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Para los que no leyeron la primera parte aquí esta: Primera Parte.


Luz, al otro extremo, parecía no tener dimensión del dolor que sentía su marido en esos momentos. Del brazo de Hugo, colgaban carne y tendones. Y de su boca, gritos de desesperación que venían desde lo profundo del infierno.

Pero para él, el sacrificio valía la pena.

Se apresuró a mirar el brazo izquierdo, lo cual era lo único que lo sostenía. Angustiado, triste y casi al borde del desmayo, se esforzó en mirar a su amada Luz, quien extrañamente, había avanzado unos pasos al momento de que Hugo destruyó su brazo derecho. Interesante era ver que el amor por su mujer no detenía el espectáculo, pero si alentaba al sacrificio…

Bastó una sonrisa esbozada en los labios rosa de la hermosa mujer para que Hugo se pusiera de pie, y tirara con fuerza el brazo izquierdo. Con fuerza, con rabia. Con amor.

La sangre se esparcía y se escurría entre las rejillas metálicas del piso. Lloraba amargamente, y le suplicaba a Luz que viniera, que lo reconfortara, que de alguna u otra manera aminorara el dolor que ya casi lo mataba.

Los brazos, ambos destrozados, inútiles y con los músculos palpitando, sangrando de sobremanera con la carne esparcida por el lugar.

A paso delicado, toda una señorita, en contraste con el oscuro y rojizo lugar, Luz se acercó a Hugo, se agachó, llevo sus delicadas manos a la cabeza del desgraciado y jugó con su cabello.

Mientras el comenzaba a convulsionar.

—¿Por qué tanto sacrificio, mi amor?

—Por… Porque las amo…

Luz se puso de pie y rodeó el moribundo cuerpo de su amado, dirigiéndose a los pies. Miraba el lugar, las dos lámparas que daban una pobre luminosidad, el pasillo sin salida, todo enrejado, todo metálico, con ruidos rechinantes, industriales, a lo lejos, como infiernos paralelos, como habitaciones reservadas para otras torturas, a otros infelices…

Y ella, mientras acariciaba los pies de su marido, le hablaba con voz dulce y serena.

—¿Oyes el campaneo? Viene de la Torre que tanto amas

Hugo, aun consciente, balbuceó

—Las amo a ustedes… Me… Me aferro a ustedes dos…

Luz, tomó la pierna de Hugo, dejando las cadenas que pasaban por la carne, tirantes.

—¿Me amas, mi vida?

—Más que a nada… —Respondió Hugo, a punto de vomitar.

—Entonces tira de la cadena y libérate…

—No puedo… no… no puedo…

—Hazlo, si me amas, lo harás

—No me quedan fuerzas –Lloraba Hugo, mientras Luz tiraba más fuerte del pie.

—¡Hazlo, Maldito pedazo de mierda!

—Maldit… ¿Qué?

Entonces Hugo reaccionó.

Tiró como pudo, rasgando la carne, rompiendo tejido, vasos, venas y poco a poco, los tendones.

Dejo caer las lagrimas y algunos jugos gástricos, mientras que casi por inercia y con la adrenalina a todo lo que daba, tiraba y tiraba, gritando, maldiciendo, con Luz mirando, salpicada en sangre y riendo de la manera más dulce que una mujer podía mirar.

Una cadena menos.

Tirado en el piso, Hugo convulsionaba de nuevo. Ya no era consciente de las cosas, pero si de la mujer que tomaba el pie que quedaba amarrado.

—Yo te ayudaré con ésta…

Despertó. Su celda, su cama, la suciedad y el olor a concreto. La ventanita, la Torre Gris, el campaneo. Vio las marcas en sus brazos y piernas. Vio las quemaduras en sus hombros. Vio todo lo que ya le parecía familiar, que hasta ese punto, lo tranquilizaba.

Pero se extrañó al ver la puerta de su celda, abierta.

También encontró extraño no oír los gritos de costumbre. No escuchar a los otros presos sufrir, gritar y suplicar por piedad.

Y tampoco vio a Ana por ninguna parte.

Se sentó en la cama, miró la foto de sus amadas… estaba confundido, no entendía nada, era increíble que hace 2 minutos, estuvo sumido en el sufrimiento más jodido de todos, ahí, en persona. Era increíble ver a su hija y esposa de forma tan diabólica. Era increíble, no entendía nada… pero lo único certero, era el campaneo.

El campaneo…

¡El Campaneo, por Dios!

Se levantó de un salto, y miró hacia la torre gris. Y luego, miró hacia la puerta abierta de su celda, hacia la soledad de la cárcel y a la libertad que lo esperaba ahí, a unos tres o cuatro pasos.

No lo pensó dos veces. La Torre lo aguardaba.

Impulsos e imágenes lo seguían mientras corría desesperado por los pasillos de la prisión, abriendo puertas, sorteando cadáveres putrefactos, un verdadero laberinto, oscuro, silencioso, de aire pesado.

Iba adentrándose más en sus pensamientos a la vez que se movía a todo lo que sus piernas podían dar. Pensaba en el juicio, en Dios y en el Diablo… no había nada justo en la tierra, Dios ya se había olvidado de nosotros.

