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No es fácil explicar el sentimiento que recorrió el alma de Andrés cuando pasó por esa vieja casa de adobe y piedra ubicada entre la avenida Valdivia y el callejón San Mateo. Él sintió un nerviosismo y una inexplicable tensión, se trataba de esas angustias que agobian el corazón dejando un enorme vacío. En ocasiones esto sucede cuando distingues en el rostro de un desconocido una seña de familiaridad o cuando te encuentras en una situación que sabes que has vivido antes. Andrés había tenido esta misma sensación porque esa casa, tan desconocida para él, había sido el objeto de sus pesadillas desde que era un niño.

Esta casa se encontraba en lo que se denomina el “Casco Viejo” de la ciudad. Estas son aproximadamente 5 o 6 manzanas distribuidaas alrededor de la plaza principal. Todas construidas, al menos en sus primeras edificaciones, durante la época de la colonia española. Muchas de estas edificaciones tienen más de 400 años de antigüedad y en antaño eran utilizadas por los principales personajes de la ciudad quienes las habitaban orgullosos cerca de la plaza junto a la casa del Gobernador, la Catedral y la alcaldía rodeados de los primeros y lujosos clubes que, en los primeros años de la ciudad, constituían el centro de la vida social de todas estas personas.

Paulatinamente la modernidad y la tecnología habían hecho acto de presencia en esta parte de la ciudad y a pesar de conservar su fachada y estructura antigua, muchas de las casas del “Casco Viejo” habían sido acondicionadas para ser utilizadas en tiendas y restaurantes. La antigua y solemne apariencia de estos resabios de la colonia, ahora se veían cubierta de cables, antenas de televisión, latas de conserva utilizadas improvisadamente como macetas y otro centenar de artilugios y basura que los nuevos días traían consigo.

Andrés había pasado por la casa Nro. 435, ubicada en la intersección de la calle Valdivia con el callejón San Mateo, durante varios meses era parte de su ruta de regreso a casa después de trabajar; pero nunca había puesto atención a esa casa en particular. Sin embargo, un día después de que Andrés tomara el autobús para ir a almorzar, él pasó por esa vieja casa y casualmente posó su mirada sobre ella. Cuando la vio notó una puerta que siempre se encontraba abierta dando paso a una pequeña tienda, curiosamente, ese día se encontraba cerrada. El fugaz vistazo de esa puerta, negra con el mismo tosco acabado, con las mismas bisagras y el mismo candado con el que fue construido medio siglo atrás y con el que había soñado durante tanto tiempo, lo impactó. Una desagradable sensación lo invadió, un sentimiento de descubrir por primera vez un lugar que se escondía en lo más recóndito de su subconsciente. Él nunca había entrado a esa vieja tienda, no obstante sentía que ya había estado ahí, un aire de una recóndita familiaridad lo atraía a ese lugar.

Andrés no quedó tranquilo después de esa experiencia y se dispuso a visitar el lugar para aclarar su cabeza. Escogió una mañana de sábado, en la que no tenía nada que hacer, para ir a explorar esa zona. El autobús lo dejo en la misma acera en la que se encontraba la casa, pero Andrés decidió investigar los alrededores de esta para intentar dilucidar por qué ese lugar había pasado desapercibido para él por tanto tiempo.

La amplia avenida Valdivia era una de las más concurridas de la ciudad pero en esa mañana eran muy pocos los autos que pasaban. El callejón San Mateo, la calle contigua, había recibido ese nombre por un seminario ubicado al final de la calle. Esta parte de la ciudad tenía una historia diferente, era un barrio con mala fama. El callejón tenia las casas más derruidas de la zona, las cuales servían de librerías y tienda de antigüedades que en la noche se convertían en bares y cafés nocturnos. Existía la creencia de que pasar por estos lugares por la madrugada traía mala suerte.

