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Siglo XVI, la peste negra ha cobrado ya millones de vidas en toda Europa. Ciudades y aldeas han tomado ya toda clase de precauciones para prevenir el contagio, se han puesto guardias en las entradas, se ha ordenado expulsar a los mendigos, quemar la ropa de los difuntos y evitar el consumo del pescado y la fruta por ser considerados alimentos poco higiénicos.


En una pequeña y modesta aldea vivía Amelia, una joven mujer hija de una anciana ciega, cuyo incondicional amor y cuidado de ambas, hicieron que lograran vivir y sortear de muy buena forma cualquier clase de problema o conflicto económico. Una singular tarde de primavera, mientras la joven terminaba de lavar la ropa pudo oír cómo alguien la llamaba por su nombre desde la puerta de aquella humilde morada.

-Debe ser Teófilo…- le advirtió su madre al notar que Amelia se disponía a abrir la puerta.- ese pobre chico atolondrado y torpe…

-¡Amelia!- volvió a exclamar el muchacho apenas y pudo ver el dulce rostro de la joven aparecer tras la puerta.- ¡Es horrible!… debo decirte algo.

-Teófilo, ¿qué sucede?, ¿Por qué vienes con tanta agitación?- Preguntó la muchacha.

-Acabo de tener una visión horrible… ¡vi a la muerte rondar por las afueras de la aldea!, caminaba con toda calma, su aterradora figura caminaba con absoluta autoridad….

-Teófilo, cálmate… ¿es cierto esto que me cuentas?- preguntó la muchacha confundida.

-Tan cierto como mi amor hacia ti y a tu santa madre, oh, hermosa Amelia.- respondió Teófilo abrumado.- He hablado con mis hermanos y algunos vecinos, pero nadie quiere ir a hacerle frente, todos temen… todos le temen a la muerte, ¿Tú sabes lo que sucede cuando se ve a la parca rondando las aldeas, no es así, Amelia?

-Sí…- contestó con una extraña serenidad.- se espera lo peor… muchos han dicho que antes del brote de la peste, la parca se deja ver momentos antes por las afueras de las ciudades y las aldeas.

-Amelia… ¡todos moriremos!- replicó Teófilo, presa de un angustiante terror.- Antes de que suceda, quiero decirte que me hubiese encantado cobijarte en los momentos de frío…, me hubiese encantado reírme contigo en los momentos de alegría,… y me hubiese encantado haber sido el padre de tus hijos…

Dicho esto, Teófilo se precipitó calle abajo en una loca carrera y comenzó a gritar a los cuatro vientos que todos se debían preparar para la peste. Amelia tardó varios minutos en asimilar todo hasta que al fin optó por tomar una decisión radical. Se echó encima un cobertor negro y besó a su anciana madre en la mejilla, un beso que dejó una extraña y amarga sensación en la madre.

-¿Eh?,… hija… ¿Dónde vas?- preguntó la asustada anciana.- por favor no salgas…

-Te amo, madre. Ya regreso…- contestó Amelia y sin perder más tiempo salió de casa.

El sol ya estaba por ponerse en el horizonte, el triste cielo anaranjado dejaba caer su melancolía por las praderas y verdes campos que tendrían aún miles de historias que contar para los siglos venideros. Amelia caminaba con calma por el descuidado suelo de las afueras de la aldea y permanecía atenta a cualquier señal de la muerte. De pronto a sus oídos llegó un extraño sonido similar al que alguna vez oyó de las serpientes, sin duda era ella… la parca. La muchacha lentamente se giró y mejor hubiera sido jamás haberlo hecho. Una visión aterradora se presentó ante ella, allí a unos 20 metros de distancia se encontraba la muerte, tal como se la han descrito desde que ha tenido memoria…  


Una silueta siniestra cubierta completamente de negro, con un rostro blanco, totalmente inexpresivo del cual sobresalía una mandíbula bastante particular. En su mano derecha sostenía la temible guadaña, salvo que en esta ocasión no terminaba en una hoja de acero como lo ha oído en cuentos o ha visto en alguna que otra precaria ilustración, sino que se limitaba solamente a ser una delgada vara de la cual emanaba un siniestro vapor negro…

La muchacha comenzó a temblar, tenía a la aterradora muerte frente a ella… y sabía muy bien que con ello ya había sellado su perdición. Comenzó a llorar y a retroceder espantada mientras que la temible parca solo se limitaba a observarla con absoluta tranquilidad mientras blandía la delgada vara que expulsaba aquel humo negro. Amelia pensó en su aldea, en sus amigas, en su madre, en Teófilo… en fin, en toda su vida y en sus quehaceres diarios y no podía entender porqué Dios les había enviado tan desgraciado castigo. Por primera vez se preguntó la razón por la cual Dios enviaba a la muerte a las aldeas.

-¿Por qué?….- preguntó de pronto la muchacha con una débil voz mientras secaba sus lágrimas.- ¿Por qué Dios te ha enviado a nuestra aldea?…

La parca no contestó absolutamente nada solo la observó en silencio por unos segundos.

-¿Vienes de Dios?… ¿o vienes del diablo?- volvió a preguntar Amelia.- ¿De dónde te es dado el poder?

La muerte continuó observando a la mujer en silencio hasta que de pronto en un gesto que pareció ser desprecio, continuó blandiendo su guadaña por los campos y siguió propagando aquel temible humo negro por las afueras de la aldea sin preocuparse más por la presencia de la joven. Amelia, resignada y con su corazón lleno de amargura volvió a la aldea a esperar la inevitable muerte que se cernía ya sobre todos ellos. Y es que así lo confirma la leyenda y así lo ha confirmado la historia… han sido cientos los testigos que han jurado y perjurado que momentos antes de que la peste llegue a asolar una ciudad o aldea, han visto a la temida parca rondar por las afueras…

Terminada ya la labor de envenenamiento, la “muerte” regresa a uno de los alejados montes que hay en los campos, en donde le esperan sus condiscípulos y demás camaradas a bordo de la nave espacial. El ser extraterrestre se quita la escafandra de protección y da por concluida la fase de aquel día de exterminio terrícola. Sin embargo no puede dejar de pensar en lo acontecido hoy, y en la anécdota con aquella muchacha que le hizo tales preguntas… “extraños habitantes de este planeta, con sus extrañas costumbres”…, piensa.