Tropezó con una pierna cercenada y cayó bruscamente. Trató de recuperarse rápido, pero se sentía perdido. Años que no caminaba por otra parte que no fuera la sucia celda. Le sorprendían los horrores que podía ver en el lugar… Cadáveres por montones, cortados, colgando del techo, tirados. Vio al fondo un pasillo que parecía no tener fin, que se encogía más y más…

Corría, caminaba, con el campaneo constante, asqueado del olor y de las partes humanas que debía correr hacia los lados.

Se encogía aun más el espacio. Ya casi estaba de rodillas. Silencio.

Comenzaba a afectar una especie de claustrofobia, extraño en un preso como él.

Pero las campanas lo llamaban.

Se arrastraba. Sangre por doquier, respiraba apenas y la sangre casi inundaba el lugar.

Punto muerto, y comenzó a sentir un alivio, una corriente de aire. Un nuevo camino se abría ante sus ojos.

A un par de metros, imponente, apareciendo de forma inexplicable, la Torre Gris.

Y en la Punta de la torre, 2 personas.

Corrió, feliz, subió piso por piso, con sentimientos de libertad, con sentimientos de perdón.

Los buscaba, lo ansiaba, por el hecho que ahora podía recordar con claridad.

Trabajaba de noche. Iba llegando a casa, feliz, deseando el beso diario de su hermosa mujer.

Pero un ladrón de mala muerte amenazaba a su mujer en la puerta de la casa.

Sacó su arma de servicio, cual detective, apuntando, amenazando, defendiendo a su familia.

Fueron acercándose de a poco y se enfrascaron en una lucha.

La mujer protegía a su hija, metiéndola a la casa por órdenes de Hugo. Pero el delincuente zafó y entró a la casa, a la vez que Hugo daba dos disparos hacia la confusa oscuridad.

Silencio y llantos. Sangre, y una familia herida. Desesperado trató de socorrer a sus mujeres, ellas, agonizantes, pero aun vivas. Luz le decía a Hugo que se calmara, que no era su culpa… Las luces de los autos policiales daban un extraño contraste, mientras que del ladrón, ni rastro.

Hugo tenía el arma aun en sus manos.

Se lo llevaron a la cárcel, y la mujer con la niña, al hospital.

Homicidio calificado.

Y nunca más supo de ellas… Por lo menos hasta ese momento.

En el último piso, justo debajo de la campana, podía ver a su mujer y a su hija. Silencio total y una brisa bajo un cielo nuboso.

Avanzando paso a paso, comenzó a sentir calor. Y mientras más avanzaba, comenzaba a sentir ardor. Luego quemaduras.

Se le borraba la visión, pero no despegaba la vista de su familia. Ahí estaban, estaban vivas, era cuestión de voluntad, no importaba que mientras más se acercara, su piel fuera quemándose, fuera explotando en pequeñas erupciones de Pus. No le importaba.

Cayó de rodillas y el campaneo comenzó a aparecer. Sintió una voz a su espalda.

Giró como pudo, y ahí estaba Ana, esa chica de la cárcel, la chica que lo cuidó durante tantos años, en su calvario.

Ana, acercándose de a poco a Hugo.

Hugo, llegando al precipicio de la Torre, vio desesperanzado cómo su familia se desvanecía.

Llegó mal herido, sufriendo., las marcas de los castigos, de las pruebas anteriores tomaron forma y se hacían sentir.

La brisa corría suave. El campaneo era suave. Ana corría hacia él. Todo se desarrollaba como en cámara lenta.

¿Es la muerte otro cumpleaños? ¿El castigo por la Muerte es así de válido?

Su familia había muerto, por su culpa. Pero Hugo sólo buscaba defenderla.

En el precipicio, estaba el perdón que tanto ansiaba.

Y junto a Ana, quien ya estaba llegando hacia donde estaba él, La redención de las cosas que no fueron su culpa.

Lloraba. No por el dolor de su cuerpo, si no por la puta vida.

Ana lo rodeó entre sus brazos. No le importaba mancharse con sangre, quería ayudarlo. Quería ayudar al chico atormentado, quería remendar su alma y su corazón.

Hugo la miraba con admiración.

—Quédate conmigo. Ya no hay nada que hacer…

Se pusieron de pie, ambos, apenas.

Hugo ya sabía qué hacer. Estaba todo claro…

Con las últimas gotas de energía, tomó a Ana y la besó.

Redención.

Ella quería apretarlo entre sus brazos, besarlo aún más profundo, pero…

De pronto no sintió sus labios. No sintió sus brazos.

Perdón.

El cuerpo de Hugo se dejó caer por el precipicio de la torre, mientras un triste campaneo adornaba la escena. Ana saboreaba sus labios mientras veía como el hombre al que quería salvar, prefirió el verdadero sacrificio, el Perdón que tanto ansiaba, para vivir de verdad, para tener su atormentada alma, en paz.

Ana lloraba amargamente.

El cuerpo de Hugo, destrozado en el suelo.

Su alma, llegando a la casa en el cielo, donde su familia lo esperaba.

Y la Torre Gris, con su campaneo, captaba la atención de algunos reos desesperados por obtener el perdón a sus acciones…

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