Al lado de la casa Nro. 435, había una clínica espiritual a la cual Andrés nunca había entrado pero desde la calle se podía apreciar un letrero en blanco y negro con la imagen de una mujer, una vieja curandera que se ganaba la vida de médium y curando enfermedades con la ayuda de espíritus. Andrés lo pensó por un rato y no pudo recordar una época en la que esa clínica no estuviera ahí, parecía tan vieja como las mismas edificaciones. Después de un corto recorrido por la periferia Andrés puso su atención en la casa Nro. 435 y en la puerta que tanto lo había asombrado hace unos días.

Era una casa antigua de un solo piso con una ventana sin marco como único detalle. La puerta principal, de gruesa madera pintada de un negro brillante, tenía el número de la casa colocado en una placa de hierro “435”. Cuando Andrés se fijó en el candado de bronce que aseguraba la puerta vio que esta, estaba abierta. Por un sentido de seguridad e intuición sabía que no debía entrar a una casa sin ser invitado por su propietario, pero al estar la puerta abierta y al ser, supuestamente, una tienda de abarrotes Andrés podría tener una excusa si es que alguien lo atrapaba adentro, por lo que, se introdujo al interior de la casa.

La primera planta estaba conformada por un reducido cuarto, tan pequeño que con solo dar un par de pasos se podía recorrer toda la habitación. El lugar tenía algunos muebles, mesas y repisas, todas cubiertas por manteles blancos de una tela bastante ordinaria y maltrecha pero finamente bordada. Sobre estas mesas había fotografías antiguas junto con otros objetos que le hicieron recordar a Andrés la casa de su abuela fallecida hace algunos años. Las paredes estaban decoradas con algunos cuadros a los que la humedad los había dejado irreconocibles. Mientras inspeccionaba la pequeña habitación, Andrés escuchó un ruido proveniente del piso superior que le hizo detenerse completamente. Para evitarse problemas lo mejor sería presentarse con la persona que viviera en ese lugar.

Andrés subió por unas escaleras empotradas en la pared y se abrió paso por una reducida abertura que servía de entrada al primer piso. Mientras lo hacia Andrés saludó a la persona que pensó que estaba en la habitación superior pidiendo disculpas por estar en su casa, pero al llegar al piso de arriba Andrés vio que no había nadie. Esta nueva recámara era idéntica a la que se encontraba en la planta baja, y era la habitación donde se encontraba la ventana que vio antes. Debajo de esta había una mesa con varios de los más extrañas objetos y trastos, desde planchas de carbón hasta jarras de bronce para el vino. Andrés intentó ver hacia la calle por la ventana pero esta se encontraba tan sucia que no pudo distinguir nada a través de ella. Al lado de la ventana había una mecedora de mimbre sobre la que descansaban unos viejos cojines.

La única cosa que resaltaba en esa residencia, era un fuerte olor a humedad y suciedad; Andrés se sentó en la mecedora un poco mareado. Mientras se reponía intentaba recordar por qué un lugar así lo había atraído con tanta fuerza, pensó que lo mejor sería irse, no había nada de interés en ese lugar. Fue entonces cuando Andrés percibió una puerta frente suyo, no la había visto al subir. Se acercó y pasó a través de ella. Apareció un largo y oscuro pasillo con unas gradas de cemento que iban en ascenso. Andrés se sorprendió por el tamaño del pasillo aunque después recordó que antes de la independencia el gobernador mando conectar entre si todas las casas que componían el “Casco Viejo” por si se daba la eventualidad de tener que salir escapando cuando atacaran los patriotas.

Mientras caminaba por el pasillo Andrés tuvo que detenerse un par de veces para no vomitar, un olor pestilente carcomía el interior del túnel y contaminaba todo el aire del lugar. Tal vez fue por esta sensación que Andrés perdió la noción del tiempo mientras lo recorría; para él habían pasado varias horas en ese túnel. Cuando llego al final Andrés se imaginó que salía del pútrido estomago de un lobo cuyas fauces esperaban volver a tragarlo el momento en que saliera por su boca.

