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Era una noche de agosto. Estábamos en nuestra rudimentaria cabaña de roble, entre unos pinos nevados, ubicada en una cuenca del terreno. La temperatura exterior era muy cruda. Junto a la calidez de la chimenea, viendo a través de la ventana por la cual caían los copos de nieve, estaba yo. Asábamos chorizos partidos en la parrilla sobre el fuego. Mi tío, un inválido veterano de la guerra, se desplazó lentamente en su silla de ruedas hacia la chimenea y accedió a la petición que le había hecho hacía un rato. Dándome la espalda, dijo, con lóbrega voz:

—Está bien, te contaré la historia de “La Cuchillera”: “Corríamos bajo el cielo tenebroso, escapando. Un camarada tropezó con una roca, miró hacia atrás y advirtió: “¡El enemigo nos persigue!”. Le tendí una mano, se volvió a poner la correa del fusil, levantándose, y seguimos huyendo. Un bando contrario perseguía a nuestro pelotón con la intención de ejecutarnos. Así decidimos ocultarnos en esta ciudad, donde caía la nieve aquella noche como cae ahora. En medio de la guerra, la ciudad quedó desierta, porque ya había sido asaltada antes por el enemigo, y sus habitantes se refugiaron fuera. Con mi pelotón herido, nuestras chaquetas desgarradas y fusiles casi sin munición, entre los rincones y calles que recorrimos sólo encontramos ruina, desperdicios, escombros y tristeza adherida a las aceras. La única persona que hallamos fue una joven dueña de una florería, la cual, como no había clientela, pasaba la mayor parte del tiempo sentada a la entrada del local, entristecida y deshojando un ramo de flores sobre sus muslos. Tenía cabello color miel y rostro blanco angelical. Pero no nos acercamos a hablarle. Días después, los contrarios entraron en la ciudad. Encontraron la florería, y nosotros, escondidos, no pudimos hacer nada por defender a la joven cuando fue avistada.

Las lágrimas plateadas resbalaron por su rostro. Los rufianes no tuvieron compasión: a empellones la echaron dentro de la florería, y a través de las ventanas vimos cómo la acuchillaron hasta matarla. Para la mañana siguiente el enemigo se había retirado, y la tranquilidad volvió con el cese del conflicto. La gente hablaba sobre el fantasma de una joven, que sufrió penas de amor en vida, atendía una florería, y la asesinaron. Decían que cargaba en la mano una cuchilla y en la otra un ramo de flores. Aparecieron cadáveres degollados repartidos por la ciudad, y le atribuyeron la culpa a este espíritu, en su incansable búsqueda de venganza contra el hombre que le rompió el corazón y los bárbaros que se lo perforaron con sus sedientas armas.” —Interesante historia, tío. Ahora que lo pienso, me gustaría conocer a “La Cuchillera”. Mi tío refunfuñó mientras se apartaba despacio de la chimenea con el ceño fruncido. Miró la ventana, con su boca estirada, en desaprobación ante mis palabras. —No sabes lo que dices. No desearías encontrarla, a menos que quisieras quedar dividido en trozos. Pero sentí el quemar del entusiasmo en mí. Por fin tenía una historia terrorífica para contar a mis amigos. Me apremiaban las ganas de salir a la calle y toparme con aquel espíritu: era un interés enorme.

