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Existen leyendas de todo tipo en cada cultura, como por ejemplo leyendas épicas, heroicas y de terror. Hay una que se ha transmitido por muchos años en la zona campestre de Argentina, donde se cuenta – como algunos saben– que cuando un matrimonio tiene siete hijos varones, el séptimo hijo, tiene la maldición de convertirse en lobezno. Es una de las tantas leyendas de hombres lobos y la más común entre los habitantes del campo de ese país.

Era invierno de 1988 cuando Robert Paredes, oficinista de la ciudad de Buenos Aires, cansado de la rutina diaria, tomó dos semanas de vacaciones para irse con su esposa Angela y su hijo Carlos de 12 años para la provincia de Córdoba donde su amigo Douglas, propietario de una gran estancia en dicho lugar, los invitó a pasar unos días.

Carlos enseguida se adaptó a la vida campestre donde fue muy bien acogido por los peones. Muchos de ellos eran gauchos autóctonos de la zona y que por poco dinero aceptaron trabajar en la estancia. Entonces en una de las tantas reuniones nocturnas de los peones, cuando al cumplir sus tareas se juntaban para hablar, se comentaban historias de gauchos, de peleas entre estos, de batallas y leyendas.

Carlos participaba en silencio de estas reuniones, escuchando con atención lo que narraban. Entonces se impresionó cuando oyó la historia del indio Guazupirá, séptimo hijo varón de una pareja de indígenas autóctonos; decían que durante las noches de luna llena erraba por las cercanías de la estancia y comenzaba a convertirse en una bestia monstruosa, parecida a un lobo, escuchándose gritos desgarradores y luego al amanecer se encontraba parte del ganado descuartizado y, en algunas ocasiones, los cuerpos de niños y mujeres mutilados.

Algunos peones le decían a Carlos que era solo una leyenda, pero al joven este tipo de historias le fascinaban. En ese momento su madre lo llama para que fuera a dormir, ya que era muy tarde. Cerca de la medianoche, Carlos se despertó sobresaltado creyendo oír un grito desgarrador cerca del área que cubría toda la propiedad de la estancia. Pero no le dio importancia y volvió a dormirse.

A la media hora se despierta nuevamente, sintiendo la sensación de que lo estaban observando desde la ventana. Pudo ver una silueta peluda del tamaño de un hombre con sus dos grandes ojos amarillos, observándolo fijamente por pocos segundos, exponiendo un suave gruñido y escabulléndose entre los pastizales silenciosamente en dirección hacia donde había un pequeño cordero, posiblemente perdido de su rebaño.

El niño vio desde la ventana de su cuarto cómo la bestia peluda tomó al animal y se lo llevó selva adentro.

"¡Mamá! ¡Papá!", decía, "¡Miren, el monstruo del cual hablaban los peones!" 

"¡No digas tonterías!", decía su padre medio dormido, "¡Has tenido una pesadilla! ¡Vuélvete a dormir!"

Pero su hijo no volvió a hacerlo. A pesar del temor que tenía, lo intrigaba la curiosidad de ver a la bestia de cerca; silenciosamente se vistió, tomó una linterna y salió de la casa en dirección a la espesa selva sin que nadie lo viera. Convencido de lo que hacía, caminaba sin encontrar nada y sin oír nada, hasta que tropezó con algo cayendo al piso. Alumbró con la linterna y vio al cordero totalmente despedazado. Entonces oyó un aullido desgarrador que le heló la sangre por completo.

Carlos comenzó a correr mientras el aullido se escuchaba cada vez más cerca, detrás de él. Estaba perdido, no lograba salir de la espesa selva y no sabía cuál era la dirección hacia la estancia. En un momento dado no sintió más el aullido y quedó totalmente estático en su sitio, sin saber qué hacer.

Hubo silencio absoluto. De repente, tras él apareció un ser monstruoso, mitad hombre y mitad lobo con sus grandes colmillos llenos de sangre y babeando; con sus dos enormes ojos amarillos lo miraba fijamente.

A la mañana siguiente, la gente de la estancia despertó, y Robert y Angela al no ver a su hijo por ningún lado, lo empezaron a buscar insistentemente con ayuda de su amigo Douglas y los peones. Buscaron por toda el área de la propiedad y los montes cercanos sin encontrar nada.

En ese momento uno de los peones, un gaucho viejo, declaró que anoche le pareció haber oído unos aullidos que venían desde la selva y creyó sentir el grito de un niño, pero le restó importancia, pensando que se trataba solo de su imaginación. Todos se dirigieron hacia la selva en su búsqueda hasta que un peón encontró una linterna ensangrentada y más adelante el cuerpo destrozado del cordero. La madre se encontraba en un estado de locura.

En ese instante Angela dio un grito que heló a los demás. Había encontrado el cuerpo de su hijo colgado de un árbol con la cabeza ensangrentada, el tórax desecho y totalmente mutilado.

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