La puerta que se encontraba al final de ese túnel era similar a los grandes portones de las catedrales y Andrés imaginó que la casa Nro. 435 debía estar conectada con el Seminario San Mateo. Abrió un poco la puerta y se asomó tímidamente, frente a él se extendía un amplio balcón abierto que daba a un jardín y que dejaba entrar los rayos del sol. Andrés corrió hacia la orilla del balcón para respirar aire fresco y se mantuvo varios minutos con los ojos cerrados deslumbrado por la fuerte luz del medio día. Cuando se sintió mejor inspecciono este nuevo entorno, frente a él había grandes habitaciones cerradas con delgadas puertas de madera, como no había nadie en los alrededores Andrés se aproximó a una de la habitaciones, abrió la puerta unos cuantos centímetros y miró por la rendija. Había una decena de camas amontonadas una a lado de otra, en cada cama, agolpados como crías de perro, había varios ancianos cubiertos de horribles pústulas y llagas. Un denso hedor a orines y pus le golpeó la cara y lo obligó a alejarse de la puerta.

Es posible que Andrés hiciera un poco de ruido al cerrar la puerta o que alguno de los ancianos lo haya visto espiar, porque en cuanto Andrés volvió a la orilla del balcón escucho el desgarrador y horrible grito de uno de esos ancianos. Este aullido de desesperación reflejaba la agonía y soledad que sufrían estas personas. Pronto se fueron uniendo a ese siniestro lamento cada uno de los agonizantes cuerpos qua había en ese lugar. Andrés tuvo que tapar sus oídos e intentar calmar su deseo de arrancarse sus orejas porque lo que empezó con un sollozo de un anciano solitario se había convertido en un torbellino infernal de cientos de chirriantes voces, aterradas y suplicantes que daban la bienvenida a la muerte. Andrés no pudo soportar ese sufrimiento mucho tiempo y cuando recobró algunas de sus fuerzas cruzo por la puerta por la que había entrado y corrió por el pasillo hasta llegar a la casa Nro. 435. Pero cuando salió atropelladamente a la habitación, con toda la intención de salir de ese lugar y nunca regresar, tuvo que detenerse porque había alguien ahí, sentada en la mecedora.

Era otra anciana, traía puesto un vestido negro que le cerraba hasta el cuello, era medio calva y algunos grises y mugrientos cabellos le cubrían la cabeza, entre las arrugas de su cara tenía una verruga que nacía a un lado de su ojo cubriéndolo parcialmente. La anciana le dirigió una desdentada sonrisa y el muchacho todavía asustado le preguntó torpemente quién era ella.

Ella se presentó como la boticaria del pueblo y le mostró la mercancía que tenía en una mesa, un muy variado conjunto de hierbas, aceites y bálsamos de los más extravagantes colores y aromas. Andrés solo reconoció una hierba que olía como manzanilla y como acto de buena fe, queriendo quedar bien con la anciana para poder visitarla en otra oportunidad, Andrés se guardó un bálsamo de la mesa y le pagó a la señora con un billete de 50 pesos. La anciana miro desconcertada el billete y después de examinarlo se lo devolvió a Andrés diciéndole que se llevara la pomada pero que volviera con dinero de verdad en su próxima visita.

Extrañado por el comportamiento de la anciana Andrés bajo la escalera y salió a la calle. Es difícil poner palabras a lo que sintió Andrés cuando vio lo que lo rodeaba. Basta decir que desde ese día y por el resto de su vida, él maldijo con todas sus fuerzas el haber entrado a esa casa porque ahora, al ver los carruajes jalados por imponentes corceles, las mujeres caminando con sus lujosos vestidos, los hombres caminado con aparatosos sobreros y bastones se dio cuenta que ahora se encontraba totalmente solo en un mundo quinientos años en el pasado.