A las tres de la madrugada me encontré en la esquina de un poste de luz con mi amiga. Nuestro otro amigo, Misael, tardaba en llegar, seguramente porque se había detenido en algún lugar a fumar; siempre lo hacía. Mientras, mi amiga Kimberly, que llevaba chaqueta negra y extensiones de colores en el cabello, sacó un paquete de mentas de su bolsillo y lo desenvolvió con delicadeza. Me incliné hacia ella y apoyé mi mano en el poste. Algo que me gustaba hacer era intentar seducirla. Adoptaba el papel de un galán, aunque mayormente lo hacía por ocio, porque nuestra relación era de pura amistad. Muy cerca de ella, despidiendo el aroma de colonia que me había puesto le dije: —Y… ¿vas a darme mentitas? —Quítate —replicó, echándome hacia atrás con su mano. Se cubrió el busto con su chaqueta y se puso de lado, molesta. Reí. Ella solía llenarse de aire una mejilla y torcer la boca al expresar su enfado. Observé que la palma de su mano, disimuladamente, me ofreció una menta. La eché a mi boca, divertido ante el curioso carácter de Kimberly. En ese momento llegó Misael. Rápidamente guardaba la cajetilla de cigarros en el bolsillo de su pecho. —Listo, chicos, ¿vamos a ir? Asentí y Kimberly también estuvo de acuerdo, aunque seguía guardando distancia conmigo. Los tres éramos amantes del terror. Me sentí ansioso, pues gracias a mi tío guardaba la terrorífica historia que les relataría; además, tenía planes con ellos esta noche, pero no iba a decírselos aún. Pasamos por el borde de la calle mientras nevaba, con faroles encendidos y una hilera de tiendas a nuestro costado. Hacía algo de frío. Kimberly, abrigándose en su chaqueta, comentó: —David, podrías traernos en coche, ¿cuándo aprenderás a conducir? Me encogí de hombros. Nos salía un aliento helado de las bocas al hablar. Mi cabello era castaño, desordenado. También usaba chaqueta de mezclilla y unos jeans oscuros con botas. Me consideraba apuesto, aunque resultaba difícil que Kimberly me viera como más que un amigo. Misael era callado, vestía de negro y tenía una cadena sobre el bolsillo de su jeans. Cada noche de la semana elegíamos un destino de la ciudad e íbamos en la búsqueda de algo que realmente diera miedo. Ésta era una de esas tantas salidas. Hasta que, tras caminar cierto trecho, nos detuvimos frente a una esquina donde había un local, cuyo cartel decía en letras rojas: Carnicería. Y bajo esto, en un raspado, alguien había añadido: “Embrujada”. —Ésta es la Carnicería Embrujada. En esta ciudad contamos con la desgracia (o suerte) de tener varios destinos de terror. Éste es uno de ellos —explicó Misael. Miré el desvencijado edificio: una bruma anaranjada lo envolvía como un maligno animal al acecho, y un estremecedor gruñido que provino de su interior, o de la oscuridad, me dio un escalofrío. El cartel de “Carnicería” lucía solitario. Kimberly se tomó de mi brazo. Me susurró, asiéndome firme: —Vámonos… La miré y luego volví a concentrarme en el siniestro local, que era como observar un cuadro espeluznante. Ubicado diagonalmente a nosotros había un farol, que destelló, arrojó chispas y se apagó. —Y bien… ¿Ahora qué haremos? —preguntó Misael con las manos en la cintura, vuelto hacia el local—, ¿vamos a entrar? —Siento miedo de entrar allí —comentó Kimberly. En ese instante escuchamos gritos de alguien que se quejaba, desde el lado izquierdo del local. Vimos aparecer a un hombre llevando una chaqueta negra alargada hasta los tobillos; traía consigo a otro individuo, que era el de los gritos y contra quien forcejeaba. El hombre llegó con él hasta la entrada de la carnicería y allí lo estrelló bruscamente contra los cristales; éste resbaló inconsciente ante los marcos y quedó sentado en el suelo, con los brazos hacia ambos lados. El sujeto de la chaqueta le sostuvo la cabeza por debajo del mentón y extrajo una fina navaja, que deslizó por su cuello desatando un hilo de brillante sangre. La víctima, con los ojos en blanco y echando escupitajos rojos por la boca, cayó muerta; el hombre, mirando a izquierda y derecha con nerviosismo, se volvió por donde vino. Kimberly iba a gritar, pero le cubrí la boca; Misael temblaba, atónito. “Vamos a investigar”, dije, llevando el dedo a mis labios. Estuvieron de acuerdo y avanzaron