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«Cuando cantas y tocas sus cuerdas, ellos vendrán. Siempre lo hacen»

~ El testamento de Zhan pág 111. Bitácora de Oswald Kirk


-“El material que grabaste me encantó, ¿alguien te ayudó?”, dije con especial escepticismo. Él simplemente ahogó una risa y negó con la cabeza. -“Estoy seguro que tuviste que haber hecho algo más. ¿Lo editaste en la computadora, usaste algún ecualizador o contrataste a alguien para esto?”

Sabía que mentía. No necesitaba más evidencias.

No hace mucho, él me envío por correo electrónico una parte de la pieza musical que está preparando para el concurso. El premio de este evento era gordo: ser el guitarrista de la banda Primitiva Animalibus. Reconozco su esfuerzo y sus habilidades, no puedo negarlo. Él ha sido mi mejor amigo desde la infancia y aunque hemos tomado rumbos diferentes al cambiarnos de ciudad, hemos seguido teniendo contacto.

-“No he editado absolutamente nada”-. Respondía con suma tranquilidad mientras las luces de la habitación parpadearon casualmente. Su mirada serena y rostro mediático me contemplaban con una excepcional indiferencia sin caer en el menosprecio. Al momento que estaba a punto de levantarme de la silla e irme de allí, mi compañero se me adelantó al inclinarse hacia mí desde su asiento y devolverme una mirada fulgurante. Sin darme cuenta, entrecruzó sus manos y me aplastó aquellas palabras a continuación que parecían emitir una peligrosa advertencia:

-“¿Quieres que te lo muestre?”-.

Mi voz se apagó en seco y mis pies temblaron. No sé qué fue lo que sentí en ese momento ya que fue tan breve pero también tan fuerte.

-“Muy bien”-. Por fin articulé: -“Hazlo. Quiero escucharlo”

Entonces él se levantó y fue a otra habitación donde cerró la puerta detrás de sí. No sé qué tanto hacía allí dentro ya que se demoraba demasiado en salir, sin embargo me dio tiempo para reflexionar todo lo que había pasado y relacionarlo con todo lo que había a mi derredor. Su departamento era decente por fuera y por dentro no esperaría diferencia alguna en cuanto a su tamaño. Me encontraba en la sala de estar y tenía una amplia visión de su cocina, separado por una barra de mármol donde parecía que en cualquier momento aparecería un barman. Un pasillo curveaba por la entrada a la cocina y llegaba al fondo del recinto donde no hacía falta deducir que se localizaba el baño y dos habitaciones más: el cuarto donde (imagino) duerme mi amigo y la segunda habitación, donde acaba de entrar previamente.

Ser guitarrista fue un sueño que hemos compartido desde niños y gran parte de la adolescencia. Así mismo cuando cambiamos de ciudad, subíamos videos a nuestros canales de internet para evaluarnos e intercambiar técnicas para superarnos cada día.

Éramos sólo nosotros dos.

Pasó el tiempo y comencé a estudiar otras cosas para superarme, practicando con aquél instrumento muy de vez en cuando. Ya no lo hacía con la misma energía que lo hacía antes y eso lo notó mi querido amigo. Perfectamente recuerdo cuando mi amigo me recriminaba por eso y de tan sólo pensarlo se volvía loco. Muchas veces había intentado razonar con él, de explicarle que la guitarra no iba a poder darme los ingresos que yo necesitaba para siquiera solventar mis propios gastos ya que prácticamente vivía solo.

Nunca comprendió mis razones y de un momento a otro pedí contacto con él. Me había bloqueado de las redes sociales que frecuentábamos, se había borrado la cuenta donde subía sus videos propios, y además había borrado todos los comentarios que dedicó a mis videos.

No supe cómo reaccionar ante toda esa cadena de eventos. Así mismo, él no tenía por qué haber reaccionado de esa manera por lo que decidí dejar de buscarlo.

Con el pasar del tiempo, una disquera me dio un contrató para evaluar las piezas musicales de los grupos que aspiraran un contrato con ellos. Encantado por la oferta, acepté y durante dos años he sido crítico y manager a la vez de algunas bandas. Durante los siguientes ocho meses de haber dirigido la administración de un grupo nuevo, los Primitiva Animalilbus, se dio a conocer que el bajista que ellos tenían desapareció salvo dejando sus instrumentos e indumentaria. No dijo nada ni dejó ninguna nota. Fue entonces que llegó a mi oficina cientos de misivas de personas interesadas en ser el nuevo bajista de la banda y de entre todas las cartas había una muy especial.

Finalmente después de mucho tiempo, mi amigo se había puesto en contacto conmigo y rezaba en su correo que sus obras no tenían comparación alguna. Se atrevía a mencionar que no era necesario que viera a los demás interesados para elegir quién sería el nuevo integrante del grupo y además, para reafirmar sus comentarios, me envió su nuevo material.

La pieza comprende dos minutos y cuarenta y tres minutos en total. En el más absoluto silencio la escuché de principio a fin, una y otra vez hasta el cansancio. Me atrevo a decir que la nostalgia se había apoderado de mí al oírla ya que la forma melódica con la que empiezan sus notas son similares al material que ambos habíamos compartido desde adolescentes, no obstante durante el transcurso de la canción ocurre algo que difiere bastante.

