no lo golpeó ni huyó como se esperaba de él. Se acercó a la silla, la examinó con el tacto, se sentó encima del anterior muerto y se conectó él mismo sin necesidad de abrocharse los grilletes. Con algo de esfuerzo, accionó el interruptor y murió al igual que los demás. El anterior cuerpo explotó junto a un baño de sangre que empapó la cara del guardia. El recién fallecido mantenía una sonrisa con los dientes al aire.

Luego de 3 muertes seguidas (y una, literalmente explosiva), el olor en el aire empezaba a darle arcadas, al igual que la vista empezaba a arderle, y hasta creía oír voces en ese aire putrefacto. “Ya comenzó el juego, EMM, es muy tarde para arrepentirse”, una voz sin ánimos y chirriante, que repetía esas palabras en sus tímpanos.

– No entiendo que mierda acaba de pasar. Dios, necesito un trago urgente.

Esta vez, pudo salir de la habitación sin ninguna interrupción.

Mientras avanzaba por los pasillos, su miedo seguía aumentando. No era normal que todos los presos estuviesen callados, lo que a ellos más les divertía era molestar a cualquier oficial despierto a esa hora, y si nadie siquiera daba un grito de “puto”…

Al pararse contra las primeras rejas frente suyo, sintió una humedad pegajosa en sus pies y el sentimiento de vomito aumentar en su cuerpo. Estaba pisando sangre. Avanzó un poco más y lo que vio le provocó finalmente derramar todo su almuerzo.

Los sesos, las tripas, las extremidades y los órganos de un preso estaban esparcidas por toda la celda, mientras que todo su cuerpo había sido abierto, como si sus costillas y vertebras hubiesen sido estiradas con una palanca y luego hubiesen jugado con todo lo que quedaba adentro. Mientras que el compañero tenía tres marcas de tiro en su frente, otras tres marcas de tiro en su pecho, en su cadera y finalmente paraban en su pubis. Su pene estaba abierto y cubierto de aceite y sangre, apoyado sobre la cara del muerto.

El guardia ante esta escena, luego de vomitar, se le llenó de lágrimas los ojos. Sabía que sea lo que sea que haya hecho esa atrocidad y que haya matado a absolutamente todo el mundo (algo que no necesitaba comprobar para confirmar), creía internamente que vendría hacia él y lo descuartizaría de la misma forma, o peor. El toque de la muerte podía sentirlo apenas a centímetros de él, en su intemperie.

Con pasos tambaleantes y por pura inercia, el guardia comprobó horrorizado como todos los demás cuerpos de los prisioneros fueron apretujados, pisoteados, mutilados y extirpados de igual forma. Ya con demasiadas lágrimas derramadas y su cuerpo derrumbándose, cerró los ojos y se desmayó, aun agitado.

Cuando despertó, notó que volvió a su habitación de la silla. Todos los sonidos que se habían esfumado en el día, habían vuelto junto a la caída de la luna. Los borrachines que cantaban a todo pulmón al lado de la cárcel, los prisioneros que molestaban a otros con insultos y algún que otro policía calmándolos a gritos. Se levantó con la misma agitación y corrió rápidamente hacia las celdas. Todos los prisioneros se encontraban en su lugar y completamente sanos, tal como sus gritos lo confirmaban.

¿Pero cómo era todo eso posible? ¿Acaso el oficial se había quedado dormido en medio de su guardia y tuvo la peor pesadilla de su vida? Él intentaba creer esto, mientras volvía a su puesto, más asustado que confuso.

Luego de una noche sin mucha actividad, el guardia retomó su puesto al siguiente día, sin revelarle su sueño ni preocupaciones a su esposa, porque él creía que en la privacidad y el olvido debían mantenerse.

Aun podía sentir el intenso olor de múltiples personas quemadas, como si los hechos de ayer no hubiesen sido un sueño. El guardia intentó olvidarse de esto, desviando sus pensamientos. Se puso a pensar en que luego de esa noche, quizás su tiempo de seguir en el oficio estaban acabándose y ya estaba empezando a sufrir la senilidad o los efectos secundarios de un trabajo tan sangriento. Un toque en su hombro interrumpió sus pensamientos. Era el mismo oficial de siempre, trayendo consigo a otro hombre con las mismas características que los tres del día anterior. Solo que esta vez, el pelo rubio estaba teñido de un color rojizo muy espeso, casi como si se lo hubiese pintado con sangre.