lentamente, guiados por mí. Había un charco de sangre creciendo al lado de mis pies. Me puse de rodillas junto al cadáver, mientras Kimberly y Misael miraban conmocionados; le moví el rostro a un lado y desabroché un poco el cuello de su abrigo para verle la herida; cuando de pronto abrió los ojos, fijos en mí, y ante mi rostro dio un alarido. Me fui hacia atrás, llevándome el susto de mi vida. —Dios mío —expresé respirando agitadamente, con una mano sobre el pecho. Kimberly estuvo al borde de las lágrimas, pero me levanté y la abracé. Misael, con las manos en la cabeza, ya no lo soportó más. Me encaró, y con gestos de una persona que está en sus límites, exclamó: —¿Te das cuenta? ¡Han cometido homicidio frente a nuestros ojos! Además, ésta es la Carnicería Embrujada. Los siguientes seremos nosotros. —Deberíamos llamar a la policía… —dijo Kimberly con los ojos cristalizados. —Ya sabes que no creo en su eficiencia; no sirven para estos casos. Se demorarían una hora en llegar —repliqué, con aire de desdén, desviando la vista. —Sería mejor irnos a nuestras casas; ya hemos visto demasiado esta noche como para traumarnos de por vida —añadió Misael mirando hacia la calle. —Pues vete de una vez —respondí. No podía tolerar su actitud, que a estas alturas pretendía arruinarnos la diversión y separarse de nosotros. Me observó sintiéndose traicionado, se llevó las manos a los bolsillos y se fue con la cabeza gacha. “No necesitamos cobardes, ¿verdad?”, comenté a Kimberly, que no contestó, porque seguía impresionada por el crimen que habíamos visto. Sentí que nos habíamos librado de un estorbo. Podíamos continuar esta aventura mi amiga y yo. Así que como ella siguió trémula, quise llevarla a un lugar, para su distracción. —¿Te apetecería tomar un café? —propuse con suavidad. Eran las tres y veinte de la madrugada, todavía nevaba, y caminando por la calle nos detuvimos cerca de un amplio Café que estaba abierto toda la noche. La luz del interior y los amplios cristales con los clientes nos daban una sensación reconfortante. Entramos y elegimos mesa al lado de la ventana, donde me puse a contemplar la escarcha de la noche, como me gustaba. Llamé a la camarera, una joven rubia de intensos labios rojos y ordené dos cafés. Desde la bandeja plateada depositó las tazas sobre nuestra mesa, entonces se retiró meneando su cintura. Me incliné para beber de mi café, y a través del vapor vi el rostro triste de mi amiga. —¿Qué ocurre?, ¿está frío tu café? —pregunté. —No, no es eso… —respondió. Entendía que mi amiga quedara con un trauma tras aquella experiencia del cruento crimen que habíamos atisbado en la carnicería; miraba la mesa y no hablaba. En esta ciudad eran usuales las cosas de temer, tales como homicidios, delincuencia, sectas, lugares horrendos y fenómenos paranormales. Además yo estaba acostumbrado a ver en Internet vídeos sádicos de ejecuciones, por lo que no me afectó, pese a que ésta era la primera vez que veía un asesinato frente a mis ojos. El café dio ánimos a Kimberly: se mostró más alegre; empezamos a hacer bromas sobre el susto que habíamos pasado y de que Misael se hubiera ido. Sin embargo, de pronto se tapó la boca y tuvo náuseas. “Vamos a los baños”, me comunicó. Dejé mi silla, la tomé de la mano y fuimos. Kimberly entró y la vi desde la puerta mojándose la cara frente al espejo. Luego salió, aliviada. La palidez de su tez se había ido. —¿Qué te pasó? —Me había acordado del hombre, cómo el otro lo degolló… —Kimberly, olvida eso… Nos asomamos a la cocina para buscar a la camarera, pero un intenso escalofrío me recorrió. Tuve una mala sensación. La mano de Kimberly, tomada a la mía, estaba fría como un cadáver. El sudor caía por sus sienes. Invadía el local un silencio estremecedor, aciago, letal. Volviendo hacia las mesas, vimos una horrible escena. Como si hubiera pasado un ángel de la muerte, hallamos a los clientes repartidos por el suelo, boca arriba y con los brazos estirados, todos con una bonita y profunda herida en el cuello: habían sido degollados. Era terrible ver las caras de sufrimiento: había un hombre con traje de ejecutivo, que tenía la lengua fuera y los ojos desorbitados; otra era una señora de distinguido aspecto, que estaba retorcida. Boquiabierto