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Cabellera

Brigith era una mujer de mirada fija y de rostro poco expresivo, siempre tenía la costumbre de pararse frente al espejo, a contemplar y a peinar su larga y oscura cabellera. Su pelo se había convertido en una posesión para ella.

Una tarde llego su esposo muy molesto, porque la encontró de nuevo peinando su cabello.

- ¡Ya basta Brigith! Deja de peinar ese bendito pelo, se te va a caer, y mírame a mí, ¡carajo! Le dice su marido iracundo.

Pero Brigith hacía caso omiso a sus palabras. Y continua peinándolo, logra colmarle la paciencia a su esposo. Y este la toma del pelo, la tira con una fuerza brutal de él. Ella trata de resistirse, justo en ese momento su marido logra desprenderle un trozo de cuero cabelludo unido a un gran mechón pelo.

La mujer sale corriendo como loca a la calle, se toca la herida de su cabeza, siente un desagradable escozor…

- ¡Mi cabello, mi hermoso cabello! ¡Maldito seas Ricardo! Grita desolada.

Sin darse cuenta, al retroceder tropieza con una piedra, y después cae hacia atrás, su cráneo choca sobre el pavimento; Ricardo correr a auxiliarla; pero ya es tarde.

La mira detenidamente, cuando de pronto ella lo agarra por sorpresa del pie.

Él queda paralizado del susto…

- ¡Te odio Ricardo, espero que te pudras en el infierno!.

Después de sus últimas palabras, Brigith queda con un horrible rictus de agonía en su pálido rostro.

Pasada una semana, Ricardo encuentro el trozo de mechón con la piel seca de su mujer en un extremo, estaba debajo de un asiento. Él se dispone a tirarlo al bote de la basura. Cuando de repente este empieza a moverse en su mano. Abre la boca de la impresión. Y el mechón se introduce en ella, Ricardo lo jala de un extremo, pero es inútil, el pelo se ha aferrado a su garganta. Su cara se torna purpura, no puede respirar, a los dos minutos cae al suelo.

El mechón sale de su boca, y se arrastra hasta adherirse nuevamente a la cabeza de Brigith, quien observaba desde el umbral el cuerpo sin vida de su marido; una sonrisa de satisfacción se dibuja sobre su cara.

Se acerca hacia el espejo, toma de una mesa su viejo peine, luego lo desliza por su pelo contemplando su oscura cabellera a través del cristal, sin importar que ya estaba muerta.


Autor: Yazmín Schwery Rivera