– ¡A la puta! ¡No puede ser! N-no… ¿bueno, sabes qué? Te mantendré esposado. No podrás matarte, ni me molestarás más así. – El prisionero de ojos negros dio una mueca, para luego volver a sonreír. De un tirón rompió sus esposas, como si estas fueran de juguete y luego procedió a asesinarse en la silla eléctrica. El silencio volvió a inundar al calabozo.

– ¡No, no, no, no, no! ¡Por favor, no quiero ver toda esta masacre de nuevo! ¡Ya basta! ¡Si unos estúpidos presos quieren alterar el orden de aquí, que lo hagan, yo me largo! – Salió de la habitación al mismo tiempo que otro preso con características similares a todos los anteriores estaba entrando. Este tenía la cara un poco cortada, a diferencia de los demás.

Ignorándolo, el guardia se dirigió a la comisaria-juzgado desde donde eran trasladados todos estos acusados. En ese lugar se podían oír los griteríos del público y el juez. Alguna que otra ocasión también se oía la máquina de chicles siendo repuesta en el kiosco que se encontraba al lado.

Al entrar, lo primero que se encontró fue a un acusado con una apariencia exacta a los demás que le trasladaron, con la mínima diferencia que a este le faltaba el lóbulo inferior. Este acusado lo observó y esto pareció intimidarlo mucho. Sentía como si estuviese siendo parte de un macabro juego y esto fuese algo que debía suceder, al igual que las repeticiones de muertes. Con el sentimiento de que debía cambiar algo y detener el juicio para que esta locura terminará, gritó con todas sus fuerzas: – ¡ALTO! ¡ESTE HOMBRE, EL ACUSADO, YA HA MUERTO! – Se percató muy tarde de la estupidez que había dicho.

–¿Qué dices? Ha estado aquí desde que comenzó el juicio, no tienen sentido tus palabras.

– Es que usted no lo entiende, juez. ¿O acaso no lo recuerda? ¿No recuerda que estuvo juzgando a esta misma persona?

– Es la primera vez que me presento ante Domínguez. Ayer fue un día calmado donde solo juzgué por robo, no, no recuerdo nada más. ¿No te estarás confundiendo? – Parecía que con la mirada más bien quería preguntarle “¿no habrás tomado algo indebido?”, pero no se atrevía a decirlo.

– Se lo juro que no. Sé que parece de fantasía o película lo que le digo, pero créame, ese hombre murió.

– Hágame el favor de tomarse unos días libres, que los necesita y de no interferir en mi juzgado.

Irritado, quería insultarlo por no creer en él, pero creía que lo mejor era dejar pasar todo esto y tal como le decía, no molestar al juez que podría traerle problemas. También debía alejarse del juzgado para que dejen de tomarlo como un loco y que su cuento como hazmerreír pase desapercibido. Se dirigió al kiosco de al lado, Las Cerezas, para intentar relajarse un poco, tomar un refresco y finalmente volver a casa. Estaba pensando seriamente en hacer una carta de renuncia y buscar otro empleo, cuando algo lo sorprendió y provocó que sacase su arma.

Un hombre con el pelo rojizo, con solo un ojo y una oreja derecha, con la pierna cojeando y con un calibre en sus manos, estaba sacando dinero de la caja registradora.

– ¡Alto ahí! – Sin titubear, el ladrón le disparó e increíblemente, con ese único tiro le dio en el centro del pecho, inmovilizándolo. Profirió un grito y se cayó al suelo al mismo tiempo que el derrame de su sangre.

El ladrón dejó su robo y se acercó al guardia, sacando de su bolsillo un cuchillo plateado. Parecía algo indeciso y no sabía si abrir o cerrar la boca.

– Bueno, ya no importa, este cuerpo ya es inútil. – La misma voz fría y carente de emociones que había rezumbado en la mente del guardia hace un día estaba hablándole en esos momentos.

– Mira, ya nos hemos visto muchas veces. – Mientras decía esto, le daba una apuñalada en el pie e ignoraba los gritos, la sangre en sus manos y zapatillas, el exterior bullicioso y a las personas que intentaban detenerlo. – Soy la razón por la que la gente sobrevive a accidentes imposibles, la razón por la que existe un Destino, la razón por la que todos los que viste morir, incluyendo el cuerpo que estoy poseyendo, volvieron a la vida sin que nadie más que tú se enterase y solo porque yo quería que te enterarás. – Todas sus palabras eran tan bajas y directas al guardia, que seguramente nadie más podía oírlo, a pesar de que muchas personas estaban a su lado, intentando golpearlo o detenerlo.