quedé mirando los cadáveres. Kimberly se llevó las manos al rostro para estallar en llanto, pero la tomé de la mano y corrí con ella a la cocina; sea lo que fuera que había matado a los clientes, debíamos escapar. La cocina estaba vacía, los empleados habían desaparecido; sólo las máquinas de café todavía funcionaban. Solté su mano y me precipité al fregadero. Tomé un vaso e intenté llenarlo de agua, pero ésta se derramó por los lados con el temblor de mi muñeca. De pronto levanté la mirada y con sobresalto vi en un espejo frente a mí, cuyo cristal se aclaró con el vapor de las máquinas, la tez transparente de una mujer tras mi hombro. Grité: “¡La Cuchillera!”, y me volteé. Un ramo de violetas voló por el aire, y entre sus pétalos desprendidos vi el pavor de mi amiga, acorralada en un rincón, y luego se asomó una larga cuchilla ensangrentada. Me arrojé hacia Kimberly, atravesando la figura fantasmal, que estiró su brazo y casi me rebana con el arma. La cubrí con mis brazos, y juntos, temblando, miramos a La Cuchillera. Sus ojos no tenían pupila, como los de las estatuas. Nos agachamos justo en el momento en que enterró su cuchilla en el muro, abriendo grietas. Escapamos por la puerta trasera de la cocina. Entretanto corríamos por las calles cubiertas de rocío, mirábamos hacia atrás y veíamos a La Cuchillera, que en un lapso de segundos se transportaba de un lugar a otro por la calle, acercándose a nosotros, como una imagen estática salida de una pesadilla. Nos pisaba los talones, corrimos con más apremio y llegamos a la calle de nuestra escuela. Me detuve a mirar mi reloj. Eran las tres y cuarenta de la madrugada. El espíritu había desaparecido. —¿Vamos a entrar? —me preguntó Kimberly. —Debemos hacerlo, es el único lugar donde podemos estar seguros. Kimberly comenzó a escalar la reja. Yo miraba hacia el principio de la calle por si veía al fantasma reaparecer. Tuvo dificultad mi amiga escalando la reja, así que la ayudé impulsándola un poco. Pasó un pie y saltó al otro lado. Luego escalé yo. Atravesamos el terreno de la escuela y abrimos las puertas de la entrada principal. Estaba oscuro, al final del pasillo un foco destellaba, y el suelo, cubierto de agua acumulada por la humedad. Cada paso en los charcos repercutía por el corredor. Tras avanzar un poco, estuvimos de acuerdo en que necesitábamos una linterna. Sin embargo, Kimberly sacó su celular con la luz celeste de la pantalla. Encontramos una fotografía en el suelo y la recogí. —¿Qué es esto? —me pregunté, mientras Kimberly iluminaba la imagen con su teléfono. Era el retrato de un matrimonio. Aparecían dos jóvenes sonrientes: ella, llevaba un suntuoso vestido de novia, y él, una camisa blanca, pantalones negros y era calvo, con pelos a los lados de la cabeza. Ambos nos parecieron sospechosamente conocidos; y de pronto, reconocí a aquella mujer sonriente, llena de vida, con un hermoso ramo de flores en la mano. “Es La Cuchillera…”, dije, pasando lentamente mis dedos por la fotografía. —¿Y el otro es? —preguntó Kimberly. —El otro es… ¡Es el tipo que vimos degollar al pobre hombre en la carnicería!, ¡es el sujeto de la chaqueta! —repliqué, rozando con las yemas de mis dedos su rostro—. No me digas que estuvo casado con La Cuchillera. Vi el rostro aterrado de Kimberly. Ahora, pese a que sonreían, ya no parecían inofensivos. —¿Quién es La Cuchillera? —preguntó. Bajé la mirada y le di la espalda, con la fotografía colgando de mi mano. —Mi tío me contó una historia —comenté—. Hace tiempo, hubo una joven inofensiva que atendía su florería. Pero en medio de la guerra unos desalmados le acuchillaron el corazón a sangre fría. Más tarde, en el pueblo comenzaron a aparecer personas degolladas. Y a una figura le asociaron estas muertes: al espíritu de dicha joven, llevando un ramo de flores y una cuchilla, que busca venganza por su corazón roto. —¿Y quién rompió su corazón? —preguntó Kimberly. Examiné el rostro del sujeto calvo y respondí: —En el único en quien puedo pensar, según lo que creo, es él. Este tipo. Transcurrió un instante de silencio, la luz del celular dejaba en penumbra el rostro de Kimberly, mirábamos la fotografía. —Tenemos que ir a esa carnicería, hay que dilucidar el misterio —determiné.