La primera vez adoré la pieza.

Simplemente, la amé.

La segunda vez la volví a amar como la primera vez que la escuché.

Después de la tercera, cuarta y hasta inclusive duodécima vez el sentimiento hacia esa música era igual.

Simplemente, no podía odiarla.

No podía criticarla.

No lograba maquinar alguna opinión imparcial sobre esas notas. Sencillamente no lograba asumir una posición de crítico hacia esta peculiar creación.

Pero lo que sí podía hacer era detectar algunas anomalías en las pautas. Notaba cierta distorsión que no eran naturales, que tendrían que haber sido editadas para su manufactura y que de ninguna manera él podía haberlas hecho solo.

Por tanto me interesé y decidí aceptar su invitación.

-“He la aquí. ¿Aún la recuerdas?”-.

De un momento a otro, él había salido de la habitación y cargaba una esplendorosa Warwick color pardo. Este bajo era similar al que había visto en sus videos.

-“Siempre te gustó ser simple y ostentoso a la vez, de hecho creo que no has cambiado mucho en todo este tiempo”-.

Acomodándose la correa y colocando sus manos en posición, me dio una mirada inquisitiva:

-“No soy como antes. Ya soy mucho mejor”-.

Lejos de escuchar eso como una mera amenaza, las cuerdas comenzaron a cantar al ritmo de la velocidad de sus dedos. Pronto supe qué canción era.

-”La Pauta”-. Musité.

-“Qué buena memoria tienes. Ahora escucha esta parte, te gustará”-.

Paulatinamente, la melodía comenzó a desviarse de las notas que habíamos compuesto décadas atrás. Empezó a volverse estridente y suave, luego salvaje y ostentosa. No podía describirla bien… no podía criticarla…

Simplemente, era hermosa.

Poco a poco, quedé hipnotizado ante aquella obra que parecía emular los suspiros delicados de un violín y los poderosos acordes que lograba labrar de su instrumento. No sabía cómo lo hacía. Ante mí era un bajo normal y común, no obstante la música que vomitaba de sus hilos era hermosa y no coincidía con el tipo de instrumento para el cual fue creado.

Fue entonces que el aparato emitió una poderosa pieza aguda que parecía atizar los dedos de mi amigo con fuerza, la cual encontré como parte improvisada y que se escuchaba espléndida. Por el contrario, al suceder esto, la coloración de mi servidor se tornó tan pálida y cristalina.

-“No… aún no. ¡Todavía no hay nadie frente a mí!”-. Vociferó.

Miré asustado mientras él seguía tocando: -“¿Qué dices?”-.

-“Él no es nadie, no es mi público ¿entiendes? ¡Todavía no!”-.

Poco a poco, las tonadas eran más fuertes y más fuertes. Ya no podía soportarlo y tuve que taparme los oídos. Intenté buscar el amplificador para apagarlo y fue cuando hice un terrible descubrimiento.

En ningún momento él había conectado algún aparato. Sólo era él y su bajo, nada más. La fuente del poderoso sonido no era nada más y nada menos que la guitarra misma.

-“¡Deja de tocar! ¡Suéltala!”-. Imploré pero él parecía no poder hacerlo. Algo invisible se había apoderado de él tocando una frenética melodía que nunca antes había escuchado. Nadie había creado esa composición antinatural. Simplemente era imposible de concebir aquellas melodías.

Lejos de acceder a la razón, mi compañero estaba poseído en una cruenta desesperación:

-“¡Todavía no! ¡No aún!”-.

La canción taladraba en mi mente y sentí una poderosa punzada en la frente. Algo estaba picándome con suma ardor que creía que en cualquier momento mi cabeza explotaría. Como mero acto instintivo, tenía cerrado los ojos. Traté de abrirlos al momento en que mi amigo expulsaba espantosos gritos de horror.

Ante mí se había pintado la horripilante aparición de formas indecibles que orbitaban alrededor del músico, que no tenían color y su aspecto era meramente brumoso. Parecían formar parte del espacio que ocupaba la habitación, pero se distorsionaban muy despacio al son de la dantesca melodía. No existía una forma definida, sólo extrañas cuerdas o apéndices que provenían de nuestro entorno y que sólo se materializaban al acercarse al instrumento.

En su espeluznante desesperación, el cuerpo de mi amigo comenzó a secarse y a enflaquecer a una velocidad atroz al son de la canción que sus dedos todavía tocaban.

No pude contener la escalofriante escena y salí corriendo de allí. Azoté la puerta sin importarme qué pudiese pasar y me abrí paso hacia los escalones. En mi loca carrera, caí y rodé por todos los escalones hacia la planta siguiente. Me levanté nuevamente y proseguí.

¡En el nombre de Dios! ¡¿Qué fue todo eso?!

Me encontraba en las afueras del edificio y por curiosidad me volví hacia el departamento donde vivía mi amigo.

Y yo…

Yo…

Y yo, al ver…

Al ver hacia el edificio, no encontré más que un hueco enorme del mismo tamaño del departamento.

Creado por: RandolphC