– Veamos, yo soy lo que viene tanto adelante como detrás de la Muerte, lo que lo ayuda, perjudica o hasta enfrenta, como ahora. – Al decir esto, le dio 3 apuñaladas más al hombre que se encontraba tirado en su propio charco de sangre.

– ¿P-por qué me haces esto? ¿Q-q-quién eres? – Hizo la pregunta lo mejor que pudo, entre gorgoteos.

– No soy un quién. Creo que más bien soy un qué. Ustedes los mundanos seguro que me conocen como la “Abstinencia”. Veras, cada vez que un borracho conduce y atropella a 10 personas, al menos 5 de esas personas se salvan. Muchas veces el mismo borracho que pudo haber terminado bajo el agua no abandona la vida terrenal. Esto es porque primero actua la Muerte y luego yo hago mi trabajo al salvar a los que más lo necesitaban, o al que menos lo merecía y yo necesitaba inducirle un aguijonazo de realidad. En otro ejemplo, si yo obstruyo el camino de un bebé hacia el exterior, la Muerte es quien actuaría como juez de a quien matar y a quien dejar vivo, si solo a la madre, si solo al bebé, si a ambos, o si a ninguno. En ambos casos, una complementa a la otra y no interrumpimos nuestros propios trabajos. Pero hay momentos en que, veras, entramos en conflicto. – Mientras decía esto, le daba al menos unas 28 apuñaladas en el pecho y otras 20 en ambas piernas, pero a pesar de estas tremendas heridas, el guardia aún tenía respiración.

– Sé que ya probaste de mi poder y ahora lo puedes sentir. Desde que te vi sabía que tú serías el que me ayudaría a vencer a la Muerte. Bueno, veras, hay veces que yo quiero dejar a la gente en estado vegetativo o en un desmayo completo o en una locura interminable. ¿Puedes creer que la Muerte desea acabar con mis propias víctimas? Es aquí cuando se forma la Abstinencia de la Muerte, gente que ha “muerto”, pero “vuelve” a la vida gracias a mí. Allí es cuando logro joderla. Aunque también se podría formar la Muerte de la Abstinencia, pero nunca dejo que eso suceda. Nunca. – Fue dando 7 apuñaladas más en el miembro del pobre guardia. Su cuerpo ya parecía una piñata de sangre.

– Estoy en todos lados, pero solo me manifiesto tomando un cuerpo humano cada vez que necesito vencer a la Muerte. Podría hacerlo en una casa, en un objeto o en cualquier animal, pero prefiero la fuerza humana combinada con mis poderes, es en verdad placentero. Lo único molesto de esto es que la Muerte puede atacarme, ya que tengo una obstrucción física y muscular. Es por esto que yo la distraigo de estas formas y dejo que me toque tanto en un cuerpo ya marchito, para hacerla creer que me ha derrotado y poder mudar a otros. En realidad, hablar es una forma de que mi cuerpo pierda consistencia, por eso solo lo hago cuando estoy a punto de terminar mi trabajo. No recordarás nada, pero es hermoso saber que con un cuerpo humano, puedo producir esta clase de sonidos. – Finalmente, destrozó el cuerpo del guardia al darle unas 30 apuñaladas en la cara.

– ¡Hey, despierta, no te vayas, Enzo Manuel Méndez! ¡Por desgracia, para que yo, la Abstinencia exista, sigo dependiendo de ella, la Muerte! ¡Creo que me excedí en la diversión! ¡Bueno, mi silencio es capaz de diluir la muerte con mis simples pasos, al igual que lo hice cientos de veces en tu cárcel con todos esos idiotas! ¡Aprovecha tu cordura, que desearás que yo sea tan honrosa como la Muerte! – Fue lo último que escuchó, junto a una risa que resonaba constantemente en su cabeza. También podía oír una respiración, que parecía reconstruirse poco a poco.

A pesar de los borbotones de sangre que sentía que seguía perdiendo, Méndez sabía que esa respiración era la suya.

Para su desgracia, lo único que había entendido y aun podía procesar, era que su vida ya no pertenecía a él. Sino al conflicto entre la Muerte y la Abstinencia, y quien ganase ese duelo.

Méndez volvió a sentir el olor hirviente que dejó la muerte de al menos 3 cuerpos en la silla, puestos en el plan de la Abstinencia. Era el olor del calabozo, donde las locuras o las muertes recaerían en todos, donde harían pruebas de su furia, su toque y principalmente, su irracionalidad.

Solo como ellas sabían hacerlo.