Al trote por las calles llegamos hasta la Carnicería Embrujada. El edificio estaba igual que antes, con su aire escalofriante, excepto que sobre la vereda donde habíamos visto la muerte del hombre el cadáver ya no estaba. Sorprendido, me dirigí al lugar. Incluso la sangre había sido borrada. —Mira esto, es imposible hacer desaparecer tanta sangre del suelo, y ya no está… —¿Dónde quedó el muerto? —preguntó Kimberly. —Quizá el sujeto de la chaqueta se lo haya llevado —repliqué. Unos pasos nos alertaron. Me di vuelta y atisbé al sujeto de la chaqueta entrando por la puerta lateral del local. —Debemos seguirlo —murmuré. Llegamos frente a una puerta gris por donde él había entrado. Kimberly tomaba mi brazo nerviosa. Respiré hondo, bajé la manilla e ingresamos. Al pasar escuché un desmoronamiento: me cubrí la cabeza con los brazos y un cúmulo de ceniza cayó sobre mí. Salté adelante junto a mi amiga, y tras nosotros con escándalo se desprendieron gruesos maderos viejos. La entrada, debido al material desmoronado a sus pies, resultó obstruida. Por más que tiré de la puerta no se movió. Me sacudí la ceniza de los brazos, y amargado dije: —No podría ser mejor: ahora estamos atrapados en la carnicería. Frente a nosotros se marcaba la silueta de algo oculto en la oscuridad. Era una sombría vaca, asegurada con cadenas al muro, y en el suelo había un serrucho. Con mucha curiosidad me incliné ante la res, mientras Kimberly pasaba a examinar un portón de cobre que estaba tras el animal. —Esto no se puede mover —observó—. Tiene una cerradura. De pronto, uno de los cristales del local reventó con un ruido ensordecedor, arrojando un mar de fragmentos. Kimberly, tapándose los oídos, al abrir los ojos gritó: —¡David, mira! La Cuchillera nos acechaba desde afuera, con una curva maliciosa en los labios, pero no podía entrar, los barrotes se lo impedían. Salí disparado hacia la puerta para contenerla; el fantasma dio un fuerte golpe que casi la tumbó. Mientras Kimberly gritaba tras de mí, recogí un ancho madero y lo dispuse a modo de tranca. Los restantes los puse como soportes. Siguió dando golpes, y de pronto su mano con la cuchilla asomó por la madera rota. Me eché hacia atrás, pero sólo su brazo cupo; el madero no la dejaba pasar. Kimberly corrió hacia el portón de cobre e intentó desplazarlo; pero era imposible. —Dónde está la llave —gruñí. Tomé el serrucho que estaba en el suelo preguntándome cuál sería su utilidad. Agachado frente a la res, miré su cuello y descubrí el pequeño dibujo de una llave roja. Se lo comuniqué a Kimberly, y, con la herramienta en mano, un terrible pensamiento cruzó mi mente. La Cuchillera desde los barrotes nos vigilaba, transportándose de un lugar a otro. Kimberly se llevó las manos a la cabeza y me comunicó: —Debes hacerlo. —No, no puedo —titubeé, observando la herramienta. —Es la única forma, sino, ¡ella entrará! —añadió, señalando al fantasma. —Está bien —repuse, y acerqué el serrucho al cuello de la pobre vaca, que me observó por el rabillo del ojo con auténtico pánico. Mugió, y Kimberly, de espaldas, se cubrió el rostro. Estiré mi brazo y desgarré la piel de su cuello con el serrucho, liberando un enorme flujo de sangre, y con el otro brazo afirmé su cabeza, que movió con vehemencia. Adopté una amarga expresión, mientras la sangre oscura se extendía a mis pies. La vaca se retorcía, su sangre salió a chorros y me empapó el brazo. —¡Ya basta! —gritó Kimberly—: no puedo soportarlo más. Se oyó un sonido metálico; y junto al chorro rojo cayó una llave. —Ya puedes abrir los ojos. Qué clase de maniático inserta una llave en el cuello de un animal… —dije. La res se había desplomado, con la sangre todavía saltando pero en menor cantidad. Los estruendos en la puerta no habían cesado, y al volverme vi que La Cuchillera con su arma atravesó la despedazada tabla de tranca, hasta que se rompió en pedazos y le dejó el paso libre. Frente al portón de cobre, con la mano ensangrentada y temblando, intenté girar la llave. —¡Apresúrate!, ¡está tras nosotros! —exclamó Kimberly. La Cuchillera aparecía y desaparecía con la velocidad de un pestañeo; y justo cuando creí sentir su cuchilla rozar mi espalda, tras haber usado la llave, con la ayuda de mi amiga logré desplazar el portón.

