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Estoy segura de que cada adolescente piensa esto en algún momento u otro, pero mi madre es muy dura conmigo. Parece que la decepciono a cada paso: mi comportamiento, mis notas, mis hábitos alimenticios, cualquier cosa que puedas nombrar… todo.

La mayor decepción para ella, es mi aspecto; lejos de su propia belleza rubia y esbelta. Aunque ella no lo dice, creo que me culpa por parecerme a mi padre. Mi apariencia poco atractiva es un recordatorio constante de su abandono.

Últimamente ha estado sacando el tema de la cirugía plástica, pero sin mucha suerte. Soy demasiado joven, para empezar, pero es más que eso. Puedo leer detrás de su encogimiento de hombros. ¿Cuánto podrían realmente hacer, conociendo a la materia prima? La verdad duele, pero sería una tontería negarla.

A veces, cuando me siento valiente, trato de sugerir que tal vez sólo estoy destinada a verme de la forma en que lo hago. Sus palabras son siempre las mismas.

“La belleza puede ser dolorosa, cariño, ¡pero no es tan dolorosa como el castigo del mundo cuando te falta!”

Sus golpes en mi puerta me despierta de mis reflexiones, y me preparo para el comienzo de nuestro ritual de cada mañana.

Primero vienen las lentillas que hacen que mis ojos escuezan terriblemente. Luego el hierro candente, forzando a mi pelo crespado a su sumisión. Maquillaje, aplicado generosamente. Uñas, recortadas y pulidas. Después el cepillado de los dientes.

Ahora venía la peor parte. Apreté mis dientes en preparación para el toque familiar y afilado del cuchillo serrado en mi espalda.

Finalmente, después de lo que parecía una eternidad, se acabó. Estoy sin aliento y mareada por el dolor, y casi no la siento deslizando el vestido, cuidadosamente acolchado, sobre mis hombros, apretando sin piedad la faja.

Da un paso atrás para examinar el resultado final, y trato de ocultar mis lágrimas y sonreír, esperando que esta vez le guste lo que ve.

Las puntas de mis afilados colmillos están rotas y limadas. El carmesí de mis ojos está oculto por las lentillas azules y por supuesto, las alas coriáceas que empujan su camino a través de mis omóplatos cada noche han sido serradas hasta muñones sanguinolentos.

“Buena chica” susurra en un momento de extraña aprobación, colocando cuidadosamente la bonita banda de pelo rosa sobre los cuernos que han sido limados, pero aún logran sobresalir a través de mi elaborado peinado.

Ella sonríe alentadoramente mientras repite las palabras familiares.

“Sólo recuerda: no seas tú misma hoy, y todos te amarán.”

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