Apoyados en el portón recuperábamos el aliento, en una nueva área de la carnicería. —Nos logramos salvar… —murmuró Kimberly. —No lo creo, no todavía —contesté. —Ahora sí, espero que me brindes la vida eterna —habló un hombre. Era un lugar oscuro, iluminado por unas velas que bordeaban un símbolo pagano hecho con sangre, de una estrella invertida con otros signos rodeándola. En el centro estaba sentado un individuo con una máscara de soldador salpicada en sangre; su torso estaba al aire y bajo cada mano, extendidas a los lados con la palma hacia arriba, tenía la muñeca abierta con un profundo corte. Se hacía extraño que no se hubiera desangrado. Absortos lo contemplamos; era como una imagen sacrílega contra lo divino. De pronto se levantó lentamente la máscara para dejarla a un lado. A la luz de las velas nos sorprendimos al ver su cara: era él, quien había cometido homicidio en la entrada de la carnicería. Las hebras de cabello a los lados de su cabeza calva estaban deslucidas, su rostro seco, y unas lágrimas ácidas se acumulaban en sus párpados. También tenía salpicaduras de sangre en las mejillas y los antebrazos. Presentimos el peligro. —Éramos un matrimonio feliz —dijo con cansada voz—. Yo la amaba mucho, siempre lo supo, no debía dudar. Pamela Covarrubias se llamaba, y yo soy Fulgencio Fuentes. Mi familia y la de ella consintieron nuestra unión. Pero ¿saben?, desde joven padezco una extraña enfermedad que consiste en un miedo irracional y desesperante hacia la muerte: llevaba la cuenta de los días haciendo rayas en el muro de mi dormitorio, como los presos. Y solía contar con mis dedos los años que me quedaban de vida. A veces imaginaba que me quedaban varios por vivir, pero cuando este mal atacaba me angustiaba como si al día siguiente fuera a irme a la tumba. Era espantoso, una agonía, así no podía tener paz. “Pero mi miedo aminoró cuando recurrí a un pacto con el Príncipe de las tinieblas, Satanás, para tener la inmortalidad. Debía cumplir ciertas órdenes, cuando Pamela se dolió por mi ausencia. Creyó que ya no la amaba. Deshojaba todas las noches un ramo de flores, con su corazón quebrantado, bajo la luna llena, mientras yo estaba aquí realizando el ritual. En ese tiempo, una tropa enemiga invadió la ciudad. Los desalmados soldados tomaron su vida… —suspiró—; son gente con almas de barbarie. Casi muero de tristeza, pero seguí con mi misión. Ahora ella vaga como una brisa fría, llena de rencor, abriendo carnes inocentes con su cuchilla. Es mi amada rota…” —¿Qué ordenaba el pacto? —pregunté con asombro. Su rostro en penumbra, debido a las velas y la oscuridad, mostró una perversa expresión, mientras subía su vista de fatigados ojos. Y despegó los labios, oyéndose su grave voz: —El ritual era matar a cuantas personas pudiera en mi carnicería para que Satanás se contentara con sus almas. Ahora los espectros de esas víctimas habitan en este lugar, se acurrucan en los rincones, expresan sus lamentos… Ésta es la Carnicería Embrujada, por tantas vidas que han llegado a su término entre sus muros. —No quiero ni imaginar lo que haces con los animales —dijo Kimberly sobrecogida. —He hecho experimentos retorcidos con ellos… ¡Soy el dueño de este lugar! Mis manos han entregado el sufrimiento que era necesario, para que la muerte se olvide de mí. Ése es el trato que hice con Satanás. —Esto es… horrendo, no tengo palabras —dije, vacilante, con la mirada en el suelo. Alcancé a verlo sonreír; disfrutaba nuestro miedo. Distinguí que tras él, donde la oscuridad reinaba, había tres cadáveres de vaca colgados del techo. —¡Y ahora —gritó enardecido—, es tiempo de recibir la bendición de la inmortalidad! Y las almas de ustedes penarán aquí —. Tras decir esto nos apresó con violencia. A pesar del mal estado físico que tenía, poseía una gran fuerza, y con una cuerda que estaba en el suelo amarró mis manos junto a las de Kimberly. Nuestros cuerpos quedaron juntamente cautivos. —Los castigaré por su intromisión —añadió—. Esas manos tan metidas en asuntos ajenos serán cercenadas por mis verdugos, que en este momento están llegando. Pero no se defrauden; ha sido un gusto recibirlos en mi carnicería. Satanás, estoy listo —murmuró, y pronunciando una oración en voz baja desplazó el portón de cobre y se fue. Junto a Kimberly fuimos presa de la ansiedad; nuestras manos se sacudieron de temor, mientras oímos la marcha pesada de un grupo acercándose. —No creo que cortarnos las manos será lo único que harán; nos cortarán enteros—comenté, sin reparar en que mis palabras sólo contribuyeron a que Kimberly se agitara más. —¡Debemos hacer algo! —gimió con los ojos anegados. —Tengo una idea —repliqué, estirando mis brazos a la llama de las velas. —¿Qué haces? —preguntó asustada. —Mira —respondí. Empezamos a sentir una calidez en las muñecas. Funcionaba: la llama de la vela fue consumiendo de a poco la atadura. El fuego casi me envolvió la mano y tuve que golpear la palma contra el suelo para apagarlo; y me libré de la cuerda. Luego ayudé a Kimberly, y cuando el último trozo de cuerda chamuscado se desprendió, escuchamos el sonido del portón, a la vez que lentamente el espacio se iluminó. Entró un sujeto gigante con una descomunal alabarda en las manos, que del torso para arriba tenía la forma de un cerdo; en cambio sus piernas eran humanas y usaba grandes botas. Tras éste entraron tres seres más. Uno era más bajo pero no menos corpulento y tenía cabeza de toro. Lo acompañaba una mezcla entre cerdo y jabalí, con mirada endiablada y gruesos colmillos. La forma del último se nos hizo aberrante: era una especie de vaca jorobada que andaba a dos patas, con huesos sobresalientes de su espalda. Yo y Kimberly, sin poder reaccionar, los vimos entrar. Era seguro que el sujeto de la alabarda nos despedazaría. Sin embargo, a un lado del símbolo donde el hombre había estado sentado hallé una trampilla. Levanté la tapa, agarré a Kimberly y me lancé. Justo cuando tapé la trampilla arriba de nosotros, la alabarda cayó pesada sobre la madera, destrozándola. Descendimos hasta un sótano donde no había luz alguna, a excepción de la que se filtraba por la trampilla. —Debemos salir de aquí —le susurré a Kimberly. Sentía su respiración trémula. Cruzamos el lugar con gran repugnancia, pues el suelo estaba atiborrado de cabezas podridas de animales y algunas deformadas. La pestilencia era fatal. Pisábamos una sustancia que no era sangre, sino una especie de agua nauseabunda mezclada con fluidos viscosos. Tras atravesar aquel trecho, que era un muladar de desperdicios experimentales, alcanzamos la escalera del otro extremo y subimos: gracias a Dios, porque pensábamos que nos ahogaríamos con la peste. Levanté la trampilla y asomé la cabeza. Reconocimos la parte trasera del local. Subí a mi amiga y caminamos por la desierta calle helada. Y, repentinamente, vi a Fulgencio Fuentes abandonando la carnicería. Quise ir tras él, pero Kimberly me detuvo. —Sería peligroso. Es hora de que nos vamos. —Tienes razón. Apuramos el paso, con intención de dejar esta situación atrás, cuando una firme mano atenazó mi brazo. Me volví y hallé unos ojos que parecían burlarse de mí, en un rostro malvado. Liberé bruscamente mi extremidad y observé que quien tenía delante portaba un garrote. —No puede ser, ¡Misael! —Así es, no crean que los iba a dejar ir ilesos. El dueño de la carnicería es mi tío y ustedes pagarán por su temeridad. No les daré muerte sin antes romperles una pierna y un brazo, ¿me oyeron? —exclamó. Se paró a unos metros de mí y señaló con la punta de su garrote algo que estaba tirado junto a la acera. Era un arma idéntica a la suya. —Recógelo —dijo—, te voy a mostrar lo que es el sufrimiento. Apenas empuñé el garrote debí protegerme contra el de Misael, que me cayó encima con fuerza. Una corriente recorrió todo mi cuerpo debido a la dureza del golpe. En seguida me asestó otro que arrojó mi arma. Corrí a recuperarla, agachándome justo en el segundo en que por poco me arrancó la cabeza. Seguimos estrellando furiosamente nuestros garrotes: por sobre el suyo pude verle la mirada llena de maldad. Ahí comprendí que nunca había sido mi amigo, que en realidad siempre fue un enemigo secreto esperando para acabar conmigo. Con una fuerza que superó mis capacidades me echó al suelo y se preparó para rematarme. En esos segundos Kimberly, con el rostro descompuesto por las lágrimas, le reventó una botella en la cabeza. Misael se llevó la mano al rostro ensangrentado, y vaciló unos segundos sin equilibrio; aproveché el instante, recuperé mi arma y le di un golpe tan salvaje que se escuchó el sonido de la carne al ser abierta. Quedó de pie un segundo, con el garrote enterrado en su rostro, pues un clavo se le había hundido en el ojo, y se desplomó. Nos íbamos a retirar, pero Fulgencio Fuentes apareció frente a nosotros. Pareció no percatarse de nuestra presencia; ni siquiera vio el cadáver de su sobrino. Se puso de rodillas, alzó los brazos y clamó: —¡Oh, Satanás querido! ¡Estoy listo para la eternidad! Se veía completamente fuera de sus cabales. Luego de sus palabras, nos sobresaltamos al ver en la distancia a La Cuchillera acercándose por la calle. —¡Vámonos! —gritó Kimberly tirándome del brazo. La Cuchillera venía hacia él. Tras sentirla ante su espalda, el dueño de la carnicería se puso de pie y volteó hacia ella. —Oh, cariño, te he extrañado tanto, déjame abrazarte —le dijo al espíritu, pero, como era de esperarse, sus brazos la traspasaron. La Cuchillera hizo rápidas maniobras con su arma en el pecho del individuo. En un lapso de milisegundos, una gran cantidad de sangre quedó suspendida en el aire y el cuerpo de Fulgencio Fuentes empezó a dividirse casi imperceptiblemente; tras eso, sus trozos cayeron apilados al suelo, y donde antes estuvo parado él, pasó a estar el espectro de su amada. Sudando frío de miedo, vimos el descuartizamiento, y con seguridad creímos que había llegado la hora de nuestra muerte, pero La Cuchillera se quedó quieta, después giró y se fue por la calle serpenteante. —No… nos sucedió… nada —expresé perplejo. —Todo salió bien, ¿ves? —comentó Kimberly, y a pesar de que aún tenía lágrimas en las mejillas me guiñó un ojo. No pude reaccionar. Ella se adelantó a cualquier palabra mía para pedirme que la cargara sobre mi espalda, porque era hora de regresar a nuestras casas. Por el camino fui pensando que ahora tenía algo mejor para contar a mi tío y así complementar su historia. Y me alejé por las calles silenciosas con mi amiga a cuestas.